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viernes, 13 de mayo de 2016

13 de mayo: Beata Magdalena Albrici

Pertenecía a la nobleza de Italia. Nació en Como, ciudad de Lombardía al norte de Milán, hacia 1415. Después de la muerte de sus padres, Magdalena decidió retirarse al convento de Santa Margarita de la misma ciudad, donde se recibía a las hijas de los nobles. Por inspiración de Dios, sin embargo, se dirigió sin vacilar a una casa religiosa que, fuera de los muros de la ciudad, había sido construida bajo la Regla de San Agustín, en un lugar llamado Brunate. El convento estaba casi vacío, pero el número de religiosas aumentó considerablemente después del ingreso de Magdalena, quien fue elegida superiora y afilió el convento a la Orden de las Ermitañas de San Agustín. Magdalena fundó otro convento en la ciudad de Como, pero ella permaneció en Brunate.

En 1455, la Congregación Agustiniana de Lombardía aceptó bajo su jurisdicción a la comunidad, decisión que fue definitivamente aprobada por el Papa Pío II el 16 de julio de 1459. Fue una admirable propagadora de la vida agustiniana. Orientó a muchas consagradas que vivían aisladas en sus casas hacia la vida común bajo la Regla de San Agustín.Así se acrecentó la Familia Agustiniana con un considerable número de monasterios.También se le atribuye la fundación de una fraternidad de agustinos seculares en Como. Sobresalió en el espíritu de penitencia y de contemplación, y en la caridad con todos. Exhortaba a sus religiosas a la comunión frecuente y a anteponer el servir al presidir. Según parece, murió el 13 de mayo de 1465 a edad muy avanzada, después de una larga y dolorosa enfermedad.

San Pío X confirmó su culto el 10 de diciembre de 1907. Sus restos se veneran con devoción en la catedral de Como.

Las fuentes de información para las notas biográficas sobre los santos y beatos agustinianos son el libro La seducción de Dios (Pubblicazioni Agostiniane, Roma 2001), cuyo autor es el P. Fernando Rojo Martínez, OSA, y Santos y beatos de la familia agustiniana. Subsidio litúrgico para el Misal agustiniano, publicado por la Federación Agustiniana Española (FAE, Madrid 2008).

(fuente: augustinians.net)

otros santos 13 de mayo:

- Santa María Dominga Mazzarello
- San Servacio de Tongres
- San Andrés Huberto Fournet

jueves, 12 de mayo de 2016

12 de mayo: Beato Álvaro del Portillo

Hijo de Clementina Diez de Sollano (mexicana) y de Ramón del Portillo y Pardo (español), Álvaro del Portillo nació en Madrid el 11 de marzo de 1914. Era el tercero de ocho hermanos.

Después de cursar el bachillerato en el Colegio El Pilar (Madrid), ingresó en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, en la que terminó sus estudios en 1941. Posteriormente trabajó en diversas entidades oficiales con competencia en materia hidrográfica. A la vez, estudió Filosofía y Letras (Sección de Historia) y se doctoró en 1944 con la tesis Descubrimientos y exploraciones en las costas de California.

En 1935 se incorporó al Opus Dei, institución de la Iglesia Católica que había sido fundada siete años antes por san Josemaría Escrivá de Balaguer. Recibió directamente del fundador la formación y el espíritu propios de aquel nuevo camino en la Iglesia. Desarrolló una amplia labor de evangelización entre sus compañeros de estudio y trabajo, y desde 1939 realizó numerosos viajes apostólicos por diferentes ciudades de España.

El 25 de junio de 1944 fue ordenado sacerdote por el obispo de Madrid, Mons. Leopoldo Eijo y Garay, junto con José María Hernández Garnica y José Luis Múzquiz: son los tres primeros sacerdotes del Opus Dei, después del fundador.

En 1946 se trasladó a Roma, pocos meses antes de que fijara allí su residencia san Josemaría, con el que convivió también en los años siguientes. Se trata de un periodo crucial para el Opus Dei, que recibe entonces las primeras aprobaciones jurídicas de la Santa Sede. Para Mons. del Portillo empieza también una época decisiva en la que, entre otras cosas, realizará —con su actividad intelectual junto a san Josemaría y con su trabajo en la Santa Sede— una honda reflexión sobre el papel y la responsabilidad de los fieles laicos en la misión de la Iglesia, a través del trabajo profesional y las relaciones sociales y familiares. “En un hospital —escribirá años más tarde, para ejemplificar esta realidad— la Iglesia no está solo presente por el capellán: también actúa a través de los fieles que, como médicos o enfermeros, procuran prestar un buen servicio profesional y una delicada atención humana a los pacientes; en un barrio, el templo será siempre un punto de referencia indispensable: pero el único modo de llegar a los que no lo frecuentan será a través de otras familias”.

Entre 1947 y 1950 empujó la expansión apostólica del Opus Dei en Roma, Milán, Nápoles, Palermo y otras ciudades italianas. Promovió actividades de formación cristiana y atendió sacerdotalmente a numerosas personas. De la huella que su labor ha dejado en Italia hablan hoy las numerosas calles y plazas que se le han dedicado en distintos núcleos urbanos del país.

El 29 de junio de 1948, el fundador del Opus Dei erigió en Roma el Collegio Romano della Santa Croce, centro internacional de formación del que Álvaro del Portillo fue primer rector y en el que enseñó teología moral (1948-1953). En ese mismo año (1948) obtuvo el doctorado en Derecho Canónico en la Universidad Pontificia de Santo Tomás.

Durante sus años en Roma, los diversos Papas que se suceden (desde Pío XII hasta Juan Pablo II) le llamaron a desempeñar numerosos encargos, como miembro o consultor de 13 organismos de la Santa Sede. Participó activamente en el Concilio Vaticano II. Juan XXIII le nombró consultor de la Sagrada Congregación del Concilio (1959-66). En las etapas previas al Vaticano II, fue presidente de la Comisión para el Laicado. Ya en el curso del Concilio (1962-65) fue secretario de la Comisión sobre la Disciplina del Clero y del Pueblo Cristiano. Terminado el Concilio, Pablo VI le nombró consultor de la Comisión postconciliar sobre los Obispos y el Régimen de las Diócesis (1966). Fue también, durante muchos años, consultor de la Congregación para la Doctrina de la Fe.

La vida de Álvaro del Portillo está estrechamente unida a la del fundador. Permaneció siempre a su lado hasta el mismo momento de su muerte, el 26 de junio de 1975, colaborando con san Josemaría en las tareas de evangelización y de gobierno pastoral. Con él viajó a numerosos países para disponer y orientar los diversos apostolados del Opus Dei. “Al advertir su presencia amable y discreta al lado de la dinámica figura de Mons. Escrivá, me venía al pensamiento la modestia de san José”, escribirá a su muerte un agustino irlandés, el Padre John O'Connor.

El 15 de septiembre de 1975, en el congreso general convocado tras el fallecimiento del fundador, don Álvaro del Portillo fue elegido para sucederle al frente del Opus Dei. El 28 de noviembre de 1982, cuando el beato Juan Pablo II erigió el Opus Dei en prelatura personal, le designó Prelado de la nueva prelatura. Ocho años después, el 7 de diciembre de 1990, le nombró obispo y, el 6 de enero de 1991, le confirió la ordenación episcopal en la basílica de San Pedro.

A lo largo de los años en que estuvo al frente del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo promovió el comienzo de la actividad de la prelatura en 20 nuevos países. En sus viajes pastorales, que le llevaron a los cinco continentes, habló a miles de personas de amor a la Iglesia y al Papa, y predicó con persuasiva simpatía el mensaje cristiano de san Josemaría acerca de la santidad en la vida ordinaria.

Como Prelado del Opus Dei, Mons. Álvaro del Portillo estimuló la puesta en marcha de numerosas iniciativas sociales y educativas. El Centre Hospitalier Monkole (Kinshasa, Congo), el Center for Industrial Technology and Enterprise (CITE, en Cebú, Filipinas) y la Niger Foundation (Enugu, Nigeria) son ejemplos de instituciones de desarrollo social llevadas a cabo por fieles del Opus Dei, junto a otras personas, bajo el impulso directo de monseñor del Portillo.

Asimismo, la Universidad Pontificia de la Santa Cruz (desde 1985) y el seminario internacional Sedes Sapientiae (desde 1990), ambos en Roma, así como el Colegio Eclesiástico Internacional Bidasoa (Pamplona, España), han formado para las diócesis a miles de candidatos al sacerdocio enviados por obispos de todo el mundo. Son una muestra de la preocupación de monseñor del Portillo por el papel del sacerdote en el mundo actual, tema al que dedicó buena parte de sus energías, como se puso de manifiesto en los años del Concilio Vaticano II. “El sacerdocio no es una carrera —escribió en 1986— sino una entrega generosa, plena, sin cálculos ni limitaciones, para ser sembradores de paz y de alegría en el mundo, y para abrir las puertas del Cielo a quienes se beneficien de ese servicio y ministerio”.

Monseñor Álvaro del Portillo falleció en Roma en la madrugada del 23 de marzo de 1994, pocas horas después de regresar de una peregrinación a Tierra Santa. La víspera, el 22 de marzo, había celebrado su última misa en la iglesia del Cenáculo de Jerusalén.

Álvaro del Portillo es autor de publicaciones sobre materias teológicas, canónicas y pastorales: Fieles y laicos en la Iglesia (1969), Escritos sobre el sacerdocio (1970) y numerosos textos dispersos, gran parte de ellos recogidos póstumamente en el volumen Rendere amabile la Verità. Raccolta di scritti di Mons. Álvaro del Portillo, publicado en 1995 por la Libreria Editrice Vaticana. En 1992 se publicó el volumen Intervista sul Fondatore dell'Opus Dei, fruto de sus conversaciones con el periodista italiano Cesare Cavalleri, sobre la figura de san Josemaría Escrivá, que ha sido traducido a varias lenguas.

Tras su muerte en 1994, miles de personas han testimoniado por escrito su recuerdo de monseñor Álvaro del Portillo: su bondad, el calor de su sonrisa, su humildad, su audacia sobrenatural, la paz interior que su palabra les comunicaba.

Fue beatificado en Madrid el 27 de septiembre de 2014. Su fiesta se celebra el 12 de mayo.

(fuente: www.es.josemariaescriva.info)

otros santos 12 de mayo:

- Santos Aquileo y Nereo
- San Modoaldo de Tréveris
- Santo Domingo de la Calzada

miércoles, 11 de mayo de 2016

11 de mayo: San Mayolo de Cluny

Abad
(906-994)

Es el año 972. Época de hierro, de ignorancia, de confusión. Caminos inseguros, ciudades abrasadas, tronos que se tambalean. Una nutrida caravana cruza los Alpes en dirección a Italia. Ya han bajado las cumbres del gran San Bernardo, han atravesado el Piamonte y empiezan a recorrer los pintorescos valles del Delfinado. Están alegres, porque han dejado muchos otros peligros, y a su vista se extienden las tierras mediterráneas, cubiertas de viñedos y praderas. Caminan lentamente, al paso de los mulos y los jumentos, unas veces abismados en profundo silencio, otras recitando graves salmodias. En el grupo dominan el bordón del peregrino y la capucha del monje, pero se ven también algunas espadas de pajes y escuderos. De pronto trae el viento relinchos confusos de caballos, y tras los relinchos se oye un violento galopar que estremece la tierra. Los viajeros se dispersan, internándose unos en los bosques vecinos, refugiándose otros tras los muros de una fortaleza o acurrucándose al abrigo de un peñasco. Detrás de ellos corren los jinetes blandiendo la cimitarra y disparando sus flechas. Cubren sus hombros amplios albornoces, y blancos turbantes les ciñen la frente. Son moros, una banda de piratas moros, que, venidos de España, han logrado hacerse fuertes en aquellas alturas. Y va llegando la presa: mulos cargados de víveres» fugitivos renqueantes y sangrantes, monjes maniatados. Llega también un anciano de talla prócer y mirada bondadosa. Sólo él parece sereno en medio de aquella multitud de gentes que lloran, tiemblan, gritan y amenazan. Mientras los demás huían, él se sentó en una piedra, resignado a la aventura irremediable. Cuando los bandidos se le acercaron, él empezó a discutir con ellos de religión. «Vuestra vida—les dijo—es un insulto a los hombres: robáis lo que no es vuestro, asesináis a los inocentes y turbáis la paz de los pueblos. Pero lo más triste es que vuestros ojos están cerrados a la verdad, porque vuestro profeta os ha engañado miserablemente para hundiros en las simas del infierno.»

Desconcertados quedaron los asaltantes al oír estas palabras. Su asombro se transformó luego en indignación, y ya se hablaba de colgar en un árbol al importuno e inoportuno predicador, cuando uno de ellos, intimidado por la presencia del prisionero, convenció a sus compañeros de que tal vez sería más provechoso conservarle, en la esperanza de un subido rescate. Cargáronle de hierros, le subieron a su castillo y le encerraron en un subterráneo que se abría en las entrañas de una roca. Después, reuniendo a los demás cautivos, les preguntaron: « ¿Quién es ese monje? Sus vestidos son pobres como los vuestros, pero tiene un aire de príncipe. ¿Quién es?» Y todos unánimemente contestaron: «Es Mayolo, abad de Cluny.» «Tanto mejor», debieron de pensar los infieles al escuchar la respuesta. Todo el mundo conocía a Cluny, la gran abadía de Borgoña, que, fundada medio siglo antes, se había convertido ya en una de las más poderosas instituciones de la cristiandad. Todo el mundo conocía a Mayolo, el hombre santo que regía los destinos de la Orden naciente, consejero de reyes, amigo de emperadores, árbitro de las contiendas religiosas y políticas del pueblo cristiano.

Desde entonces nadie se atrevió a molestar al ilustre prisionero. Le quitaron las cadenas, pusieron a su disposición la mejor habitación del castillo y le trataron con un respeto rayano en la admiración. Un día, uno de aquellos bandidos le ofreció una parte de su comida, consistente en un trozo de carne con un pan duro y negro, hecho con el trigo especial cuyo cultivo aclimataron aquellos hombres en el mediodía de Francia: trigo sarraceno. «Toma y come», le dijo algo rudamente. «Si tengo hambre—respondió Mayolo—, el Señor me alimentará. Él te premie la buena voluntad con que me ofreces tu ración; pero yo no tengo costumbre de comer eso.» Otro camarada, creyendo que rehusaba el pan por estar demasiado duro, se remangó los brazos, se lavó las manos, amasó rápidamente sobre su escudo dos puñados de harina, puso el pan a la lumbre y se lo ofreció con todo respeto. Aquellos salteadores de caminos se habían convertido casi en personas decentes. Ponían toda su buena voluntad por complacer a su prisionero y hacerle tolerable la reclusión. Uno de ellos pisó un día, por un descuido, la Biblia del abad. Mayolo no pudo menos de exhalar un suspiro al ver aquella profanación, sin darse cuenta de la importancia que podía tener cualquier gesto suyo. El culpable fue ásperamente reprendido por sus compañeros. «Es preciso—repetían—tener más respeto por las palabras de los profetas.» Él se irritó al oír semejantes reprensiones; pero aquellos hombres supersticiosos, temiendo que el crimen descargase la ira del Cielo sobre la compañía, acabaron por cortar el pie al involuntario profanador de la Biblia.

Entre tanto, seguían las negociaciones del rescate. Mayolo había enviado a Cluny esta carta: «A los señores y hermanos de Cluny, Mayolo miserable y cautivo: Los dolores de la muerte me han cercado y los torrentes de la iniquidad me llenan de espanto. Enviad, si os place, el precio de mi libertad y de la de mis compañeros.» Los musulmanes habían señalado la suma de mil libras de plata. Era una cantidad exorbitante, pero los monjes de Cluny y los amigos de Mayolo, entre los cuales había muchos príncipes; la reunieron rápidamente, y al poco tiempo estaba el abad de nuevo entre sus monjes, cantaba en el coro y proseguía su obra de restauración cristiana.

Bien se podía dar mil libras por la libertad de aquel hombre extraordinario. Hijo de un señor de Provenza, Mayolo tenía en la palabra y en el espíritu la agilidad del meridional. En su alma ardía un fuego que apenas era posible reprimir; pero había aprendido el arte de tenerla siempre serena como un lago. Refiriéndose a sus días de estudiante, podía decir un panegirista suyo: «Era más blanco que la flor del lirio, era más puro que la nieve; sabía agradar a Cristo, y descollaba sobre sus maestros por la dignidad de su vida.» Sus contemporáneos admiraban en él una suprema elegancia, un gesto exquisito, una suave gravedad. Si algo era capaz de romper el equilibrio de su alma, era su pasión por la lectura. Leía siempre, en el monasterio y de viaje. Su sucesor, San Odilón, nos le pinta inclinado durante las vigilias sobre los libros del Areopagita, que eran su carta de marear por el piélago de la vida interior. Si Odón; el primero de los grandes abades cluniacenses, había sido un asceta, Mayolo realizaba el tipo del místico. Lo mismo que los Padres, estudiaba los filósofos. En cuanto a los poetas paganos, mirábalos con poca simpatía. A Virgilio, cuyos poemas le habían encantado cuando estudiaba en Lyón, y luego, siendo canónigo de Macón, le llamaba ahora seductor peligroso de las imaginaciones. «Los poetas divinos os bastan — decía a sus religiosos—; Isaías y David, Sedulio y Prudencio. No manchéis vuestro espíritu con la muelle elegancia virgiliana.»

Tenía especial placer en las discusiones religiosas, y ya le hemos visto preocupado sólo de la verdad en el momento de caer en las manos de los sarracenos. Era un orador elocuente pero su fecunda elegancia no se avenía con el tecnicismo de la escuela. Miraba como su autor favorito a San Gregorio Magno, pero no el de las Homilías sobre Job o Ezequiel, que eran la preferencia del austero Odón, sino el de los Comentarios evangélicos, más suaves, más serenos, menos severos que aquéllas; diferencia de gustos que revela la diferencia de caracteres. Exteriormente ostentaba una figura majestuosa. Este hombre, a quien nunca podremos alabar bastante—dice un contemporáneo—, era de una belleza angélica, de una fisonomía noble, de un mirar lleno de dulzura. Su paso, grave; su palabra, elocuente, y en su voz, un acento sublime. Sus gestos, sus movimientos, sus actitudes revelaban al hombre perfecto, y la elegancia de sus perfecciones lo hacía aparecer a mis ojos como el más bello de los mortales.»

Tal era este hombre, uno de los más eminentes de la cristiandad en el siglo X, un gran restaurador, un organizador insigne, uno de los que prepararon aquel estallido de vitalidad que se observa desde los primeros años del siglo XI. Su figura se nos presenta magnífica en la escena revuelta de aquel mundo en construcción. No se contenta con ampliar la Orden de Cluny, promover su prestigio y dirigir sus cohortes monásticas hacia la reforma del mundo cristiano; su acción se extiende a todos los órdenes de la vida social: construye, restaura, favorece las letras, recorre la cristiandad sembrando bendiciones y optimismos e introduce la influencia de las ideas cristianas en los gobiernos de Francia, de Italia y de Alemania. Es amigo de Hugo Capoto, consejero de Otón el Grande, director de la emperatriz Santa Adelaida, y al mismo tiempo tan condescendiente con los humildes, tan compasivo, tan misericordioso, que no puede ver a un necesitado sin derramar lágrimas. Sólo la injusticia era capaz de turbar la serenidad de su alma.

Cuando Adelaida deja el palacio imperial rechazada por un hijo desagradecido, la figura alta y noble de Mayolo aparece ante el emperador, pronunciando este reproche: «Señor de una dignidad efímera, ¿cómo te atreves a pisotear los preceptos de la verdad y las leyes de la Humanidad?» Otón II, para probar que no le guardaba resentimiento, le ofreció el solio pontificio. Mayolo pidió algún tiempo para reflexionar, y al día siguiente, habiendo leído aquellas palabras de San Pablo: «Tened cuidado de no dejaros inducir por palabras engañosas», corrió en busca del emperador, y, delante de los obispos y margraves, le dio esta bella respuesta: «Yo sé que no poseo las cualidades de un hombre apostólico. No soy bastante fuerte para llevar un peso semejante. Los romanos y yo somos de costumbres y países diferentes. Si me dejase llevar de la condescendencia, perdería el carácter de monje; y así, no quiero aceptar una dignidad que me haría sucumbir con su peso.»

Toda la cristiandad contemplaba con asombro al abad de Cluny y acataba sus palabras como oráculos del Cielo. Un obispo hacía de él este elogio: «Cada día somos testigos por nuestros oídos y nuestros ojos de que la gloria de este hombre viene sólo de Dios. Es verdaderamente un astro colgado sobre nuestro suelo. Todos los siglos celebrarán su memoria.» Mayolo prolongaba sus días sin mancha, pasando de la meditación a la lectura, de la lectura a los negocios. Ya nonagenario, recordaba los días de su juventud, describía sus trabajos con palabras pintorescas y recordaba con los ojos arrasados de lágrimas a los hombres santos que él había visto caer en defensa de la Iglesia. Dolíase de haberles sobrevivido; se sentía aislado, y su único consuelo era conversar con Dios. Un discípulo suyo nos descorre un poco el velo de aquella vida interior con estas reveladoras palabras: «¡Qué profundos gemidos, qué dulces lágrimas derramaba este hombre de Dios en el fervor de la contemplación!» Viósele con frecuencia, cuando estaba en medio de los hermanos, levantado lejos de toda conversación común y como lanzado fuera de sí mismo. Otras veces, aunque estuviese solo, le hubierais creído en medio de la multitud, a causa de los sollozos y lamentos que profería en su trato con la Divinidad. Sobre su cabeza, blanca como la de cisne el invierno de la vida había hecho brotar las flores de la vejez; pero ningún velo llegó a oscurecer el brillo penetrante de sus ojos; todos sus miembros conservaban el vigor y el calor primero; había vivido en un cuerpo virgen, y hasta el último día siguieron sus sentidos con el sello de la virginidad intacta.» Parece como si éste hombre se hubiera visto libre de toda flaqueza humana. La venida de la muerte no le asustó más que el asalto de los ladrones alpinos. En su última hora, cuando todos lloraban en torno a su lecho, él se esforzaba por sonreír y decía: «Valor, amigos; demos gracias al Señor, que esta muerte inevitable sea para todos un motivo de alegría.»

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 11 de mayo:

martes, 10 de mayo de 2016

10 de mayo: Santa Solange de Bourges

Etimológicamente significa” sola”. Viene de la lengua latina.
(¿865?-880)

Nació en la aldea de Villemont, cerca de Bourges, en Francia; pertenecía a una familia de campesinos pobres. En aquella época todo el pueblo estaba sometido a la dependencia del conde de aquel lugar.

Santa Solange, o Solangia, era una pequeña pastora que creció siendo muy devota, al grado de consagrarse completamente a Cristo desde tierna edad. Cuando llegó a la adolescencia se convirtió en una joven muy hermosa, además de ser robusta y sana.

Todas las mañanas Solange sacaba a pastorear a sus ovejas. En el camino hacía un alto en la iglesia de su pueblo para dejar ahí un ramo de flores silvestres, y luego continuaba hasta su lugar favorito en el campo, donde ella misma se había improvisado una pequeña capilla, en la que se dedicaba cada día a rezar.

En una ocasión pasaba por ahí en su caballo Ranulfo, el joven hijo del conde de Bourges, quien al verla quedó prendado de ella y quiso hacerla su esposa. Él dio por hecho que el ser de noble cuna le sería muy fácil tomarla, pero Santa Solange se le rehusó terminantemente, aduciendo que ya estaba casada con Cristo.

La negativa sólo encendió más al muchacho, quien por la fuerza intentó poseerla. Todo fue infructuoso, pues además de su fortaleza física de muchacha campesina, Santa Solange demostró que sus convicciones eran inquebrantables.

Derrotado y furioso, Ranulfo sacó entonces su espada, y diciéndole: “¡Si no eres mía no habrás de ser de nadie!”, de un tajo le cortó la cabeza.

La leyenda cuenta que el cuerpo decapitado se levantó, se colocó nuevamente la cabeza en su lugar, y antes de salir corriendo y perderse en la maleza, le respondió a su violador: “¡Jesús será siempre mi único marido!”

El lugar cercano a Bourges donde ocurrió este suceso se conoce todavía como Campo de Santa Solange.

También entre la gente sencilla campesina se encuentra Dios y la santidad. Dios no hace acepción de personas en su corazón de Padre.

A esta chica francesa, que murió el diez de mayo del año 880, el Señor le concedió muchos dones además de los que ya tenía por su naturaleza encantadora, belleza impresionante y buena trabajadora.

No le faltaron muchos pretendientes. Los rechazó a todos porque quería vivir en estado de virginidad. Aún así, tuvo sus dificultades. Una de ellas fue el encuentro con el conde Gothie.

Iba paseando por el campo y, al verla tan guapa, se quedó alucinado. Y sin dudarlo, le dijo que se casara con él. La chica interrumpió su oración para decirle que prefería mantenerse virgen.

Desde luego que hay que tener las ideas claras y la voluntad fuerte para rehuir la petición de manos de todo un conde.

Pero el conde, de buenas formas aparentes, era todo un animal. No quería darse por vencido. La vio varias semanas, visitó a sus padres.

Todo fue inútil. Entonces maquinó en su malvado corazón raptarla. Y estando apacentando el ganado, se presentó bruscamente, la sentó en su caballo y huyó.

La chica, una fornida campesina, le hizo frente cuando intentó abusar de ella. Cuando pasaban por un torrente, hizo un esfuerzo muy grande y se cayeron los dos.

Todo el mundo se reía de su torpeza y de sus pocas habilidades para salir de ese sitio.

No obstante logró salir de la corriente del río que había al fondo del torrente.

Enfurecido por no haber podido violarla, la cogió y le cortó la cabeza con su espada.

El vicio ciega los ojos del alma.

(fuente: evangelizafuerte.mx)

otros santos 10 de mayo:

- San Juan de Ávila

lunes, 9 de mayo de 2016

09 de mayo: Beato Esteban Grelewski

presbítero y mártir
n.: 1899 - †: 1941 - país: Alemania
canonización: B: Juan Pablo II 13 jun 1999

En el campo de concentración de Dachau, cercano a la citada ciudad de Munich, en Alemania, beato Esteban Grelewski, presbítero y mártir, el cual, al ser invadida Polonia militarmente en tiempo de guerra, fue hecho prisionero por los perseguidores de la Iglesia y, extenuado por los crueles tormentos padecidos, recibió finalmente la corona de la gloria.

Nació en Dwikozy, Polonia, el 3 de julio de 1899 en el seno de una familia campesina que lo educó cristianamente. En 1916 ingresó en el seminario diocesano de Sandomierz, y fue tres años más tarde enviado a la Universidad de Lublín para estudiar Derecho Canónico. Se ordena sacerdote el 12 de octubre de 1921, y va a Estrasburgo a terminar sus estudios y doctorarse.

Estuvo dedicado a tres grandes apostolados: las clases de religión en las Escuelas Profesionales de Radom, el periodismo católico y la acción social. En 1930 funda la revista mensual «La Verdad Católica» de la que fue redactor hasta 1935, y por ese tiempo publica diversas obras de contenido religioso y social. Llegada la guerra, sigue dando clandestinamente clases de religión durante un año, hasta que el 27 de octubre de 1940 es arrestado, pero al poco tiempo fue dejado libre. Entonces se dedica a trabajar por los prisioneros de guerra; pero en enero de 1941 es nuevamente arrestado. Pasó por los campos de concentración de Skarzysko-Kamienna, Auschwitz y Dachau, a donde llega el 4 de mayo de 1941. Estaba en pésimas condiciones de salud y fue por ello enviado al barracón de los enfermos, en el que moría el día 9 del mismo mes. Llevó su prisión y sufrimientos con gran paciencia y entrega. Fue beatificado el 13 de junio de 1999.

«Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003 
(fuente: www.eltestigofiel.org)

otros santos 09 de mayo:

- Santa Catalina de Bolonia
-  Beata Teresa de Jesús
- San Pacomio 

domingo, 8 de mayo de 2016

08 de mayo: San Acacio de Bizancio

†: s. IV - país: Turquía
otras formas del nombre: Agacio, Agato, Agatho, Agario
canonización: pre-congregación

En Bizancio, san Acacio, soldado y mártir.

patronazgo: patrono de los soldados, protector en situaciones de miedo mortal o desesperadas, para tener fortaleza ante las duda; también contra el dolor de cabeza.

San Acacio o Agato es, junto con san Mucio, el único mártir auténtico de Bizancio, en la antigüedad. Había nacido en Capadocia y era centurión del ejército imperial. Murió por la fe durante la persecución de Diocleciano y Maximiano. Como sufrió solo el martirio, hay que situar en otra fecha a los setenta y siete compañeros que se le atribuyen generalmente. Según las «Actas» de san Acacio, que no son fidedignas, fue denunciado por el tribuno Firmo, en Perinto de Tracia, donde el juez Bibieno le mandó torturar cruelmente. Después, fue trasladado a Bizancio, donde le flagelaron públicamente y le decapitaron.

En Constantinopla había dos o tres iglesias dedicadas a san Acacio. Una de ellas fue construida por Constantino el Grande. El pueblo la conocía con el nombre de «el nogal», porque en su estructura había un trozo del nogal en ei que, según la leyenda, el santo había sido colgado durante la flagelación.

El texto griego de las actas de san Acacio se halla en Acta Sanctorum, mayo, vol. II, junto con la antigua versión siria editada por P. Bedjan. Ver el artículo del P. Delehaye sobre san Acacio en Analecta Bollandiana, vol. XXXI (1912), p. 228, así como las páginas que consagró al santo en Origines du Cuite des Martyrs, pp. 233-236; y en Comentario sobre el Martirologium Hieronymianum, p. 239. El nombre de san Acacio aparece tanto en el antiguo Breviarium sirio, como en el calendario español de Carmona. Cf. Salaville, Les Eglises de St Acace, en Echos d'Orient, vol. XI, pp. 105 ss.

«Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI 
(fuente: eltestigofiel.org)

otros santos 08 de mayo:
 - San Bonifacio IV, Papa

sábado, 7 de mayo de 2016

07 de mayo: San Juan de Beverley

Obispo
(† 721)

El nombre de Whitby rebosa de gracia poética que ilumina los primeros tiempos del monacato inglés. Es el nombre de un monasterio, cuyo esplendor histórico describió el Venerable Beda con el cariño que ponía para todas las cosas bretonas. Su grandeza material y el encanto del lugar donde se alzaba, puede todavía verlos el viajero a través de las ruinas imponentes que duermen en el centro de uno de los más bellos paisajes de Inglaterra. Desde su elevada meseta verdeante, en cuyos flancos vienen a estrellarse las olas del mar del Norte, Whitby parecía una fortaleza de refugio para los que atravesaban los mares de las grandes aguas y el océano de la vida. Todo allí era imponente y majestuoso: la grandeza de los edificios, el mugir de las olas, los horizontes lejanos de la mar verdosa y el color oscuro de los picos gigantes que se esconden en las nubes.

La reina, la señora del peñón, era una mujer extraordinaria, hija de los reyes de Nortumbria, llamada Hilda, Santa Hilda. Sacada de las tinieblas del paganismo por la predicación de los monjes romanos enviados por San Gregorio Magno, no sólo creyó en Cristo, sino que quiso entregarse por completo a Él, y allí, en aquella altura, levantó un monasterio donde-vivían quinientas vírgenes, otro monasterio habitado por cien monjes, un faro para guiar a los navegantes que pasaban cerca de aquellos abruptos peñascos, y otro faro espiritual, una escuela, para todos los que tenían sed de sabiduría.

En las grandes fiestas, en los aniversarios festivos del año cristiano, Hilda organizaba espléndidos banquetes, que ella sabía convertir en funciones religiosas. Al fin de la reunión, según la vieja costumbre anglosajona, los comensales debían celebrar, uno tras otro, en cantos sencillos, en versos improvisados, en himnos sagrados y antífonas litúrgicas, las alegrías de la festividad. En estos campeonatos brillaba siempre el ingenio de un joven anglo, llamado Juan, que desde las escuelas de Cantorbery había venido a vivir a la sombra de la gran abadesa. Hilda le admitió complacida y dio el hábito benedictino. Juan era un adolescente, dulce de carácter, de alma candorosa y de virtud acrisolada. Además, traía grandes tesoros de saber eclesiástico y profano. En Cantorbery había sido discípulo del hombre más sabio de Inglaterra, del arzobispo Teodoro, que, además de su lengua nativa, el griego, conocía perfectamente el hebreo y el latín. En Whitby siguió estudiando con ardor, y pronto se convirtió en uno de los más ilustres maestros de aquella ciudad monástica. Allí conoció al santo, al venerable Ceadmón, el hombre que mejor sabía interpretar en lengua sajona los sublimes misterios de la religión cristiana. Con él empezaron a cantar las lenguas modernas, y no habrá seguramente literatura alguna que nos ofrezca en sus primeros balbuceos un sabor a idilio tan delicioso como el que nos ofrece la inglesa en este monje poeta.

Ceadmón era un simple boyero, un vasallo de la abadesa. Estaba ya en la edad madura, sin que nadie le hubiese enseñado a cantar. Sin embargo, no había ningún eco en la Naturaleza que no hiciese vibrar intensamente las fibras de su alma. Pero no sabía expresar sus sentires, y era para él un tormento no poder mezclar su voz con las de los otros, cuando le invitaban a los convites de la abadía. Al llegarle la vez, al tener que recibir el arpa, se levantaba de la mesa y salía entristecido a llorar su vergüenza en un rincón del establo donde tenía sus bueyes. Y sucedió que un día, mientras lloraba agobiado por la tristeza, oyó una voz que le decía: «Ceadmón, canta.» Y el boyero respondió: « ¿Quién eres tú, que me mandas cantar? ¿Quieres acaso reírte de mí? ¿No ves que por mi rudeza he tenido que dejar la sala del banquete?» «No importa, canta», replicó la voz. «Y ¿qué voy a cantar?» «Canta el principio de las cosas y la creación del mundo.»

Y de la boca del boyero brotó un torrente impetuoso de poesía: versos sublimes, rimas encantadoras, que hablaban de la gloria y felicidad divina, del poder del Creador, Dios eterno, fuente de toda belleza, Padre del género humano, que dio a los hijos de los hombres la tierra por morada y puso sobre ella el techo radiante y majestuoso de los cielos. Desde entonces cambió la zamarra por la cogulla, y, monje fervoroso, deslumbrado por los fulgores de la otra vida, no quiso utilizar aquel arte sagrado más que para hacer odiar el mal y amar el bien, pintando con viveza los horrores del juicio último, las penas del infierno, los goces del Paraíso y la acción de la Providencia en el mundo. Aún conservamos fragmentos de aquella poesía fresca y graciosa como una mañana de primavera.

Tal es el ambiente en que Juan pasó su juventud sirviendo a Dios, aprendiendo y enseñando las letras divinas y humanas y practicando alegremente los deberes de la vida religiosa. La abadesa le miraba como el mayor prestigio de su fundación, y se acercaba tranquila al sepulcro, pensando que el joven maestro aseguraría su obra. Pero la gloria de Whitby debía ser pasajera. En 680 moría la fundadora; Ceadmón había cesado de cantar algún tiempo antes, y casi al mismo tiempo Juan fue arrebatado a la paz del claustro para gobernar sucesivamente las diócesis de Hexham y de York. En adelante se le vio recorriendo los caminos y derramando en los pueblos más humildes bendiciones y consuelos. El Venerable Beda, que recibió las órdenes de su mano, nos le representa buscando a los enfermos para devolverles la salud, albergando a los peregrinos en su casa episcopal, aliviando a los necesitados con sus limosnas y con la bondad de su palabra, siempre dulce y puro, siempre animado de una solicitud paternal para todos los que sufrían. Entre los pobres que diariamente le pedían limosna, se presentaba desde hacía años un hombre tullido, mudo y tinoso. Admirado de ver la paciencia con que sufría sus enfermedades, el obispo le cogió un día cariñosamente de la barba y le llevó consigo. Ya en casa, se puso en oración, y volviéndose luego al doliente, empezó a sacarle la lengua, le enseñó a vocalizar y no quiso despedirle hasta que supo hablar y leer.

El obispo seguía siendo un maestro abnegado. Sus discípulos le rodeaban constantemente: se agrupaban junto a él en el templo, vivían con él en la casa episcopal y le acompañaban en sus viajes apostólicos. Eran jóvenes clérigos o muchachos seglares, pertenecientes a las principales familias del reino. El les enseñaba la música, la gramática y la retórica, sin ahogar el gusto de los ejercicios violentos, tan propios de la raza anglosajona. Visitaba una vez el obispo su diócesis en compañía de toda la cohorte estudiantil. Cada uno de aquellos muchachos caminaba en su caballo, escuitando al maestro y escuchando atentamente sus palabras. De pronto se encontraron en una espaciosa llanura cubierta de hierba verde y menuda. « ¡Qué hermoso campo para galopar!», exclamó uno de aquellos jóvenes, y sus palabras inflamaron a todos sus camaradas en el deseo de lanzarse a la carrera. Cuadráronse delante del obispo a la manera militar, y a fuerza de insistir lograron esta respuesta: «Haced lo que queráis, pero que Heribaldo se quede conmigo.» Heribaldo, el discípulo predilecto, la esperanza del anciano prelado, se puso triste. También él quería luchar en ligereza con sus compañeros y lucirse guiando el potro bravo y hermoso que dos días antes le había dado su maestro. Y de pronto echó a correr, como arrastrado por la vivacidad del animal, pero con tan mala suerte, que el caballo tropezó, y él vino a dar contra una roca, sin sentido y medio muerto. Rodeáronle sus compañeros, consternados; tendieron un pabellón en aquel mismo sitio, y allí pasaron la noche en torno a su compañero. El obispo no podía separarse de la cabecera. Rezaba, se lamentaba y asía la mano del herido, temiendo que la muerte se le arrebatase. Por fin, al amanecer, Heribaldo abrió los ojos, y el piadoso doctor, dice el relato de Beda, no pudiendo contener la alegría, preguntó; «¿Me conoces?» «Sí—respondió él—; eres el obispo Juan, mi señor muy amado.»

Así transcurrió aquella vida sencilla y noble: enseñando, consolando y derramando alegría. Tres años antes de morir, Juan dejó el episcopado y se fue a esperar la llamada de Dios en el monasterio de Beverley, donde, a semejanza de Hilda, había organizado un refugio, una escuela y un centro de apostolado.

Al rumor de las escuelas, al trote de los caballos, a la conversación con los hombres, suceden ahora los coloquios con los ángeles, el silencio de las ascensiones místicas, el ansioso galopar de la mente por los espacios infinitos de la luz y del amor.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 07 de mayo:

- Beato Eduardo José Rosaz 
- Beata María de San José
- Santa Flavia Domitila 
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