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sábado, 7 de mayo de 2016

07 de mayo: San Juan de Beverley

Obispo
(† 721)

El nombre de Whitby rebosa de gracia poética que ilumina los primeros tiempos del monacato inglés. Es el nombre de un monasterio, cuyo esplendor histórico describió el Venerable Beda con el cariño que ponía para todas las cosas bretonas. Su grandeza material y el encanto del lugar donde se alzaba, puede todavía verlos el viajero a través de las ruinas imponentes que duermen en el centro de uno de los más bellos paisajes de Inglaterra. Desde su elevada meseta verdeante, en cuyos flancos vienen a estrellarse las olas del mar del Norte, Whitby parecía una fortaleza de refugio para los que atravesaban los mares de las grandes aguas y el océano de la vida. Todo allí era imponente y majestuoso: la grandeza de los edificios, el mugir de las olas, los horizontes lejanos de la mar verdosa y el color oscuro de los picos gigantes que se esconden en las nubes.

La reina, la señora del peñón, era una mujer extraordinaria, hija de los reyes de Nortumbria, llamada Hilda, Santa Hilda. Sacada de las tinieblas del paganismo por la predicación de los monjes romanos enviados por San Gregorio Magno, no sólo creyó en Cristo, sino que quiso entregarse por completo a Él, y allí, en aquella altura, levantó un monasterio donde-vivían quinientas vírgenes, otro monasterio habitado por cien monjes, un faro para guiar a los navegantes que pasaban cerca de aquellos abruptos peñascos, y otro faro espiritual, una escuela, para todos los que tenían sed de sabiduría.

En las grandes fiestas, en los aniversarios festivos del año cristiano, Hilda organizaba espléndidos banquetes, que ella sabía convertir en funciones religiosas. Al fin de la reunión, según la vieja costumbre anglosajona, los comensales debían celebrar, uno tras otro, en cantos sencillos, en versos improvisados, en himnos sagrados y antífonas litúrgicas, las alegrías de la festividad. En estos campeonatos brillaba siempre el ingenio de un joven anglo, llamado Juan, que desde las escuelas de Cantorbery había venido a vivir a la sombra de la gran abadesa. Hilda le admitió complacida y dio el hábito benedictino. Juan era un adolescente, dulce de carácter, de alma candorosa y de virtud acrisolada. Además, traía grandes tesoros de saber eclesiástico y profano. En Cantorbery había sido discípulo del hombre más sabio de Inglaterra, del arzobispo Teodoro, que, además de su lengua nativa, el griego, conocía perfectamente el hebreo y el latín. En Whitby siguió estudiando con ardor, y pronto se convirtió en uno de los más ilustres maestros de aquella ciudad monástica. Allí conoció al santo, al venerable Ceadmón, el hombre que mejor sabía interpretar en lengua sajona los sublimes misterios de la religión cristiana. Con él empezaron a cantar las lenguas modernas, y no habrá seguramente literatura alguna que nos ofrezca en sus primeros balbuceos un sabor a idilio tan delicioso como el que nos ofrece la inglesa en este monje poeta.

Ceadmón era un simple boyero, un vasallo de la abadesa. Estaba ya en la edad madura, sin que nadie le hubiese enseñado a cantar. Sin embargo, no había ningún eco en la Naturaleza que no hiciese vibrar intensamente las fibras de su alma. Pero no sabía expresar sus sentires, y era para él un tormento no poder mezclar su voz con las de los otros, cuando le invitaban a los convites de la abadía. Al llegarle la vez, al tener que recibir el arpa, se levantaba de la mesa y salía entristecido a llorar su vergüenza en un rincón del establo donde tenía sus bueyes. Y sucedió que un día, mientras lloraba agobiado por la tristeza, oyó una voz que le decía: «Ceadmón, canta.» Y el boyero respondió: « ¿Quién eres tú, que me mandas cantar? ¿Quieres acaso reírte de mí? ¿No ves que por mi rudeza he tenido que dejar la sala del banquete?» «No importa, canta», replicó la voz. «Y ¿qué voy a cantar?» «Canta el principio de las cosas y la creación del mundo.»

Y de la boca del boyero brotó un torrente impetuoso de poesía: versos sublimes, rimas encantadoras, que hablaban de la gloria y felicidad divina, del poder del Creador, Dios eterno, fuente de toda belleza, Padre del género humano, que dio a los hijos de los hombres la tierra por morada y puso sobre ella el techo radiante y majestuoso de los cielos. Desde entonces cambió la zamarra por la cogulla, y, monje fervoroso, deslumbrado por los fulgores de la otra vida, no quiso utilizar aquel arte sagrado más que para hacer odiar el mal y amar el bien, pintando con viveza los horrores del juicio último, las penas del infierno, los goces del Paraíso y la acción de la Providencia en el mundo. Aún conservamos fragmentos de aquella poesía fresca y graciosa como una mañana de primavera.

Tal es el ambiente en que Juan pasó su juventud sirviendo a Dios, aprendiendo y enseñando las letras divinas y humanas y practicando alegremente los deberes de la vida religiosa. La abadesa le miraba como el mayor prestigio de su fundación, y se acercaba tranquila al sepulcro, pensando que el joven maestro aseguraría su obra. Pero la gloria de Whitby debía ser pasajera. En 680 moría la fundadora; Ceadmón había cesado de cantar algún tiempo antes, y casi al mismo tiempo Juan fue arrebatado a la paz del claustro para gobernar sucesivamente las diócesis de Hexham y de York. En adelante se le vio recorriendo los caminos y derramando en los pueblos más humildes bendiciones y consuelos. El Venerable Beda, que recibió las órdenes de su mano, nos le representa buscando a los enfermos para devolverles la salud, albergando a los peregrinos en su casa episcopal, aliviando a los necesitados con sus limosnas y con la bondad de su palabra, siempre dulce y puro, siempre animado de una solicitud paternal para todos los que sufrían. Entre los pobres que diariamente le pedían limosna, se presentaba desde hacía años un hombre tullido, mudo y tinoso. Admirado de ver la paciencia con que sufría sus enfermedades, el obispo le cogió un día cariñosamente de la barba y le llevó consigo. Ya en casa, se puso en oración, y volviéndose luego al doliente, empezó a sacarle la lengua, le enseñó a vocalizar y no quiso despedirle hasta que supo hablar y leer.

El obispo seguía siendo un maestro abnegado. Sus discípulos le rodeaban constantemente: se agrupaban junto a él en el templo, vivían con él en la casa episcopal y le acompañaban en sus viajes apostólicos. Eran jóvenes clérigos o muchachos seglares, pertenecientes a las principales familias del reino. El les enseñaba la música, la gramática y la retórica, sin ahogar el gusto de los ejercicios violentos, tan propios de la raza anglosajona. Visitaba una vez el obispo su diócesis en compañía de toda la cohorte estudiantil. Cada uno de aquellos muchachos caminaba en su caballo, escuitando al maestro y escuchando atentamente sus palabras. De pronto se encontraron en una espaciosa llanura cubierta de hierba verde y menuda. « ¡Qué hermoso campo para galopar!», exclamó uno de aquellos jóvenes, y sus palabras inflamaron a todos sus camaradas en el deseo de lanzarse a la carrera. Cuadráronse delante del obispo a la manera militar, y a fuerza de insistir lograron esta respuesta: «Haced lo que queráis, pero que Heribaldo se quede conmigo.» Heribaldo, el discípulo predilecto, la esperanza del anciano prelado, se puso triste. También él quería luchar en ligereza con sus compañeros y lucirse guiando el potro bravo y hermoso que dos días antes le había dado su maestro. Y de pronto echó a correr, como arrastrado por la vivacidad del animal, pero con tan mala suerte, que el caballo tropezó, y él vino a dar contra una roca, sin sentido y medio muerto. Rodeáronle sus compañeros, consternados; tendieron un pabellón en aquel mismo sitio, y allí pasaron la noche en torno a su compañero. El obispo no podía separarse de la cabecera. Rezaba, se lamentaba y asía la mano del herido, temiendo que la muerte se le arrebatase. Por fin, al amanecer, Heribaldo abrió los ojos, y el piadoso doctor, dice el relato de Beda, no pudiendo contener la alegría, preguntó; «¿Me conoces?» «Sí—respondió él—; eres el obispo Juan, mi señor muy amado.»

Así transcurrió aquella vida sencilla y noble: enseñando, consolando y derramando alegría. Tres años antes de morir, Juan dejó el episcopado y se fue a esperar la llamada de Dios en el monasterio de Beverley, donde, a semejanza de Hilda, había organizado un refugio, una escuela y un centro de apostolado.

Al rumor de las escuelas, al trote de los caballos, a la conversación con los hombres, suceden ahora los coloquios con los ángeles, el silencio de las ascensiones místicas, el ansioso galopar de la mente por los espacios infinitos de la luz y del amor.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 07 de mayo:

- Beato Eduardo José Rosaz 
- Beata María de San José
- Santa Flavia Domitila 

viernes, 6 de mayo de 2016

06 de mayo: Beata Ana Rosa Gattorno

(1831-1900)

"Amor mio, cómo puedo hacer para que todo el mundo te ame?… Sírvete una vez más de este tu miserable instrumento para reavivar la fe y la conversión de los pecadores".

Este impulso generoso brotado a los pies de su "Sumo Bien", que la atraía siempre más irresistiblemente a sí, constituyó el anhelo profundo del corazón de Ana Rosa Gattorno, hasta impulsarla a ofrecer totalmente su vida en una continua inmolación por la gloria y complacencia del Padre.

Nació en Génova el 14 de octubre de 1831, de una familia de condición económica acomodada, de buena posición social y de profunda formación cristiana. Fue bautizada el mismo día, en la Parroquia de San Donato, con el nombre de Rosa María Benedetta.

En el padre Francisco y en la madre Adelaida Campanella, ella como sus otros cinco hermanos, encontró los primeros formadores esenciales de su vida moral y cristiana. A los doce años recibió la confirmación en Santa María de las Viñas, de manos del Arzobispo Cardenal Plácido Tadini.

Durante su juventud, le fue impartida la instrucción en casa, como era usanza en las familias acomodadas del tiempo. De carácter sereno, amable, abierto a la piedad y a la caridad, sin embargo firme, supo reaccionar ante la conflictualidad del clima político y anticlerical de la época, que afectó también a algunos componentes de la familia Gattorno.

A los 21 años (5 de noviembre, 1852) , contrajo matrimonio con su primo Jerónimo Custo y se trasladó a Marsella. Una imprevista crisis financiera turbó muy pronto la felicidad de la nueva familia, obligada a volver a Génova marcada por la pobreza. Desgracias aún mas graves la amenazaban, su primera hija Carlota afectada de una improvisa enfermedad quedó sordomuda para siempre; el tentativo de Jerónimo para hacer fortuna en el extranjero se concluyó con el regreso, agravado por una funesta enfermedad; el gozo de los otros dos hijos fue profundamente turbado por el fallecimiento del marido, que la dejó viuda a menos de seis años de casada (9 de marzo, 1858) y después de algunos meses la pérdida de su último hijito.

El apremiar de tantos acontecimientos tristes, marcó en su vida un cambio radical que ella llamará "su conversión" a la oferta total de sí al Señor, a su amor y al amor del prójimo.

Purificada por las pruebas, pero fuerte en el espíritu, comprendió el verdadero sentido del dolor, enraizándose en la certeza de su nueva vocación.

Bajo la guía del confesor don José Firpo emitió en forma privada los votos perpetuos de castidad y obediencia en la fiesta de la Inmaculada del 1858; enseguida también el de pobreza (1861), en el espírirtu del pobrecito de Asis, como terciaria franciscana. Desde el 1855 había obtenido el beneficio de la comunión diaria, no común en aquel tiempo. A tal manantial de gracia quedó constantemente anclada y sostenida por una siempre mayor intimidad con el Señor, en la cual encontró apoyo, ardor misionero, fuerza e impulso para el servicio a los hermanos.

En 1862 recibió el don de los estigmas ocultos, percibidos más intensamente los días viernes.

Ya esposa fiel y madre ejemplar, sin sustraer nada a sus hijos, siempre tiernamente amados y acompañados, con una mayor disponibilidad aprendió a compartir los sufrimientos de los otros, prodigándose en apostólica caridad: "me dediqué con mayor fervor a las obras piadosas y a frecuentar los hospitales y a los pobres enfermos a domicilio, socorriéndoles con cuanto podía y sirviéndoles en todo".

Las asociaciones católicas en Génova la solicitaban y así, aún amando el silencio y el anonimato, todos notaron el carácter genuinamente evangélico de su tenor de vida. Progresando en este camino le fue confiada la presidencia de la "Pía Unión de las nuevas Ursulinas, Hijas de Santa María Inmaculada", fundada por Frassinetti y por expreso deseo del Arzobispo Monseñor Charvaz, también la revisión de las reglas destinadas a la Pía Unión.

Justamente en aquella circunstancia (febrero 1864), en un clima de más intensa oración, delante del Crucifijo, recibió la inspiración de una nueva regla para una suya específica Fundación.

Temiendo ser obligada a abandonar los hijos, reza, hace penitencia, pide consejo. Fray Francisco de Camporosso, santo capuchino lego, aún mostrándose temeroso por las graves tribulaciones que se perfilaban, la sostiene dándole valor; de igual manera lo hacen el confesor y el Arzobispo de Génova.

Advirtiéndo siempre más insistentes sus deberes de madre, quiso la confirmación competente de la misma palabra de Pío IX, con la secreta esperanza de ser aliviada. El Pontífice en la audiencia del 3 de enero de 1866, la exhorta en cambio a iniciar de inmediato la fundación, agregando: "Este Instituto se extenderá rápidamente en todas las partes del mundo; Dios pensará en tus hijos, tú piensa a Dios en su obra". Aceptó, entonces, cumplir la voluntad del Señor y como después escribió en sus memorias: "con generosidad hice a Dios la oferta y le repetía las palabras de Abraham: "Héme aquí para cumplir tu voluntad "… me ofrecí víctima por su obra y recibí consolaciones muy grandes…". Superadas las resistencias de los parientes y abandonadas las obras de Génova, no sin disgusto de su Obispo, da inicio en Placencia a la nueva Familia Religiosa que denominó definitivamente "Hijas de Santa Ana, Madre de María Inmaculada" (8 diciembre 1866). Vistió el hábito religioso el 26 de julio de 1867 y el 8 de abril de 1870 emitió la profesión religiosa junto a doce hermanas.

En el desarrollo del Instituto recibió la colaboración del P. Juan Baustista Tornatore, sacerdote de la Misión, a quien pidió expresamente que escribiera las Reglas y que luego fue considerado Cofundador del Instituto. Confiada totalmente a la Providencia divina y animada desde el principio de un valeroso impulso de caridad, Rosa Gattorno dió inicio a la construcción de la "Obra de Dios", como la había llamado el Papa y como la llamará siempre también ella, elegida para cooperar, en espíritu de donación materna, atenta y solícita hacia las diversas formas de sufrimiento y de miseria moral o material, con la única intención de servir a Jesús en sus miembros adoloridos y heridos y de "evangelizar ante todo con la vida".

Da inicio a varias obras de servicio para los pobres y enfermos de cualquier enfermedad, para las personas solas, ancianas, abandonadas; los pequeños e indefensos; las adolescentes y las jóvenes "en peligro" a quienes proveía una instrucción adecuada y la sucesiva inserción en el mundo del trabajo.

A estas formas, se agregan muy pronto la apertura de escuelas populares para la instrucción de los hijos de los pobres y otras obras de promoción humano-evangélica, según las necesidades más urgentes de la época, con una efectiva presencia en la realidad eclesial y civil. Llamaba a sus hijas "Siervas de los pobres y ministras de la misericordia" y las exhortaba a acoger como signo de predilección del Señor el servicio a los hermanos, cumpliéndolo con amor y humildad: "Sean humildes… piensen que son las últimas y las más miserables de todas las creaturas que prestan su servicio a la Iglesia, de la cual tienen la gracia de formar parte".

A menos de diez años de fundación el Instituto obtuvo el Decreto de Aprobación(1876), y la aprobación definitiva en 1879, mientras que para la aprobación de las reglas se tuvo que esperar hasta el 26 de julio de 1892.

Muy apreciada y estimada por todos, colaboró en Placencia con el Obispo Monseñor Scalabrini, ahora beato, en modo particular en la obra a favor de las sordomudas por él fundada.

A pesar de todo, no fueron ahorradas a Madre Rosa Gattorno pruebas, humillaciones, dificultades y tribulaciones de todo género. No obstante esto, el Instituto se difundió rápidamente en Italia y en el extranjero, realizando así el ardiente deseo misionero de la fundadora: "Amor mío! Cómo me siento arder de deseo de hacerte conocer y amar por todos; quisiera atraer a todo el mundo, dar a todos, socorrer a todos… quisiera correr por doquier y gritar fuerte para que todos vengan a amarte". Ser "portavoz de Jesús" y hacer llegar a todos los hombres el Amor que salva, fue siempre el anhelo profundo de su corazón. En 1878 enviaba ya a las primeras Hijas de Santa Ana en Bolivia, después Brasil, Chile, Perú, Eritrea, Francia, España.

En Roma, donde había iniciado su obra desde el 1873, organizó escuelas masculinas y femeninas para los pobres, jardínes infantiles, asistencia a los hijos recién nacidos de los obreros de la Manufactura de tabaco, casas para ex prostitutas, mujeres de servicio doméstico, enfermeras a domicilio, surgió también la Casa Generalicia, con la Iglesia anexa.

A su muerte dejó 368 casas, en las cuales desempeñaban su misión 3.500 hermanas.

El secreto de su camino de santidad, del dinamismo de su caridad y de la fuerza de ánimo con la cual supo afrontar con fe robusta todos los obstáculos y guiar por 34 años, con dedicción plena, valor y clarividencia el Instituto, fue su continua unión con Dios y un total y confiado abandono en El: "No obstante en medio de tanto tumulto de un abismo de trabajo, nunca he quedado privada de la unión con mi Bien"; la atención y docilidad a los impulsos del Espíritu, la íntima y amorosa participación a la pasión de Cristo; la incesante súplica por la conversión de los pecadores y la santificación de todos los hombres.

Nutrió hacia la Iglesia un vivo sentido de pertenencia y fue siempre humilde, devota y obediente a las directivas del Papa y de la Jerarquía.

En su predilección por Santa Ana, vivió un amor especial hacia María en quien se confió enteramente para ser toda de Dios y toda de los hermanos.

Puro y simple instrumento en las manos del " delicado Artífice", conformada a Cristo pobre y víctima de amor con El, realizó en su vida el anhelo inculcado a sus hijas : "Vivir por Dios y morir por El, gastar la vida por amor".

Así vivió hasta febrero de 1900, cuando afectada por una inesperada enfermedad, se agravó rápidamente. Sometida a duras pruebas de penitencia, frecuentes y extenuantes viajes, una intensa correspondencia epistolar, preocupaciones y grandes disgustos, su físico no pudo más. El 4 de mayo recibió el sacramento de los enfermos y dos días después el 6 de mayo, a las 9 de la mañana, cumplido su peregrinaje terreno se extingue santamente en la Casa General.

La fama de santidad que ya había irradiado en vida, irrumpe en ocasión de su muerte, creciendo ininterrumpidamente en todas partes del mundo.

Expresión de un singular designio de Dios, en su triple experiencia de esposa y madre, viuda y después religiosa- fundadora, Rosa Gattorno ha honrado la dignidad y el "genio de la mujer" en su misión al servicio de la humanidad y la difusión del Reino. Siempre fiel a la llamada de Dios y auténtica maestra de vida cristiana y eclesial, permaneció esencialmente madre: de sus hijos, que constantemente acompañó; de las hermanas, que profundamente amó; y de todos los necesitados, de los sufridos y de los infelices, en cuyo rostro contempló al mismo Cristo, pobre, llagado y crucificado.

Su carisma se ha difundido en la Iglesia con el surgir de otras formas de vida evangélica: Hermanas de vida contemplativa, Asociación religiosa de vida sacerdotal, Instituto Secular y Movimiento eclesial de laicos, activamente operante en la Iglesia en casi todas partes del mundo.

(fuente: vatican.va)

otros santos 06 de mayo:

jueves, 5 de mayo de 2016

05 de mayo: San Ángel de Jerusalén

Predicó valientemente el Evangelio enseñando la doctrina verdadera. Fue mártir de la fe. Se le invoca contra enfermedades y pestes.

Martirologio romano: En Licata, en Sicilia, Italia. San Ángel de Jerusalén, sacerdote de la orden de los carmelitas y mártir de la fe.

Ángel significa: El que es portador del mensaje de Dios, proviene del Griego.

Resumen: San Ángel fue uno de los primeros carmelitas que regresaron de Monte Carmelo en Sicilia, donde, de acuerdo a las fuentes tradicionales de confianza, murió en Licata a manos de hombres malvados, en la primera mitad del siglo XIII. Venerado como mártir, pronto se construyó una iglesia en el lugar de su martirio en el que fueron depositados sus restos mortales. En 1662 las reliquias fueron trasladadas a la nueva iglesia, que se construyó en el mismo lugar, después de pedir la intercesión del Santo para que liberara al pueblo de la peste que los azotó en el año 1625. El culto de San Ángel de Jerusalén, se extendió rápidamente por todo el pueblo y las regiones cercanas.


Biografía

San Ángel nació en Jerusalén en el año 1185, sus padres eran judíos conversos. Cuando su hermano gemelo Juan fallece, decide entrar a la orden los Carmelitas a la edad de 25 años, en donde realizó su profesión de fe.

La Orden sufrió una transformación en el siglo XIII, pasaron de ser contemplativos a mendicantes. Todo esto ocurrió durante el periodo que San Francisco de Asís y Santo Domingo de Guzmán, trajeron grandes cambios espirituales a la Iglesia.

En ese mismo momento de la historia, que San Ángel entró en el Carmelo logró ser ordenado sacerdote, en el año 1218, le dan la misión de ir a Roma para explicar y obtener del Papa Honorio III, la confirmación de la nueva Regla del Carmelo; El mismo Papa Honorio fue quien aprobó la Orden franciscana en el año 1226.

Después de predicar con fruto en San Juan de Letrán, Ángel fue enviado a Sicilia a predicar en contra de la ´cátaros´, unos herejes que estaban infestando a los pobladores de la Isla con sus malas doctrinas, ellos condenaban el sacramento de matrimonio, negaban la resurrección de la carne, entre otras cosas.


El martirio

En Licata (Agrigento), donde se estaba predicando el Santo, se encontró con un escudero de la localidad, llamado Berenger, quien era uno de los más tercos cátaros, que vivía en condición de incesto. Ángel convenció a la compañera de este hombre que lo dejara y viviera en santidad, Berenger al enterarse de esto se enfureció tanto que planeó un ataque en contra del Santo, y mientras Ángel estaba predicando en la iglesia de los Santos. Filippo y Giacomo, lo atacó y lo hirió de muerte clavándoles cinco puñaladas por la espalda. Lo llevaron a una casa cercana, donde cuatro días más tarde murió a causa de su fe y de sus heridas mortales, era el 05 de mayo de 1225. En su lecho de muerte pedía a los habitantes de Licata mantenerse fiel a los preceptos de Dios y perdonar a su asesino.

Fue enterrado en la misma iglesia en la que sufrió el martirio y su tumba pronto se convirtió en un lugar de peregrinación, su culto se extendió rápidamente.

La Orden del Carmen lo venera como santo por lo menos desde 1456. En 1662 sus restos fueron trasladados a la nueva iglesia, construida en el mismo lugar, después de pedir la intercesión del Santo para que liberara al pueblo de la peste que los azotó en el año 1625.

La iconografía lo representa con la palma del martirio en la mano, tres coronas (la virginidad, la predicación, y el martirio) y con una espada que atraviesa su pecho.

El culto de San Ángel de Jerusalén, se extendió rápidamente por todo el pueblo y las regiones cercanas e hizo que la orden de los carmelitas se diera a conocer por toda Italia.

(fuente: www.pildorasdefe.net)

otros santos 05 de mayo:

- San Eutimio
- San Hilario de Arlés
- Beato Nunzio Sulprizio 

miércoles, 4 de mayo de 2016

04 de mayo: San Silvano de Gaza y compañeros mártires

San Silvano, obispo de Gaza, y treinta y nueve compañeros fueron hechos mártires en Palestina en el siglo IV. Fueron coronados con el martirio durante la persecución del emperador Diocleciano.

La historia de este Santo está relatada en la obra ‘Mártires de Palestina’ de Eusebio de Cesarea y en el martirologio romano. Según la tradición se dice que Silvano, un sacerdote del clero de Gaza, fue nombrado Obispo a finales del siglo III. En torno al 304 comenzaron unas terribles persecuciones contra los cristianos que allí se encontraban. Y soportaron eso con paciencia y fidelidad admirable. Entre ellos San Silvano. Fueron condenados a trabajos forzados en las minas de la región hasta que les decapitaron por orden del césar Maximino Daya en el 304.

(fuente: infovaticana.com)


otros santos 04 de mayo:

- Beato Juan Martín Moyë
- Santa Afra de Brescia
- Beato Ladislao de Gielnow

martes, 3 de mayo de 2016

03 de mayo: Santos Felipe y Santiago el menor

Apóstoles
(Siglo I)

Dos más de los discípulos de Jesús, de aquellos hombres — envidiables que siguieron al Hombre-Dios a través de los caminos polvorientos y se sentaron a descansar con él junto a la misma fuente. Mucho mal de ellos han dicho los escritores. Les han llamado duros de cabeza y de corazón, ambiciosos, incapaces de comprender las límpidas parábolas del Reino, indecisos en su adhesión, cobardes en la hora del peligro, celosos de sus privilegios, impacientes por recibir la recompensa. Todo esto es verdad: ellos mismos lo han confesado ingenuamente; pero tal vez nos hemos fijado menos en su generosidad, en su entusiasmo y hasta en el ímpetu del amor que necesitaban para seguir a un hombre que les hablaba de pobreza, de mansedumbre y de perdón. No eran muchos los que tenían el valor que ellos. Ellos jamás se dijeron aquella reflexión que murmuraban tantos admiradores de un día: «Duro es este lenguaje; ¿quién puede escucharle?» Eran fuertes las enseñanzas del Maestro, se necesitaba esfuerzo para asociar la vida a su destino. «Las raposas tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza.» Al oír estas palabras, el escriba meneaba la cabeza, se encogía de hombros y se escondía poco a poco entre la multitud. Pero ni Felipe ni Santiago se cansaron un solo momento de aquella vida de privación.

En el momento mismo de unirse a Jesús, Felipe había mostrado una docilidad comparable a la de Pedro y a la de Juan. «Sígueme», le dijo el Rabbí un día cerca del lago de Genesareth, su lago, porque también él era de Bethsaida; y en el mismo instante lo dejó todo: tenía casa, tenía mujer, tenía hijas, pequeñas todavía, y todo lo abandonó por seguir a Jesús. Jesús le da un puesto entre los doce; pero sin manifestarle especial predilección. Es menos afortunado que Cefas, su compadre, y Santiago, su convecino, y Andrés, su amigo. No obstante, desde el primer instante se ha convertido en un propagandista. Bartolomé entra en el círculo de los escogidos arrastrado por Felipe. «Ven, ven—dice éste gozoso—; he encontrado a un Rabbí de Nazareth que debe ser el Cristo.» Y, gozoso, va en pos del Mesías, descubierto, arrimándose a él para no perder su palabra, ni su gesto, ni su mirada. Al lado de Jesús está el día de la multiplicación de los panes; tal vez en sus ojos se lee algún indicio de compasión para con aquella muchedumbre que les ha seguido al desierto, y se siente feliz al ver que el Maestro se acuerda de él para preguntarle: «Felipe, ¿cómo dar de comer a toda esta gente?» En su ingenuidad, no logra entender la pregunta; echa una mirada sobre la concurrencia, calcula un momento, y saca la conclusión de que doscientos denarios no bastarían para dar un poco de pan a cada uno.

Es un hombre de buena voluntad, sencillo y dócil; pero le pasa lo que a Tomás: los altos misterios son demasiado altos para él. Nos le figuramos bostezando en aquel discurso de la última Cena, que le debía parecer algo largo y algo oscuro. ¿Qué significaba todo aquello: «El Padre os ama; el Padre os enviará un Consolador; el Padre y Yo somos una misma cosa»? En sus incertidumbres, ha creído encontrar una solución magnífica: «Muéstranos al Padre—interrumpe—, y esto nos basta.» Pero debemos agradecer su rudeza, porque a ella se debe una bella manifestación:

«Felipe—le dice Jesús—, quien me ve a Mí, ve también a mi Padre.» Unos días antes, Felipe estuvo menos atrevido con el Señor. Aunque nacido en el corazón de Galilea, debía de chapurrear un poco el griego. Su nombre griego es indicio de un hogar abierto a la influencia helenística. Tal vez por eso, cuando el lunes de la semana pascual un grupo de griegos quiso hablar con Jesús, se dirigió a Felipe para obtener la audiencia; pero Felipe no se atrevió a transmitir directamente el recado, sino que llamó en su ayuda a Andrés, con quien tenía, sin duda, más confianza.

Tal es la amable intervención de Felipe de Bethsaida en la maravillosa epopeya evangélica. Santiago, en cambio, no aparece en ella un solo instante. Escucha atento, camina alegre, observa silencioso y practica intrépido. Es un espíritu grave y austero. Tiene un título a la amistad de Jesús que no tienen Simón de Jonás ni Juan de Cebedeo: es pariente del Señor. Ha nacido en Caná, cerca de Nazareth. Su madre, María, y su padre, Alfeo Cleofás, pertenecen a la misma familia que José el carpintero y María su esposa, es acaso sobrino de la Madre de Dios; es «hermano» de Jesús, uno de los pocos hermanos de Jesús que creyeron en él antes de la Pasión. Y, sin embargo, los preferidos son Pedro y Juan. Pero Santiago no dice nada; no vacila; no se queja; recoge humildemente las parábolas del divino Sembrador, gloria de su casa, y parece como si pensase constantemente en aquella frase que un día cayó de labios de Cristo: «Todo el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi amigo, mi hermano y mi madre.»

Y llega el día de la dispersión. De todos los Apóstoles, Felipe y Santiago son los menos andariegos. En los campos de Frigia, junto a las riberas del Licus, se alzaba una ciudad famosa, a la cual enviaba un poeta este saludo: «Gloria a ti, la tierra más bella del Asia, alcázar de oro, ciudad sagrada, ninfa divina cuyas fuentes envidian todos los pueblos.» Eran famosas las fuentes de Hierápolis, que tenían la virtud de transformarlo todo en piedra. Sus ondas rígidas revestían las más caprichosas formas; aquí aparecían finísimas filigranas; allí tomaban el aspecto de animales fabulosos; o bien, se cuajaban en blancas estalactitas, teñidas de púrpura y de zafiro por el brillo deslumbrante del sol oriental. Aquí es donde pasó Felipe los últimos años de su vida. Aquí predicaba y bautizaba, ayudado por dos hijas suyas, que habían consagrado su virginidad a Cristo y le habían seguido en su misión. A veces cruzaba el río y entraba en la vecina ciudad de Laodicea para cultivar con su palabra la semilla que había dejado allí el Apóstol de las Gentes. Y no podía olvidar que un día el Hijo de Dios había pronunciado su nombre familiarmente, y le había dicho: «Felipe, el que me ve a Mí, ve también a mi Padre.»

Entre tanto, Santiago el Menor gobernaba en Jerusalén, primer obispo de la más antigua de las iglesias. Era un obispo perfecto: vida sin mancha, apego a la tradición, dignidad en el semblante, majestad en el andar, prestigio en la palabra, espíritu de oración y austeridad que subyugaba. Su presencia recordaba a Juan el Bautista, y algo, ciertamente, quedaba del viejo mosaísmo en aquella singular figura de la era apostólica, que parecía destinada a conducir hasta el sepulcro a la sinagoga con todos los honores. Santiago vivía en la Ciudad Santa con el rigor de los antiguos nazareos: ni comía carne, ni bebía vino, ni usaba calzado, ni se bañaba, ni se ungía, ni se cortaba jamás el cabello. Su único vestido era una túnica, y sobre ella el manto episcopal de lino. Sus miembros estaban como muertos, dice San Juan Crisóstomo; y en sus largas postraciones, las rodillas se le habían endurecido de tal modo, que recordaban la piel del camello. La Ley antigua era la atmósfera apropiada a esta rígida naturaleza, amante de la disciplina inflexible, de los ritos sangrientos, de las minuciosas prescripciones que encadenaban el alma. Tal vez Santiago no pudo abandonar nunca los alcázares de Sión, destinados al incendio, y el espíritu nuevo de Jesús no logró borrar por completo aquellas preferencias.

La presencia de este hombre en la Ciudad Santa fue una bendición. Muchos israelitas a quienes la elocuencia de Pablo hubiera alejado de la fe, se dejaron ganar por el asceta, que, como los santos del Antiguo Testamento, hablaba la lengua de los libros sagrados y exaltaba «la ley real, la ley perfecta que condena a los prevaricadores, la ley santa que no puede ser quebrantada en un solo punto sin quedar completamente violada». Muchos judíos se convirtieron al ver que podían seguir siendo fieles a Moisés, adorando en el templo al Dios de Israel, «Padre de las luces, que se revelaba a ellos en su Hijo Jesús», como su obispo les decía. Renunciaban, ciertamente, a sus familias sacerdotales, pero Santiago hacía para ellos las veces de sumo sacerdote. En sus reuniones íntimas veíanle sentado majestuosamente sobre el trono pontifical, llevando en la frente la insignia de los descendientes de Aarón, la placa de oro con los caracteres sagrados, que decían: «Santidad de Yahvé.»

Judíos y cristianos se inclinaban delante de aquel hombre, en quien, la más alta virtud se unía al amor más exaltado de la Ley. Todos le miraban con respeto al verle pasar seco, rígido, descalzo, extenuado; todos le escuchaban reverentes cuando hablaba de «la puerta de Jesús crucificado», por la cual se llega hasta Yahvé. La multitud le oprimía para tocar el borde de su túnica; y decíase que, en una gran sequía, bastó que él levantase las manos al Cielo para hacer descender la lluvia. Su oración era incesante. Veíasele en el templo, a la entrada del Sancta Sanctórum, con la frente pegada en la tierra, sin que los mismos levitas osasen molestarle, por no interrumpir su contemplación.

Pero aun entre los convertidos del gentilismo. Santiago era una autoridad. «Columna de la Iglesia» le llamaba San Pablo, cuyo espíritu no era precisamente el mismo que el del obispo de Jerusalén. Las obras legales que Pablo rechazaba eran sagradas para Santiago. Creyóse un momento que Santiago, con ruda intransigencia, se pondría al frente de los judaizantes, pero también él cedió a la elocuencia de Pablo. Fue en el Concilio de Jerusalén. Santiago se resistía a abandonar la Ley antigua; pero no era eso lo que se reclamaba de él; bastaba que no impusiese su observancia; que él fuese al templo y conservase entre los suyos el signo de la circuncisión, mientras Pablo predicaba entre las gentes su Evangelio de libertad.

Santiago se rindió, y se rindió con toda sinceridad. Se vio unos años más tarde, cuando tuvo que intervenir en las iglesias evangelizadas por el Apóstol de los gentiles. Pablo entonces estaba prisionero. Entre tanto, sus enemigos deformaban su doctrina, torcían su pensamiento y traicionaban su enseñanza. Ya no se contentaban con rechazar las obras legales, sino que pregonaban descaradamente el principio general de la fe sin obras. El que cree no puede cometer pecado, decían aquellos juríos helenizantes, falsificadores de la justificación paulina por la fe. Y la inmoralidad se extendía como una peste. Santiago se dio cuenta del peligro, y para tajarle escribió una epístola dirigida «a las doce tribus de la dispersión». Su condescendencia llega a un límite que difícilmente se hubiera podido esperar de él. Sabe que no habla con los piadosos ritualistas de Jerusalén; recuerda que un día convino con Pablo en no imponer las ceremonias mosaicas a los convertidos; y ni un momento pierde de vista que sus lectores viven en un ambiente de cultura helénica más amplia y brillante. Deja un instante su hebreo familiar para expresarse en el griego de los literatos, en el de San Lucas, en el de los retóricos antioquenos; da a entender que ha leído los escritos del judaísmo helenizado, que le es familiar la sabiduría alejandrina y que conoce las tendencias neoplatónicas de Filón. Insiste, ciertamente, sobre la realización de la justicia, recoge los ejemplos de los antiguos santos hebreos, se inspira en los Proverbios y en los profetas; pero aunque algunos rasgos nos reflejan el espíritu que no ha logrado desprenderse de la sinagoga, se guarda muy bien de oprimir las almas con su espíritu de esclavitud. Al contrario, habla claramente de la ley perfecta de la libertad, que es el cristianismo como regla de vida, el Evangelio realizado. Por algo Lutero llamaba a este escrito grave, austero y eminentemente práctico, la «Epístola de la paja». Porque es la Epístola de la fe con obras.

Santiago no discute, como San Pablo; ni le importa tampoco profundizar en los grandes misterios de la fe; exhorta sencillamente, propone una norma de conducta, y arranca con mano airada la cizaña que consume los campos de Dios. Propone a los perseverantes «la corona de la vida, que Dios ha prometido a los que le aman, y recuerda con rudeza la ley primordial de la caridad». Estamos ya muy lejos de aquel ambiente del cenáculo, en que no había más que un corazón, un espíritu y una administración común. La insolencia de los ricos llenaba de compasión el alma del apóstol, y le inspiraba este hermoso pensamiento: «Que el hermano de baja condición se glorifique en su pobreza como en el mayor de los honores; y que el rico vea en su riqueza un motivo de humillación, porque todo pasará como la flor del heno. Sale el sol, la hierba se marchita, la flor cae y todo encanto desaparece. Así se agostará el rico en sus caminos.» Pasando a señalar los caracteres de la verdadera fe, Santiago anatematiza las teorías fatalistas que atribuyen el pecado a la acción irresistible del destino. «No—dice él—; cada cual es movido e incitado por su propia concupiscencia; la concupiscencia concibe y pare el pecado, y el pecado, al consumarse, engendra la muerte.» La fe, ciertamente, es una gracia sobrenatural, «un don perfecto, que desciende de arriba, del Padre de las luces, y regenera por la palabra de la verdad»; pero no desarrolla su virtud redentora sino a condición de que la palabra plantada en el alma arroje de ella todo fango de pecado, haciendo germinar frutos de justicia, de paz y de misericordia.» La ira inflama el corazón del apóstol al recordar el «celo amargo» de los que transforman en podredumbre la buena nueva de la Santidad, y el Evangelio de la paz en motivo de querella. Fulmina el rayo de su palabra contra aquella «sabiduría terrestre, animal, diabólica», y clama indignado: «¿De dónde nacen las luchas entre vosotros? ¿Por ventura no son las pasiones que combaten en vuestros miembros la causa de vuestra miseria? Robáis, y no tenéis nada; asesináis, y nada conseguís; lucháis, os querelláis, y sois tan miserables como antes. Adúltero, ¿no sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?»

La dureza de este lenguaje nos descubre el poder de aquella palabra entre los convertidos del judaísmo. Pero Santiago no olvida que su deber es curar las llagas abiertas; y así, después de ese pasajero desahogo, abre a los extraviados su corazón compasivo con acentos empapados en bálsamos de unción evangélica. Por su frase corre el hálito del Sermón de la Montaña: la misma sencillez en la enseñanza, la misma naturalidad en la expresión, el mismo abandono en la lógica del pensamiento, la misma gracia de las imágenes, tomadas en los campos, en las aguas y en los cielos de Galilea. La magia de los discursos del lago de Genesareth había penetrado aquella alma, aunque sin desalojar de ella el ceño austero causado por los relámpagos del Sinaí. Junto al oyente de Jesús reaparece aquí y allá el lector asiduo de los libros sapienciales; el grave moralista, cuando escribe en una pintura impresionante los peligros de la lengua; el jefe de gesto majestuoso, cuando se yergue contra el opresor del débil; y siempre, el carácter noble del hombre a quien todo Israel llamaba «el Justo», el hombre de la lealtad y la rectitud, que es el rasgo saliente de su fisonomía. Sediento de justicia y de verdad, no comprende que se pueda creer a medias, que se pueda orar con la hesitación en el corazón, con la duda en los labios. Saber hacer el bien y no hacerle, es pecar, es mentir a Dios; dudar es ser como una ola que danza en el mar. Un espíritu inconstante en sus caminos no consigue nada de Dios. Nuestro sí debe ser un sí rotundo; nuestro no, un no claro y preciso.

Toda el alma de Santiago está en esa sinceridad fundamental, en ese entusiasmo para abrazar e imponer sin reserva la vida cristiana en toda su seriedad, «la norma perfecta» de la nueva religión, «la ley reina», que hace reyes a los que la guardan. Aquí está también el origen de su inspiración literaria, de su actitud con los humildes y de su indignación frente a los que les tiranizaban. Observa la corrupción el egoísmo duro y fastuoso de los grandes de Israel; y no puede contener el anatema: «Llorad, ricos—dice, presagiando la ruina de su pueblo-; aullad sobre las miserias que van a llover sobre vosotros. Vuestras riquezas se han consumido; vuestros mantos han sido roídos por los gusanos; vuestro oro y vuestra plata se han, enmohecido, y la polilla devorará vuestra carne como el fuego. Estáis amontonando un tesoro de cólera para los últimos días. El salario del obrero que trabaja en vuestros campos clama contra vosotros, y la voz del segador sube hasta los oídos del Señor de Sabaoth. Os sumergís en el placer, vivís en las delicias de la tierra, y engordáis como las víctimas para el día del sacrificio.»

La muchedumbre escuchaba con emoción estos apóstrofes, semejantes a los de los antiguos profetas; pero los potentados rugían de cólera. Eran los aristócratas insolentes y rapaces, que compraban las dignidades del sacerdocio y se repartían los puestos del Sanedrín, y cruzaban las calles rodeados de servidores, que golpeaban con sus mazas a los transeúntes. Su odio había crucificado a Jesús, se había desencadenado contra sus discípulos, haciendo estallar la primera persecución, y ahora iba a terminar con el jefe del cristianismo judío. Era el año 62. Festo, procurador de Judea, acababa de morir. Momento propicio. Santiago, arrebatado en oración delante del tabernáculo, fue llevado a presencia de Anás, sumo sacerdote, hijo del Anás de la noche tenebrosa que precedió al 14 de Nisán. Allí mismo, en la terraza del templo, se celebró el juicio. «¡Hosanna al Hijo de David!», repetía una y otra vez el anciano, hasta que, lanzado de la altura, tiñó una vez más con sangre inocente aquellas piedras que pronto calcinaría el incendio.


Benedicto XVI nos presenta a San Felipe Apóstol
AUDIENCIA GENERAL Miércoles 6 de septiembre de 2006

Queridos hermanos y hermanas: Prosiguiendo la presentación de las figuras de los Apóstoles, como hacemos desde hace unas semanas, hoy hablaremos de Felipe. En las listas de los Doce siempre aparece en el quinto lugar (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 14; Hch 1, 13); por tanto, fundamentalmente entre los primeros.

Aunque Felipe era de origen judío, su nombre es griego, como el de Andrés, lo cual constituye un pequeño signo de apertura cultural que tiene su importancia. Las noticias que tenemos de él nos las proporciona el evangelio según san Juan. Era del mismo lugar de donde procedían san Pedro y san Andrés, es decir, de Betsaida (cf. Jn 1, 44), una pequeña localidad que pertenecía a la tetrarquía de uno de los hijos de Herodes el Grande, el cual también se llamaba Felipe (cf. Lc 3, 1).

El cuarto Evangelio cuenta que, después de haber sido llamado por Jesús, Felipe se encuentra con Natanael y le dice: "Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley, y también los profetas: Jesús el hijo de José, de Nazaret" (Jn 1, 45). Ante la respuesta más bien escéptica de Natanael —"¿De Nazaret puede salir algo bueno?"—, Felipe no se rinde y replica con decisión: "Ven y lo verás" (Jn 1, 46). Con esta respuesta, escueta pero clara, Felipe muestra las características del auténtico testigo: no se contenta con presentar el anuncio como una teoría, sino que interpela directamente al interlocutor, sugiriéndole que él mismo haga una experiencia personal de lo anunciado. Jesús utiliza esos dos mismos verbos cuando dos discípulos de Juan Bautista se acercan a él para preguntarle dónde vive. Jesús respondió: "Venid y lo veréis" (cf. Jn 1, 38-39).

Podemos pensar que Felipe nos interpela también a nosotros con esos dos verbos, que suponen una implicación personal. También a nosotros nos dice lo que le dijo a Natanael: "Ven y lo verás". El Apóstol nos invita a conocer a Jesús de cerca. En efecto, la amistad, conocer de verdad al otro, requiere cercanía, más aún, en parte vive de ella.

Por lo demás, no conviene olvidar que, como escribe san Marcos, Jesús escogió a los Doce con la finalidad principal de que "estuvieran con él" (Mc 3, 14), es decir, de que compartieran su vida y aprendieran directamente de él no sólo el estilo de su comportamiento, sino sobre todo quién era él realmente, pues sólo así, participando en su vida, podían conocerlo y luego anunciarlo.

Más tarde, en su carta a los Efesios, san Pablo dirá que lo importante es "aprender a Cristo" (cf. Ef 4, 20), por consiguiente, lo importante no es sólo ni sobre todo escuchar sus enseñanzas, sus palabras, sino conocerlo a él personalmente, es decir, su humanidad y divinidad, su misterio, su belleza. Él no es sólo un Maestro, sino un Amigo; más aún, un Hermano. ¿Cómo podríamos conocerlo a fondo si permanecemos alejados de él? La intimidad, la familiaridad, la cercanía nos hacen descubrir la verdadera identidad de Jesucristo. Esto es precisamente lo que nos recuerda el apóstol Felipe. Por eso, nos invita a "venir" y "ver", es decir, a entrar en un contacto de escucha, de respuesta y de comunión de vida con Jesús, día tras día.

Con ocasión de la multiplicación de los panes, Jesús hizo a Felipe una pregunta precisa, algo sorprendente: dónde se podía comprar el pan necesario para dar de comer a toda la gente que lo seguía (cf. Jn 6, 5). Felipe respondió con mucho realismo: "Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco" (Jn 6, 7). Aquí se puede constatar el realismo y el sentido práctico del Apóstol, que sabe juzgar las implicaciones de una situación. Sabemos lo que sucedió después: Jesús tomó los panes, y, después de orar, los distribuyó. Así realizó la multiplicación de los panes. Pero es interesante constatar que Jesús se dirigió precisamente a Felipe para obtener una primera sugerencia sobre cómo resolver el problema: signo evidente de que formaba parte del grupo restringido que lo rodeaba.

En otro momento, muy importante para la historia futura, antes de la Pasión, algunos griegos que se encontraban en Jerusalén con motivo de la Pascua "se dirigieron a Felipe y le rogaron: "Señor, queremos ver a Jesús". Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús" (Jn 12, 20-22). Una vez más nos encontramos ante el indicio de su prestigio particular dentro del Colegio apostólico. En este caso, de modo especial, actúa como intermediario entre la petición de algunos griegos y Jesús —probablemente hablaba griego y pudo hacer de intérprete—; aunque se une a Andrés, el otro Apóstol que tenía nombre griego, es a él a quien se dirigen los extranjeros. Esto nos enseña a estar también nosotros dispuestos a acoger las peticiones y súplicas, vengan de donde vengan, y a orientarlas hacia el Señor, pues sólo él puede satisfacerlas plenamente. En efecto, es importante saber que no somos nosotros los destinatarios últimos de las peticiones de quienes se nos acercan, sino el Señor: tenemos que orientar hacia él a quienes se encuentran en dificultades. Cada uno de nosotros debe ser un camino abierto hacia él.

Hay otra ocasión muy particular en la que interviene Felipe. Durante la última Cena, después de afirmar Jesús que conocerlo a él significa también conocer al Padre (cf. Jn 14, 7), Felipe, casi ingenuamente, le pide: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta" (Jn 14, 8). Jesús le responde con un tono de benévolo reproche: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? (...) Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí" (Jn 14, 9-11). Son unas de las palabras más sublimes del evangelio según san Juan. Contienen una auténtica revelación.

Al final del Prólogo de su evangelio, san Juan afirma: "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha revelado" (Jn 1, 18). Pues bien, Jesús mismo repite y confirma esa declaración, que es del evangelista. Pero con un nuevo matiz: mientras que el Prólogo del evangelio de san Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios.

El evangelista no nos dice si Felipe comprendió plenamente la frase de Jesús. Lo cierto es que le entregó totalmente su vida. Según algunas narraciones posteriores ("Hechos de Felipe" y otras), habría evangelizado primero Grecia y después Frigia, donde habría afrontado la muerte, en Hierópolis, con un suplicio que según algunos fue crucifixión y según otros, lapidación.

Queremos concluir nuestra reflexión recordando el objetivo hacia el que debe orientarse nuestra vida: encontrar a Jesús, como lo encontró Felipe, tratando de ver en él a Dios mismo, al Padre celestial. Si no actuamos así, nos encontraremos sólo a nosotros mismos, como en un espejo, y cada vez estaremos más solos. En cambio, Felipe nos enseña a dejarnos conquistar por Jesús, a estar con él y a invitar también a otros a compartir esta compañía indispensable; y, viendo, encontrando a Dios, a encontrar la verdadera vida.


Benedicto XVI nos presenta a Santiago El Menor
AUDIENCIA GENERAL Miércoles 28 de junio de 2006



Queridos hermanos y hermanas:

Al lado de Santiago "el Mayor", hijo de Zebedeo, del que hablamos el miércoles pasado, en los Evangelios aparece otro Santiago, que se suele llamar "el Menor". También él forma parte de las listas de los doce Apóstoles elegidos personalmente por Jesús, y siempre se le califica como "hijo de Alfeo" (cf. Mt 10, 3; Mc 3, 18; Lc 6, 15; Hch 1, 13). A menudo se le ha identificado con otro Santiago, llamado "el Menor" (cf. Mc 15, 40), hijo de una María (cf. ib.) que podría ser la "María de Cleofás" presente, según el cuarto evangelio, al pie de la cruz juntamente con la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25).

También él era originario de Nazaret y probablemente pariente de Jesús (cf. Mt 13, 55; Mc 6, 3), del cual, según el estilo semítico, es llamado "hermano" (cf. Mc 6, 3; Ga 1, 19). El libro de los Hechos subraya el papel destacado que desempeñaba este último Santiago en la Iglesia de Jerusalén. En el concilio apostólico celebrado en la ciudad santa después de la muerte de Santiago el Mayor, afirmó, juntamente con los demás, que los paganos podían ser aceptados en la Iglesia sin tener que someterse a la circuncisión (cf. Hch 15, 13).

San Pablo, que le atribuye una aparición específica del Resucitado (cf. 1 Co 15, 7), con ocasión de su viaje a Jerusalén lo nombra incluso antes que a Cefas-Pedro, definiéndolo "columna" de esa Iglesia al igual que él (cf. Ga 2, 9). Seguidamente, los judeocristianos lo consideraron su principal punto de referencia. A él se le atribuye también la Carta que lleva el nombre de Santiago y que está incluida en el canon del Nuevo Testamento. En dicha carta no se presenta como "hermano del Señor", sino como "siervo de Dios y del Señor Jesucristo" (St 1, 1).

Entre los estudiosos se debate la cuestión de la identificación de estos dos personajes que tienen el mismo nombre, Santiago hijo de Alfeo y Santiago "hermano del Señor". Las tradiciones evangélicas no nos han conservado ningún relato ni sobre uno ni sobre otro por lo que se refiere al tiempo de la vida terrena de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles, en cambio, nos muestran que un "Santiago", como ya hemos dicho, desempeñó un papel muy importante, después de la resurrección de Jesús, dentro de la Iglesia primitiva (cf. Hch 12, 17; 15, 13-21; 21, 18).

El acto más notable que realizó fue la intervención en la cuestión de la difícil relación entre los cristianos de origen judío y los de origen pagano: contribuyó, juntamente con Pedro, a superar, o mejor, a integrar la dimensión judía originaria del cristianismo con la exigencia de no imponer a los paganos convertidos la obligación de someterse a todas las normas de la ley de Moisés.

El libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha conservado la solución de compromiso, propuesta precisamente por Santiago y aceptada por todos los Apóstoles presentes, según la cual a los paganos que creyeran en Jesucristo sólo se les debía pedir que se abstuvieran de la costumbre idolátrica de comer la carne de los animales ofrecidos en sacrificio a los dioses, y de la "impureza", término que probablemente aludía a las uniones matrimoniales no permitidas. En la práctica, debían atenerse sólo a unas pocas prohibiciones, consideradas importantes, de la ley de Moisés.

De este modo, se lograron dos resultados significativos y complementarios, que siguen siendo válidos: por una parte, se reconoció la relación inseparable que existe entre el cristianismo y la religión judía, su matriz perennemente viva y válida; y, por otra, se permitió a los cristianos de origen pagano conservar su identidad sociológica, que hubieran perdido si se les hubiera obligado a cumplir los así llamados "preceptos ceremoniales" establecidos por Moisés; esos preceptos ya no debían considerarse obligatorios para los paganos convertidos.

En pocas palabras, se iniciaba una praxis de recíproca estima y respeto que, a pesar de las dolorosas incomprensiones posteriores, tendía por su propia naturaleza a salvaguardar lo que era característico de cada una de las dos partes.

La más antigua información sobre la muerte de este Santiago nos la ofrece el historiador judío Flavio Josefo. En sus Antigüedades judías (20, 201 s), escritas en Roma a finales del siglo I, nos cuenta que la muerte de Santiago fue decidida, con iniciativa ilegítima, por el sumo sacerdote Anano, hijo del Anás que aparece en los Evangelios, el cual aprovechó el intervalo entre la destitución de un Procurador romano (Festo) y la llegada de su sucesor (Albino) para decretar su lapidación, en el año 62.

Además del apócrifo Protoevangelio de Santiago, que exalta la santidad y la virginidad de María, la Madre de Jesús, está unida a este Santiago en especial la Carta que lleva su nombre. En el canon del Nuevo Testamento ocupa el primer lugar entre las así llamadas "Cartas católicas", es decir, no destinadas a una sola Iglesia particular —como Roma, Éfeso, etc.—, sino a muchas Iglesias. Se trata de un escrito muy importante, que insiste mucho en la necesidad de no reducir la propia fe a una pura declaración oral o abstracta, sino de manifestarla concretamente con obras de bien.

Entre otras cosas, nos invita a la constancia en las pruebas aceptadas con alegría y a la oración confiada para obtener de Dios el don de la sabiduría, gracias a la cual logramos comprender que los auténticos valores de la vida no están en las riquezas transitorias, sino más bien en saber compartir nuestros bienes con los pobres y los necesitados (cf. St 1, 27).

Así, la carta de Santiago nos muestra un cristianismo muy concreto y práctico. La fe debe realizarse en la vida, sobre todo en el amor al prójimo y de modo especial en el compromiso en favor de los pobres. Sobre este telón de fondo se debe leer también la famosa frase: "Así como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta" (St 2, 26).

A veces esta declaración de Santiago se ha contrapuesto a las afirmaciones de san Pablo, según el cual somos justificados por Dios no en virtud de nuestras obras, sino gracias a nuestra fe (cf. Ga 2, 16; Rm 3, 28). Con todo, las dos frases, aparentemente contradictorias con sus diversas perspectivas, en realidad, si se interpretan bien, se completan. San Pablo se opone al orgullo del hombre que piensa que no necesita del amor de Dios que nos previene, se opone al orgullo de la autojustificación sin la gracia dada simplemente y que no se merece. Santiago, en cambio, habla de las obras como fruto normal de la fe: "Todo árbol bueno da frutos buenos" (Mt 7, 17). Y Santiago lo repite y nos lo dice a nosotros.

Por último, la carta de Santiago nos exhorta a abandonarnos en las manos de Dios en todo lo que hagamos, pronunciando siempre las palabras: "Si el Señor quiere" (St 4, 15). Así, nos enseña a no tener la presunción de planificar nuestra vida de modo autónomo e interesado, sino a dejar espacio a la inescrutable voluntad de Dios, que conoce cuál es nuestro verdadero bien. De este modo Santiago es un maestro de vida siempre actual para cada uno de nosotros.

(fuentes: divvol.org; vatican.va)

otros santos 03 de mayo:

lunes, 2 de mayo de 2016

02 de mayo: San Atanasio de Alejandría

Obispo y Doctor de la Iglesia
(295-373)

El siglo IV, la edad de oro de la literatura cristiana, nos ofrece en sus umbrales la figura gigantesca de Atanasio de Alejandría, el hombre cuyo genio contribuyó al engrandecimiento de la Iglesia mucho más que la benevolencia imperial de Constantino. Su nombre va indisolublemente unido al triunfo del Símbolo de Nicea; pero aunque no surgieran las polémicas del arrianismo, Atanasio hubiera sido grande. Cuando Arrio no había empezado aún a esparcir sus errores, él había medido ya las armas de su dialéctica en la lucha contra el paganismo. En sus venas hervía la sangre de los luchadores, y el ambiente mismo de su patria le llevaba a esa primera controversia. Era un egipcio; había nacido en Alejandría, donde las esencias paganas se conservaban más vivas que en ninguna parte. En aquella tierra de los Faraones, en que todo, la verdad y la mentira, los viejos monumentos y las viejas creencias, parecían gozar de una supervivencia inagotable, el politeísmo seguía procreando dioses, como reptiles los fangos del Nilo. A las genealogías autóctonas de Menfis se habían unido las importadas de Grecia y de Roma, y las graciosas divinidades de la imaginación teñían de luminosos reflejos los sagrados parques zoológicos, donde Isis y Osiris reinaban.

El aspecto de este extraño panteón es lo que inspiró al diácono Atanasio su Discurso contra los gentiles, obra maestra de lógica y argumentación, en que con método riguroso, con sagacísima habilidad, se echa por tierra el edificio de las fábulas paganas, asignando a cada error su origen y su verdadero alcance. Es pasmosa la penetración con que analiza el estado intelectual y moral de su tiempo, y sus consideraciones se elevan a veces a las cumbres de la psicología y de la filosofía. El politeísmo, hijo del orgullo y de la voluptuosidad, es, en su sentir, el principio de todos los errores que perturban el mundo romano. Desenmascara el origen ambiguo del culto idolátrico en todas sus formas; busca las razones psicológicas de la apoteosis del hombre y arremete contra la mitología, cantada por los poetas y protegida por los emperadores, despojándola de los adornos con que la habían revestido los imitadores de Homero, poniendo en evidencia la inanidad de sus ridículos consejos, y cubriéndola de oprobio con la acerada ironía de los antiguos apologistas y con los sarcasmos de los mismos gentiles. No olvida tampoco que allí, a su lado, en su misma ciudad natal, la idolatría ha tomado un aspecto más etéreo y sutil en las teorías neoplatónicas del demiurgo, equívoco mediador entre Dios y el mundo; de los eones, innumerables como estrellas, que adivinaban los discípulos de Plotino en los poderes escalonados entre la divinidad y la naturaleza. ¿Qué es todo esto, pregunta el joven atleta, sino pura idolatría, menos grosera en apariencia que el politeísmo helénico, pero no menos irracional ni menos corruptora?

A este caos de ideas y de imágenes opone Atanasio su doctrina de un Dios supremo, cuya existencia explica el orden soberano, la perfecta armonía de la naturaleza, a pesar de todos los choques y contrastes y del juego complicado de las fuerzas que en ella se entrecruzan. La unidad de Dios y la inmortalidad del alma son las dos columnas sobre las cuales se levanta el castillo de su filosofía. «El alma no muere—dice el discípulo de Platón y del Evangelio—; muere el cuerpo cuando el alma se aleja. El alma es su propio motor. Sus movimientos es su vida. Aunque el cuerpo yazga inmóvil y como inanimado, ella permanece despierta, por su propia virtud; y, saliendo de la materia, aunque esté unida a ella todavía, concibe y contempla las existencias ultraterrestres. Cuando esté completamente separada, ¿no es natural que tenga una visión más clara de su naturaleza inmortal? Porque es inmortal, comprende, y abarca las ideas de lo eterno y lo infinito. Viendo y meditando las cosas inmortales, necesariamente debe vivir para siempre, pues esos pensamientos y esas imágenes, de que no puede prescindir, son como el foco donde se enciende y alimenta su inmortalidad.

Estas altas especulaciones nos revelan al alejandrino auténtico. Atanasio había crecido junto a aquellas dos escuelas famosas, cuya rivalidad no podían encubrir los puntos de contacto y la comunidad de su inspiración: a un lado, el neoplatonismo del Museum, con su eclecticismo filosófico; a otro, la enseñanza cristiana del Didascaleum, en que seguía predominando el espíritu de Orígenes, modificado por las influencias asiáticas. Educado en este ambiente, Atanasio se inclina desde ahora ante el prestigio de los maestros: el «gran Platón», como él decía, inspira muchas de sus páginas filosóficas; Orígenes será su mentor en las regiones de la teología. Sin embargo, no se encadena, no pierde la libertad de su espíritu, ni camina con los ojos cerrados. Se fía de Orígenes cuando define y afirma sin vacilación. «Entonces—dice—nos entrega su propio pensamiento; no cuando discute como buscando y ejercitándose.» Más tarde, Atanasio se encontrará en otros medios científicos y religiosos; aprenderá de sus amigos y sus adversarios; fijará con más precisión su terminología trinitaria y cristológica; su espíritu se hará más amplio y más flexible; y el Oriente lo mismo que el Occidente, contribuirá a enriquecer su poderosa inteligencia; pero jamás dejará de ser alejandrino. Su insistencia, en el curso de sus luchas religiosas, sobre la unión de las dos naturalezas y la unidad del Hombre-Dios, sobre el aspecto misterioso de la Encarnación y sobre la diferencia específica que existe entre la unión hipostática y la influencia puramente moral que Dios ejerce sobre el hombre, son rasgos característicos de la escuela de Alejandría.

Es en el campo de la teología donde se va a desarrollar, sobre todo, la actividad prodigiosa del doctor egipcio. El esfuerzo de su vida, su arte de persuadir, sus combates y sus sacrificios va a concentrarlos en la sublime metafísica del cristianismo, donde su intuición poderosa y al mismo tiempo su fe habían visto la base del porvenir religioso del mundo. Las sectas numerosas producidas en los primeros siglos cristianos por la ebullición del espíritu oriental, empezaban a esfumarse en el ambiente, cuando apareció otra más sutil, más metódica, más sencilla y mejor adaptada para conquistar aquella sociedad preparada por dos siglos de filosofía neoplatónica. El heresíarca, libio de nacimiento, dogmatizaba en aquella misma ciudad donde Atanasio combatía el paganismo. Se llamaba Arrio. Su sistema podía considerarse como un conato de fusión entre el paganismo filosófico y el cristianismo. Para él, la segunda Persona de la Trinidad no era más que la primera de las criaturas, el primogénito de los hombres creados, el logos de Filón, el demiurgo de Plotino. En consecuencia, la economía de la salvación quedaba aniquilada, los adorables misterios de un Dios hecho hombre y muerto por nosotros no eran más que vanas ilusiones, el mundo quedaba tan separado de Dios como antes de la predicación del Evangelio, el abismo observado por los filósofos paganos entre la humanidad miserable y la Divinidad inaccesible, se abría de nuevo con todas sus formidables perspectivas.

El patriarca de Alejandría, hombre bueno, dulce y amigo de la paz, no podía sospechar todo el alcance de aquel movimiento provocado por uno de sus sacerdotes. Fue el diácono Atanasio el primero en medir la magnitud del peligro. Arrio y él aparecen frente a frente desde los comienzos de la lucha. Todo parecía favorecer al hereje: estatura prócer, rigidez ascética, rostro enjuto, porte majestuoso, arte para la intriga, y tal habilidad dialéctica, que nadie le igualaba en el manejo del silogismo. Como más tarde Juliano el Apóstata, Arrio debió de reírse muchas veces del exterior de su adversario: era un hombrecillo bajo, raquítico y de mezquinas apariencias. Pero en aquel cuerpo desmedrado ha visto su obispo un espíritu fulminante, un carácter de acero. El patriarca condena al hereje; pero detrás del patriarca está su diácono, que es su secretario y su asesor. No obstante, la teoría del Verbo creador del mundo, y al mismo tiempo criatura, Hijo adoptivo de Dios, pero no engendrado por Dios, se propaga como un incendio. El ambiente alejandrino está preparado para recibirla, los sofistas del mundo romano la saludan con alborozo, muchos obispos se declaran en su favor, y la Iglesia queda dividida para mucho tiempo. Constantino desea restablecer la paz, y convoca el Concilio de Nicea (325).

"El primer Concilio ecuménico fue el triunfo completo del Verbo Hijo de Dios, el triunfo de la verdad y el triunfo de Atanasio. Atanasio era aún el simple diácono, el acompañante de su obispo; pero por la precisión de sus fórmulas, por la profundidad de su pensamiento, empezaba ya a brillar tan alto como Osio de Córdoba, presidente de la asamblea." Un estremecimiento de odio, dice San Gregorio de Nacianzo, cruzaba por las filas de los arrianos cuando el temible campeón de pequeña talla y de pálido aspecto se levantaba con aire intrépido y alta frente para tomar la palabra. Es probable que aun los representantes de la ortodoxia le disparasen miradas de indulgente desdén; pero era preciso dejarle hablar. Nadie mejor que él deshacía el nudo de una dificultad, nadie sabía exponer en la verdad atacada el punto central de que depende todo, haciendo brotar focos de luz que iluminan la fe al mismo tiempo que desenmascaran la herejía. Arrio se parapetaba en sus torreones de la unidad y la trascendencia divina; Atanasio lo miraba todo desde la atalaya del misterio de la Redención. «El fundamento de nuestra fe—decía—no es otro que el misterio del Verbo Encarnado para rescatar a los hombres y hacerlos hijos de Dios. Mas, ¿cómo podrá divinizarlos si él mismo no es Dios? ¿Cómo podrá comunicarles una filiación divina, aunque sea adoptiva, si él mismo no es Hijo de Dios por naturaleza?» Después, atacando de frente a su adversario, añadía: «Si el Verbo es una criatura, ¿cómo Dios, que le ha creado, no podía crear el mundo? Si el mundo ha sido creado por el Verbo, ¿por qué no habría sido creado por Dios?» Estas ideas, enriquecidas con aspectos nuevos, seguirán siendo la expresión fundamental de toda la polémica de Atanasio y de toda su teología.

El joven diácono entró triunfante en Alejandría, y tres años más tarde fue designado para suceder al viejo patriarca. La consagración se realizó entre las ovaciones delirantes del pueblo, que no se cansaba de repetir: « ¡Atanasio! ¡Atanasio! ¡ése es un buen cristiano! ¡ése es un asceta! ¡He ahí un verdadero obispo!» Tenía todas las cualidades del pastor perfecto; pero, además, Dios le había dado una inteligencia clara, una mirada vigilante sobre la tradición teológica, sobre los acontecimientos, sobre los hombres, y un temperamento indomable, templado con una exquisita corrección de modales, pero incapaz de doblegarse ante ninguna violencia. Debía ser el defensor de la ortodoxia nicena, que, amenazada ya poco después de dispersarse los trescientos Padres, no tardaría en atravesar crisis terribles. En algún momento pudo creerse que Atanasio era su único apoyo. Pero con él bastaba. Tuvo enfrente al Imperio, a la política, a la astucia, a la retórica pagana, a los Concilios, al episcopado; pero mientras este solo hombre se mantuviese en pie, las fuerzas continuarían equilibradas. Sus primeras instrucciones pastorales las encaminó a formar a su pueblo en la práctica de la fe y de la moral cristiana: «Oíd—decía en una de sus alocuciones pascuales—, oíd la trompeta sacerdotal que os llama. Vírgenes, ella os recuerda la continencia que habéis jurado; esposos, ella os impone la santidad del lecho conyugal; cristianos todos, ella lanza el grito de combate contra la carne y la sangre, de que nos habla San Pablo.»

Entre tanto, una oligarquía de obispos empezaba a conspirar en torno a Constantino. Al frente de ellos estaba Eusebio de Nicomedia, jefe del arrianismo, que había llegado a dominar el ánimo del emperador. Los príncipes que empezaban a desconfiar de la potencia del sacerdocio cristiano, se vieron naturalmente inclinados a rodearse de la minoría de obispos vencidos en Nicea, los más cortesanos, los más aduladores, los menos obispos. Era preferible proteger a los arrianos que obedecer a los católicos. Naturalmente, Atanasio debía ser el primer blanco de los odios heréticos, apoyados por los gobernadores imperiales. él lo sabía, pero había dado una orden terminante: la entrada de la Iglesia de Alejandría estaba cerrada para todos los amigos de Arrio. Eusebio de Nicomedia intercede en su favor. Es inútil. Entonces el patriarca recibe este despacho imperial: «Ya conoces mis deseos; si llego a saber que has excluído a alguien de la Iglesia, enviaré inmediatamente un comisario para que te deponga y te aleje de ahí.» Atanasio respondió altivamente «que no puede haber comunión alguna entre la Iglesia católica y una herejía que combate a Cristo». Obligado luego a presentarse en la corte, defendió su causa con tal fuerza de persuasión, que Constantino le devolvió al pueblo de Alejandría, al mismo tiempo que esta carta: «Os envío a vuestro obispo. Las malas gentes nada han podido contra él. Yo le he tratado como lo que es en realidad: un hombre de Dios.»

Por esta vez, Atanasio había vencido; pero sus adversarios no ceden. Eusebio de Nicomedia, que tiene el hilo de todas las intrigas, traza nuevos medios para perder al patriarca, sin olvidar nunca que la acusación más capaz de herir la imaginación popular y soliviantar la opinión contra un hombre no es la más verosímil, sino la más dramática y extraña. Se le acusa de errores, de crímenes, de violencias, de asesinatos. Una mano cortada es llevada de un lado a otro como pieza de convicción. Es, dicen los herejes, la mano de Arsenio, obispo de Hípsele, que ha sido muerto por Atanasio. Se abre una investigación oficial, se reúne un Concilio para juzgar al asesino, y en él se presenta el patriarca llevando de la mano al muerto, que, por desgracia para los sectarios, gozaba de buena salud. No obstante, Atanasio es condenado, degradado y desterrado (336). Y empieza sus peregrinaciones a través del Imperio. Vuelve a Egipto dos años después, al morir Constantino el Grande; pero su sino es luchar contra las tiranías, defender la fe, andar errante por la justicia. Cuatro emperadores, Constantino, Constancio, Juliano y Valente, intentan imponerle su credo; pero él resiste con tenacidad incansable. Ha calculado su fuerza, ha previsto el triunfo final, y prosigue impávido la realización de su obra, que es la fundación de la unidad en el campo del pensamiento cristiano. Hay en él un carácter nuevo, que no pertenece a los primeros tiempos del proselitismo cristiano. Imposible hallar en su vida un momento de reposo ni de flaqueza; pero no se expone inútilmente. Es un jefe que busca el triunfo de su idea más que el martirio. Conocedor de los hombres, maneja todos los resortes que le ofrece la política cristiana. Se esconde para reaparecer en el momento oportuno. Acude al poder de la elocuencia para defenderse, y ¡qué defensas las suyas! Se le acusa de estar en relaciones con Magencio, usurpador del trono y asesino de Constantino el Joven; y con este motivo escribe al emperador Constancio: « ¿Qué motivo podía inducirme a escribir a ese hombre? ¿Cómo pudiera haber empezado la carta? Tal vez en estos términos: Has hecho bien en matar al que me colmaba de honores. O bien así: Te amo porque degollaste a los que en Roma me acogieron con tanto amor.»

Constancio no supo comprender la grandeza de este lenguaje. Era en el año 356; una acción decisiva se preparaba contra Atanasio. Un Concilio de Antioquía le condena, otro de Alejandría le absuelve; nuevamente le condenan en Milán, y nuevamente le absuelven en Roma. Pero, además de sus obispos, el emperador tiene sus tribunos. Sabe que el pueblo de Alejandría se dejaría matar por él. Aquella multitud voluble y dispuesta al motín, que hoy se dejaba matar en las calles por los soldados romanos y mañana se levantaba contra un prefecto, o arrastraba por las plazas a un obispo arriano, o se ensangrentaba con la muerte de la ilustre Hipatia, jamás dudó un momento de Atanasio, jamás se cansó en su admiración, en su cariño, en su idolatría hacia el santo y sabio defensor de la fe de Nicea. Su arresto podía ser el estallido de una revolución. No obstante, cinco mil hombres rodean una noche la basílica donde el patriarca celebraba las vigilias. Entran con las espadas desnudas, los arcos tendidos y las lanzas enhiestas. Muchos fieles son heridos, otros asesinados. Atanasio, sentado en el trono episcopal, rehusa abandonar su puesto. «El pueblo y los sacerdotes—dice él mismo—me suplican que huya, y yo me niego a ello hasta ver a todos los míos en seguridad; hasta que un grupo de solitarios y de clérigos subió hasta donde yo estaba y me llevó a través de la noche.»

Esta era la cuarta proscripción. Otras veces Atanasio se había encaminado hacia Occidente: había vivido en las orillas del Rhin, en Tréveris, en Milán, en Roma. Ahora no quiso salir de Egipto. Durante seis años caminará de desierto en desierto, se ocultará en las pirámides y en las ruinas de las antiguas poblaciones, y se asociará a las falanges sagradas de los solitarios. Siempre fugitivo, siempre perseguido, podrá contar con la silenciosa e indefectible fidelidad de estos hombres, que son capaces de dejarse matar antes de traicionarle. él es también un asceta, ama aquella vida; desde su juventud, siempre que le ha sido posible; se ha internado en aquellas soledades para renovar las energías de su espíritu. Es amigo de los grandes anacoretas; Antonio, dice él mismo ingenuamente, le ha echado agua en las manos para lavarse; Pacomio le llama el padre de la fe ortodoxa y el hombre cristóforo, y al fin de su vida dirá con frecuencia a sus discípulos: «He conocido en este mundo tres cosas que han agradado a Dios y florecido en él: primero, el santo Padre Atanasio, que ha combatido por la fe ortodoxa hasta la muerte; segundo, el gran Antonio, que nos ha dejado el modelo de la vida anacorética, y tercero, esta comunidad, que sigue las huellas de estos dos Padres, bajo las órdenes de Dios.»

Agradecido a tanta fidelidad, Atanasio compartía la vida y las austeridades de sus huéspedes, les predicaba el amor de la vida interior y del estudio y les contaba las peripecias de viajes y de sus luchas en defensa de la fe, y recogía las noticias de la vida de San Antonio, que pronto transmitiría a las hojas del pergamino en una obra recibida con avidez por todo el mundo romano. Al mismo tiempo redactaba su Historia de los arrianos, sus Apologías, sus Exposiciones de la fe y otros libros polémicos, donde la profundidad teológica se junta al nerviosismo del luchador. Libros de circunstancias, redactados en la efervescencia de una lucha titánica, no hay que buscar en ellos un cuerpo de doctrina sistemáticamente dispuesto. Y, sin embargo, pocos espíritus han influido tan profundamente en la orientación y el desarrollo del dogma cristiano. Sólo un problema parece concentrar el vigor de aquella gran inteligencia, un problema central que tiene repercusiones en toda la teología: el problema del Verbo Encarnado, que Atanasio considera en todos sus aspectos, en el seno del Padre, en la obra de la creación, en la redención del género humano, en sus relaciones con el misterio de la Trinidad y en las maravillas de la Encarnación. El teólogo domina siempre sobre el moralista. Aquí y allá vemos de cuando en cuando la expresión admirable de la severidad cristiana, como él la entendía y la vivía; pero, más que nada, Atanasio fue un jefe religioso, y para el dominio, como para la resistencia, el dogma abstracto y sobrenatural es más operante que las prescripciones éticas. Es un teólogo amante de la tradición, es el eslabón de oro que une a los Padres apostólicos con los grandes doctores que descuellan después del primer Concilio ecuménico. Eslabón sólido, pues lo que ante todo obsesiona a aquel espíritu es la pureza de la fe. No le importan las filigranas lingüísticas, aunque es siempre dueño absoluto de su palabra. Su estilo, decía Focio, es claro, sobrio, preciso; pero al mismo tiempo nervioso y profundo. Es poderosa su dialéctica, prodigiosa su fecundidad. Argumenta a la manera de un maestro, con libertad, con magnificencia. Hay mucha escolástica en su lenguaje. Su elocuencia está en el acento enérgico de su inflexible voluntad, en la severa exactitud de sus expresiones. Su genio preciso e imperioso se complacía en la dialéctica de los misterios y en la gravedad inmutable de la lengua teológica. Fue un pensador más que un literato, y más todavía un luchador del pensamiento.

Sus luchas no habían terminado todavía. Por una ostentación de tolerancia, Juliano el Apóstata levantó el destierro a todos los proscritos de Constancio. Atanasio hizo su entrada en Alejandría el 21 de febrero del año 362. Fue un triunfo, de aquellos que el Imperio romano ya no conocía desde que los vencedores no subían al Capitolio. De todos los puntos de Egipto acudían las gentes para verle; la muchedumbre llenaba las orillas del Nilo; miles de barcas surcaban las aguas; focos potentes, instalados en las altas torres del Museum, iluminaban el puerto; los habitantes de la ciudad salieron en masa, ordenados según el sexo y la edad, y siguiendo los pendones de sus corporaciones. él, entre tanto, avanzaba montado en un asno. Su paso por las calles era señalado con aplausos inacabables, y tal era la veneración del pueblo, que todos querían ser tocados por su sombra, en la persuasión de que tenía virtudes milagrosas, como la de San Pedro. Quemábanse perfumes y se esparcían flores. Por la noche se iluminó la ciudad, se celebraron banquetes y hubo distribuciones de comidas en las plazas. Envidioso de esta popularidad, Juliano le excluyó de la amnistía; pero Atanasio, seguro de sus alejandrinos, no quiso hacer caso del edicto imperial, y empezó a gobernar tranquilamente su Iglesia. Reunía Concilios, predicaba, discutía y bautizaba. Los mismos paganos quedaban subyugados por la grandeza de su alma, y esto es lo que más irritó al emperador. «Por todos los dioses—escribía al prefecto de Egipto—, no sabré ningún hecho tuyo tan agradable como la expulsión de Atanasio, el miserable, que se ha atrevido, reinando yo, a bautizar mujeres griegas de rango distinguido. Proscríbele.» Temiendo que estallase una sedición, el patriarca abandonó la ciudad, diciendo a sus amigos: «No temáis; es un nublado que pasará pronto.» Una noche remontaba el Nilo, cuando oyó tras sí chasquido de remos en el agua. Era la galera de la policía imperial, que bogaba a toda prisa. «¿Habéis visto a Atanasio?»—preguntaron—. «Precisamente, río adelante camina — dijo él, fingiendo la voz—; remad fuerte.» La nave avanzó ligera. Atanasio mandó virar la suya, y de este modo escapó al peligro.

Unos meses más tarde, la muerte del apóstata en las llanuras de Mesopotamia; después, la restauración católica, con una nueva entrada triunfal; más tarde, con Valente, una nueva ofensiva del partido arriano, y como consecuencia el quinto destierro. Atanasio se oculta a las puertas de Alejandría, en el sepulcro de su padre; pero el pueblo le reclama, las manifestaciones populares toman un cariz alarmante, y es preciso ordenar que nadie inquiete al patriarca. Aquel hombre era demasiado grande para ser perseguido o protegido por el Imperio, y después de tantas luchas, después de tantas proscripciones, después de tantos peligros, según la ingenua expresión del martirologio, muere tranquilamente en su lecho. «En el carácter de Atanasio—ha dicho Bossuet—todo es grande.» Toda su vida es la revelación de una energía prodigiosa, que sólo encontramos en las épocas devisivas. Indiscutiblemente, su grandeza como hombre le coloca en la primera fila de los caracteres más admirables que ha producido el género humano. Como escritor y doctor, se le ha podido llamar el gran iluminador y columna fundamental de la Iglesia. Dios le confió la misión de defender una causa de soberana grandeza; y él mereció ser considerado como el campeón del Verbo divino. En cuanto a la grandeza de su santidad, basta recordar el comienzo del panegírico que hizo de él San Gregorio de Nacianzo: «Alabar a Atanasio, es alabar la misma virtud. ¿Acaso no celebra la virtud el que cuenta una vida que realizó todas sus virtudes?» Esa vida estuvo toda ella inflamada por una pasión: el amor al Verbo Encarnado. Ella explica la sobrenatural energía del atleta incorruptible, sus luchas y sus trabajos, sus amistades y sus cóleras, sus alegrías y sus pruebas, su prestigio entre los suyos y sus invectivas contra los obstáculos del error.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 02 de mayo:

- Santa Wiborada de San Gallo
- San José María Rubio y Peralta
- Beato Guillermo Tirry

domingo, 1 de mayo de 2016

01 de mayo: San Ricardo Pampuri

«Este joven cirujano, conocido como doctor santo, e integrante de la Orden de Hermanos Hospitalarios llevó a cabo una intensa labor apostólica en su vida profesional y eclesial. Fue un gran médico de cuerpos y de almas»

(ZENIT – Madrid).- En esta festividad de san José Obrero, se celebra también la vida de este santo que nació el 2 de agosto de 1897 en Trivolzio, Pavia, Italia. Al bautizarle le impusieron el nombre de Herminio Felipe, tomando el de Ricardo en su vida religiosa. Era el décimo de once hermanos. A los tres años perdió a su madre y su familia materna se ocupó de él. En 1907 falleció a su padre en un accidente de tráfico. Arropado por su tíos Carlos y María, que secundó a su madre lo mejor que pudo, se impregnó de la fe que había en el hogar. Solía orar ante el Sagrario, mostraba gran devoción por la Eucaristía, acostumbraba a rezar el rosario diariamente –del que luego dijo: «este es mi arma predilecta, con esta corona el diablo huye»–, eran frecuentes sus obras de misericordia y fue excelente catequista. Un estado permanente de oración envolvía sus acciones cotidianas.

Su anhelo era ser sacerdote y misionero, pero su salud era delicada y sus familiares le disuadieron, aunque no le pusieron trabas para colaborar con la Acción Católica. Mientras, recibía formación en distintos centros. Y al culminar los estudios en el Liceo se matriculó en la facultad de medicina de la universidad de Pavía. Su tío Carlos, médico, le había animado. Sabía que una persona sensible como él, ferviente católico además, podría asistir a los enfermos con una calidad que está muy por encima del hecho meramente instrumental, clínico, y de una labor profesional impecable que se supone y espera de todo médico. Y efectivamente, el santo tuvo claro que quien tenía frente a él era una persona con sus necesidades espirituales y materiales. Que un galeno ha de buscar remedios para el cuerpo del paciente, pero en manera alguna puede descuidar su alma.

En abril de 1917, en medio de la Guerra Mundial, fue reclutado y tuvo que partir a filas. Al ser estudiante de medicina fue trasladado a la primera línea de fuego. Allí veía el trágico fin de sus compañeros en medio de incontables atrocidades, inútil masacre que acompaña a la barbarie. Luego fue destinado en otra zona algo alejada de la batalla, quedando fuera de peligro. Y cuando el 24 de octubre de ese año el ejército italiano estuvo a punto de ser derrotado, hubo orden de retroceso para todos los soldados, que abandonaron el hospital de campaña y los recursos que tenía. Entonces Ricardo los recogió depositándolos en una carreta tirada por una vaca que condujo durante 24 h. en medio de una brutal y persistente tempestad. Calado hasta los huesos, temblando de frío, puso a salvo todo. Le concedieron la medalla de bronce y el ascenso, pero le quedó como recuerdo una pleuresía de grave repercusión para su vida posterior.

En 1921 obtuvo el título de doctor en medicina y cirugía, y se dispuso a poner en práctica sus conocimientos primeramente junto a su tío Carlos, y luego como suplente en Vernate, hasta que obtuvo la plaza de médico rural en Morimondo, Milán. En esta localidad fue de gran ayuda para el párroco. Fundó con él el Círculo de la Juventud de Acción Católica, de la que fue su primer presidente, y hasta organizó una banda de música, iniciativas que encomendó a san Pío X. Ejercía su apostolado también en otros frentes, como secretario de la comisión misionera de la parroquia, impulsaba ejercicios espirituales para jóvenes y trabajadores, y muchas veces se hacía cargo de los gastos.

Ejerció como médico rural durante seis años. Fue un profesional ejemplar (no solo docto, que también lo era), que asistía a los enfermos sin medir riesgos. Sus pacientes eran mayormente pobres, y movido por su caridad y generosidad les proporcionaba solícitamente no solo la asistencia gratuita sino los medicamentos, alimentos, vestido e incluso dinero. Mientras, había completado estudios durante dos años más, obteniendo la especialización en obstetricia y ginecología. En 1923 fue habilitado como oficial sanitario en la universidad de Pavía. Allí se integró en el círculo universitario Severino Boecio, y colaboró con las conferencias de San Vicente de Paúl. En la primavera de ese año conoció a Riccardo Beretta, que se convirtió en su director espiritual. Y de su mano vislumbró su vocación religiosa. Intentó vincularse a los jesuitas y a los franciscanos, pero su salud era tan precaria que lo rechazaron.

En junio de 1927 ingresó en Milán en la Orden de Hermanos Hospitalarios (Fatebenefratelli). Hizo el noviciado en Brescia y profesó en 1928 tomando el nombre de Ricardo en honor al padre Beretta. En esta ciudad los Hermanos de San Juan de Dios tenían un hospital y fue nombrado director del gabinete de odontología. A este centro acudían fundamentalmente los más necesitados y los obreros, a los que atendió caritativamente, como siempre había hecho. Quienes recibían directamente sus cuidados le estimaban y consideraban una persona fuera de lo común, aunque esta admiración por la virtud que apreciaban en él la tenían también sus hermanos de comunidad, sus compañeros médicos, y el personal sanitario en general. Asumía los trabajos humildes con la misma elegancia y dedicación que su trabajo como médico.

De su vida espiritual, cincelada por la santidad en lo ordinario, dan constancia también las 66 cartas que dirigió a su hermana María Longina, franciscana misionera del Corazón Inmaculado de María que se hallaba destinada en Egipto. El coloquio que ambos mantuvieron pone de manifiesto la grandeza de corazón de este santo, que tuvo en su hermana un modelo a seguir. La vida de Ricardo fue corta. Murió con 33 años el 1 de mayo de 1930 después de agravarse la pleuritis que contrajo en la guerra y que se convirtió en una broncopulmonía. Su breve estancia en Torrino en 1929 obligado por la inflamación pulmonar no le sirvió de nada, como tampoco el traslado sugerido por sus familiares de Brescia a Milán para atenderle convenientemente. No hubo forma de dilatar su existencia. Juan Pablo II lo beatificó el 4 de octubre de 1981, y lo canonizó el 1 de noviembre de 1989. Sus restos se veneran en la iglesia parroquial de Trivolzio, donde era conocido como «doctor santo».

escrito por Isabel Orellana Vilches
(fuente: www.zenit.org)

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