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jueves, 7 de julio de 2016

07 de julio: San Fermín de

SAN FERMÍN Obispo de Pamplona († 553) Pamplona era entonces Pompelon, una pequeña aglomeración urbana fundada por los romanos, presidiendo en el centro de la tierra navarra, sobre una pequeña meseta a las orillas del Arga, una llanura rodeada de montañas. Los vascos habitantes de esta llanura conocían esa población romana con el nombre de Iruña, es decir, la ciudad. Según Estrabón: "Sobre la Jaccetania, hacia el Norte, habitan los vascones, en cuyo territorio se halla Pompelon". Pompelon, producto humano lógico, tenía para los romanos un valor estratégico, pero asimismo realizaba otra importante misión: reunía las ásperas montañas pirenaicas, tras las cuales se extendían los ubérrimos campos de Aquitania, con la comarca de las riberas colindantes con el Ebro. Pompelon era un punto de confluencia en el trazado de las vías romanas que atravesaban Navarra. Aún no había cristianos en el país. Los más antiguos cuentos del folklore vasco, unos cuentos de contextura esquemática que resuenan todavía desde un fondo de siglos, establecen la separación de dos mundos radicalmente distintos: el mundo cristiano y el mundo anterior a la evangelización del país. Hay en algunos de esos seculares cuentos, procedentes casi todos de una edad pastoril, alusiones claras a las primeras iglesuelas cristianas y al conjunto de prevenciones y de resistencias que su emplazamiento exaltaba entre los gentiles. El vasco introdujo en su milenario idioma el adjetivo "gentil" (jentillak, los gentiles), expresando así el mundo idolátrico de sus antepasados, desconocedores del cristianismo o refractarios a su introducción. Todos los habitantes de la tierra vasca eran entonces gentiles, lo mismo, que fuesen pastores en el campo que los avecindados en las aglomeraciones urbanas. Pompelon y sus habitantes pertenecían al mundo del paganismo. Entre esos habitantes se contaba Firmo, alto funcionario de la administración romana en la ciudad, y su esposa Eugenia, matrona de ilustre ascendencia. Todo hace imaginar, sin embargo, que Firmo y Eugenia, aunque paganos, eran creyentes, que sus almas sentían aspiraciones mucho más allá de sus efigies tutelares predilectas. Firmo y Eugenia ofrendaban, sacrificaban en los altares de su culto con la sencilla fe del pueblo que creía en sus dioses con una pasión que durante casi medio milenio hizo frente al cristianismo, que avanzaba con fuerza arrolladora. En la fe pagana del pueblo había ardor y había vitalidad. Esto explica los mártires. En la vida de Fermín, el hijo de Firmo y Eugenia, nos movemos en un mundo de conjeturas, pero la mención del nombre de la madre evoca la gran receptibilidad de las mujeres paganas a la nueva doctrina destinada a toda la humanidad, sin excluir de la esperanza a los más humildes y despreciados, y que traía un positivo consuelo a los desesperados y a los vacilantes. Las viejas hagiografías describen a Firmo y Eugenia dirigiéndose al templo de Júpiter para ofrecer sacrificios, y detenidos en el camino a la vista de un extranjero que con dulce y grave palabra explicaba al pueblo la figura y la doctrina de Cristo. Al llegar aquí hay que imaginarse el amoroso ardor de aquellos humildes y eficaces apóstoles, mucho más cercanos que nosotros en el tiempo a la figura de Jesús. Firmo y Eugenia invitaron a su hogar al extranjero, hondamente impresionados por el discurso de éste. Honesto, que así se llamaba el apóstol, explicó a aquéllos los fundamentos de la religión cristiana, y cómo venía de Tolosa de Francia, de donde le había enviado el santo obispo Saturnino, discípulo de los apóstoles, con la concreta misión de difundir en Pompelon la fe de Jesucristo. Las convincentes palabras de Honesto en la intimidad del hogar de Firmo conmovieron todavía más a éste, que no solamente dio a aquél esperanzas de convertirse al cristianismo, sino que, además, manifestó deseos de conocer a Saturnino. El santo obispo de Tolosa no tardó mucho en acceder a los deseos de Firmo. Una cosa es la gran devoción de Pamplona y Navarra a San Saturnino, pero tiene sobre todo importancia ese recio resumen de su obra apostólica que acostumbran añadir los navarros a la mención del mártir y que vale por la mejor biografía: "San Saturnino, el que nos trajo la fe". Cuentan que Saturnino evangelizó en Navarra más de cuarenta mil paganos, entre ellos a Firmo, Fausto y Fortunato, los tres primeros magistrados de Pompelon, y que, a impulsos de aquella ardorosa predicación, se construyó rápidamente la primera iglesia cristiana, que pronto resultó insuficiente. Todos estos preliminares, un poco largos, resultan necesarios para explicar la figura de Fermín, el hijo de Firmo y Eugenia, niño de diez años de edad, que Honorato se encargó de modelar en el espíritu al quedar a la cabeza de la grey de Pompelon, vuelto ya Saturnino a Tolosa. La historia de Fermín, a esa grande e imprecisa distancia histórica, resulta demasiado lineal, pero no por eso menos reveladora del ardor de aquellos heroicos confesores de Jesucristo, íntimamente comprometidos a confesarla dondequiera y en cualquier situación que fuese. Honesto, dedicando con afán sus esfuerzos al alma que él adivinó excepcional del niño Fermín, obtuvo que éste, ya para los dieciocho años, hablara en público con admiración de todos los oyentes. Firmo y Eugenia enviaron entonces a Fermín a Tolosa, poniéndole bajo la dirección de Honorato, obispo y sucesor de Saturnino. Este, no menos admirado del talento y de la prudencia de Fermín, venciendo su modestia, le ordenó presbítero, consagrándolo después obispo de Pamplona, su ciudad natal. El celo evangelista de Fermín en su tierra navarra emparejaba con el de su antecesor Saturnino. Al conjuro de la palabra entusiasta de Fermín los templos paganos se arruinaban sin objeto y los ídolos hacíanse pedazos: en poco tiempo el territorio fue llenándose de fervorosos cristianos. Las devociones fundamentales de San Fermín eran precisamente las devociones fundamentales, dicho sea sin ánimo de paradoja: la Santísima Trinidad y la Santísima Virgen María. Invocando a la Santísima Trinidad, la devoción de las devociones, operaba milagros tan prodigiosos que los gentiles en Navarra y en las Galias llegaron a mirarle como un dios. Vamos a dejar a un lado la leyenda. Digamos en lenguaje actual que el amor de Dios inflamaba el alma de Fermín en una caridad milagrosa. Fermín, después de ordenar suficiente número de presbíteros en su tierra, pasó a las Galias, cuyas regiones reclamaban el entusiasmo del joven obispo, pues a la sazón ardía en ellas furiosa la persecución. La indiferencia ante la persecución constituía en Fermín otra manera de predicar y no precisamente la menos eficaz. Los paganos de Agen, de la Auvernia, de Angers, de Anjou, en el corazón de las Galias, y también en Normandía, quedaban admirados de aquella presencia que daba sereno testimonio de Cristo, indiferente a todos los peligros. El ansia tranquila del martirio movía a Fermín. Esta ansia dirigió a Fermín hacia Beauvais, donde el presidente Valerio sostenía una crudelísima persecución contra todo lo que tuviera nombre de cristiano. Fermín, encerrado muy a poco de llegar, hubiese muerto en la prisión, víctima de durísimas privaciones y sufrimientos, de no haber acaecido la muerte de Valerio, circunstancia que el pueblo creyente aprovechó para ponerlo en libertad. La fama de su entereza moral y su gesto de comenzar a predicar públicamente a Jesucristo tan pronto como salió de la cárcel movieron en aquella ocasión eficazmente el corazón de muchos paganos, que juntamente con los viejos cristianos, contagiados todos ellos del entusiasmo de Fermín, edificaron iglesias por todo el territorio. A Fermín, infatigable, se le señala en la Picardia y más tarde, de regreso de una correría por los Países Bajos, otra vez en la ciudad de Amiéns, capital de aquella región, en donde había de encontrar gloriosa muerte. La cercanía intuida del martirio acrecentó más todavía su santa indiferencia y el entusiasmo de Fermín, ya incontenible en su empeño de predicar a Jesucristo. Por otra parte, la fe de Fermín seguía operando prodigios asombrosos, comparables a los de los primeros apóstoles. El pretor de Amiéns, alarmado de aquel ascendiente, llamó a su presencia a Fermín; pero, prendado de su persona y de la sinceridad de sus palabras, mandó ponerle en libertad. Pero, como Fermín insistiera en predicar al pueblo la fe en Cristo, el pretor, volviendo de su acuerdo, ordenó encerrarlo en la prisión. La agitación del pueblo creyente, mal resignado con esta medida, determinó un miedoso y cruel impulso del pretor: mandó cortar la cabeza a San Fermín en la misma cárcel. En medio de la consternación de los cristianos un tal Faustiniano, convertido por San Fermín, tuvo el valor de atreverse a rescatar el cuerpo decapitado para enterrarlo provisionalmente en una de sus heredades, y más tarde, con todo sigilo, trasladó los restos de aquel gran devoto de María a una iglesia que el mismo San Fermín había dedicado a la Santísima Virgen. escrito por José de Arteche (fuente: www.mercaba.org)

viernes, 3 de junio de 2016

03 de junio: Santa Clotilde

Esta santa reina tuvo el inmenso honor de conseguir la conversión al catolicismo del fundador de la nación francesa, el rey Clodoveo, ya que se unió en matrimonio con él. Tuvo tres hijos, pero uno de ellos murió a los pocos años de vida. La santa oraba y pedía perseverantemente por la conversión de su esposo, el rey Clodoveo, pues éste era pagano, y se negaba rotundamente a acceder a la conversión cristiana.

Cuando los alemanes atacaron a Clodoveo en la batalla de Tolbiac, el rey le pidió al "Dios de su esposa" que si le concedía la gracia de la victoria, él se convirtiría a la religión católica. Dios que no desoye ninguna súplica, le concedió el milagro al rey francés, y de manera inesperada, el ejército del Rey Clodoveo derrotó a los enemigos. De inmediato, el rey solicitó al obispo San Remigio que lo instruyera en la religión, y en la Navidad del año 496 fue bautizado solemnemente con todos los jefes de su gobierno. Gracias a su conversión, Francia profesa la religión católica.

En el año 511 murió Clodoveo. San Gregorio de Tours señala que la reina Clotilde era admirada a causa de su gran generosidad en repartir limosnas, y por la pureza de su vida y sus largas y fervorosas oraciones. La gente también afirmaba que la santa parecía más una religiosa que una reina. Después de la muerte de su esposo sí vivió como una verdadera religiosa; se retiró a Tours y allí consagró su vida a la oración y socorrer a pobres y enfermos. Cuando murió, sus dos hijos Clotario y Chidelberto llevaron su féretro hasta la tumba del rey Clodoveo.

(fuente: aciprensa.com)

otros santos 03 de junio:

- San Isaac de Córdova
- San Carlos Luanga y compañeros mártires santos
- Beato Juan XXIII

jueves, 2 de junio de 2016

02 de junio: Santos Marcelino y Pedro

Mártires
Año 304

El primero de estos dos santos mártires era un sacerdote muy estimado en Roma, y el segundo era un fervoroso cristiano que tenía el poder especial de expulsar demonios. Fueron llevados a prisión por los enemigos de la religión, pero en la cárcel se dedicaron a predicar con tal entusiasmo que lograron convertir al carcelero y a su mujer y a sus hijos, y a varios prisioneros que antes no eran creyentes. Disgustados por esto los gobernantes les decretaron pena de muerte.

A Marcelino y Pedro los llevaron a un bosque llamado "la selva negra", y allá los mataron cortándoles la cabeza y los sepultaron en el más profundo secreto, para que nadie supiera dónde estaban enterrados. Pero el verdugo, al ver lo santamente que habían muerto se convirtió al cristianismo y contó dónde estaban sepultados, y los cristianos fueron y sacaron los restos de los dos santos, y les dieron honrosa sepultura. Después el emperador Constantino construyó una basílica sobre la tumba de los dos mártires, y quiso que en ese sitio fuera sepultada su santa madre, Santa Elena.

Las crónicas antiguas narran que ante los restos de los santos Marcelino y Pedro, se obraron numerosos milagros. Y que las gentes repetían: "Marcelino y Pedro poderosos protectores, escuchad nuestros clamores".

(fuente: ewtn.com)

otros santos 02 de junio:

miércoles, 1 de junio de 2016

01 de junio: Beato Teobaldo Roggeri

Martirologio Romano: En la ciudad de Alba, en el Piamonte, beato Teobaldo, que por amor a la pobreza dio todo su dinero para socorrer a una viuda y, trabajando como mozo de cuerda, por humildad llevó las cargas de los demás. († 1150)

Fecha de beatificación: Culto Confirmado por el Papa Gregorio XVI en el año 1841.

A Teobaldo Roggeri se le honra en todo el Piamonte como patrón de los zapateros remendones y los cargadores, pero con particular devoción en Vico, el lugar donde nació, y en Alba, la población donde pasó la mayor parte de su vida. Sus padres eran personas acomodadas que le dieron una buena educación; pero el respeto que se dispensaba a la buena posición de su familia, le parecía a Teobaldo incompatible con las condiciones de humildad que debe observar todo buen cristiano. Por ese motivo abandonó el hogar y fue a vivir en la ciudad de Alba, donde fue admitido en el taller de un zapatero para aprender el oficio. Se desempeñó con tanta honradez y destreza, que su amo, en el lecho de muerte, le pidió que se casara con su hija única y siguiera al frente del negocio como dueño. Como Teobaldo no quería apenar a un anciano con sus horas contadas, le dio una respuesta rápida y evasiva que él pudiera tomar como afirmativa; pero no eran esos los planes del piadoso joven que había hecho votos de guardar la castidad y, tan pronto como su amo fue sepultado, se despidió de la viuda, entregándole todas sus ganancias para que las distribuyera entre los pobres, y partió.

Sin ningún bien en este mundo, atenido a las limosnas que recibía, emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela. De regreso en Alba, no trató de reanudar su oficio de zapatero, sino que buscó la labor más penosa y dura que pudiera realizar y se ofreció a cargar las bolsas de cereales y otras mercancías. Desde entonces vivió en las calles y las plazas, junto a los mendigos y los menesterosos de toda especie, para quienes era como un ángel de consuelo. Invariablemente, las dos terceras partes de todo lo que ganaba, eran para sus pobres. A pesar de la naturaleza agobiante de su trabajo, practicaba con frecuencia ayunos y otras austeridades; hasta el día de su muerte, durmió siempre sobre el duro suelo. A fin de expiar la culpa de haber proferido una maldición cuando otro hombre lo provocó, se propuso barrer todos los días las naves de la iglesia de San Lorenzo y mantener ardiendo sus lámparas. Se afirma que en su tumba se obraron muchos milagros, lo que dio enorme incremento a su culto.

(fuente: catholic.net)

otros santos 01 de junio:

- San Justino
- San Aníbal María de Francia
- Beato Juan Bautista Scalabrini

martes, 31 de mayo de 2016

31 de mayo: Beato Nicolás Barré

Nicolás Barré nace en Amiens (Francia), el 21 de octubre de 1621 y muere en París el 31 de mayo de 1686, rodeado de su comunidad, en el convento de los Mínimos de la Plaza Real. Fue maestro de teología y célebre director de almas. Fundó por toda Francia las Escuelas Cristianas y de Caridad, así como las Hermanas del Niño Jesús.

Las religiosas del Niño Jesús siguen hoy esta misión de evangelizar a través de la educación de los niños en nuestra ciudad de Burgos.


BIOGRAFÍA

Nicolás Barré nace en Amiens (Francia), el 21 de octubre de 1621 y muere en París el 31 de mayo de 1686, rodeado de su comunidad, en el convento de los Mínimos de la Plaza Real.

Aunque la situación económica desahogada de la familia Barré, libre a Nicolás de muchos males, no por ello crece ignorante y despreocupado de la situación precaria que contempla a su alrededor. Percibe el horrible rumor y consecuencias de la guerra, sus estragos, sus incertidumbres, miedos y zozobras. Toda esta inseguridad, miseria y dolor quedarán impresos en su ser y tendrán su influencia en el desarrollo de toda su vida y espiritualidad.

Desde los diez años hasta los diecinueve, cursa sus estudios con resultados brillantes en el colegio de San Nicolás, dirigido por los Jesuitas. Antes de terminar sus estudios confió a sus padres el deseo que anidaba en su corazón de entregarse totalmente al Señor en la Vida Religiosa. Sus padres renuncian a todas las ilusiones que se habían forjado sobre su primogénito y único varón, al que veían dotado de excelentes cualidades intelectuales y con un carácter agradable y atractivo. Si Dios le llama por este camino, ellos aceptan cristianamente la determinación de su hijo y, cuando llegue el momento, le ayudarán y ofrecerán su apoyo para que lo pueda realizar.

Por aquella época, Amiens alberga veinte conventos de religiosos. De todos ellos Nicolás escoge el de los Mínimos, precisamente el más pobre y desconocido de todos. Nicolás quiere pertenecer totalmente a Dios, y le parece que puede realizarlo mejor por el camino marcado por Francisco de Paula: la plegaria, la ascesis y la caridad. Nicolás ha sabido discernir acertadamente la voluntad de Dios en su persona y sufre al ver a tantos niños y jóvenes morir o malvivir acosados por el hambre y la ignorancia tanto a nivel humano como religioso.

En 1659, cuando Nicolás cuenta ya 38 años, es enviado a Rouen. Allí vuelve a constatar la miseria e ignorancia que reina, el abandono de niños y jóvenes que pululan por las calles. Reza y medita sobre esta situación en la que los ve sumergidos, sin posibilidad de salir por ellos mismos y se pregunta una y mil veces ¿qué es lo que puedo hacer? ¿qué es lo que debo hacer? Le supone una presión tremenda verles explotados en trabajos impropios de su edad porque tienen que ayudar a la familia. Hacinados por la falta de espacio, con los graves perjuicios morales que esto supone; supersticiosos y alejados de la grandeza de la fe que recibieron en el bautismo.

Nicolás, cada día que pasa, reflexiona más sobre este asunto, va entrando en contacto con otras personas que se hacen éstas o parecidas preguntas. Bajo su iniciativa, un grupo de chicas jóvenes de Rouen y sus alrededores, se consagraron totalmente a la formación humana y cristiana de las niñas, jóvenes y mujeres que la pobreza y la miseria habían dejado sin recursos. Serían las primeras Hermanas. Dedicadas a esta labor se multiplicaron prodigiosamente y de todos los rincones de Francia solicitaban su presencia. Ellas por su parte vivían en total abandono a la Divina Providencia, atareadas en la labor educativa y en la formación humana y religiosa.


PENSAMIENTOS DEL BEATO NICOLÁS BARRÉ

El corazón orgulloso y suficiente obliga a Dios a subir más alto y a alejarse. “Cuando el hombre busca engrandecerse, Dios tiende a alejarse aún más”. Por el contrario, un corazón humilde, cuanto más se rebaja, más se acerca Dios a él: “Resiste a los orgullosos, da su gracia a los humildes”.

En la oración, y para la oración, es muy bueno llenarse de espíritu, o de las virtudes de Jesús, o de las grandezas de Dios, sus atributos, etc.

No basta hablar de las cosas de Dios. Hay que hacerlo en el Espíritu de Dios, y por el Espíritu de Dios. De otra forma, el espíritu de vanidad se insinúa y corrompe todo. Para evitar este mal, antes y después de actuar, hay que permanecer recogido y dependiente del Espíritu de Dios.

El respeto al prójimo debe estar lleno de amor, y este amor es santamente crucificante.

Tendríamos que morirnos de vergüenza cuando simulamos amar a Jesús, siendo así que en realidad no le amamos en absoluto; ya que en verdad no amamos a sus miembros, y no tenemos afecto al prójimo, del que el más pequeño de entre ellos es su imagen.

Si amo verdaderamente a mi prójimo, el dolor de verle perecer debe apagar el gozo que experimento al verme sobre el camino de la salvación eterna.

El alma muerta en sí misma actúa para su prójimo con mucha más fuerza que para sí misma.

Esta disposición de adorar a Dios profundamente pone al alma en la práctica de la presencia de Dios, en una gran sabiduría y modestia en todas sus acciones, y en una paciencia actual en las contrariedades y adversidades, por respeto hacia la majestad soberana, delante de la cual uno se humilla perpetuamente en espíritu.

(fuentes: niñojesusburgos.es; minimas.org)


otros santos 31 de mayo:

- Beato Mariano de Roccacasale
- Santa Camila Bautista de Varano
- San Noe Mawaggali

lunes, 30 de mayo de 2016

30 de mayo: San Fernando

(1199-1252)
Rey de Castillla

La tarde agoniza. El regio cortejo avanza a través de las tierras salmantinas: picas y arcos, caballeros y peones, sabios, dueñas y doncellas en cuyas mejillas sonríe la juventud. Se oyen de pronto los cuernos guerreros, y la caravana se detiene. Es entre Salamanca y Zamora, en un bosque de hayas y quejigos. Los pajes se agitan, las hogueras levantan sus lenguas rojas, y bajo el alpende tupido de la fronda surge el real. Una tienda campa en el centro por su arte y su riqueza, y también por la concurrencia de damas y caballeros. Allí, una reina yace en su lecho, un rey vela nervioso, y una servidumbre vestida de sedas brillantes y mallas de guerra va y viene, llena de inquietud y expectación. Alguien dice súbitamente: « ¡Un principe! ¡Nos ha nacido un príncipe! » La voz se extiende por el campamento, el regocijo estalla en gritos y aplausos, los clérigos y los magnates se agolpan en torno a la tienda real, y el rey aparece levantando en sus grazos al recién nacido, al heredero de la corona. Aquel rey era Alfonso IX de León; aquella reina se llamaba Berenguela de Castilla, y aquel príncipe seria Fernando III el Santo, uno de los más grandes reyes de España. El niño creció entre los esplendores de la corte leonesa y entre las caricias y cuidados de su santa madre, «ca esta muy noble reina endereszó e crió a su fijo en buenas costumbres, y los sus buenos enseñamientos, dulces como miel, non cesaron de correr siempre a su tierno corazón, e con tetas de virtudes le dio su leche, enseñándole acuciosamente las cosas que placen a Dios e a los hommes, e mostrándole, non las cosas que pertenescían a mujeres, más lo que facie a grandeza de corazón e a grandes fechos». Pero un día, cuando apenas tenía quince años, advierte el niño algo extraño en torno suyo: su madre llora; su padre, siempre violento, estalla en terribles cóleras; los magnates y los obispos discuten. Al poco tiempo, Berenguela viene a despedirse de su hijo, le abraza, le besa largamente y desaparece de León. ¿Por qué? El pequeño príncipe no acierta a comprenderlo. Le dicen que es preciso obedecer a la ley de Dios, pero él llora también. Lo que había sucedido era esto: en Roma acababan de descubrir que Alfonso y Berenguela eran parientes cercanos, y no tardó en llegar la sentencia canónica: «O separación o entredicho.» Berenguela sintió que algo se desgarraba en lo más profundo de su alma, pero prefirió obedecer.

No obstante, el niño fue legitimado por Inocencio III, y preconizado por las Cortes heredero del reino leonés. Un valle de Galicia protegió su infancia. De cuando en cuando le llevaban a Burgos, reclamado por su madre. Gracias a la solicitud materna, atravesó incólume las dolencias de la niñez. A los diez años, la muerte acechaba en torno a su cuna; los médicos judíos habían perdido la cabeza y se desesperaba de su vida: non dormir nunca podía, non comía ne migalla.

En aquel trance la madre coge al pequeño en sus brazos, cabalga hasta el monasterio de Oña, reza, llora durante una noche entera ante la imagen de la Virgen, «y el meninno empieza a dormir, et depois que foi esperto, luego de comer pedía». Castilla recibió dos veces de aquella gran mujer al más grande de sus reyes. Desde este momento, la fortuna se hace inseparable compañera del amable príncipe: ella le pondrá en posesión de dos tronos, le abrirá los corazones de los hombres, y, sin traicionarle jamás, le pondrá en posesión de la victoria.

Una teja que hiere casualmente a su tío Enrique I mientras jugaba en el palacio episcopal de Palencia le hace rey de Castilla. La verdadera heredera es su madre, pero entonces aparece el genio político de la reina, el desinterés de la madre. Se apodera de su hijo, congrega Cortes en Valladolid, se hace proclamar reina de Castilla, y tomando luego la corona que fulgía en su frente, la coloca sobre la frente del mancebo; todo con una clarividencia, con una rapidez, con una decisión, que desconcierta a los magnates revoltosos, y quita al rey de León toda esperanza a la corona castellana. Algo más tarde, otra ceremonia memorable en Santa María de las Huelgas, junto a Burgos. Pontificaba el obispo don Mauricio: sobre el altar brillaban un escudo, una espada, una loriga y un yelmo. El obispo acaba de bendecirlos, haciendo sobre ellos la señal de la cruz; el rey se acerca, los toma él mismo del altar y se los viste; su madre le ciñe la espada, la espada que en las manos de Fernán González había creado a Castilla. Así fue armado caballero el joven rey don Fernando. Dieciocho años acababa de cumplir.

Desde este momento ha comprendido que su destino es ser caballero de Cristo. Aquella espada vencedora sólo podía desenvainarse contra los enemigos de la fe. No faltan magnates sediciosos; pero con ellos tiene un arma infalibre: la bondad; y las revueltas cesan desde el momento en que su sonrisa indulgente brilla sobre el suelo castellano. Sin embargo, él, que ha renunciado a derramar sangre cristiana, tiene que armarse contra su mismo padre. Alfonso IX pasa el Pisuerga con su ejército. Era un corazón valiente y un espíritu mezquino. Fernando se prepara a la defensa, pero antes escribe aquella carta admirable en que decía: «Señor padre, rey de León, don Alfonso, mi señor: ¿Adonde vos viene esa saña? ¿Por qué me facedes mal e guerra? Yo non vos lo he merecido. Bien semeja que vos pesa el mío bien, y mucho os habría de placer por haber un fijo rey de Castilla y que siempre será a vuestra honra; ca de Castilla non vos vendrá daño ni guerra en los míos días; aunque lo que vos facedes, uedarlo podría muy crudamente a todo rey del mundo, mas non puedo a vos, porque sodes mío padre e mío señor, y conviéneme de vos sufrir hasta que vos entendades lo que facedes.» Alfonso IX renunció a llamarse rey de Castilla; pero un escozor extraño le mordió el alma mientras vivió, una especie de tristeza por la gloria del astro que se alzaba, mezclada con un presentimiento de la preponderancia definitiva de Castilla. Al morir (1230) desheredó a su hijo; pero Fernando entró pacíficamente en posesión de su nuevo reino, sin derramar una sola gota de sangre. Su sola presencia conquistó al pueblo, a los obispos y a los magnates.

En León, lo mismo que en Castilla, las gentes le aman y bendicen. Todos gozan contemplando la figura del joven rey, rebosante de gracia y de bondad, «ca era—dice su hijo—muy fermoso ome de color en todo el cuerpo, et apuesto et muy bien faccionado». Elevada estatura, agilidad de movimientos, distinción y majestad en los ademanes, dulce y fuerte a la vez, amable con firmeza, reúne en una maravillosa armonía las cualidades del guerrero y las del hombre de Estado. Tiene la obsesión de la justicia, una piedad profunda informa todos sus actos, y si tiene el don de dominar a los hombres, es que antes ha logrado dominarse a sí mismo. Sin embargo, no es la suya una virtud triste ni arisca, ni su corte tiene el aspecto de un convento. Tiene el gusto de la magnificencia, ama las procesiones espléndidas, los desfiles guerreros, las largas teorías de clérigos que se agrupan en torno al altar cubiertos de dalmáticas deslumbrantes. Busca las ricas armaduras, arroja la lanza con destreza, cabalga con garbo, canta bellas trovas en loor de Santa María, viste con gentileza y es el primero de sus magnates, lo mismo en la iglesia que en el campo, lo mismo en la guerra que en los torneos. «Sabía bien bofordar; et alancear, et tomar armas, et armarse muy bien. Era muy sabidor de cazar toda caza, de jugar tablas, escaques y otros juegos buenos de buenas maneras; pagábase de omes cantadores e sabíalo él facer; et de omes de corte que sabían bien de trovar el cantar, et de joglares que sopiesen bien tocar estrumentos, et entendía quien lo facía bien e quien no.»

Pero la poesía, la guitarra y el ajedrez eran sólo una distracción en medio de las fatigas del campamento. Lo permanente en aquella vida heroica, la idea fija, la obsesión de todos los momentos, era la restauración de España, el retorno de Andalucía a la civilización cristiana. Veinticinco años tenía cuando se acercó por vez primera a las orillas del Guadalquivir, seguido del cortejo brillante de sus caballeros, inaugurando aquella gesta gloriosa de treinta años, que sólo la muerte pudo interrumpir. La victoria vuela sobre su yelmo de oro. Ni un tropiezo en su camino, ni una tentativa inútil, ni un solo descalabro. Batallas campales, asaltos de plazas, largos asedios, castillos arrasados. Castilla se ensancha sin cesar; los pequeños reinos andaluces desaparecen; caen Baeza, Córdoba, Jaén, Murcia, Sevilla, toda la Botica meridional hasta el Mediterráneo, hasta el océano. Granada queda en pie, como un gran señorío que debe pagar tributo y rendir vasallaje. Fernando de Castilla no es solamente un gran guerrero, como Jaime de Aragón; es, sobre todo, un jefe. Desdeña la aventura y evita la temeridad. Cuando alguno de sus magnates se expone a perder la vida en hazañas inútiles, le arresta. Tiene, sobre todo, tres grandes virtudes bélicas: la rapidez, la prudencia y la perseverancia. Cuando los enemigos le creen a las orillas del Duero, aparece ante los muros de Córdoba. Sabe prolongar los asedios para economizar la sangre. Cerca de un año acampa delante de Jaén.

El sitio de Sevilla fue una de las más notables empresas militares de aquel tiempo. Durante veinte meses, los moros resistieron con bravura; el calor y la enfermedad parecían luchar en favor suyo, y ya eran muchos los que hablaban de retirarse. Nada puede quebrantar el ánimo del rey. Organiza su hueste, levanta el campo y provee a todas las necesidades como si hubiera de permanecer allí toda la vida. El real tenía aspecto de una gran ciudad. Lo mismo el rey que sus guerreros, habían venido con sus mujeres y con sus hijos. Allí estaban también los futuros pobladores, hombres de todas las regiones de España, conocedores de toda clase de oficios. «Calles et plazas avía departidas de todos mesteres, cada uno sobre sí; una calle avía de los traperos e de los camiadores; otra de los especieros et de los alquimes de los melecinamientos, que avían los feridos menester; otra de los armeros; otra de los freneros; otra de los carniceros et los pecadores, e así de cada mester, de quantos en el mundo son; todas bien apuestas et ordenadas.»

No era el amor de la gloria lo que armaba aquel brazo victorioso, sino sólo el pensamiento de la patria y la preocupación del reinado de Cristo. Combatía por deber, y la voz de la conciencia satisfecha le daba la seguridad de la victoria. «Señor—dijo un día delante de su consejo—, Tú sabes que no busco una gloria perecedera, sino solamente la gloria de tu nombre.» Considerábase como el caballero de Dios, llamábase el siervo de Santa María y tenía a grande honor el título de alférez de Santiago. Aún se conserva una pequeña estatua de marfil que llevaba siempre consigo en el arzón de su caballo, que colocaba a la cabecera de su cama mientras dormía y delante de la cual pasaba largas horas arrodillado en los momentos difíciles de aquella existencia llena de azares y peligros. La entrada en Sevilla no fue el triunfo del conquistador, sino el de Santa María. Cientos de miles de hombres formaban la comitiva; gritos de júbilo atronaban el aire; las naves de Ramón Bonifaz cubrían el río, engalanadas y empavesadas; brillaban las armaduras heridas por el sol; resonaban los himnos sagrados en el grupo de los clérigos; y cerrando la marcha, caminaba la Virgen victoriosa, sobre su carro triunfal, adornado de joyas, tapices y brillantes. El rey seguía a su compañera en los campamentos y las batallas, rodeado de la reina, de los infantes y de los príncipes moros, entre constelaciones de joyas, bosques de picas y espirales de incienso. «Grandes mercedes e honras e bienandanzas—decía luego el rey—nos fizo et mostró aquel que es comienzo e fuente de todos los bienes, y esto non por los nuestros merecimientos, mas por la su gran bondad, e por la su gran misericordia, e por los ruegos e merecimientos de Cristo, cuyo caballero nos somos, e por los ruegos de Santa María, cuyo siervo nos somos, e por los merecimientos de Santiago, cuyo alférez nos somos, e cuya enseña traemos, e que nos ayudó siempre a vencer.»

Entre tanto, su madre velaba más allá de los puertos, manteniendo la paz en los pueblos y enviando víveres a las tropas. Conocedora de los hombres, inteligente y compasiva, abnegada y generosa, Berenguela administraba el reino con energía, sujetaba a los levantiscos, negociaba con los demás Estados de la Península, y entregaba sus joyas para mantener la guerra. «Espejo era de Castilla, e de León e de toda España—dice su nieto Alfonso el Sabio—; et fue muy llorada, cuando murió, de todos los conceios et de todas las gentes de todas las leyes, et de los fidalgos pobres a quienes ella mucho bien facía.» San Fernando tenía en ella una confianza ciega; buscaba su consejo, lo mismo en las cosas de la paz como en las de la guerra; le abandonaba el cuidado de muchos negocios, y, según dice un contemporáneo, aparecía delante de ella «como un humilde mozo so la palmatoria del maestro». No obstante, de cuando en cuando solía cruzar el Guadarrama para visitar personalmente a sus vasallos, y entonces el hombre de la guerra se convertía en el padre de su pueblo. «Oía a todos—nos dice un escritor que le conoció—; la puerta de su tienda estaba abierta de día y de noche, amaba la justicia, recibía con singular agrado a los pobres y los sentaba a su mesa, los servía y los lavaba los pies.» «Más temo—solía decir— la maldición de una pobre vieja que todos los ejércitos de los moros.» Todo lo que podía contribuir a la grandeza y prosperidad de su tierra tenía cabida en su alma generosa.

Con la misma esplendidez que a los trovadores provenzales, recibía a los artistas y a los sabios. Creó la Universidad de Salamanca, buscó profesores dentro y fuera de España, concedió grandes privilegios a los estudiantes, amplió las libertades de los consejos, ordenó la traducción del Fuero Juzgo en lengua castellana y abrió una nueva era de esplendor artístico para su patria. Bajo su protección, al abrigo de la paz y con ayuda del botín de tantas conquistas, España se cubrió con el manto espléndido de sus catedrales góticas:

Burgos, Toledo, León, Osma, Palencia... El mismo rey inauguraba las obras, alentaba a los artistas y volcaba liberalmente sus tesoros. Bajo su mirada paternal, el agricultor trabajaba en paz, el comerciante se enriquecía, el guerrero se cubría de gloria y el genio del artista se desenvolvía en producciones maravillosas. Fue el más afortunado de los hombres. Mientras su primo San Luis caminaba al Cielo por la adversidad, Dios quiso llevarle a él por el camino de las venturas. Tuvo cuanto puede apetecer un rey: riquezas en abundancia, una corte magnífica, una espada invencible, la dirección experimentada de una madre santa, el consejo de un hombre genial, el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada; la ayuda de un gran almirante, la colaboración de excelentes capitanes, la adoración de un ejército aguerrido y el amor inalterable de su pueblo. Dios le bendecía, y la misma Naturaleza parecía ser su esclava, «ca en el su tiempo anno malo nin fuerte en toda Espanna non vivo, et sennaladamente en la su tierra».

Esta protección visible del Ciclo sólo le sirvió para acrecentar su fe. En el entusiasmo de su fervor religioso, derramaba lágrimas de agradecimiento, y en la exaltación de su amor a Cristo hubiera deseado llevar triunfalmente por todo el mundo la enseña de la Cruz. No teniendo ya nada que conquistar en la Península, pensó llevar sus armas al suelo africano. Era joven todavía: cincuenta y dos años. Cien mil hombres aguardaban el momento de la partida en las riberas del Guadalquivir; una flota numerosa evolucionaba en el Estrecho; en las armerías toledanas y en los arsenales del Cantábrico se trabajaba con febril actividad, y ya los príncipes marroquíes enviaban embajadas suplicantes. Pero la muerte viene a detener los pasos del conquistador; aquella muerte admirable, que Alfonso el Sabio nos ha contado en uno de los capítulos más conmovedores de su Historia general de España. El que lo ha leído una vez no podrá olvidar la escena del fraile que entra con el sagrado Viático, y los caballeros que lloran, y el rey que salta de su lecho, se postra en tierra, coge una soga y se la echa al cuello. Después, la oración inflamada y los besos apasionados a la Santa Cruz, «feriendo en los sus pechos muy grandes feridas, llorando muy fuerte de los ojos et culpándose mucho de los sus pecados»; y las últimas recomendaciones al heredero, y la despedida de los obispos y los compañeros de armas, y las palabras postreras, que revelaban una vez más la grandeza de aquel corazón. «Fijo—decía el moribundo a su hijo Alfonso el Sabio—, rico en fincas de tierra e de muchos buenos vasallos, más que rey alguno de la cristiandad; trabaja por ser bueno y facer el bien, ca bien has con qué.» Y al fin, aquel postrer consejo, en que el amor de la patria se viste de un amable humorismo: «Sennor te dexo de toda la tierra de la mar acá, que los moros ganar ovieron del rey Rodrigo. Si en este estado en que yo te la dexo la sopieres guardar, eres tan buen rey como yo: et si ganares por ti más, eres meior que yo: et si desto menguas, non eres tan bueno como yo.» Pero los últimos latidos debían ser para Dios. El moribundo ya no lloraba. Un resplandor celeste iluminaba su rostro. Sereno y alegre, pidió la candela «que todo cristiano debe tener en mano al su finamiento, y alzando los oíos contra el su Criador dixo: Sennor, dísteme reyno que non avía et onrra et poder más que yo non merescí; dísteme vida, et non durable, cuanto fue tu placer, Sennor, gracias te do, et entrégote el reyno que me diste, con aquel aprovechamiento que yo en él pude facer, et ofréscote la mi alma para que la recibas entre companna de los tus siervos». Después bajó las manos, adoró el cirio como símbolo del Espíritu Santo, y mientras los clérigos cantaban el Te Deum, él «muy simplemiente et muy paso endino los oios et dió el espíritu a Dios».

Así murió el gran rey, «rey mucho mesurado et cumprido en toda cortesía, muy sabidor et de buen entendimiento, muy fuerte et muy leal muy bravo et muy verdadero; et ensalzador del cristianismo y abaxador del paganismo, mucho homildoso contra Dios, mucho obrador de sus obras, muy católico, muy eclesiástico y mucho amador de la Iglesia ca en Dios tuvo su tiempo, sus oios y su corazón». Día de llanto fue aquél para toda España. Los mismos moros lloraban la muerte del más piadoso de los conquistadores, «ca era dellos mucho amado, por la gran lealtad que siempre les guardaba. ¿Qui podrie decir—pregunta el rey Sabio—la maravilla de los grandes llantos que por este santo et noble et bienaventurado rey fueron fechos por todos los reinos de Castilla et de León? ¿Et quién vio tanta duenna de tanta guisa et tanta doncella andar descabennadas et roscadas, rompiendo las faces et tornándolas en sangre et en la carne viva? ¿Quién vio tanto ome andando baladrando, dando voces, mesando sus cabellos et rompiendo las frentes et faciendo en sí fuertes cruezas?» Era el homenaje debido a la grandeza de alma, al brillo de la gloria, a la más alta santidad. Los moros agradecían en él la lealtad caballeresca, la generosidad, el respeto a la fe jurada; la nobleza lloraba al hombre de la más alta cortesanía, del corazón abierto al desinterés, a la gratitud, a la munificencia; el pueblo echaba de menos al héroe que le defendía y le enriquecía, al príncipe que garantizaba su trabajo en la paz y la justicia; los Concejos y las ciudades se entristecían por la desaparición del legislador que había ampliado sus fueros y mantenido las libertades públicas y trabajado infatigablemente por el bienestar general. Todos sabían que un rey como aquél, «rey de todos los fechos granados», sólo alguna que otra vez aparece en la tierra.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 30 de mayo:
- San Humberto de Lieja

domingo, 29 de mayo de 2016

29 de mayo: Beato José Gérard

Apóstol de Lesotho (África del Sur)
1831-1914

Carlos Juan José Gérard nació en Bouxières-aux-Chênes, diócesis de Nancy, región de Lorena (Francia) el 12 de marzo de 1831. En 1844 entra en el seminario menor de Pont-à-Mousson y en 1849 pasa al seminario mayor de Nancy. Atraído por el ideal misionero, llama a las puertas de la Congregación de los Oblatos e inicia el noviciado en Notre-Dame de l'Osier el 9 de mayo de 1851. Al año siguiente hace su primera oblación (profesión religiosa) y concluye sus estudios eclesiásticos en el seminario mayor de Marsella.


África como meta

En 1853 el Cardenal Prtefecto de Propaganda Fide (la actual Congregación para la Evangelización de los Pueblos) lanza una lamada apremiante a la joven Congregación misionera. Quiere confiar a los Oblatos la evangelización del África Austral y les confía el Vicariato Apostólico de Natal. El Fundador recluta rápidamente un equipo de misioneros. A falta de un número sufinciente de sacerdotes, ordena diácono a Gérard el 3 de abril de 1853 y lo enrola en ese grupo. Un mes más tarde, el 10 de mayo, parte con el equipo pionero para África del Sur. Salen desde Marsella en barco de vela. La nave andará a la deriva, de Brasil a Isla Mauricio. Finalmente, tras 8 meses de azarosa travesía, arriban a las costas del Cotinente africano. Llegan a Durban, el 21 de enero de 1954. El 13 de febrero el joven diácono recibirá la ordenación sacerdotal de manos de Mons. Allard, O.M.I., superior de la misión y Vicario Apostólico, en Pietermaritzburg. Los misioneros se desviven en vano por interesar a los zulúes en la doctrina cristiana.


Apostolado fecundo en Lesotho

Tras diez años de labor sacrificada e infructuosa, en 1862 se dirigen a Basutolandia (actual Lesotho). El P. Gérard, con el arte de "hacerse uno", se grangea la confianza del rey Moshoeshoe I, padre de la Patria, y conquista el corazón de los basutos. ¿Su screto? "El mundo será de quién más lo ame y se lo demuestre". Su oración incesante ("el Padre se limenta de oraciones", comentaba su gente) y su caridad incansable harán el resto. A lomos de su "Artabán", sube y baja por los montes Maluti en busca de las familias en las aldeas, de los pastores por los campos... Su apostalado será de persona a persona. Así se fue roturando para el Evangelio ese País árido, es verdad, pero hermoso y atractivo, y los frutos no se hicieron esperar. Hoy Lesotho tiene una población mayoritariamente cristiana, abundan las vocacacones nativas y, gracias sobre todo a las primeras escuelas y a la universidad fundada por los misoneros, el analfabetismo es practicamente nulo.


Fama de santidad

El 29 de mayo de 1914 expira en la Roma de su amadísimo Lesotho este gran Apóstol. Allí se concluían sus 60 años de misión, sin volver jamás a su querida y siempre añorada Lorena. Su fama de santidad corre de boca en boca y los basutos acuden continuamente a su tumba para llevarse un poco de tierra para asegurar su intercesión. El 15 de septiembre de 1988 Juan Pablo II lo proclamó Beato.

(fuente: jovenesoblatos.com.ar)

otros santos 29 de mayo:

- Santa Úrsula Ledóchowska
- Santos Félix y Voto
- Santos Sisinio, Martorio y Alejandro - 
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