Buscar este blog

domingo, 1 de junio de 2014

01 de junio: San Aníbal María de Francia

Presbítero
(1851-1927)

Apóstol del "Rogate" (oración por las vocaciones).
Apostol del Reino de la Divina Voluntad.
Patrono de la Asociación Hijos de la Divina Voluntad.

Nació en Messina el 5 de julio de 1851 de la noble señora Anna Toscano y del caballero Francisco, marqués de S. Caterina dello Ionio, Vicecónsul Pontificio y Capitán Honorario de la Marina. Tercero de cuatro hijos, Aníbal quedó huérfano, tan sólo a los quince meses por la muerte prematura del padre. Esta amarga experiencia infundió en su ánimo la particular ternura y el especial amor a los huérfanos, que caracterizó su vida y su sistema educativo.

Desarrolló un gran amor hacia la Eucaristía, tanto que recibió el permiso, excepcional para aquellos tiempos, de acercarse cotidianamente a la Santa Comunión. Jovencísimo, delante del Santísimo Sacramento solemnemente expuesto, recibió lo que se puede definir «inteligencia del Rogate»: es decir, descubrió la necesidad de la oración por las vocaciones, que, más tarde, encontró expresada en el versículo del Evangelio: «La mies es mucha pero los obreros son pocos. Rogad (Rogate) pues al dueño de la mies, para que envíe obreros a su mies» (Mt 9, 38: Lc 10, 2). Estas palabras del Evangelio constituyeron la intuición fundamental a la que dedicó toda su existencia.

De ingenio alegre y de notables capacidades literarias, apenas sintió la llamada del Señor, respondió generosamente, adaptando estos talentos a su ministerio. Terminados los estudios, el 16 de marzo de 1878 fue ordenado sacerdote. Algún mes antes, un encuentro «providencial» con un mendigo casi ciego lo puso en contacto con la triste realidad social y moral del barrio periférico más pobre de Messina, las llamadas Casas de Avignone y le abrió el camino de aquel ilimitado amor hacia los pobres y los huérfanos, que llegará a ser una característica fundamental de su vida.

Con el consentimiento de su Obispo, fue a habitar en aquel «gueto» y se comprometió con todas sus fuerzas en la redención de aquellos infelices, que, se presentaban, ante su vista, según la imagen evangélica, como «ovejas sin pastor». Fue una experiencia marcada por fuertes incomprensiones, dificultades y hostilidades de todo tipo, que él superó con grande fe, viendo en los humildes y marginados al mismo Jesucristo y realizando lo que definía: «Espíritu de doble caridad: la evangelización y la ayuda a los pobres».

En 1882 dio inicio a sus orfanatos, que fueron llamados antonianos porque fueron puestos bajo la protección de San Antonio de Padua. Su preocupación no sólo fue la de dar pan y trabajo, sino y, sobre todo, la de educar de forma integral a la persona teniendo en cuenta el aspecto moral y religioso, ofreciendo a los asistidos un verdadero clima de familia, que favorece el proceso formativo para hacerles descubrir y seguir el proyecto de Dios. Hubiera querido abrazar a los huérfanos y a los pobres de todo el mundo con espíritu misionero. Pero, ¿cómo hacerlo? La palabra del Rogate le abría esta posibilidad. Por eso escribió: « ¿Qué son estos pocos huérfanos que se salvan y estos pocos pobres que se evangelizan frente a millones que se pierden y están abandonados como rebaño sin pastor?... Buscaba un camino de salida y lo encontré amplio, inmenso en aquellas adorables palabras de nuestro Señor Jesucristo: Rogate ergo... Entonces me pareció haber hallado el secreto de todas las obras buenas y de la salvación de todas las almas».”

Aníbal había intuido que el Rogate no era una simple recomendación del Señor, sino un mandado explícito y un «remedio inefable». Motivo por el cual su carisma es de valorar como principio animador de una fundación providencial en la Iglesia. Otro aspecto importante para hacer resaltar es que él precede a los tiempos en el considerar vocaciones también aquellas de los laicos comprometidos: padres, maestros y hasta buenos gobernantes.

Para realizar en la Iglesia y en el mundo sus ideales apostólicos, fundó dos nuevas familias religiosas: en 1887 la Congregación de las Hijas del Divino Celo y diez años después la Congregación de los Rogacionistas. Quiso que los miembros de los dos Institutos, aprobados canónicamente el 6 de agosto de 1926, se comprometieran a vivir el Rogate con un cuarto voto. Tanto que Di Francia escribió en una súplica del 1909 a S.S PíoX: «Me he dedicado desde mi primera juventud a aquella santa Palabra del Evangelio: Rogate ergo. En mis mismos institutos de beneficencia se eleva una oración incesante, cotidiana de los huérfanos, de los pobres, de los sacerdotes, de las sagradas vírgenes, con la que se suplican a los Corazones Santísimos de Jesús y María, al Patriarca S. José y a los Santos Apóstoles para que quieran proveer abundantemente a la Iglesia de sacerdotes elegidos y santos, de obreros evangélicos de la mística mies de las almas».

Para difundir la oración por las vocaciones promovió numerosas iniciativas, tuvo contactos epistolares y personales con los Sumos Pontífices de su tiempo; instituyó la Sagrada Alianza para el clero y la Pía Unión de la Rogación Evangélica para todos los fieles. Creó el periódico con el significativo título «Dios y el Prójimo» para implicar a los fieles a vivir los mismos ideales.

«Es toda la Iglesia—escribe él—que oficialmente tiene que rezar por este fin, ya que la misión de la oración para obtener buenos obreros es tal que ha de interesar vivamente a cada fiel, a todo cristiano, que le preocupe el bien de todas las almas, pero en particular a los obispos, los pastores del místico rebaño, a los cuales fueron confiadas las almas y que son los apóstoles vivientes de Jesucristo». La anual Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida por Pablo VI en 1964, puede considerarse la respuesta de la Iglesia a esta intuición suya.

Grande fue el amor que tuvo por el sacerdocio, convencido que sólo mediante la obra de los sacerdotes numerosos y santos es posible salvar a la humanidad. Se comprometió fuertemente en la formación espiritual de los seminaristas, que el arzobispo de Messina confió a sus cuidados. A menudo repetía que sin una sólida formación espiritual, sin oración, «todos los esfuerzos de los obispos y de los rectores de los seminarios se reducen generalmente a una cultura artificial de sacerdotes...». Fue él mismo, el primero, en ser buen obrero del Evangelio y sacerdote según el corazón de Dios. Su caridad, definida «sin cálculos y sin límites», se manifestó con connotaciones particulares también hacia los sacerdotes en dificultad y las monjas de clausura.

Ya durante su existencia terrenal fue acompañado por una clara y genuina fama de santidad, difundida a todos los niveles, tanto que cuando el 1 de junio de 1927 falleció en Messina, confortado por la presencia de María Santísima, que tanto había amado durante su vida terrenal, la gente decía: «Vamos a ver el santo que duerme».

Los funerales fueron una verdadera y propia apoteosis, que los periódicos de la época puntualmente registraron con artículos y con fotografías. Las autoridades fueron solícitas en otorgar el permiso de enterrarlo en el Templo de la Rogación Evangélica, que él mismo había querido y que está dedicado precisamente al «divino mandato»: «Rogad al Dueño de la mies para que envíe obreros a su mies».

Las Congregaciones religiosas fundadas por el Padre Aníbal están hoy presentes en los cinco Continentes comprometidas, según los ideales del Fundador, en la difusión de la oración por las vocaciones a través de centros vocacionales y editoriales y en la actividad de los institutos educativos asistenciales a favor de niños y muchachos necesitados y de sordomudos, centros nutricionales y de salud; casas para ancianos y para madres solteras; escuelas, centros de formación profesional, etc.

La santidad y la misión de Padre Aníbal, declarado «insigne apóstol de la oración por las vocaciones», son hoy profundamente apreciadas por quienes se han compenetrado de las necesidades vocacionales de la Iglesia.

El Sumo Pontífice, Juan Pablo II, el 7 de octubre de 1990 proclamó al Di Francia Beato y al día siguiente lo definió: «Auténtico precursor y celoso maestro de la moderna pastoral vocacional». Luego, el 16 de Mayo de 2004, fue declarado Santo.

(fuentes: Folleto “Canonizzazione. Piazza San Pietro, 16 Maggio 2004” Tipografía Vaticana; www.divvol.org)

otros santos 01 de junio:

- Beato Juan Bautista Scalabrini
- San Justino

sábado, 31 de mayo de 2014

31 de mayo: Beato Mariano de Roccacasale

(1778-1866)

Hermano laico profeso de la Orden de Frailes Menores. Su vida, tanto de seglar como de fraile, se puede resumir en dos palabras: oración y trabajo. En el convento desempeñó diversos oficios domésticos, sobre todo el de portero, que le dio la oportunidad de practicar la caridad con los peregrinos, viajeros y pobres, y de edificarlos con su ejemplo y sus palabras. Lo beatificó Juan Pablo II el 3 de octubre de 1999.

Nació el 14 de junio de 1778 en Roccacasale, pueblo de la provincia de L'Áquila (Italia). En su bautismo recibió el nombre de Domingo. Sus padres, Gabriel De Nicolantonio y Santa De Arcángelo, agricultores y pastores, profundamente creyentes, educaron a sus hijos en los valores cristianos. Domingo fue precisamente el que se quedó con sus padres, después de que los demás se casaron. Le tocó cuidar el rebaño. La soledad de los campos y majadas formó el temperamento del joven Domingo para la reflexión y el silencio, haciendo resonar en él la voz del Señor: comprendió que el mundo no era para él. Tenía entonces veintitrés años. No podía resistir a esta fuerza interior. Y decidió dedicarse con más radicalidad al seguimiento de Cristo.

El 2 de septiembre de 1802 vistió el sayal franciscano en el convento de Arisquia y tomó el nombre de fray Mariano de Roccacasale. Terminado el año de noviciado se consagró definitivamente a Cristo con la profesión de los votos. Permaneció en ese convento doce años.

Su vida se puede resumir en dos palabras: oración y trabajo; eran como dos cuerdas en las que vibraba su existencia. Cumplía escrupulosamente los múltiples encargos que se le confiaban: carpintero hábil y valioso, hortelano, cocinero y portero.

Pero su aspiración a la santidad no encontraba en Arisquia el ambiente favorable, no por culpa de los compañeros o de los superiores, sino porque aquella época no era propicia para la vida religiosa y los conventos.

En 1814, tras el regreso del Papa a Roma, la vida conventual pudo rehacerse lentamente en medio de dificultades sin número. Hicieron falta varios años para que todos los religiosos regresaran a sus conventos, y la vida de oración y de apostolado volviera a florecer con regularidad en los claustros.

En ese momento llegó a los oídos de fray Mariano el nombre del Retiro de San Francisco en Bellegra. La fama de la vida regular y austera que desde hacía tiempo se había instaurado en ese convento por obra de santos religiosos ya corría por los alrededores. Fray Mariano acogió aquella voz como una invitación del Señor. Los superiores aceptaron su petición de dirigirse a Bellegra en peregrinación. Así fray Mariano dejó el convento de Arisquia por el Retiro de Bellegra. Tenía treinta y siete años.

Poco tiempo después, recibió del superior el encargo de la portería, oficio que desempeñó durante más de cuarenta años y que se convirtió en su medio de santidad. Abrió la puerta a muchos pobres, peregrinos y viandantes, y convirtió muchos corazones, cerrados hasta entonces a la gracia divina. Para todos tenía una sonrisa, que acompañaba siempre con el saludo franciscano: «¡Paz y bien!»; les besaba los pies, los instruía en las verdades de la fe y rezaba con ellos tres avemarías; después se ocupaba del cuerpo: les lavaba los pies; si hacía frío, les encendía el fuego y les distribuía la sopa, mientras les daba consejos. Jamás se lamentaba del trabajo ni daba signos de cansancio; siempre sereno, afable, sonriente. La fuente de tanta virtud era, sin duda, la oración. Todo el tiempo que le quedaba libre de sus ocupaciones lo dedicaba a la adoración eucarística y a la participación en la misa. Era también muy devoto de la pasión del Señor.

Falleció el 31 de mayo de 1866, jueves del «Corpus Christi». Lo beatificó Juan Pablo II el 3 de octubre de 1999.


De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (3-X-1999)

Respecto a la vida y a la espiritualidad del beato Mariano de Roccacasale, religioso franciscano, se puede decir que se resumen de manera emblemática en la afirmación del apóstol san Pablo a la comunidad cristiana de Filipos: «El Dios de la paz estará con vosotros» (Flp 4,9). Su existencia pobre y humilde, siguiendo las huellas de san Francisco y santa Clara de Asís, estuvo constantemente orientada al prójimo, con el deseo de escuchar y compartir las penas de cada uno, para presentarlas después al Señor en sus largas horas de adoración ante la Eucaristía.

El beato Mariano llevó por doquier la paz, que es don de Dios. Ojalá que su ejemplo y su intercesión nos ayuden a redescubrir el valor fundamental del amor de Dios y el deber de testimoniarlo mediante la solidaridad con los pobres. Es un ejemplo para nosotros, particularmente en el ejercicio de la hospitalidad, tan importante en la actual situación histórica y social, y muy significativo desde la perspectiva del gran jubileo del año 2000.


Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos que fueron a Roma para la beatificación (4-X-1999)

El beato Mariano vivió desde su juventud el espíritu de pobreza, tan propio de la tradición franciscana. Habiendo vivido en tiempos difíciles a causa de las persecuciones y la supresión de muchas instituciones religiosas, encontró en el Retiro de Bellegra un lugar para redescubrir el silencio de la naturaleza y del corazón, a fin de vivir con mayor radicalismo el seguimiento de Cristo pobre y crucificado.

Su vida sencilla, hecha de contemplación y acogida de los pobres y participación en sus sufrimientos, de unión con Dios y solidaridad con sus hermanos, constituye para todos los creyentes un luminoso ejemplo de fidelidad evangélica.

Cuán útil es para todos nosotros conocer e imitar la experiencia espiritual de los humildes franciscanos que unieron sabiamente oración y trabajo, silencio y testimonio, paciencia y caridad. Que ellos nos ayuden con su intercesión a vivir también hoy el espíritu de auténtica conversión y acogida del Evangelio, que los caracterizó.

Textos de L'Osservatore Romano
(fuente: www.franciscanos.org)

otros santos 31 de mayo:

viernes, 30 de mayo de 2014

30 de mayo: Santa Juana de Arco

SANTA JUANA DE ARCO
Virgen y Mártir
(1412-1431)
Patrona de Francia y Doncella de Orleáns

En la infancia, nadie hubiera podido adivinar la vidente ni la heroína. Tal vez lo único que la distinguía a los ojos de sus convecinos era lo que ellos llamaban exceso de piedad: el rezar largo tiempo con la frente apoyada en la tierra, el permanecer en la iglesia con los ojos fijos en el crucifijo o en el Cielo y el comulgar con bastante frecuencia, con demasiada frecuencia, según apreciación del párroco, Por lo demás, sabía reír, jugar con sus compañeras y hacer con esmero todas las labores que se le encargaban en casa. En su pueblo de Domremy, en aquel rincón humilde de Lorena, el tema sempiterno de las conversaciones era la guerra, la guerra que se prolongaba año tras año entre Francia e Inglaterra. El reino de Francia parecía próximo a desaparecer. Todo el oeste era inglés; los borgoñones, amigos de los invasores, eran dueños de Flandes y de la Picardía; París estaba también en su poder, y el descendiente de San Luis, Carlos VII, el pobre rey de Bourges, como decían unos con ironía, el delfín, como le llamaban otros, porque no había podido consagrarse en Reims, andaba huyendo de ciudad en ciudad, traicionado por sus ministros, odiado por su madre, abandonado por sus caballeros.

Tal es el ambiente en que creció la Joven predestinada: un hogar pobre y cristiano, una pequeña aldea y un tiempo de humillaciones para su patria. De cuando en cuando llegaban los heridos contando escenas de horror; los disparos de las culebrinas y los silbidos de las saetas de los terribles arqueros ingleses se oían en los alrededores, y un día la iglesia y las casas de Domremy fueron saqueadas e incendiadas. Santiago de Arco se refugió durante unas semanas en un mesón de las cercanías con sus hijos y sus ganados; pero ese apego invencible que tiene el labrador al hogar de sus antepasados le llevó de nuevo a Domremy. Juana siguió trabajando, siempre dócil a cualquier indicación de sus padres: «hilaba, conducía el arado, guardaba los animales y abrazaba solícita cualquier tarea propia de las mujeres». De repente, un día de estío, mientras cosía en él jardín de su casa, oyó una voz que venía del lado de la iglesia, acompañada de una gran claridad. El susto de la niña fue tal, que no pudo darse cuenta de nada. Pero los días siguientes la aparición se reprodujo, y pudo distinguir a un guerrero al lado, que con la mano izquierda embrazaba el escudo y con la derecha levantaba un estandarte. Era San Miguel, que venía a manifestarle su misión de libertar a Francia del poder de los ingleses. Juana tenía entonces trece años; pero, hija del campo, parecía ya una mujercita.

Al poco tiempo, el arcángel no se deja ver más; pero en su lugar vienen dos mujeres de belleza espléndida, vestidas de regios mantos y ceñidas de coronas de oro. Según su propio testimonio, son Santa Catalina y Santa Margarita. La muchacha tiene con ellas frecuentes conversaciones, las ve con claridad, siente el perfume que exhalan sus cabellos, las abraza, y, cuando se alejan, llora; pero ellas no tardan en volver, a fin de prepararla a su gran destino. La aconsejan, la dirigen, la reprenden y forman su espíritu en el sufrimiento y en el sacrificio. Ante la perspectiva del futuro que se descorre a su vista, Juana tiembla, lucha consigo misma, y, deshecha en lágrimas, se esfuerza por sacudir aquella responsabilidad. Entonces las Voces se irritan, amenazan y gritan:

—Hija de Dios, ve, ve, ve; nosotras estaremos a tu lado.
—Pero si no soy más que una pobre ignorante—dice la joven—; no entiendo de guerra; no sé montar a caballo.
—La audacia te basta—replican sus consejeras
—. Y nosotras—añaden—te daremos un signo por el cual se crea en tu misión.

Juana se deja convencer, y, como signo de su aceptación, hace voto de virginidad en presencia de los ángeles y en manos de Santa Margarita, quien le pone en el dedo una anillo de bronce donde estaban grabados los nombres de Jesús y de María.

Cinco años duró aquel noviciado celeste, años de prueba, de oración y de recogimiento. Algo de aquellas prodigiosas apariciones empezaba a correr por el pueblo, y Juana empezaba a ser objeto de veneración para unos, y para otros de burla. El más obstinado en la incredulidad fue su mismo padre. Un día, viendo que sus hijos comentaban estas cosas en el hogar, dijo, lleno de irritación: «Si yo supiese que eso es verdad, quisiera que la ahogaséis; y si no lo hicieseis vosotros, yo mismo la arrojaría al Mosa.» La muchacha callaba y lloraba, vigilada en casa como una reclusa, hasta que un pariente de la familia vino a Domremy para pedir a Santiago de Arco que le permitiese llevarse a la joven por una temporada. El duro campesino accedió, pensando que no le vendría mal a su hija un cambio de aires.

Fue este pariente el primero que recibió con interés las confidencias de Juana, ofreciéndose a ayudarla para poner en práctica sus planes. Urgía obrar con rapidez. Las tropas francesas iban de derrota en derrota, los enemigos habían cercado a Orleáns y las Voces se hacían cada vez más apremiantes. Ante todo, convenía recibir la aprobación del comandante Roberto de Baudricourt, que representaba en la región al delfín. Este castellano era un hombre violento, brutal y poco escrupuloso. La primera vez que Juana se presentó ante él, soltó la carcajada y aconsejó a su pariente que la metiese en una casa de salud; la segunda vez hizo que un sacerdote echase sobre ella los exorcismos; la tercera vez creyó que aquella joven podría servir de juguete a la soldadesca. Juana, sin embargo, seguía firme en su propósito, suspirando por realizarlo, con una impaciencia que le quitaba el sueño, causaba en ella accesos de fiebre y daba a sus ojos una expresión más profunda. «Estaba como una mujer a punto de dar a luz», decía la señora en cuya casa vivía, no lejos del castillo de Baudricourt. Habíase propuesto no separarse de allí hasta recibir una carta de recomendación para el príncipe. Pero el magnate no quería hacerle caso. «Que me traiga un signo de su misión divina, y entonces veremos», decía con rudeza de hombre de armas. Y un día Juana se presentó a él con el signo requerido. «En nombre de Dios—le dijo ella—, ya tardáis mucho en enviarme a la corte; porque hoy el gentil delfín ha tenido cerca de Orleáns una gran derrota, y pronto sufrirá otra mayor si no me enviáis a él en seguida.» Unos días más tarde se recibió la noticia del desastre de Rouvray. Baudricourt, va convencido, tomó bajo su protección a la joven, puso a sus órdenes una pequeña escolta, hizo que le cortasen la cabellera, dióle una buena armadura, en lugar del sayo rojo que hasta entonces llevaba, y se la envió a Carlos VII. Luego, el viaje desde los confines de la Lorena hasta Chinon, donde estaba el delfín: ciento cincuenta leguas a través de un país ocupado por los borgoñones, entre peligros de bandoleros, caminando día y noche y pasando a nado los ríos, pues los puentes estaban ocupados por el enemigo. La virgen de Lorena caminaba como una walkyria, impaciente por llegar en auxilio de su patria. Fueron diez días de carrera vertiginosa, iluminados por la esperanza de la victoria.

En Chinon, nuevamente las dificultades, las antecámaras, los entorpecimientos. El delfín estaba preso por su Consejo; éste no era partidario de una acción rápida; quería parlamentar, conseguir la paz por las vías diplomáticas, entenderse con el enemigo. Allí estaba La Tremoille, el Mefistófeles de la corte, el genio malo de Carlos VII, vendido a los borgoñones. Largos días de inacción, de impaciencia, de desilusión. Pero el pueblo exige. El pueblo sabe que ha aparecido la libertadora; la mira con entusiasmo y empieza a llamarla la Pucelle, la doncella, la virgen. En boca de todos corre la vieja profecía de Merlín: «Una virgen descenderá sobre la espalda del arquero y protegerá con su sombra las flores de lis.» Y la virgen está allí, dispuesta a blandir la espada y a quebrantar los arcos ingleses. Además, Juana tiene un signo nuevo de su misión: ha prometido conocer al delfín entre todos sus cortesanos. Al fin, consigue ser recibida. Trescientos señores ríen y charlan en la gran sala del castillo. La aldeana entra sin inmutarse, mira en todas direcciones y queda perpleja. Un escudero la señala a un conde lujosamente ataviado, que conversa junto a las gradas del trono. «No—responde—, no es ése.» Y el trono, vacío. De pronto se mueve una cortina, aparece un hombre, y la joven se dirige hacia él, se descubre, se detiene a distancia de una lanza, hace graciosamente las inclinaciones de rúbrica, y saluda:S. Juana de Arco

—Dios te guarde, gentil delfín.
—¿Qué dices?—replica el interpelado—; el delfín está allí, al lado del trono.
—En nombre de Dios—vuelve a decir Juana—, el delfín eres tú, gentil príncipe, y nadie más.

Grande fue la impresión que causó aquel reconocimiento, pero la causa no estaba ganada todavía. Siguieron los exámenes, los interrogatorios, las consultas de los doctores y los cortesanos, la incertidumbre del rey, la incredulidad interesada de los ministros. Por órdenes superiores, dos matronas vinieron a examinar a la Pucelle, y, contra los que se imaginaban ver en ello un genio del mal, testificaron que era mujer y virgen. No obstante, la gente universitaria pedía nuevos signos. «En nombre de Dios—respondía ella—, no he venido aquí para hacer signos; llevadme a Orleáns y os mostraré los signos para los cuales he sido enviada.» Su espíritu triunfaba de todas las dificultades y todas las argucias. La erudición escolástica de sus jueces, cargada de reminiscencias y de distingos inútiles, parecía como un estanque cubierto de hojas muertas, ante la ciencia original, inspirada, espontánea como el chorro de una fuente, de aquella joven que, según su propia expresión, no sabía a ni b, pero tenía una iluminación más alta. «Los libros de nuestro Señor—decía ella—valen bastante más que los vuestros.»

Mientras los doctores discutían, ella se armaba y se preparaba a la lucha. Sabía que todas aquellas dilaciones terminarían con una sentencia favorable. Y así fue. Entonces el rey le encomendó el mando de sus tropas, puso a su disposición pajes, criados, escuderos y caballos, y para que se presentase en el ejército con todo el prestigio de su rango la envió a Tours, donde se hacían las mejores armaduras. Vistiéronle la cota, el casco, el escudo, y cuando fueron a ceñirle la espada, se negó a recibirla.

—¿Sin espada vais a marchar al combate?
—Mi espada será la que Dios ha destinado para mí; se encuentra en el santuario de Santa Catalina de Fierbois.
—Nadie tiene la menor noticia de ella.
—Pues id allá, y en un arca hallaréis la espada santa, que tiene cinco cruces en la empuñadura.

Y la espada milagrosa apareció en un estuche olvidado. Estaba oxidada por los siglos, pero los armeros de Tours la devolvieron el brillo antiguo.

A principios de mayo de 1429 Juana estaba delante de Orleáns. Su primer paso fue preparar el ejército con una misión: los dados y las bolas desaparecieron del campamento, la gente inútil fue despedida, y todos los soldados se acercaron a comulgar. «Ahora—dijo ella—en cinco días echaremos de aquí a los ingleses.» De entre los jefes, nadie quiso creer en esta profecía, pero el soldado tenía fe ciega en sus palabras. Un testigo de vista dice: «Parecía un ángel cuando atravesaba las filas montada en su caballo.» A todos causaba gran maravilla su garbo y gentileza. Ningún contemporáneo nos ha dicho que fuese hermosa, pero en su rostro se reflejaba una luz divina que deslumbraba. Era bien proporcionada de cuerpo, el color moreno, los pechos abultados, ágil, esbelta y de una gran viveza, que la hacía estallar en santas cóleras. Pero al mismo tiempo tenía un alma muy sensible; lloraba en la oración, cuando se confesaba, cuando recibía una herida en el combate, cuando la injuriaban sus enemigos en lo que una mujer tiene más precioso, cuando pensaba en la pérdida de las almas. Todos sus compañeros de armas estaban admirados de su resistencia en la fatiga. A veces permaneció seis días seguidos sin quitarse la armadura. En las batallas se la ve por todas partes; galopa infatigablemente, y en pocas semanas rinde a los mejores caballos. Parecía flexible como una lámina de acero, y tan ligera en las operaciones, que rara vez podían seguirla sus escuderos. En su trato, jovial; en su conversación, fina y graciosa. A su lado y como asesor, estaba el duque de Alenzon, a quien ella llamaba siempre «mi bello duque», y al conde de Dunois le decía bromeando: «Avísame cuando lleguen los ingleses; si no, corre peligro tu cabeza.» Cuando las gentes se le presentaban pidiéndole que tocase algún rosario, decía a los que la rodeaban: «Tocadlo vosotros, porque es igual.»

Cinco días bastaron para libertar a Orleáns, según la promesa de la heroína. Una mañana la Pucelle se despertó gritando sobresaltada: «En nombre de Dios, la sangre corre; ¿dónde están mis escuderos?» Llega un paje con el caballo, otro pone en sus manos la bandera, y ella sale volando hacia la orilla del Loira. Allí, un grupo de franceses empieza a ceder ante el empuje del enemigo. Ha sido un combate imprevisto; pero misteriosamente ella ha oído en sueños el silbar de las flechas. Ahora alienta a los que desmayan, manda colocar las escalas, y a las pocas horas el enemigo abandonaba una de sus mejores fortalezas. Al día siguiente cae otro castillo; y Juana anuncia la rendición inmediata de la más fuerte de las posiciones del enemigo. El consejo de los jefes se opone. «Eso—dicen—es una temeridad.» Esta es la razón que dan ellos, pero, en el fondo, es que les duele la popularidad de la heroína. «Decidme lo que habéis resuelto»—les dice ella indignada. «Juana, no te irrites»—responde Dunois el bastardo. Toda oposición parece deshecha; pero al día siguiente, al tiempo de salir al combate, Juana recibe la orden de volver. «Sois unos malvados—responde ella—; pero, queráis o no, los hombres de armas pasarán.» Los hombres de armas siguieron a la heroína, cruzaron el río, se lanzaron al asalto y la fortaleza cayó en su poder. Aquella misma noche los ingleses se retiraban a favor de la oscuridad.

Así quedó libre Orleáns. Cuatro días habían bastado para realizar una empresa que todos consideraban como imposible. Viene después la campaña del Loira. Nuevos heroísmos, seguidos de resonantes victorias. Juana de Arco se revela no solamente como una amazona, impenetrable al miedo, sino también como un jefe experimentado. No asiste a los consejos de guerra, pero tiene intuiciones bélicas, que logra imponer con su don de someter las voluntades. Los castillos y las plazas se rinden, los enemigos huyen, y la doncella vencedora puede llevar hasta Reims a su delfín y convertirle, por la consagración, en el rey Carlos VII. «Aún no es hora», le dicen a veces los contemporizadores, los amigos de las negociaciones diplomáticas, los que no saben lo que es el amor patrio; pero ella contesta resuelta; «La mejor hora es la de Dios.» Más de una vez cae herida en medio de la lucha. Entonces llora un momento, pero se levanta luego llena de coraje, monta a caballo, trepa por la escala, tremola el estandarte sobre el muro, y los guerreros la siguen al triunfo. «Ve, ve, hija de Dios—le dicen las Voces—; a tu lado estamos.» En cierta ocasión, una piedra cae sobre su cabeza; presa del vértigo, cae al foso, se sienta en él un momento y sube de nuevo como si tuviese alas, gritando a su hueste amedrentada: « ¡Arriba, compañeros, en el nombre del Señor!» Los defensores quedan aterrados; ceden, huyen. El comandante llega diciendo: «Me rindo a la Pucelle.»

Pero el diplomático es siempre enemigo del guerrero. Allí está La Tremoille, conjurando siempre, tratando siempre con los borgoñones, poniendo siempre obstáculos a las inspiraciones de la virgen victoriosa. La intriga tiende sus lazos en torno suyo. Se empieza a desconfiar de ella, se la condena a la inacción. Esto la entristece y la acongoja. Ya habla de morir, y no han pasado más que unos meses después de los triunfos de Orleáns. « ¡Oh! —exclama—. ¡Si mi Criador quisiera que pudiese ir de nuevo a servir a mi padre y a mi madre, guardando con mi hermana las ovejas!» Al fin, después de muchas vacilaciones, se decide la marcha hacia París. Juana vuelve a recobrar sus primeros entusiasmos. Camina alegre, sembrando el optimismo en torno suyo, y apenas divisa la ciudad, cuando da la orden del asalto. Su hueste avanza, el pánico cunde por el interior; ya son suyos los arrabales; sus gentes trabajan en cegar ios fosos, cuando cae herida por una flecha. Desde este momento, la lucha se amortigua, el enemigo se envalentona y los suyos empiezan a retirarse. Pero ella vuelve, infundiendo valor. « ¡Adelante!—clama—. ¡París es nuestro, me lo dicen mis Voces!» Es tarde. La Tremoille acaba de dar orden de retirada. Sólo ella continuaba luchando, hasta que unos brazos hercúleos la aprisionan y la llevan al campamento. «Entraremos mañana», decía para consolarse; pero al día siguiente el rey daba la orden de retirada. La camarilla de los diplomáticos había triunfado.

Juana de ArcoPocos días después, Juana, persiguiendo a las mujeres de mal vivir, «locas de su cuerpo», que seguían a los soldados, rompió sobre una de ellas su espada, la espada santa de Fierbois, la que sabía dar tan duros golpes y tan buenos tajos. Todos vieron en el suceso un mal presagio, y ella, aunque no era supersticiosa, empezó a llenarse de triste presentimiento. De pronto, el velo del porvenir se descorre ante sus ojos. Fue en la primavera de 1430, ante los muros de Melun, después de una gran victoria. Sus Voces le aseguraron que antes de San Juan sería hecha prisionera. El anuncio la sobrecogió. Dócil, sin embargo; a la voluntad divina, se sometió a la prueba, rogando solamente que la cautividad fuese corta. «Dios te ayudará», le dijeron solamente las Voces. No obstante, seguía luchando con el denuedo de sus primeros días. Algo después volaba en socorro de Compiegne. Nunca había manifestado tanta audacia como en este momento. Sin embargo, el abismo se presentaba cada día con más claridad ante sus ojos. Gustábale comulgar al lado de los niños y conversar con ellos; y a ellos es a quienes más fácilmente se confiaba. « ¡Oh mis buenos amigos—les dijo un día en el pórtico de una iglesia de Compiegne—, mis queridos pequeñuelos, rogad a Dios por mí! Pronto seré entregada a la muerte. Me han vendido, me han traicionado.» Pocos días después, uno de los últimos de mayo, habiendo llevado su gente contra el enemigo que asediaba la plaza, se vio rodeada de un ejército de ingleses, flamencos y borgoñones. Viendo el peligro, sus hombres de armas huyeron a encerrarse dentro de las murallas. Ciega de rabia, ella siguió combatiendo, y cuando quiso entrar en la ciudad era ya tarde; el puente estaba levantado, Alguien le gritó que se rindiese, y ella le contestó: .Mi fe la tengo dada a otro.» Y se defendía valientemente contra un grupo de enemigos. Pero uno tiró fuertemente de la toca de oro que flotaba bajo el casco y la arrojó al suelo. Así terminaba la carrera victoriosa de la heroína. Era prisionera del conde de Luxemburgo.

Después, la venta, los interrogatorios interminables, el proceso de Rouen, la hoguera. Un año entero de padecimientos, de injurias, de cautividad. Los ingleses quieren vengar sus derrotas, y han comprado muy cara a la Pucelle, para no satisfacer en ella sus venganzas. Cien jueces forman el tribunal: doctores de la Universidad de París, obispos, abades, frailes y arciprestes. Pedro Cauchon, obispo de Beauvais, un obispo escéptico, cortesano y sin conciencia, alma de Caifás, los preside. Hay también tipos de Judas: clérigos que se introducen en la prisión donde yace Juana encerrada en una caja de hierro, y haciéndose pasar por amigos suyos, la engañan y la confiesan para descubrir misteriosos secretos. Detrás están las espadas de Inglaterra. El juez que no condene será asaeteado o arrojado al Sena. Se acusa a Juana de brujería, de herejía, de sacrilegio. Lo que importa, sobre todo, es hacerle confesar que todo cuanto ha hecho lo ha hecho con ayuda del demonio. Pero ella permanece siempre fiel a sus Voces. Sus respuestas son admirables por la precisión y la claridad. Ni las discusiones públicas la intimidan. Delante del potro responde: «Aunque llegaseis a destrozar mis miembros hasta hacerme morir, no os diré otra cosa que lo que os he dicho.» Hay, sin embargo, en sus últimos días un momento de vacilación. Es en una audiencia pública. «Si no firmas esta cédula—le dice Cauchon-—, serás inmediatamente quemada. «Es inútil, no puedo», dijo ella; pero el pueblo, que la quería, no cesaba de invitarla a ceder. Y cedió. Se trataba de un cédula que era la retractación de toda su vida. De vuelta en la prisión, volvió otra vez a confesar sus Voces.

—¿Crees—le pregunto el obispo—que esas Voces son las de Santa Catalina y Santa Margarita?
—Sí, vienen de parte de Dios.
—¿Y te han hablado estos últimos días?
—Sí.
—¿Qué te han dicho?
—Me han declarado la gran miseria de la gran traición que cometí al abjurar por salvar la vida. Si yo dijese que no es Dios quien me ha enviado, me condenaría. Es verdad, es Dios quien me ha enviado. Todo lo que hice el otro día lo hice por temor del fuego.

No necesitaba otra cosa Pedro Cauchon para encender la hoguera. Al margen de esa declaración mandó escribir estas palabras: «Respuesta de muerte»; y luego marchó murmurando: «Farewell.» Era el desenlace de la siniestra tragedia. Al día siguiente reunió al tribunal y le expuso la situación. Todos declararon que la Pucelle debía ser entregada al brazo secular; rogando, añadieron unos, que se le trate benignamente; aunque otros, menos compasivos o más sinceros, protestaron de esta última cláusula. Era lo mismo. Aquello significaba que Juana iba a ser quemada. Dos frailes entraron en la prisión para notificarle la sentencia. La impresión fue terrible en la pobre doncella. Sollozaba profundamente, se arrancaba los cabellos con gestos convulsivos e inconscientes, y gritaba: « ¡Ay, ay! ¡Qué horriblemente me tratan! Este cuerpo, que nunca fue corrompido, va a ser reducido a cenizas. Apelo al tribunal de Dios, al gran Juez de vivos y muertos.» Pasada la crisis, se confesó durante largo rato, y por una contradicción extraña, a pesar de ser condenada por herética, le permitieron comulgar.

—¿Dónde estaré yo esta tarde?—preguntaba a su confesor.
—¿No tienes esperanza?
—Sí—replicó ella—; con la gracia de Dios, estaré en el paraíso.

Luego chirrió un carro a la puerta de la cárcel, aparecieron unos soldados ingleses y se la llevaron. Antes de subir a la hoguera pidió perdón a todos, y sus palabras hicieron saltar las lágrimas de muchos ojos. El mismo Cauchon lloraba. Después, dos verdugos la ataron a un poste, otro prendió fuego a las ramas; las llamas iluminaron el aire, y, en medio de un silencio profundo, se oyó a la mártir que clamaba con grito desgarrador: « ¡Jesús, Jesús, Jesús!»

(fuente: www.divvol.org)
otros santos 30 de mayo:

- San Humberto de Lieja 

- San José Marello

jueves, 29 de mayo de 2014

29 de mayo: Santos Félix y Voto

No es banal, desde luego, recuperar la mirada católica sobre España y la Humanidad entera. Pero tal mirada supera nuestros límites –¡los hombres sólo podemos construir ídolos que nos ciegan!–, es un don. No cambiemos la realidad de las cosas. El camino de la vida y de la libertad, del único futuro a la medida del hombre, no es encerrarse y separar. Es, sencillamente, el catolicismo. Lo dejó bien claro Juan Pablo II al final de su despedida en la madrileña plaza de Colón: «¡España evangelizada, España evangelizadora! ¡Ése es el camino! No descuidéis la misión que hizo noble a vuestro país en el pasado y que es el reto intrépido para el futuro».

Todo Aragón, con Zaragoza, está dominado por los sarracenos que hace más de medio siglo llegaron a España. Los cristianos sobreviven como pueden su fe en una situación nueva que aún no está del todo clarificada. Ahora resulta que los cristianos de siempre, los discípulos de Jesucristo de toda la vida, tienen que pagar tributos especiales al moro si quieren seguir haciendo las prácticas cristianas. Así, disgustados y humillados como muchos otros, viven los hermanos Voto y Félix que son gentes pertenecientes a la nobleza, piadosas y buenas con los pobres.

Voto es amante de la caza. Ha herido a un ciervo en el monte, y recorre el terreno revolviendo arbustos y mirando en la maleza para atraparlo. Alertado por los ladridos, ve a los perros acosando al animal que va huyendo; espolea a su caballo y se una a la persecución. El ciervo se despeña por un precipicio y, cuando Voto quiere darse cuenta, se le ha desbocado el caballo. Se encomienda a san Juan Bautista en su apuro y el caballo se inmoviliza, sin saber cómo, al mismo borde de la sima. (Aún hoy los vecinos devotos del lugar se atreven a mostrar en la peña las huellas que dejaron allí los hierros del animal).

Entre asustado y agradecido, inspecciona Voto el lugar, encontrando entre las matas y arbustos una ermita dedicada a san Juan Bautista que en su interior tiene un hombre muerto y una escritura donde se lee: «Yo, Juan, eremita en este sitio, habiendo despreciado al mundo, fundé como pude esta ermita en honor de san Juan Bautista, y aquí descanso en paz. Amén.». En una situación como la suya está aturdido y no sabe qué hacer ¡son tantas las cosas sucedidas en tan poco tiempo!... decide dar sepultura al muerto y, terminada la obra de piedad, regresa a su casa con el alma encogida y ansiando poner al corriente de los acontecimientos a su hermano Félix.

De la conversación deducen que el muerto bien pudiera ser Juan, el de Atarés, de quien nadie daba razón desde hacía años, después que desapareció; si acertaran en su conjetura, todo se explica por el retiro a una vida solitaria y santa. Ahora todo se les junta en la cabeza: la presencia de los moros y las dificultades para ser hombres íntegros de fe; lamentan el tiempo desperdiciado en cazas y naderías, conversan sobre el sentido de la vida; no se les va de la cabeza el milagroso parón del caballo a punto de despeñarse y el descubrimiento del solitario, muerto y ya enterrado, de la ermita... «¿No estará en todo esto hablándonos Dios?».

Deciden repartir sus bienes entre los pobres y se marchan al monte Panno; construyen dos ermitas junto a la que ya había y comienzan un retiro en paz. Allí contemplan con piedad la Pasión de Cristo, meditan animosamente las verdades eternas; es parco su alimento de raíces, hierbas y frutos que da el campo, en alguna trampa caen animales y, de tarde en tarde, sorbetean algunos huevos de nidadas salvajes; uno y otro se sienten movidos, además, a añadir mortificación por los pecados propios y ajenos. No les faltan momentos de tentaciones, se sienten a veces con ganas de volver a la civilización; uno alienta al otro cuando manifiesta debilidad o cansancio y juntos se apoyan con la oración.

Descubierta su presencia por otros que van ocupando el monte huyendo de la esclavitud que supone convivir con los discípulos del Profeta, van agregándose gentes que construyen otras cabañas donde vivir en la proximidad y abrigo de los eremitas. Recordando las gestas de don Pelayo en Asturias se aprestan a organizar una posible defensa en caso de necesidad; eligen como capitán a don García Jiménez que es militar y tiene experiencia en la lucha contra los mahometanos; en todo este nuevo modo de vivir, Voto y Félix ayudan con su aprobación sin abandonar su principal cometido orante. Voto muere primero, el día 29 de mayo, algo después se despidió Félix de este mundo y su fiesta se celebra el mismo día por la unión mantenida en el sitio, tiempo y modo de santidad.

(fuente: www.conocereisdeverdad.org)

otros santos 29 de mayo:

- Santa Úrsula Ledóchowska

miércoles, 28 de mayo de 2014

28 de mayo: Beato Lanfranco de Canterbury

Obispo
(1005-1069)

Dejando sus riquezas, Herluíno, un gran señor de Normandía, se retiró a un valle escondido, y en él empezó a construir un monasterio. Hoy es frecuente ver los señoríos que dejan a los señores; pero en aquellos siglos lejanos sucedía lo contrario todos los días. Tampoco vemos en nuestros tiempo muchos profesores que, cansados de decir vaciedades, se consagren al silencio.

Un día, cuando Herluíno estaba ya terminando el edificio monacal, se presentó delante de él un extranjero.

—Dios os guarde—dijo el desconocido.
—Él os bendiga—contestó el abad—. ¿Sois lombardo?
—Lombardo soy, y de Pavía.
—Se conoce en el acento. Y ¿qué se os ofrece? ¿Queréis pasar la noche en nuestra compañía?
—Quisiera pasar la vida. Mi deseo es hacerme monje.
—¿Vuestro nombre?
—Lanfranco.
—¡Lanfranco!... En otro tiempo oí hablar de un famoso profesor lombardo que llevaba ese nombre.
—También yo he oído hablar de él—dijo el desconocido con indiferencia.
—Bien—dijo Herluíno—. ¿Y podréis soportar la austeridad de nuestra vida?
—Aún no la conozco del todo; pero confío que, con la ayuda de Dios, podré hacer lo que otros hacen.
—¡Roger!—exclamó el abad, con un acento que recordaba al del caballero del castillo de Brionne cuando llamaba a sus soldados.

Presentóse un monje con la frente negra de sudor y las manos manchadas de cal. El abad le dijo:

—Lávate y trae a este joven el volumen de la Santa Regla.

Roger vino con el libro y lo entregó al extranjero, quien se puso a repasarlo rápidamente, paseando por el bosque cercano. Volvió algún tiempo después al abad y le reiteró su propósito de vestir la cogulla de San Benito. Aquella misma tarde entró en el noviciado.

«Al fin hallé la paz—se decía a sí mismo el nuevo novicio—. No es precisamente lo que yo buscaba; pero es algo mejor.»

Al emprender un camino casi nunca sabemos a dónde nos va a llevar. Y eso le había pasado al joven lombardo. Él era el famoso profesor de quien Herluíno había oído hablar en las fiestas ruidosas de Brionne, y si no lo había confesado, es que no lo creía de mucha utilidad. Pero lo sabían las juventudes de Pavía, que le habían aclamado y adorado. Italia le pareció un campo estrecho para sus triunfos. Pasó los Alpes con la misma arrogancia con que los pasara antaño el general cartaginés. En Avranches recogió nuevos laureles; pero el apetito de la gloria no le dejaba descansar en ninguna parte. Errante de ciudad en ciudad, llegó a la tierra de los normandos.

Unos ladrones le sorprendieron cierto día en el camino; le despojaron, y, tapándole la cara con el capuchón del manto, le ataron a una encina. La noche vino, y, en medio de la oscuridad, profundas reflexiones invadieron el ánimo de aquel peregrino de la ciencia. Quiso rezar, y entonces se dio cuenta de que sabía demasiadas cosas, y las hubiera dado todas por un salmo de David.

—¡Señor!—exclamó—, he pasado mi vida atormentando el cerebro; he gastado mi cuerpo y mi espíritu, y he dejado vacío el corazón... y no sé rezar...; pero salvadme de este peligro, porque os prometo aprenderlo.

Al día siguiente acertaron a pasar a su lado unos viajeros, que se compadecieron de él y le soltaron. Preguntóles si conocían algún monasterio cercano, y ellos le señalaron el de Bec, el que estaba levantando el abad Her-luíno. Así se hizo monje el profesor Lanfranco.

No había hallado la gloria, pero había hallado la paz, que valía más que ella. Los hermanos de Bec, soldados y colonos hasta entonces, no podrían enseñarle cosas nuevas; pero, al menos, le enseñarían la ciencia necesaria de rezar y obedecer. A rezar, el mismo paisaje le invitaba; el paisaje de aquel vallejo silencioso, donde sólo se oía el ruido lejano de los molinos; un vallejo que parecía una concha verde, en cuyo fondo repercute el eco de la inmensidad de Dios, como el caracol marino nos trae sonidos misteriosos de los mares.

Sin embargo, no es posible encontrar un paraíso en la tierra. El abad conoció pronto a su nuevo novicio, y empezó a mirarlo con especial predilección. Harto sabía que en su monasterio se necesitaba una mano sabia que desbastase un poco las inteligencias de aquellos normandos toscos e ignorantes. Por orden suya, Lanfranco empezó a explicar la dialéctica y la Sagrada Escritura. Muchos monjes le escuchaban por obediencia más que por afición. Las sutilezas del profesor eran un tormento para sus cabezas rudas. ¿Es que todo aquello servía de algo para ir al Cielo?

Otros veían mal que un advenedizo que acababa de entrar en la abadía se insinuase tanto en el ánimo del abad, y no recataban su despecho. Lanfranco lo advirtió, y tuvo la idea de retirarse a un desierto.

—Hermano Fulcrán—dijo un día al hortelano—, no sé qué me pasa en el estómago; necesito durante algún tiempo un plato de hierbas como las que se crían en el bosque de Brionne. En la huerta también debe de haberlas.

— ¡ Hem!... ¡ Hem!.... Los sabios tienen cosas raras.
—¡Vamos! ¿Es que también mi querido hermano Fulcrán se ha conjurado contra la ciencia?
—No lo piense usted; nuestro abad dice que es una cosa buena, y es seguro que debe serlo. Pero inútil querer meterla aquí dentro—afirmó Fulcrán, llevando la mano a su calva, negra y curtida por los soles del estío.
—¿Tendré las hierbas?
—Claro que sí; hay que hacer lo que se pueda con un hombre como usted.
—¿Desde mañana?
—Desde mañana.

Lanfranco se retiró tranquilo; pero Fulcrán, que no era tonto, pensaba en su interior: «¿Para qué querrá las hierbas el maestro Lanfranco? En dos días me estragaría yo el estómago con ellas. Y han de ser como las del desierto de Brionne. ¿Querrá marcharse allá?... Se lo diré al abad y que él se entienda. Después de todo, nada se pierde.»

Herluíno vio claramente que el lombardo quería hacer la experiencia de la vida eremítica antes de abandonar el monasterio. Fue a buscarlo, y con lágrimas en los ojos le conjuró que no le abandonase. Y le habló de una manera tan dulce, tan persuasiva, que Lanfranco no pudo resistir a sus palabras.

Entonces empiezan los días más gloriosos de su profesorado el Occidente venían a escuchar su doctrina, y Bec fue por unos años el foco principal de la sabiduría. De sus aulas salieron Pontífices, como Alejandro II y Ernulfo de Rochester; juristas, como Ives de Chartres; escritores y polemistas, como Radulfo, el vencedor de Berengario, y Guitmundo, arzobispo de Aversa; filósofos, como San Anselmo, el gran pensador de los siglos medievales.

Un contemporáneo decía del maestro: «Herodiano hubiera admirado sus conocimientos filosóficos; Aristóteles, su habilidad dialéctica; Cicerón, su palabra elegante; San Agustín y San Jerónimo, su doctrina escriturística. Atenas, en todo su apogeo literario, le hubiera honrado dándole la palma en todos los géneros de la elocuencia y en todas las ramas del saber.»

La herejía de Berengario dió al maestro de Bec ocasión para mostrar su fuerza en la dialéctica. Cuatro veces venció al heresiarca de los Concilios, y el fruto de sus disputas se conserva en el precioso libro que intituló Del Cuerpo y de la Sangre del Señor, joya admirable de la literatura patrística, que con la mayor claridad y profundidad desenvuelve la doctrina de la transustanciación.

Más dolorosa fue para el monje lombardo la lucha con el duque de Normandía. Guillermo había roto con la Santa Sede, y el Pontífice le había excomulgado. Quería el duque tener de su parte la autoridad del profesor de Bec, pero nunca pudo conseguirlo. Disimuló algún tiempo, hasta que un hecho insignificante le dió ocasión de exteriorizar su cólera. Un día, cuando Lanfranco explicaba una cuestión difícil a sus discípulos, vino a sentarse entre ellos Herfasto, capellán del duque, y empezó a hablar contra la doctrina del profesor. Herfasto era un hombre ignorante y lleno de orgullo. Su gran mérito delante de su amo era el decir la misa rápidamente, porque el duque tenía siempre prisa para ir de caza. Lanfranco no quiso entrar en disputa con el capellán, y como única respuesta mandó a uno de sus discípulos que le presentase unas tablillas donde estaba escrito el abecedario. Comprendió la ironía Herfasto, y, saltando de su asiento, salió jurando venganza.

Poco después recibió Lanfranco la orden de salir de Normandía. Los monjes lloraban y los discípulos también; pero él montó sereno en una muía coja y vieja, la única que había en el monasterio, y fue a despedirse del duque. Guillermo y sus gentes se echaron a reír viéndole de aquella manera.

—Ya veis, duque—dijo Lanfranco—, no es decoroso que mandéis así por esos mundos a uno de vuestros monjes.

Guillermo estaba entonces de buen humor; llamó al monje, se reconcilió con él y le prometió arreglar cuanto antes los asuntos que tenía con Roma. Fue tan sincera la reconciliación, que poco después el duque se apoderó de Inglaterra y puso a Lanfranco en la silla primada de Cantorbery.

Lanfranco era más erudito que filósofo; pero valía más todavía como gobernante. Fue durante quince años el verdadero amo de Inglaterra, y fueron quince años de paz, gracias a la fuerza de su carácter y a la flexibilidad de su genio. Sin olvidar los principios cuando estaba interesada su conciencia, era, sobre todo, hombre de expedientes. Delante del conquistador, acostumbrado a subyugarlo todo, incluso a la Iglesia, sabía ceder en cosas pequeñas para evitar grandes males. Gregorio VII le escribía desaprobando aquella política; pero Lanfranco tomaba de las cartas del Pontífice solamente el espíritu. «Si él estuviese aquí —decía—, obraría como yo.» De esta suerte consiguió cuanto quiso del rey.

Aquella política no le hubiera valido con su hijo y sucesor. Cuando Guillermo el Rojo le presentó el testamento en que su padre le dejaba el reino de Inglaterra, Lanfranco dudó de consagrarlo. Conocía muy bien a aquel hombre gordo, pequeño, de ojos atigrados, de vientre prominente y cuadradas espaldas. En él adivinaba un tirano feroz. Pero el destinado a luchar con el Rojo era su discípulo Anselmo. El maestro moría poco después de la consagración.

—No olvides nunca tus promesas — decía entonces al nuevo rey.

Y el rey le respondía:

—¿Quién podrá acordarse de todas las palabras que dice?

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 28 de mayo:

- Beato Luigi Biraghi
- San Germán de París

martes, 27 de mayo de 2014

27 de mayo: San Bruno de Würzburg

Obispo

Martirologio Romano: En Wurzburgo, de Franconia, en Alemania, san Bruno, obispo, que reconstruyó la iglesia catedral, reformó el clero y explicó al pueblo las Sagradas Escrituras (1045).

Etimológicamente: Bruno = Aquel que es de piel oscura, es de origen germánico.

Hijo del duque Conrado I y de Matilde de Suevia, pariente del papa Gregorio V y de los emperadores Conrado II y Enrique III, estuvo al frente de la cancillería imperial romana de 1027 a 1034. Obispo de Würzburg de 1034 a 1045.

Reconstruyó la catedral, preocupado por la instrucción del clero, escribió «Expositio in psalmos» comentando cada salmo, con textos de san Agustín y Casiodoro; «Comentario al Cantar de los cantares»; «Comentario al Padrenuestro».

Nadie entendía de dónde sacaba el tiempo el obispo, porque además acompañó en 1040 al emperador Enrique III por Alemania.

En 1042 dedicó muchas horas a conseguir que Inés de Poitou, hija del rey Guillermo de Aquitania, se casara con Enrique III.

En 1045 le acompañaba en una expedición contra Hungría, que resultó fatal. Llegados a Persenberg a orillas del Danubio, se alojaron en el castillo de la condesa Reichilde.

Un día mientras comían, el pavimento se vino abajo: hubo muertos y heridos, entre ellos Bruno. Que murió una semana después, tras una semana de auténtico purgatorio.

Enterrado en su catedral, hizo muchos milagros. Cuando quisieron canonizarle Inocencio IV avisó: «ni los méritos sin milagros, ni los milagros sin méritos, bastan para declarar santo a un cristiano». Pasó el examen con nota excelente.

(fuentes: santiebeati.it; catholic.net)

otros santos 27 de mayo:

- San Agustín de Canterbury

lunes, 26 de mayo de 2014

26 de mayo: Beatos Esteban de Narbona y Raimundo de Carbona

Sacerdotes y mártires de la Primera Orden († 1242). Aprobó su culto Pío IX el 6 de septiembre de 1866.

 En los albores del siglo XIII la situación de la Iglesia en Francia meridional, sobre todo en la región de Tolosa era más precaria que nunca por la difusión de la herejía albigense. El 22 de abril de 1234 Gregorio IX nombró a Guillermo Arnaud, dominicano oriundo de Montpellier, primer inquisidor en las diócesis de Tolosa, Albi, Carcasona y Agent, el cual, poniendo de inmediato manos a la obra diligentemente, encontró serias dificultades. Raimundo VII, conde de Tolosa, prohibió a sus súbditos tener cualquier contacto con Fray Guillermo y sus compañeros inquisidores, poniendo guardias en las puertas de los conventos para que no recibieran alimentos, es más, el 15 de noviembre de 1235 fueron expulsados de la ciudad todos los frailes dominicanos, los que se alejaron procesionalmente, cantando himnos sagrados. Al año siguiente pudieron regresar a su claustro, pero entre tanto el odio de los herejes contra los inquisidores crecía y provocaba tumultos.

Raimundo de Alfar, bali de Avignonet, pequeña ciudad a pocos kilómetros de Tolosa, decidió acabar de una vez. Simulando amistad y propósitos de conciliación, invitó a fray Guillermo y a los diez compañeros a su castillo, y después de haberlos encerrado en una gran sala, una noche los hizo asesinar mientras ellos valerosamente cantaban el “Te Deum”.

El 29 de mayo de 1242, vigilia de la Ascensión del Señor, avanzada la noche, cientos de albigenses armados de espadas, hachetas y cuchillos irrumpieron en la ciudad y llegaron al castillo. El traidor Raimundo de Alfar les abrió de par en par las puertas. Atravesaron salas, tumbaron puertas, hasta que llegaron a donde estaban los religiosos, los cuales comprendieron de inmediato que había llegado la hora del martirio. Ninguno pensó en huir, sino que todos, arrodillados entonaron el canto “Te Deum”. Terminada la oración, los albigenses, como hienas feroces, se abalanzaron sobre las inocentes víctimas, que cayeron como corderos mansos en la profesión heroica de la fe. En sus labios sólo tenían palabras de oración y de perdón : “Señor, perdónales, porque no saben lo que hacen!”. Dios glorificó el heroísmo de sus mártires. En el lugar del martirio y junto a sus tumbas sucedieron prodigios. La crueldad se ensañó principalmente contra fray Guillermo, a quien le fue cortada la lengua.

Entre los once mártires que cayeron por la defensa de la fe, hay también dos hermanos franciscanos: Esteban de Saint Thibery de Narbona y Raimundo Carbonario de Carbona.

Esteban de Narbona nació en Saint Thibery, en la diócesis de Maguelonne, en Francia. Siendo joven aún, dócil a la llamada del Señor, se hizo monje benedictino, para realizar el programa de San Benito “Ora et labora” (Oración y trabajo). Fue también Abad en un monasterio cerca de Tolosa. El mensaje dejado en su tiempo por San Francisco, la vida pobre, humilde y simple de los Hermanos Menores, el ardor apostólico y evangélico de los primeros Santos y de los primeros Mártires lo impresionaron tan profundamente, que pidió a sus superiores formar parte de la nueva Orden. Como San Antonio, en el mismo siglo, dejó la Orden de los Canónigos Regulares de San Agustín para hacerse franciscano, así él dejó la Orden de los Monjes Benedictinos para hacerse Hermano Menor. Hombre docto y santo, trabajó mucho por la defensa de la fe contra los errores de los albigenses. Con diez compañeros, entre ellos su cohermano Raimundo de Carbona, dio valerosamente la vida por amor de Cristo, con el martirio de la decapitación. Los Beatos Esteban y Raimundo fueron sepultados en Tolosa en la iglesia de los Hermanos Menores.

(fuente: www.franciscanos.net)

otros santos 26 de mayo:

- San Felipe Neri
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...