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sábado, 5 de julio de 2014

05 de julio: San Guillermo de Hirsau

Abad
(† 1091)

Primero se reveló el sabio, el sucesor de Gerberto y de — Hermán Contracto, el hombre apasionado de los viejos códices, de las experiencias científicas, de los números y de las máquinas. Nacido en un hogar humilde de Baviera, crece en el monasterio de San Emerano de Ratisbona, cantando en el coro monacal, escuchando con avidez en la escuela y practicando desde niño todos los deberes de la observancia. Antes de figurar en el número de los restauradores de la disciplina, ocupará un puesto distinguido entre los más ilustres promotores de la ciencia. Era la ciencia, más que las letras, el campo preferido de su actividad. Estudió, naturalmente, el trivio, y llegó a ser buen retórico, buen gramático y buen dialéctico; pero en las artes del cuatrivio, en la astronomía, en la geometría, en la música y en la aritmética, no había quien le igualase después que murieron los grandes maestros de Reims, de Arezzo y de Reichenau. Se le veía rodeado de rombos, pirámides, plomadas, esteras, manipulando con el monocordio, adaptando y sujetando tubos, alambres, ruedas y tornillos. Observaba los astros, hacía notables experiencias, disputada de las más sutiles cuestiones filosóficas y construía multitud de instrumentos y aparatos científicos. «Muchos son—decía luego a un monje de la abadía de San Emerano—los monumentos de su ingenio que aquí dejó, pero merece especial mención un reloj natural, a manera de hemisferio celeste. Enseñó, además, a descubrir de una manera sencilla los equinoccios y los solsticios y el estado del mundo en cualquier momento dado. En cuanto al cálculo y a la música, hizo observaciones que llenaron de admiración a sus contemporáneos.»

Según esta cita, puede considerarse a San Guillermo como el inventor de los relojes mecánicos. No podemos apreciar otras de sus novedades científicas, pues se han perdido los apuntes geométricos y astronómicos que escribió; pero aún conservamos un libro suyo que le coloca entre los mejores tratadistas musicales de la Edad Media. Son las instancias de un discípulo suyo las que le mueven a escribir, como nos insinúa él mismo en el prólogo. «Muy difícil—dice—es eso que me pides; pero porque manejas tan fuertemente la brida del amor, me lanzaré, aunque sea por las montañas, dispuesto a resbalar y caer, antes que a volver atrás. Invoquemos, pues, el nombre de Jesús, y bajo su dirección pongámonos en camino.» Guillermo se revela al mismo tiempo como un maestro en la teoría y en la práctica. Compone y enseña; recoge la doctrina de los antiguos y la enriquece con su propia observación. Este es el objeto de su tratado: resumir, aclarar, completar y explicar las obras que acerca de la música corrían en las escuelas medievales. Entre los antiguos, se inspira, sobre todo, en Boecio; entre los modernos, prefiere al hombre que por aquellos días revolucionaba los monasterios y catedrales de la cristiandad, Guido de Arezzo. Cuando Guillermo empezaba a estudiar en las cercanías del Rin, Guido descubría la gama musical en las orillas del Po. A pesar de su sencillez prodigiosa, el nuevo arte fue recibido con desconfianza, o; mejor aún, con hostilidad. Eran muchos los que preferían el vinagre revuelto a los dorados y chispeantes vinos, según la expresión del inventor. Y añadía: «No hay en nuestros tiempos hombres más fatuos que los cantores. Si, como ellos creen, el cantar consistiese únicamente en dar voces sin ton ni son, tendríamos que preferir los asnos a los ruiseñores; pero ya estamos acostumbrados a ver la caridad pisoteada por la envidia, que es tan frecuente entre los hombres de nuestra profesión.» En medio de la oposición general, Guillermo comprende el valor práctico, la originalidad y las enormes posibilidades que se encuentran en el nuevo método. El monje italiano es, en su sentir, la luz que ha disipado las tinieblas de errores y necedades; le sigue, le comenta y le cita con la misma veneración que a Boecio.

Pero este sabio, este ingenioso manipulador de retortas y tablas de cómputo, este investigador inquieto de los misterios de la Naturaleza, era más todavía: un explorador infatigable de los caminos de la vida interior. En la Naturaleza buscaba al Autor de la Naturaleza, y en la armonía un medio para levantar el alma hasta el origen de los números eternos. «Despreciando las alabanzas de los hombres—dice su biógrafo—, ponía todos sus esfuerzos en agradar a Dios.» Libre de toda ambición, enseñaba sencillamente a sus hermanos lo que sabía, pidiendo a Dios que le dejase ser siempre un simple monje, y conservar el espíritu de un simple monje. Pero Dios había dispuesto otra cosa: sin él haberlo imaginado, cuando su vida se acercaba a la vejez, los monjes de Hirsau, en la Selva Negra, le sacaron de su retiro y le pusieron al frente de la abadía. Esto era en 1069.

Desde entonces el hombre de ciencia se oculta para dejar paso al reformador. La reforma monástica, iniciada por Cluny, seguía avanzando, y Guillermo va a ser uno de sus más eficaces propagadores. Empieza por su monasterio. Hirsau quedó pronto convertido en un espejo del ideal evangélico: sus doscientos monjes celebran la alabanza divina con gravedad y magnificencia; sus escuelas se hacen famosas por la sabiduría de sus maestros; sus copistas llenan de libros todos los monasterios del Rin; reina el orden, la observancia y el trabajo. Ha aparecido una nueva institución: la de los hermanos legos. Guillermo, reuniendo a los antiguos familiares del monasterio, les ha puesto un hábito, les ha obligado a una observancia menos rigurosa que la de los monjes, y los ha destinado al servicio material de la abadía. El reformador busca por todas partes las costumbres que mejor interpretan la Regla benedictina. «Nuestro anhelo—dice—es imitar a los hombres más santos que han florecido en este instituto.» Ama, sobre todo, el espíritu de Cluny, y admira a San Hugo, su gran abad; pero sabe armonizar todas sus observancias en un conjunto vigoroso y original, en que infunde la savia del espíritu germánico. Guillermo le fija en sus dos libros de Las costumbres hirsaugíenses, uno de los documentos que mejor nos descubren la vida interna de los monasterios medievales. Ante todo, observamos un ambiente de rigidez militar. San Guillermo era un hombre minucioso, que sentía la necesidad de regular todos los gestos, todas las miradas, todos los movimientos de sus monjes. Busca en los hombres la misma exactitud que antes buscaba en los cómputos. Mide todas las inclinaciones que se deben hacer en el coro, la longitud de los pasos en el andar, la fuerza de la voz; determina la posición de los pies y de las manos, y precisa todos los detalles de la actitud del monje, cuando anda, cuando se sienta, cuando duerme o cuando está de pie. El monje sabe que, al levantarse, lo primero que debe hacer es ponerse la cogulla sentado en la cama; que luego se pone en pie y se termina de vestir; que no ha de olvidarse de coger el cuchillo y atarle a su ceñidor; que a continuación debe bajar al claustro para lavarse las manos, y, si quiere, la cara, para peinarse y para recibir la aspersión del agua bendita. La Regla le dice también que cuando está delante del abad, debe tener los dos pies juntos; que nunca puede saltar por encima de un objeto que se encuentre a su paso; que cuando se sienta en el claustro para leer, debe hacer una inclinación a los que leen cerca de él, y recoger un poco la túnica, de suerte que deje al descubierto los pies.

Los hermanos vigilantes recorren sin cesar el monasterio para ver si se observan todas estas prescripciones. Los culpables son delatados delante de la asamblea de la comunidad, y allí reciben el castigo. Es frecuente lo que se llama la pena del juicio: el reo, desnudas las espaldas, se postra en tierra y recibe los azotes, que deben ser suaves al principio, aumentando progresivamente en dureza según disposición del abad. El rebelde es castigado con el cepo, con las cadenas y con la cárcel. La cárcel no tiene puertas ni ventanas, siendo necesaria una escalera para entrar en ella. San Guillermo no condena al monje a un perpetuo mutismo; pero exige un silencio riguroso fuera de las horas destinadas al recreo. Una sola palabra en el refectorio, en la cocina, en el dormitorio o en la iglesia es castigada con la pena del juicio. Lo que sea indispensable debe decirse por medio de signos. Hay signos para toda clase de objetos: peces, legumbres, diversas clases de pan, de frutas, de comidas, de herramientas, de vasos, de edificios, de esencias, de ritos, de personas y de libros. Para pedir un libro se extiende una mano y se la mueve como para pasar una hoja; para pedir una obra profana, al signo general se añade el gesto de tocar la oreja con el dedo, «como el perro cuando se rasca con el pie, pues no sin razón podemos comparar a un pagano con ese animal».

Este legislador escrupuloso y austero era el hombre más sencillo, humilde y piadoso. Jamás consentía que en el altar le pusiesen ornamentos de oro o de cualquier otro material precioso. No podía ver que los monjes y los vasallos se postrasen delante de él para besarle los pies o las rodillas, según el uso del tiempo, y si no fuera por algunos ancianos de la comunidad, hubiera suprimido esta costumbre. «Se le veía siempre—dice un discípulo suyo—al frente del coro monacal, gimiendo y llorando, levantando los ojos y el corazón a Dios, y rogando por cada uno de los suyos. Si en la mesa le servían un plato especial, mandaba que se le llevasen a un enfermo. Tenía, sobre todo, una gran virtud, que es raro encontrar en los hombres poderosos, y es que si alguno le hacía una advertencia, la recibía como un aviso del Cielo. Amaba a todos los hombres, pero sobre todo a los desgraciados. No hubo pobre que se acercase a él sin marchar rico de alegría y hasta de dinero; se le veía recorriendo las aldeas para visitar a los enfermos y a los miserables; recibía bondadoso a todos los importunos, sin que nada pudiese fatigar su paciencia. Los mismos animales experimentaron la bondad inagotable de su corazón.»

Hubo un invierno más crudo, en que, día tras día; el cielo amanecía cubierto de una capa de plomo y la tierra vestida de una capa de nieve. Un pájaro vino a morir una mañana en la cámara abacial. El abad le vio, y creyó que aún podría volverle a la vida; pero estaba ya frío. Inmediatamente llamó a su mayordomo y le dijo:

—Los pájaros se mueren de hambre, y tenemos que mirar por ellos, porque también ellos son criaturas de Dios. Busca todos los manojos de avena que haya en casa, y colócalos alrededor del monasterio, sobre la cerca. —Señor—respondió el monje—, no tenemos ni un solo manojo de avena. —Habrá, sin embargo, de trigo—replicó el abad. —Sí—dijo el mayordomo—, de trigo hay todavía bastantes. —Pues vende éstos—ordenó el santo—, para comprar de los otros. Y date prisa, porque el tiempo no tiene traza de cambiar.

Aquel día todos los pájaros de la comarca se dieron cita en torno a la abadía de Hirsau. El abad bajó al jardín para verlos zambullirse alegres en las gavillas secas, y las avecillas le mostraban su agradecimiento piando y revoloteando a su alrededor.

Lo mismo que a los pájaros, Guillermo atraía a las almas y las ofrecía un refugio en su casa. Alemania ardía entonces en guerra, la guerra famosa de las investiduras, Gregorio VII, que tuvo siempre en Hirsau el centro más poderoso de su programa de reforma en las regiones del Rin y del Danubio, encontró ahora en su abad el auxiliar más decidido, el partidario más entusiasta. Y tal era el prestigo de Guillermo, que aunque todos sabían que su monasterio era la cindadela del papado en Alemania, ninguno de los cismáticos se atrevió a molestarle. Los monjes fugitivos, los obispos desterrados, los abades y los castellanos despojados por su fidelidad a Roma, el mismo legado del Pontífice, encontraban en Hirsau un asilo que las armas de Enrique IV no se atrevían a violar. La misma actividad de Guillermo parecía garantizada de toda violencia. Su ideal monástico empezaba a propagarse por todo el Imperio. Sin acobardarse por el ruido de las armas, el austero reformador pasaba de Baviera a Austria, de Suavia a Franconia, restaurando aquí un monasterio arruinado, allí levantando otro de nueva planta, más lejos restableciendo el rigor de la disciplina. Y a donde él no podía llegar, enviaba a sus discípulos: albañiles, arquitectos, escultores, decoradores, copistas y gramáticos. «Atraídos por su fama—dice el biógrafo—y por el prestigio de su elocuencia, los pueblos corrían hacia él como hacia el buen olor de Cristo; y él a todos los encendía en el amor de la vida celeste con su palabra y con su ejemplo.» Su voz fuerte y viril dominaba las multitudes; la suavidad de su palabra cautivaba los corazones, y si halagaba a los hombres cultos por la sutileza y la elegancia, a los ignorantes los arrastraba por la gracia de su bondad. En su mismo cuerpo veían sus contemporáneos como un vaso precioso, digno de contener la esencia de todas las virtudes: procer estatura, frente ancha, cabeza calva, rostro alargado y pálido, dedos largos, finos y de color de cera. Una bella figura, donde se reflejaban las luces de la inteligencia y las victorias del ascetismo. De la flexibilidad de su ingenio es buena prueba la facilidad con que supo adaptarse a las exigencias más variadas de la vida.

Repentinamente, el sabio se había transformado en gobernante, el gobernante en constructor y reformador, el reformador en apóstol; y lo fue todo de una manera eminente. En veinte años había realizado una obra prodigiosa, primero entre los libros y las máquinas, después en medio del coro monacal, en lo alto de los andamies, en las chozas de los labriegos, en las plazas y en los castillos; dispuesto más a sucumbir bajo la carga, como él decía, antes que a dar un paso atrás.

Esta energía alienta en él hasta su última hora. Casi agotado, se arrastra penosamente hasta el coro para seguir presidiendo y bendiciendo; aún ofrece el sacrificio de la misa, sostenido por dos monjes, y se hace llevar al capítulo para recordarles en pocas palabras la doctrina que les había predicado durante muchos años: ante todo, el amor de Dios; después, el celo por la observancia, la caridad fraterna, la práctica de la hospitalidad y el ejercicio de la limosna. «Hay una cosa—añadió—que nunca me ha dejado descansar tranquilo, y que me ha hecho derramar muchas lágrimas: ha habido con vosotros algunos hermanos que vivían según la prudencia de la carne, y me turbaban con sus palabras y se oponían a los consejos de la santa simplicidad; pero Dios los ha separado de nosotros y los ha arrojado del claustro. Por lo demás, pongo por testigo al Señor, que siempre me porté con vosotros sincera y benignamente. Este es el último capítulo: recoged la última recomendación del padre: conservad inviolablemente la unidad de la Iglesia, y permaneced en una amorosa obediencia a la Sede Apostólica.» Después se hizo llevar al oratorio de la Santísima Virgen, y delante del altar recibió los últimos sacramentos. Al verle morir, decían sus discípulos: «El fin de un hombre justo no puede llamarse muerte; es una transmigración, porque pasa de la tierra al Cielo, de la mortalidad a la inmortalidad.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 05 de julio:

- San Antonio María Zacarías

viernes, 4 de julio de 2014

04 de julio: Santa Isabel de Portugal

Santa Isabel
Reina de Portugal, Terciaria O.F.M.
1271-1336
Abogada de los territorios en guerra.
Isabel significa "Promesa de Dios"

Nacida en Aragón, España en 1271, santa Isabel es la hija del rey Pedro III de ese reino y nieta del rey Jaime el Conquistador, biznieta del emperador Federico II de Alemania. Le pusieron Isabel en honor a su tía abuela, Santa Isabel de Hungría.

Su formación fue formidable y ya desde muy pequeña tenía una notable piedad. Le enseñaron que, para ser verdaderamente buena debía unir a su oración, la mortificación de sus gustos y caprichos. Conocía desde pequeña la frase: "Tanta mayor libertad de espíritu tendrás cuando menos deseos de cosas inútiles o dañosas tengas". Se esmeró por ordenar su vida en el amor a Dios y al prójimo, disciplinando sus hábitos de vida. No comía nada entre horas.

La casaron cuando tenía 12 años con el rey Dionisio de Portugal. Esta fue la gran cruz de Santa Isabel ya que era un hombre de poca moral, siendo violento e infiel. Pero ella supo llevar heroicamente esta prueba. Oraba y hacía sacrificios por el. Lo trataba siempre con bondad. Tuvo dos hijos: Alfonso, futuro rey de Portugal y Constancia, futura reina de Castilla. Santa Isabel llegó hasta educar los hijos naturales de su esposo con otras mujeres.

El rey por su parte la admiraba y le permitía hasta cierto punto su vida de cristiana auténtica. Ella se levantaba muy temprano y leía 6 salmos, asistía a la Santa Misa y se dedicaba a regir las labores del palacio. En su tiempo libre se reunía con otras damas para confeccionar ropas para los pobres. Las tardes las dedicaba a visitar ancianos y enfermos.

Hizo construir albergues, un hospital para los pobres, una escuela gratuita, una casa para mujeres arrepentidas de la mala vida y un hospicio para niños abandonados. También construyó conventos y otras obras para el bien del pueblo. Prestaba sus bellos vestidos y hasta una corona para la boda de jóvenes pobres.

Santa Isabel frecuentemente distribuía Monedas del Tesoro Real a los pobres para que pudieran comprar el pan de cada día. En una ocasión, el Rey Dionisio, sospechando de sus actos, comenzó a espiarla. Cuando la Reina comenzó a distribuir monedas entre los pobre, el rey lo observó y enfurecido fue a reclamarle. Pero el Señor intervino, de manera que, cuando el rey le ordenó que le enseñara lo que estaba dando a los pobres, las monedas de oro se convirtieron en rosas.


Forjadora de la paz

El hijo de Isabel, Alfonso, tenía como su padre un carácter violento. Se llenaba de ira por la preferencia que su padre demostraba por sus hijos naturales. En dos ocasiones promovió la guerra civil contra su padre. Isabel hizo todo lo posible por la reconciliación. En una ocasión se fue en peregrinación hasta Santarém lugar del Milagro Eucarístico, y vestida de penitente imploró al Señor por la paz.

Llegó hasta presentarse en el campo de batalla y, cuando los ejércitos de su esposo y su hijo se disponían a la guerra, la reina se arrodillaba entre ellos y de rodillas ante su esposo e hijo, les pedía que se reconciliasen.

Se conservan algunas de sus cartas las cuales reflejan el calibre evangélico y la audacia de nuestra santa.

A su esposo: "Como una loba enfurecida a la cual le van a matar a su hijito, lucharé por no dejar que las armas del rey se lancen contra nuestro propio hijo. Pero al mismo tiempo haré que primero me destrocen a mí las armas de los ejércitos de mi hijo, antes de que ellos disparen contra los seguidores de su padre".

A su hijo: "Por Santa María Virgen, te pido que hagas las paces con tu padre. Mira que los guerreros queman casas, destruyen cultivos y destrozan todo. No con las armas, hijo, no con las armas, arreglaremos los problemas, sino dialogando, consiguiendo arbitrajes para arreglar los conflictos. Yo haré que las tropas del rey se alejen y que los reclamos del hijo sean atendidos, pero por favor recuerda que tienes deberes gravísimos con tu padre como hijo, y como súbito con el rey".

Consiguió la paz en mas de una ocasión y su esposo murió arrepentido, sin duda por las oraciones de su santa esposa.


Entra en el convento de las Clarisas después de enviudar

Por el amor tan grande que Santa Isabel le tenía a la Eucaristía, se dedicó a estudiar la vida de los santos mas notables por su amor a la Eucaristía, en especial Santa Clara. Después de enviudar, Santa Isabel se despojó de todas sus riquezas. Emprendió un peregrinaje a Santiago de Compostela, donde le entregó la corona al Arzobispo para recibir el hábito de las Clarisas como terciaria. El Arzobispo fue tan movido por este acto de la santa, que el le entregó su callado pastoral para que la ayudara en su regreso a Portugal.

Vivió los últimos años en el convento, dedicada a la adoración Eucarística.

Cuando estalló la guerra entre su hijo y su yerno, el rey de Castilla, Santa Isabel, a pesar de su ancianidad, emprendió un largísimo viaje por caminos muy peligrosos y logró la paz. Sin embargo el viaje le costó la vida. Al sentir próxima la muerte pidió que la llevasen al convento de las Clarisas que ella misma había fundado. Allí murió invocando a la Virgen Santísima el 4 de julio de 1336.

Dios bendijo su sepulcro con milagros. Su cuerpo se puede venerar en el convento de las Clarisas en Coimbra.

Fue canonizada en 1625

Santa Isabel de Portugal, ruega por la paz en nuestros países.

(fuente: www.corazones.org)

otros santos 04 de julio:

- Beata María Crucificada Curcio

jueves, 3 de julio de 2014

03 de julio: Beato Carmelo Volta

Sacerdote y mártir de la Primera Orden (1803‑1860). Beatificado por Pío XI el 10 de octubre de 1926.

Carmelo Volta es modelo y protector de los párrocos y de todos los que tienen cura de almas. Fue párroco celoso primero en Ain‑karen (San Juan en la Montaña) y luego en Damasco, donde, junto con sus cohermanos sufrió el martirio por Cristo. Había nacido en Real de Candia, cerca de Valencia, en España, en 1803. Su padre, José Volta y su madre Josefina Bamez, después de haberlo educado santamente en familia, lo confiaron a los Hermanos de las Escuelas Pías, para que fuera educado e instruido por estos religiosos.

Tenía 22 años cuando pudo realizar finalmente su deseo de consagrar a Dios su vida en la Orden de los Hermanos Menores. Después de la formación y los estudios, fue ordenado sacerdote. En 1831 llegó a Tierra Santa, donde se encontró con el Beato Manuel Ruiz. Sus espíritus estarán siempre unidos en un mismo ideal para compartir en un mismo campo las luchas del apostolado y el triunfo del martirio. Animado del espíritu de Dios, trabajó con gran celo por el bien de las almas que le fueron confiadas. A los 57 años de edad, el incansable ministerio pastoral había limitado sus fuerzas, por lo cual pidió un coadjutor, y lo tuvo en la persona del joven sacerdote Engelberto Kolland. La popularidad de Carmelo fue singular: en Ain‑karem y sobre todo en Damasco, era amado y respetado inclusive por los Musulmanes.

La noche del 10 de julio de 1860 los drusos invadieron el convento, Carmelo buscó refugio en un rincón de la escuela parroquial pero fue descubierto por un turco, que lo golpeó con un bastonazo. Un joven al ver esto, corrió para ayudar a su párroco, pero éste le aconsejó que huyera. Poco después llegaron otros musulmanes que le prometieron salvarlo con la condición de que renunciara a su fe en Cristo y se adhiriese a Mahoma. A esta propuesta, justamente indignado, gritó: “No faltaba más, que yo me hiciera turco! Soy cristiano y sacerdote, quiero morir siguiendo a Cristo”. Los musulmanes no le permitieron continuar, lo rodearon y los mataron a golpes de maza, mientras él repetía invocaciones a Dios. La segunda víctima estaba inmolada. El cielo acogía a un nuevo ciudadano, mientras en la tierra feroces alaridos vomitaban blasfemias e imprecaciones contra los seguidores de Cristo. Carmelo Volta tenía 57 años.

(fuente: www.franciscanos.net)

otros santos 03 de julio:

- San Guntier de Bretaña

miércoles, 2 de julio de 2014

02 de julio: San Jerónimo de Werten

Mártir en Gorcum. Sacerdote de la Primera Orden (1522‑1572). Canonizado por Pío IX el 29 de junio de 1867.

Jerónimo nació en 1522, en la pequeña ciudad de Werten, región de Horn (Holanda meridional) de familia católica acomodada. De ingenio vivaz y corazón generoso y extrovertido, de espíritu franco y magnánimo, pasó la juventud en la inocencia y la bondad. Sintió en sí la vocación a la vida consagrada y realizó su ideal entrando en la Orden de los Hermanos Menores. Después del noviciado, la profesión y los estudios, fue ordenado sacerdote.

En la vida fraterna se distinguió, como el Seráfico Padre, por un ardiente amor a la Pasión de Cristo y a los dolores de su afligida Madre. Partió como misionero a Palestina, donde permaneció algunos años y tuvo plena posibilidad de visitar aquella tierra santificada por Cristo con su vida y milagros, de la Virgen Dolorosa y la vida apostólica de los primeros seguidores de Jesús. Su actividad misionera en el país del Evangelio fue intensa. Fue arrestado por los musulmanes, encarcelado, golpeado hasta derramar sangre y luego repatriado. La gloria del martirio que no tuvo en Palestina, el Señor se la reservaba en su propia patria. Los sufrimientos soportados por Jesús en Tierra Santa, la incisión en el brazo derecho y en el pecho de una cruz roja, habían minado su salud.

En Holanda fue destinado al convento de Gorcum, bajo el mando de San Nicolás Pick. Allí se dedicó a la predicación en las ciudades y campos. Con elocuencia y competencia condenaba el error, reanimaba a los tímidos, volvía al buen camino a los descarriados, confirmaba en la fe a los hermanos. Por todos era llamado el “Peregrino de Tierra Santa”.

Arrestado el 9 de julio de 1572, junto con sus cohermanos fue llevado a través de poblados, expuesto a las burlas de la plebe. Conducido a Brielle, fue torturado de muchos modos para forzarlo a renegar de la fe en la Eucaristía y en el primado del Romano Pontífice. Al acercarse al patíbulo, un calvinista lo compadeció y se burló de él, luego comenzó a vomitar horribles blasfemias contra Cristo, la Virgen y los santos y viles calumnias contra el Papa. San Jerónimo llegó al límite de su resistencia. Cuando en ese calvinista reconoció al que había inducido a apostatar al joven novicio fray Enrique, que sin embargo más tarde se arrepintió, regresó a la Orden y murió santamente, Jerónimo tuvo un resto de fuerza. Lo apostrofó: “Hijo y ministro de Satanás, hasta cuándo seguirás viviendo en las tinieblas y manchándote de delitos? Un día vendrá también para ti el juicio de Dios”. Lo agarró por un brazo, lo tiró por tierra y con un pie apoyado en su pecho lo mantuvo inmóvil por unos momentos. Luego, con serenidad, le dijo: “Y ahora haz lo que debes hacer!”. Los herejes se lanzaron contra él y destrozaron su cuerpo. Invocando los nombres de Jesús y de María, inmoló su vida. El lazo le fracturó la garganta y su espíritu redimido por la corona del martirio, voló al cielo. Tenía 50 años.

(fuente: www.franciscanos.net)

otros santos 02 de julio:

- San Bernardino Realino

martes, 1 de julio de 2014

01 de julio: Santa Ester

Reina de Persia

Etimológicamente significa “estrella”. Viene de la lengua persa.

El libro de Ester contiene una de las más emocionantes escenas de la Historia Sagrada. Habiendo el rey Asuero (Jerjes) repudiado a la reina Vasti, la judía Ester vino a ser su esposa y reina de Persia. Ella, confiada en Dios y sobreponiéndose a su debilidad, intercedió por su pueblo cuando el primer ministro Amán concibió el proyecto de exterminar a todos los judíos, comenzando por Mardoqueo, padre adoptivo de Ester. En un banquete, Ester descubrió al rey su nacionalidad hebrea y pidió protección para sí y para los suyos contra su perseguidor Amán. El rey concedió lo pedido: Amán fue colgado en el mismo patíbulo que había preparado para Mardoqueo, y el pueblo judío fue autorizado a vengarse de sus enemigos el mismo día en que según el edicto de Amán, debía ser aniquilado en el reino de los persas. En memoria de este feliz acontecimiento los judíos instituyeron la fiesta de Purim (Fiesta de las Suertes).

El texto masorético que hoy tenemos en la Biblia hebrea, sólo contiene 10 capítulos, y es más corto que el originario, debido a que la Sinagoga omitió ciertos pasajes religiosos, cuando la fiesta de Purim, en que se leía este libro al pueblo, tomó carácter mundano. San Jerónimo añadió los últimos capítulos (10, 4-16, 24), que contienen los trozos que se encuentran en la versión griega de Teodoción, pero faltan en la forma actual del texto hebreo.

El carácter histórico del libro siempre ha sido reconocido, tanto por la tradición judaica, como por la cristiana. Un hecho manifiesto nos muestra la historicidad del libro, y es la existencia de la mencionada fiesta de Purim, que los judíos celebran aún en nuestros días. Sin embargo, han surgido no pocos exégetas, sobre todo acatólicos, que relegan el libro de Ester a la categoría de los libros didácticos o le atribuyen solamente un carácter histórico en sentido lato. Es éste un punto que debe estudiarse a la luz de las normas trazadas en la Encíclica "Divino Afflante Spiritu". Hasta aclararse la cuestión damos preferencia a la opinión tradicional.

En cuanto al tiempo de la composición se deciden algunos por la época de Jerjes I (485-465 a. C.), otros por el tiempo de los Macabeos.

La canonicidad del libro de Ester está bien asegurada. El Concilio de Trento ha definido también la canonicidad de la segunda parte del libro de Ester (cap. 10, vers. 4 al cap. 16, vers. 24), mientras los judíos y protestantes conservan solamente la primera parte en su canon de libros sagrados.

Los santos Padres ven en Ester, que intercedió por su pueblo, una figura de la Santísima Virgen María, auxilium christianorum. Lo que Ester fue para su pueblo por disposición de Dios, lo es María para el pueblo cristiano.

(fuente: es.catholic.net)

otros santos 01 de julio:

- Beato Antonio Rosmini

lunes, 30 de junio de 2014

30 de junio: San Adolfo de Osnabrück

Obispo

Martirologio Romano: En Osnabrück, en Sajonia, san Adolfo, obispo, que abrazó las costumbres cistercienses en el monasterio de Altenkamp (1224).

Etimología: Aquel que es un guerrero valiente, es de origen germánico.

Murió en Osnabrück el 30 de junio de 1224. Era hijo de una familia muy rica. El, sin embargo, dejando aparte tanta herencia y prebendas, se inclinó por hacerse monje.

La cosa no fue fácil para este joven. El no tenía una vocación decidida como otros tantos que estamos leyendo cada día en el santoral.

Fue justamente en un monasterio, llamado Cam, al que se retiró para pensar en sí mismo, en donde encontró los atisbos de su vocación religiosa a la vida consagrada.

Con todo respeto pidió al abad que le admitiera en el recinto sagrado. En seguida se ganó la simpatía de todos los hermanos en congregación. Durante los ocho últimos años de su vida desempeño pastoralmente el cargo de obispo de la ciudad que le vio nacer.

Su trabajo se basó principalmente en atender a los pobres y necesitados de atenciones, sobre todo el mundo marginado de los leprosos.

Uno de estos, que vivía alejado de todo el mundo, recibía la visita de Adolfo una vez al año. Le llevaba los remedios espirituales que, sin duda, eran más importantes que los simplemente materiales.

Se pasaba el día con él amigablemente charlando de temas de la oración y de la lectura de la Biblia.

Cada uno debe ocupar el puesto que la sociedad le encomienda con convicción y entrega absoluta a lo que la vocación le pide.

Este trabajo apostólico no era bien visto por algunos canónigos acomodados. Como no les prestaba la más mínima atención, lograron que el leproso se fuera de aquel lugar a otro . No sabían estos señores canónigos que la obra de Dios está por encima de comodidades. Por eso, un ángel del Señor lo trasladó a la cueva en que vivía anteriormente. La razón no era otra que Adolfo pudiera verlo como siempre.

En los últimos momentos de su vida, el leproso se vio asistido por su amigo. Lo confesó y murió tranquilamente en la paz de Dios.

¡Felicidades a los Adolfos!

Comentarios al P. Felipe Santos: fsantossdb@hotmail.com

(fuente: catholic.net)

otros santos 30 de junio:

- San Ladislao de Hungría

domingo, 29 de junio de 2014

29 de junio: Beata Salomé de Niederaltaich

Reclusa
(† 880)

Las dos damas de honor estaban intrigadas por la conducta de la princesa. «¿Para qué querrá—decían ellas— esa gracia encantadora que Dios le ha dado, y, sobre todo, esos estupendos ojos que subyugan cuanto se les pone delante?» Porque su señora, la ilustrísima princesa Salomé, la sobrina muy amada de Athelwolfo, huía de las fiestas regias, de las alegrías cortesanas, de los banquetes de honor, y viviendo en el magnífico palacio real, pasaba los días oculta en una de sus habitaciones más retiradas. Sin embargo; no estaba triste; al contrario, llevaba en el alma el secreto de una gran alegría.

Puestas a sospechar, las doncellas imaginaron que en aquélla vida enigmática se escondía algún amor muy hondo. No podía ser otra cosa en la primavera de aquellos veinte años tan espléndidos y prometedores. Y deseando resolver su duda, se pusieron a curiosear en la cámara de su ama. «Mira un montón de libros—dijo una—; tú, que entiendes de estas cosas, fíjate bien; tal vez sean versos amatorios.» Y cogiendo los códices, se los entregaba a su compañera, la cual iba leyendo los títulos: Historia de los Anglas, por el Venerable Beda; Cartas selectas, de San Jerónimo; Lamento de Penitencia, de San Isidoro; Morales, de San Gregorio Magno; Regla, del Padre San Benito; Vidas de los Padres... Todo aquello les parecía demasiado serio. En un rincón hallaron cadenillas, cilicios, ceniza, y quedaron horrorizadas.

Así las sorprendió la princesa. Ellas no sabían si reír o caer a sus plantas. Optaron por esto último, y confesaron ingenuamente su curiosidad y sus dudas. «No os habéis engañado—dijo ella sonriente—. Es cierto que tengo mi amador; y os voy a decir cómo he llegado a descubrirle. ¿Veis, hermanas queridas, el esplendor del firmamento, las luminarias del sol, el globo pálido de la luna, los coros de las estrellas que fulgen por perpetuas eternidades? Cada astro tiene su color propio y sus propias cualidades: unos tiemblan, otros están en completo reposo; unos son blancos, otros azules; otros rojos, otros amarillos, y hay algunos oscuros, nebulosos. Y si tendéis la vista por la tierra, os pasmaréis de la multitud de seres que la pueblan y su variedad: racionales e irracionales, sensibles e insensibles; divididos en especies innumerables, cada una con su propiedad, con sus potencias, con sus instrumentos de defensa y sus medios de vida; y luego, las flores, con sus matices variadísimos; los árboles, con sus múltiples frutos; las aves, con sus cantos inimitables. Todo tan bien dispuesto, que hay cosas agradables al paladar, otras apacibles a la vista; éstas aptas para alegrar la vida, aquéllas útiles para la gloria o saludables para la medicina. Si todo esto es tan bello, tan suave, tan agradable, ¿cuál no será la dulzura, la belleza del que ha creado y ordenado estas cosas y ahora las gobierna? Pues, ¿qué nos resta, una vez convencidas de esta verdad, sino que, tomando las criaturas perecederas como una escala, subamos por ella hasta el Sumo Bien, que no puede fallar?»

Con tanta suavidad hablaba la princesa, que sus damas se sintieron como encantadas y dominadas por su amorosa elocuencia. Dijéronle, al fin, que harían lo que ella les mandase y que la seguirían hasta el fin del mundo, y las tres heroínas, trocando sus principescas alhajas por modestos vestidos, resolvieron ir en peregrinación a los Santos Lugares.

Pasaron el mar, desembarcaron en Flandes y continuaron su camino por las llanuras de Baviera. Pero Salomé llevaba en sus ojos dos grandes enemigos. Aquellos ojos subyugaban los corazones en las márgenes del Danubio lo mismo que en la corte de Cantorbery. Por ellos un caballero perseguía a la joven princesa con palabras de amor. Ella no sabía cómo defenderse; hasta que una noche, saliendo de la posada, se dirigió a un prado solitario, donde, puesta de rodillas, rogó al Señor que no fuese su hermosura escándalo para ningún alma.

Unos instantes después se levantaba ciega. Sus ojos habían perdido la luz que tanto fascinaba. Anduvo largo rato a la ventura, ignorando dónde la llevarían sus pasos, hasta que cayó en las aguas del Danubio, donde habría perecido ahogada si no la recogieran unos pescadores. Pronto su cuerpo empezó a cubrirse de blancas escamas, de las que salía un hedor insoportable. Era el terrible mal de lepra, que vino a borrar todos los recuerdos de su antigua hermosura.

Sus deseos estaban cumplidos. Hecha horror de todo el mundo, la costó mucho trabajo darse a conocer a su pariente el abad de Altaich, a quien pidió por caridad una estrecha celda junto al altar mayor. Allí vivió reclusa, hasta que su pobre cuerpo quedó consumido por la terrible plaga. Pero ella estaba más contenta con aquel regalo de Dios que con todas las gracias que en otro tiempo la adornaron.

Los sábados y las fiestas de la Virgen eran para ella los días de mayor contento. En ellos, Dios le restituía la vista para que viese los coros de los bienaventurados que bajaban a consolarla en la cárcel. Y cuando, por este favor singular, tenía la dicha de contemplar la belleza de los Cielos a través de su estrecha ventanilla, decíase en su interior que eran bien pequeños aquellos dolores por cuya virtud había de ver muy pronto al Creador de tantas grandezas.

(fuente: www.divvol.org)

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