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viernes, 15 de abril de 2016

15 de abril: Santas Basilisa y Anastasia

Mártires

Las ilustres y venerables matronas romanas santa Basilisa y santa Anastasia, habían recibido la luz de la fe y la gracia de nuestro Señor Jesucristo por mano de los gloriosos príncipes de los apóstoles san Pedro y san Pablo.

Quedaron tan devotas suyas, que ni aun después que ellos padecieron el martirio, quisieron dejar por temor humano de reverenciarles; antes, recogiendo con todo cuidado las venerables reliquias de aquellos santísimos Maestros de nuestra fe, les dieron secretamente honrada sepultura.

Mas como por este oficio de piedad fuesen acusadas delante del impío y cruelísimo Nerón, este primer perseguidor y fiera sanguinaria, sin respeto de la virtud y nobleza de aquellas piadosas matronas, mandó que las prendiesen y las presentasen a su tribunal cargadas de cadenas.

Pretendió el bárbaro emperador apartarlas del nuevo instituto y vida cristiana que les habían enseñado los santos apóstoles, mas ellas con gran fortaleza confesaron a Jesucristo, diciendo que era verdadero Dios, por el cual ellas estaban dispuestas a confesarle también, derramando la sangre y muriendo si fuese menester.

Entonces mandó el tirano que sacasen de su presencia a aquéllas damas tan principales y las encerrasen en la cárcel hasta el día siguiente, en el cual se les concedía nueva audiencia. Venida la hora de comparecer de nuevo al tribunal, mostráronse tan constantes e invencibles en la confesión de Cristo, que luego ordenó el ferocísimo emperador matarlas bajo tormentos.

Azotáronlas con bárbara inhumanidad, colgáronlas en un potro, y abrasaron sus delicadas carnes con hachas encendidas; y viendo los verdugos que todo esto sufrían ellas sin quejarse, y que no cesaban de invocar el nombre de Cristo Jesús, con gran furor les sacaron las lenguas de la boca y se las cortaron. Cortáronles después los pechos y las atormentaron cruelísimamente hasta que se cansaron de hacer en aquellos santísimos cuerpos la más horrible y sangrienta carnicería, y como no pudiesen quebrantar un punto la constancia maravillosa de aquellas flacas mujeres y fortísimas mártires del Señor, las condenó el tirano a ser degolladas, y así confirmaron con su sangre y con su muerte la doctrina de Dios que habían recibido de los bienaventurados Príncipes y esclarecidos Maestros de la Iglesia romana.

La edición antigua del Martirologio Romano recordaba a Santas Basilisa y Anastasia el 15 de Abril, más luego de las últimas reformas en esta mat
(fuente: www.12apostoles.es )

otros santos 15 de abril:

- Beato César de Bus
- San Damián de Molokai
- San Ortario

jueves, 14 de abril de 2016

14 de abril: Santa Liduvina de Schiedam

Virgen
(1380-1433)
Patrona de los enfermos crónicos y patinadores sobre hielo

Dios parece haber encomendado particularmente a las mujeres el oficio de expiadoras. Mientras los santos recorren el mundo, crean, reforman, predican, convierten, negocian y combaten, ellas, más pasivas, pero también más amorosas, más abnegadas, más impresionables y menos egoístas, rezan en silencio, aman, sufren, se sacrifican sin ruido, o bien se retuercen en su lecho destrozadas por el dolor, sumidas en el abandono. En este aspecto, el caso de Santa Liduvina es famoso y ejemplar. Mientras su contemporáneo Vicente Ferrer recorría el mundo arrastrando a las multitudes, ella sufría torturas inenarrables en un baburril miserable de Schiedam. Schiedam es una aldea holandesa que descansa junto a un río, a pocos kilómetros de La Haya; bastante pequeña para carecer de todo, y bastante grande para tener un sereno. El sereno, que se llama Pedro, es el padre de Liduvina. En su casa hay honradez y pobreza. A los doce años, después de llevar la comida a sus hermanos; que están en la escuela, la niña coge el punto y trabaja sin descanso, hasta que se va la luz. Si al fin del mes ha ganado algunos florines, esta contenta. No se la ve correr por las calles, no juega con sus compañeras; pero en su cuerpo empieza a florecer esa belleza de las rubias del Norte, cuyo principal encanto está en el candor de un cutis brillante, en la ingenuidad graciosa de la risa, en la expresión de seria ternura de unos ojos enigmáticos. No tardan en afluir los pretendientes. El sereno cree que va a salir por fin de la estrechez; pero la muchacha se obstina: no quiere casarse.

Santa Hildegardes había escrito esta sentencia terrible y a la vez consoladora: «Dios no habita en un cuerpo hermoso y bien nutrido.» Y como si ahora quisiese confirmar la exactitud de esas palabras, va a coger aquella carne fresca y joven, la va a triturar, a martirizar, a desfigurar, a fin de que aparezca mejor el alma que la habita. Viene su mensajera: la enfermedad. A los quince años, la muchacha empieza a languidecer, a afearse, a debilitarse. La tez, nevada y rosada, se cubre de un color verdoso y repugnante, los ojos se apagan, las carnes se marchitan, y su aspecto cadavérico inspira horror. Un día de la Purificación recibe el regalo de la Virgen; día de nieve y de hielo. Varias jóvenes llegaron a la casa del sereno.

—¿Cómo estás, Liduvina?—preguntan a la enferma.
—Pues, mirad; siempre lo mismo—responde ella.
—Es porque tú quieres—añaden las amigas—; no sales nunca de casa, y lo que te conviene es el aire puro y fino del campo. Ven con nosotras; vamos a patinar en el Schie.

Tanto insistieron, que Liduvina se dejó arrastrar; pero apenas se había calzado los chanclos, cuando otra muchacha, en la velocidad de la carrera, tropezó con ella y la arrojó al hielo. Del golpe se le rompió una costilla del lado derecho. Y se tendió en la cama para no levantarse más. El mal iba empeorando, a pesar de todos los tratamientos médicos, o tal vez a causa de ellos. Una apostema pertinaz apareció en el lugar de la fractura. Los dolores eran espantosos. Para amortiguarlos, se trasladaba a la paciente sin cesar de una cama a otra; pero las sacudidas no hacían más que exasperar el mal. La pobre enferma lloraba y se retorcía; y hubo un momento en que, no pudiendo ya resistir, se lanzó del lecho, viniendo a caer, casi partida en dos, junto a las rodillas de su padre, que lloraba también a su lado. Sus piernas ya no la sostenían; érale preciso arrastrarse por el suelo, devorada por la fiebre y agitada por espasmos horrorosos. Después la llaga se envenenó, dando origen a la gangrena. Y las carnes se convirtieron en un hervidero de gusanos, que los médicos atacaron con cataplasmas de trigo verde, de miel, de grasa de capón, crema de leche y sebo de anguila blanca. Pero todos estos remedios no servían más que para alimentar a los parásitos. El cuerpo entero llegó pronto a estar en carnes vivas. A los tumores y las úlceras se juntó la enfermedad del «fuego sagrado» que consumió en unas semanas la carne de uno de los brazos, hasta dejar los huesos al descubierto. Era el mal más temido de la Edad Media. Los nervios se crisparon y acabaron por romperse, excepto uno que continuó uniendo el brazo al tronco. A todo esto se unieron neuralgias espantosas, que partieron la frente desde la parte superior hasta la nariz. El ojo derecho se extinguió, y el otro se hizo tan sensible, que no podía soportar la luz sin sangrar.

Parecía que la enferma había recorrido el ciclo de todas las enfermedades; mas pronto el pecho empezó a cubrirse de equimosis lívidas, que se transformaban en pústulas cobrizas; el mal se pasó al hígado y los pulmones; siguió un cáncer, que vino a abrir un agujero profundo en el pecho; y finalmente, la peste negra, que entonces hacía estragos en Europa, se abatió también en las provincias de Holanda, y dos bubones monstruosos brotaron junto al corazón de la mártir de Schiedam.

«¡Dos—dijo ella—, no está mal; pero sería mejor tres; en honor de la Santísima Trinidad!» Y el tercero floreció en la cara. Cualquiera de aquellas enfermedades hubiera bastado para llevarla al sepulcro en unos meses; pero todo era allí un milagro continuo. Los chorros de pus olían a rosas; los emplastos que se retiraban llenos de insectos, embalsamaban la casa, y de aquel cuerpo convertido en un charco de podredumbre emanaba una fragancia como de especias de Levante, que recordaba el hálito bíblico del cinamomo y el aroma holandés de la canela.

Todo era milagroso en aquella existencia. La enferma continuaba sufriendo, sin comer apenas. Durante los primeros años de su reclusión, su alimento diario era una rondeleja de manzana asada del grosor de una hostia. Si quería tomar un bocado de pan mojado en leche o cerveza, su estómago se rebelaba. Al poco tiempo aquello fue ya demasiado, y hubo de contentarse con unas gotas de agua azucarada o un sorbo de vino matado con agua, que muchas veces se contentaba con aspirar. El sueño desapareció completamente, y érale preciso velar durante noches enteras, noches interminables e implacables, echada de espaldas, cuya piel se escapaba como la corteza de un árbol. Cuentan sus biógrafos que en treinta y ocho años no durmió veinte horas.

El sufrimiento iba purificando aquella alma y levantándola a las cumbres gloriosas del amor. Al principio, el dolor la llenó de espanto. Al verse cautiva en el lecho, lloró todas sus lágrimas, y a punto estuvo de caer en la desesperación. Nada de extraordinario había habido en su vida, si no es una inclinación de cabeza que le hizo un día la Virgen en la iglesia; pero, ignorante de los caminos de Dios, Liduvina no se dio cuenta siquiera de que estas atenciones eran el preludio de tormentos atroces. Los primeros cuatro años de sus dolencias llegó a creerse realmente condenada. Ni el menor rayo de consuelo sobrenatural venía a iluminar su miseria. Dios parece haberse retirado, o más bien aguarda implacablemente. Pudiera venir a disipar aquella tiniebla, pero no quiere. Más que un indiferente, parece un enemigo. Cualquiera otro, en su lugar, se sentiría inclinado a la misericordia. Así piensa el alma cuando las tribulaciones la acometen por todas partes; y entonces la oración se hace casi imposible, y el demonio se aprovecha de esta situación para dejar caer el veneno de sus insinuaciones perversas. Sin embargo, nadie es tentado por encima de sus fuerzas; y no hay duda de que la talla espiritual de Liduvina era tal, que en vez de hacer caso de sus lloros, quiso Dios aumentar sus tristezas. El horror de la tiniebla mística la invadió. Era una aridez espantosa como un desierto vacío, una ataxia espiritual, que dejó su alma como paralizada, su entendimiento hundido en la noche, su memoria flotando en el vacío, su corazón atascado en la amargura. Ni una ayuda del Cielo, ni un consuelo de la tierra. En Schiedam había un cura cuya única preocupación era tener bien cebados sus capones, bien guarnecida la despensa y bien repleta la bolsa.

Un día, alguien dice a la enferma: «Hija mía, hasta ahora has meditado poco en la Pasión de Cristo. Hazlo en adelante, y verás cómo el yugo del Dios de los amorosos dolores será dulce para ti.» Liduvina recibió el consejo agradecida, sin comprender del todo, y empezó a practicarle. Pero todos sus esfuerzos resultaban inútiles. Quería reflexionar, imaginarse las escenas del Calvario, pero sus tormentos le interesaban más que los de Jesús. «Es imposible—decía unos días después a su consejero—; no sé lo que es meditación.» No obstante, siguió trabajando en una tierra seca, sin esperanza ninguna del menor fruto. Hasta que un día le trajeron la comunión. Fue un amanecer súbito. Algo crujió en el fondo de su ser; el amor estalló impetuosamente; saltaron chispas de fuego y haces de luz. Loca de dolor y ciega de alegría, Liduvina ya no pensaba en su cuerpo doliente y maltrecho; los gemidos que antes le arrancaban los dolores, se transformaban ahora en gritos frenéticos, en alborozados transportes. Agitada de aquella gloria divina, presa de celeste embriaguez, gesticulaba y deliraba, dejando escapar de sus ojos una lluvia de amor. Alumbrada por una gracia repentina, había comprendido finalmente su misión en la tierra: acompañar a Cristo en el Calvario, ser un alma reparadora, que se clava espontáneamente en el lugar que quedó vacío en la Cruz; reproducir, como en un espejo ensangrentado, la pobre faz del Crucificado; tener la taciturna ternura de la Verónica, la que enjugó el rostro ensangrentado de Dios; ser como la Magdalena, o como el Cirineo, el hombre que tuvo la gloria única de ayudar al Mártir divino a llevar los pecados del mundo. « ¡Señor —gritaba la paciente—, perdón por esas injurias que os hacen los hombres!»

Las maravillas empezaron. La pobre alcoba de la santa se animaba con misteriosas visitas, se iluminaba con celestes auroras. Una noche apareció una procesión extraña. Entraron primero los ángeles con los instrumentos de la Pasión: la cruz, los clavos, el martillo, la lanza, la columna, el azote y las espinas. Después de desfilar uno a uno, se colocaron en semicírculo, dejando un espacio libre junto a la cama. Sus vestiduras, recamadas de oro, despedían llamaradas policromas, y centellas de gemas fabulosas corrían sobre el fuego ondulante de las túnicas. De repente, todos se inclinaron: la Virgen avanzaba seguida de un cortejo de santos aureolados de nimbos de oro en fusión, cubiertos de sedas flotantes de nieve y de púrpura. Sencillamente vestida de llamas blancas, María llevaba en las trenzas incandescentes de sus cabellos deslumbrantes pedrerías como nunca brillaron en los palacios de la tierra. De pronto, el Niño que sonríe en sus brazos se transforma. Es un hombre, es el varón de dolores: rostro pálido, ojos ensangrentados, mejillas aradas por ranuras lívidas, cabeza desgarrada por agudas espinas, pecho teñido de sangre, frente amoratada y manos abiertas por las puntas de los clavos. Liduvina contemplaba la escena, embelesada y acongojada; acongojada por la fuerza del suplicio, embelesada por la presencia del Amado; reía y lloraba al mismo tiempo, cuando las llagas de Cristo dispararon hasta ella rayos luminosos, que le atravesaron los pies, las manos y el corazón. De este modo, entre las úlceras y los bubones aparecieron los rubíes de los estigmas.

La comunicación entre la casita del sereno de Schiedam y el paraíso celeste no se interrumpió ya hasta la muerte de la santa. Unas veces eran los habitantes del Cielo los que llegaban a la pequeña aldea holandesa; otras era la estigmatizada la que llamaba a las puertas del paraíso. De pronto, su ángel se presentaba delante de ella, invitándola a una excursión maravillosa. Unas veces recorrían espléndidos jardines o asistían a los banquetes fabulosos de la gloria; otras, atravesaban la ciudad del dolor, donde las almas se purificaban antes de entrar en posesión de su dicha; otras, visitaban los lugares santificados por la muerte de Cristo, o hacían las estaciones de las basílicas de Roma. Entre tanto, el cuerpo de la santa quedaba inmóvil en el lecho; pero cuando el alma volvía de sus largos viajes, podían observarse en ella las impresiones recogidas a través de la peregrinación: alegría jubilosa, sentimiento y pesar; temblor en los labios, sangre en las sienes y expresión de terror en el rostro.

Con las alegrías se aumentaban también las tristezas. La enfermedad tenía siempre complicaciones; crisis de demencia, ataques de apoplejía, neuralgias insoportables, dolores rabiosos de muelas, mal de piedra y terribles contracciones de nervios. A excepción de la lepra, no hubo enfermedad que no se cebase en aquel amasijo informe y monstruoso, del cual salían lágrimas y sangre, sollozos y alaridos. Pero con el dolor podía compararse la alegría. Era dulce sufrir y mezclar el sufrimiento con los sufrimientos de Dios. La idea de la expiación sostenía a la paciente. Jesús le presentaba, en una visión horrenda, el panorama triste de su tiempo. Sobre su lecho aparecía la imagen convulsa y ensangrentada de Europa, que se parecía a aquel su pobre cuerpo en estado de descomposición, charco de sangre, nido de gusanos, andrajo de carnes deshechas. Así era aquel mundo en que gobernaban aquellos locos a quienes ha llamado la Historia Pedro el Cruel, Carlos VI y Enrique de Láncaster. Era un frenesí de sacrilegios, una bacanal de crímenes, un pantano de sangre y un estercolero de podredumbre: guerra de bulas entre los antipapas; rebeldías y violencias en los magnates; ambiciones desatadas en los eclesiásticos; incendios de odio, apostemas de simonía, cánceres de lujuria, estruendos ensordecedores de banquetes y batallas. Liduvina aullaba, y se cubría los ojos con la mano que le quedaba libre, viendo la cabeza tiarada de Cristo arrojada de Aviñón a Roma y de Roma a Aviñón. Por eso tenía un olfato tan fino para el pecado. Le olía desde lejos; le descubría en los últimos repliegues del corazón; con sus ojos casi extinguidos leía en las almas de todos los que se acercaban a su lecho: príncipes y caballeros, obispos y sacerdotes, monjes y beguinas, doctores y paisanos. Unos iban por curiosidad, otros por devoción; unos la llamaban loca, otros la daban por santa; unos reían, otros admiraban. Y para todos tenía ella la palabra que quitaba la máscara o que aplicaba el bálsamo; que inquietaba, que curaba, que convertía, que iluminaba. Su habitación se había convertido en un hospital de almas. A los pecadores llevados allí por la gracia, se juntaban las gentes desamparadas por la vida, que se arrodillaban allí para aprender a sufrir.

Una mañana, Liduvina oyó que alguien le decía al oído: «Mira.» Miró y vio al ángel, su hermano, y junto a él un rosal florecido, alto como un árbol, que derramaba un perfecto olor. Sólo en la rama más alta quedaban algunas rosas por abrir. Era un anuncio gracioso de la postrera llamada. Unos días más de amorosa y de dolorosa primavera, y los capullitos despegarían sus hojas, las rosas se cubrirían de un brillo nuevo y el rosal sería trasplantado al paraíso. Así fue. Muerta, Liduvina volvió a aparecer como a los quince años: fresca, rubia y graciosa. De sus llagas sólo quedaban tres cicatrices, que corrían como hilos de púrpura sobre la nieve de su carne.


 (fuente: divvol.org)

otros santos 14 de abril:

- San Pedro González (Telmo)
- San Valeriano
- San Bernardo de Tiron

miércoles, 13 de abril de 2016

13 de abril: San Sabas Reyes Salazar

Nació en Cocula, Jal. (Arquidiócesis de Guadalajara), el 5 de diciembre de 1883.

Vicario de Tototlán, Jal. (Diócesis de San Juan de los Lagos). Sencillo y fervoroso, tenía especial devoción a la Santísima Trinidad. También invocaba frecuentemente a las ánimas del purgatorio.

Procuró mucho la formación de los niños jóvenes, tanto en la catequesis como en la enseñanza de ciencias, oficios y artes, especialmente en la música.

Cumplido y abnegado en su ministerio. Exigía mucho respeto en todo lo referente al culto y le gustaba que con prontitud se cumpliera cualquier deber. Cuando, por el peligro que había para los sacerdotes, le aconsejaban que saliera de Tototlán, él replicaba: «A mí aquí me dejaron y aquí espero, a ver qué dispone Dios».

En la Semana Santa de 1927 llegaron las tropas federales y los agraristas buscando al Sr. Cura Francisco Vizcarra y a sus ministros. Sólo encontraron al padre Reyes y en él concentraron todo su odio. Lo tomaron preso, lo ataron fuertemente a una columna del templo parroquial, lo torturaron tres días por medio del hambre y la sed y con sadismo incalificable, le quemaron las manos porque estaban consagradas.

El 13 de abril de 1927, Miércoles Santo, fue conducido al cementerio. Lo remataron a balazos, pero antes de morir, más con el alma que con la voz, pudo gritar el sacerdote mártir: «¡Viva Cristo Rey!».
(fuente: www.vatican.va)

otros santos 13 de abril:

- San Hermenegildo
- Beata Margarita da Città di Castello
- San Martín I, papa

martes, 12 de abril de 2016

12 Abril: San José Moscati

Giuseppe Moscati nació 25 de julio 1880 en Benevento, séptimo entre los nueve hijos de un magistrado Francesco Moscati y Rosa De Luca, del Marqués de Roseto. Fue bautizado 31 de julio de 1880.

En 1881 la familia se trasladó a Moscú, luego a Ancona y Nápoles, donde José tuvo su primera comunión en la fiesta de la Inmaculada Concepción en 1888. De 1889 a 1894 completó sus estudios y luego en el "Vittorio Emanuele", el Bachillerato en 1897, a la edad de sólo 17 años. Unos meses más tarde, comenzó sus estudios universitarios en la facultad de medicina.

Desde una edad temprana, Giuseppe Moscati demuestra una aguda sensibilidad hacia el sufrimiento físico de los demás, penetra hasta el último rincón del corazón humano. Quiere curar o aliviar las heridas del cuerpo, pero al mismo tiempo, profundamente convencido de que el alma y el cuerpo son uno y sinceramente desea preparar a sus hermanos que sufren.

El 4 de agosto de 1903, Giuseppe Moscati obtuvo su licenciatura en medicina.

Desde 1904 la Moscati, después de dos concursos, se desempeñó en Nápoles, y entre otras organizaciones, la hospitalización de los afectados durante la erupción del Vesubio en el año 1906.

En 1911, tiene la tarea de llevar a cabo investigaciones y experimentos científicos en el Instituto de Química Biológica. Enseñó desde 1911 sin interrupción, "Laboratorio de Investigación aplicada a la clínica y la química aplicada a la medicina, con ejercicios prácticos y demostraciones.

En privado, durante algunos años de escuela, enseña a estudiantes de posgrado y varios semeiologia y casuística hospitalaria, clínicas y anatomo-patológicos. Durante varios años, los académicos realizar la sustitución en el curso de oficial de Fisiología y Química Fisiológica.

En 1922, se indica el Tratado de Libre Enseñanza de Clínica Médica en general, con una dispensa de la lección o la prueba práctica a la unanimidad de votos de la comisión.

Famosa y refinada en partenopea cuando todavía es muy joven, el profesor Moscati pronto como conquistar una reputación a nivel nacional e internacional por su original diseño de investigación, cuyos resultados son que publicó en diversas revistas en Italia y en el extranjero.

Sin embargo, no son únicamente, ni siquiera principalmente, el genial talento y éxitos de Moscati sensacional que despiertan el asombro. Más que cualquier otra cosa es su propia personalidad que deja una profunda impresión en aquellos que encuentran, su vida clara y coherente, todos imbuidos de la fe y el amor hacia Dios y hacia los hombres.

Moscati es un científico en primer lugar, pero para él no hay conflicto entre la fe y la ciencia: como investigador al servicio de la verdad y la verdad nunca está en contradicción con ella misma o, mejor aún, con lo que nos reveló verdades eternas.

Moscati ve en sus pacientes el sufrimiento de Cristo, el amor y le sirven en ellas. Es este generoso impulso de amor que le impulsa a luchar sin cesar por los que sufren, y no esperar a que el enfermo vaya a él, pero una búsqueda en los más pobres y abandonados de la ciudad para sanar de forma gratuita, más bien, para ayudar con su sus ingresos. Y todos, pero especialmente los que viven en la pobreza, el sentido admirado del poder divino que anima a su benefactor.

Moscati se convierte así en el apóstol de Jesús, sin predicar, anunció, con su amor y la forma en que vive su profesión como médico, y el Divino Pastor conduce a su pueblo oprimido y sed de la verdad y la bondad . La actividad exterior crece constantemente, sino también ampliar sus horas de oración y es gradualmente interiorizar sus encuentros con Jesús en el Santísimo Sacramento.

Su concepción de la relación entre la fe y la ciencia está bien resumido en dos de sus pensamientos:

'No es la ciencia, pero el amor ha transformado el mundo, en algunos períodos, y sólo muy pocos hombres se han ido a la historia de la ciencia, pero todos seguirán siendo imperecedero símbolo de la eternidad de la vida, en la que la muerte es sólo un etapa, una metamorfosis a un mayor ascenso, si se dedican a la buena ".

"La ciencia nos promete bienestar y más placer, la religión y la fe nos da el bálsamo de consuelo y de la verdadera felicidad ... »

El 12 de abril de 1927, el Profesor. Moscati después de participar en la Misa, como todos los días, y él espera que sus funciones en el hospital y la práctica privada, murió en su silla, se detuvo en pleno apogeo, a sólo 46 años, la noticia de su muerte es anuncio y la propagación de boca en boca con las palabras: "Murió el santo médico."

El 16 de noviembre de 1930, su cuerpo fue trasladado desde el cementerio Poggioreale de la Iglesia de Gesù Nuovo

Giuseppe Moscati fue beatificado por Pablo VI, durante el Año Santo, el 16 de noviembre de 1975 y proclamado santo por Juan Pablo II, 25 de octubre de 1987.


Oremos

"O San José Moscati, eminente médico y científico, que en el curso curabas cuerpo y el espíritu de sus pacientes, mira ahora la usamos con fe en su intercesión.
Danos la salud física y espiritual, intercediendo por nosotros con el Señor.
Alivia los dolores de los que sufren de consuelo a los enfermos, los afligidos, esperanza a los desalentados.
Los jóvenes encuentren en ti un modelo, un ejemplo de los trabajadores, los ancianos comodidad, la eterna esperanza del premio eterno.
Ser para todos nosotros andar sin peligro, laboriosidad, honradez y caridad, para cumplir con nuestros deberes como cristianos, y dar gloria a Dios nuestro Padre. Amén ".

(fuente: evangeliodeldia.org)

otros santos 12 de abril:

- San Julio I
- Santa Teresa de Jesús de los Andes 
- San Zenón de Verona

lunes, 11 de abril de 2016

11 de abril: Beato Sinforiano Ducki

Sinforiano Félix Ducki
(1888-1942)

Nació el 10 de mayo de 1888 en Varsovia. En el bautismo, el 27 de mayo, recibió el nombre de Félix. Frecuentó la escuela elemental en la nativa Varsovia. Cuando en 1918 los capuchinos regresaron a su convento propio, abandonado con la supresión zarista de 1864, Félix Ducki, que de tiempo atrás sentía la vocación, se unió a ellos, primero ayudando simplemente a la reorganización del convento y más tarde como postulante. El 19 de mayo de 1920 comenzó el noviciado en Nowe Miasto con el nombre de fray Sinforiano. Terminado el año de noviciado se dedicó al servicio fraterno en los conventos de Varsovia, de Lomza y de nuevo en Varsovia (desde el 27 de mayo de 1924), hasta la profesión solemne, el 22 de mayo de 1925.

En Varsovia desempeñó primero el oficio de hermano limosnero, preocupándose sobre todo de recoger ofertas para la construcción del Seminario Menor de San Fidel. Después fue nombrado hermano socio del padre Provincial.

De carácter sociable, simple, cortés y amigable, fácilmente conquistaba la simpatía del pueblo y nuevos amigos para la Orden. No obstante su vida tan activa en medio de la gente, no perdió nunca el espíritu interior, distinguiéndose por su oración devota y fervorosa. Era conocido y estimado por los habitantes de la capital y le llamaban "padre" aunque no era sacerdote.

Al sobrevenir la II Guerra mundial se esforzó para que no faltara lo necesario ni a sus hermanos frailes ni a los demás pobres, hasta el 27 de junio de 1941, día en que la Gestapo arrestó a todos los 22 capuchinos del convento de la capital. En un primer momento fray Sinforiano fue internado en la prisión di Pawiak, y luego, el 3 de septiembre, en el campo de concentración de Auschwitz. De constitución robusta, sufrió más que los demás el hambre y las persecuciones, soportando todo en silencio. Las míseras raciones que recibían no cubrían ni siquiera la cuarta parte de la necesidad del organismo de un hombre normal. Después de siete meses fue condenado a una muerte lenta.

Una tarde, mientras los custodios del campo habían comenzado a asesinar prisioneros de un modo bestial, destrozándoles la cabeza a garrotazos, fray Sinforiano tuvo la valentía de hacer sobre los caídos la señal de la cruz. El testigo ocular y compañero de prisión César Ostankowicz declara que hubo un momento de aturdimiento y sorpresa, al que siguió la orden de apalear a Sinforiano. Un golpe en la cabeza le hizo caer al suelo entre los esbirros y los prisioneros. Poco después tuvo fuerzas para levantarse y hacer de nuevo la señal de la cruz. Fue entonces cuando lo asesinaron. Era el 11 de abril de 1942. La muerte de fray Sinforiano puso fin a la tremenda matanza que los soldados estaban perpetrando, y unos quince prisioneros se salvaron así de la muerte. Estos, con grande veneración, cargaron a fray Sinforiano en el carro que le llevaría, con los demás cadáveres, al horno crematorio.

Con su martirio fray Sinforiano demostró heroicamente su fe en la Trinidad, y salvó de una muerte segura a un grupo de compañeros de prisión.

(fuente: capuchinos.org)

otros santos 11 de abril:

- Santa Gemma Galgani
- San Estanislao de Cracovia 
- Santa Elena Guerra

domingo, 10 de abril de 2016

10 de abril: San Miguel de Los Santos

Nació San Miguel de los Santos en Vich, Cataluña, el 29 de Septiembre de 1591, fiesta de San Miguel Arcángel. De él tomó su nombre.

Fue el séptimo de ocho hijos fruto del matrimonio de Enrique Argemir, por dos veces consejero de la ciudad, y Montserrat Margarita Mitjana, padres de Miguel, supieron labrar un hogar reciamente cristiano y ejemplar. Al aire de la salmodia mariana con la recitación del oficio parvo y el rosario en familia, y el canto solemne de las Completas los sábados en la iglesia de la Rotonda, donde padre e hijo reemplazaban a los sacerdotes cuando el rigor de la estación o los achaques de la edad les impedían asistir. La estima de la castidad se adelantó a la razón, pues, sin contar los seis años, en el convento de madres dominicas hace voto a los pies de la Virgen de guardarla siempre. Voto que renovará poco después ante la imagen de Nuestra Señora de la Guía. Yendo con sus hermanos a una viña de su padre, se desnudó y tendió sobre unos espinos, por amor de Dios y por imitar a San Francisco.

Miguel es un eremita frustrado. A la edad de dieciséis años se retiró a una caverna para hacer penitencia. Como a tres leguas del lugar se alza el Monseny, montaña solitaria santificada según se dice por San Segismundo, rey de Borgoña. Con soledad, penitencia, oración y silencio piensa levantar una muralla que defienda su virginidad. Alma contemplativa, sabe interpretar el lenguaje de Dios en el campo callado, en la torrentera clamorosa, en la cresta bañada de luz. Con una vida austera y penitente “acompañará mejor al Señor en su Pasión y expiará los excesos de los pecadores”. De los pecadores, por los que, desde niño —depone su hermana Magdalena en el proceso—, “rezaba diariamente una oración y no podía terminar sin llorar copiosamente”. las dos veces, y hubo de reintegrarse a la casa paterna esconder un manojo de sarmientos y una piedra que utiliza cada noche como jergón y cabezal. Su padre quiso casarle una virtuosa doncella. Miguel le presentó tales razones para disuadirle, que no sólo no le impidió seguir su género de vida, sino que le permitió dedicarse a la vida de oración.

Quiso ingresar en los franciscanos; pero era demasiado pequeño y rechazaron su petición. A los 12 años le reciben en Barcelona los trinitarios ) calzados. Como era rigorista y exigente consigo mismo, encontraba la regla demasiado cómoda y blanda para él. Consultó entonces con un religioso trinitario descalzo, y habiendo sabido que en la Reforma se observaba la primitiva regla, partió a Pamplona, donde el 30 septiembre de 1607 el beato Juan Bautista de la Concepción, su fundador, le dio el hábito descalzo, llamándose desde entonces Fray Miguel de los Santos, acababa de cumplir los 16 años. De Pamplona fue a Madrid, y por varios motivos hizo su profesión en Alcalá de Henares (29 de enero de 1609). Recibió el orden sacerdotal por obediencia. Ayunaba con rigor, y sólo los jueves y domingos comía pan y bebía agua una vez al día. Pronto se reveló como inteligente y muy aficionado al estudio, destinándosele a Salamanca, en cuya Universidad completó su formación científica y espiritual.

Estudiaba en la universidad de Salamanca. El maestro Antolínez explicaba el tratado de la Encarnación, y el comentario teológico recaía sobre la gratitud que debemos los hombres a la sangre de Cristo. Fray Miguel da tres saltos y se mantiene como un cuarto de hora elevado en el aula. Se hace un silencio denso, impresionante. El maestro, cruzando los brazos, comenta: “Cuando un alma está muy llena del amor de Dios difícilmente puede esconderlo”. Desde aquel día profesores y alumnos acuden a él con problemas de espíritu.

Ruidoso también, y en Salamanca, el éxtasis de Carnaval. Dolorido por los excesos de tales fiestas, improvisó una procesión que, saliendo del convento de los trinitarios, se concentró en la plaza de San Juan. Allí el padre Marcos predicó sobre la vanidad del mundo. Fray Miguel cayó en éxtasis, que impresionó y entusiasmó tanto a la muchedumbre, que le llevó en brazos a la próxima iglesia, sintiéndose tocados los oyentes de compunción y prometiendo hacer confesión general de sus pecados. Fray Miguel, tan honrado por Dios y por los hombres, se mantiene, sin embargo, comprensivo y no pierde de vista la tierra y los prójimos. En carta a sus hermanos les suplica “que no se olviden, por amor de Dios, de Jacinto (el hermano menor) y miren mucho por él, porque, según he entendido, han mirado poco, de lo cual he tenido harta pena”.

Posteriormente recorre las casas de su orden en Madrid, Zaragoza, Baeza, Sevilla y Valladolid, causando admiración su vida ejemplar.

Durante su estancia en Baeza dos religiosos poco edificantes se dieron maña para hacer llegar al provincial de la Orden una acusación tan grave como falsa. La maniobra triunfó y a fray Miguel le costó diez meses de prisión. Los amigos le rogaban que se defendiera. “Eso toca a Dios —respondía—. A mí toca conformarme con su voluntad”. Al fin se hizo la luz y fray Miguel fue el mejor defensor de sus acusadores.

La misa de San Miguel llegaba después de una doble preparación: espiritual, por la oración, y corporal, por el ayuno y penitencia. No solía gastar menos de una hora. Los oyentes se enfervorizaban. Aquellos momentos largos, morosos, con los brazos extendidos, terminaban frecuentemente arrancando su cuerpo de la tierra y dejando entrever en el rostro la alegría del espíritu. Al volver en sí, las acometidas del amor eran en ocasiones tan fuertes que, víctima de la misma enfermedad, gemía con la esposa del Cantar: “Confortadme con pasas, recreadme con manzanas, que desfallezco de amor”. Otro tanto sucedía orando ante el Santísimo u oyendo hablar del amor de Dios. Para acrecentar el amor predicaba con suavidad perfumada sobre la Eucaristía, la gloria del cielo y el amor de Dios. Las conversaciones pregonaban la fuerza de sus razonamientos. Otro tanto sucedía en el confesionario o a la cabecera de los enfermos. Los acontecimientos hicieron el mejor panegírico de su competencia como superior, de su prudencia como consejero y su acierto como director de almas.

Por obediencia aceptó el cargo de superior. En 1 de Abril de 1615 se sintió enfermo y, recibido el Santo Viático, En la alborada del 10 de abril de 1625 dormía su último sueño en Valladolid, de cuyo convento era superior, a los treinta y tres años de edad, en Valladolid, donde se venera hoy su cuerpo.

En 1742 Benedicto XIV firmó el Decreto de sus virtudes. Beatificado por Pío VI en 1779, canonizado por Pío IX en 1862.

(fuentes: oracióndelhuerto.es; moimunanblog.wordpress.com)

otros santos 10 de abril:

- Santa Magdalena de Canossa
- San Miguel de los Santos 
- San Fulberto de Chartres

sábado, 9 de abril de 2016

09 de abril: Beata Lindalva Justo de Oliveira

(1953-1993)

Nació el 20 de octubre de 1953 en Sitio Malhada da Areia, una zona muy pobre del Estado de Rio Grande do Norte (Brasil). Era la sexta de trece hermanos. Fue bautizada el 7 de enero de 1954. En su familia aprendió las primeras nociones de la fe y las oraciones cristianas. Su padre leía con frecuencia a los hijos la Biblia y los llevaba a misa. Lindalva aprendió de su madre a cuidar y ayudar a los niños pobres.

Al final de la escuela primaria, a los doce años, hizo la primera Comunión. Además de colaborar en la casa ayudando a la familia, prosiguió sus estudios, hasta conseguir, en 1979, el diploma de "asistente administrativo". De 1978 a 1988 trabajó como dependienta en algunos comercios y luego como cajera en una gasolinera. Mandaba a su madre la mayor parte del dinero que ganaba.

En la ciudad de Natal, donde residía y trabajaba, comenzó a frecuentar la casa de las Hijas de la Caridad y el asilo de ancianos donde realizaban su apostolado, dedicándose generosamente a obras de voluntariado. La muerte de su padre, por un cáncer en el abdomen, a quien asistió amorosamente en sus últimos meses de vida, la impulsó a reflexionar sobre la existencia y a orientarse decididamente a ayudar a los pobres. Sin dejar de trabajar, se inscribió en un curso de enfermería, de guitarra y de cultura. Desde 1986 comenzó a frecuentar el movimiento vocacional de las Hijas de la Caridad, participando regularmente en los encuentros de formación y madurando en su corazón el deseo de servir a los pobres.

A sus treinta y tres años, hacia fines de 1987, pidió la admisión al postulantado para dedicarse totalmente al servicio de los pobres y seguir a Jesucristo con una entrega más radical. "Quiero tener una felicidad celestial —declaró—, desbordar de alegría, ayudar al prójimo y hacer incansablemente el bien".

Un mes después de recibir el sacramento de la Confirmación, el 28 de noviembre de 1987, le llegó la respuesta positiva de la provincial de las Hijas de la Caridad, y el 11 de febrero de 1988 comenzó el postulantado en la casa provincial de Recife.

Durante ese período fue muy edificante para todas las compañeras, destacando por su disponibilidad para con los pobres y por su alegría. Se comprometió al servicio de los más necesitados de una favela, llegando incluso a transportar ladrillos para la construcción de casas en el barrio. Asimismo llevaba una intensa vida de oración.

El 16 de julio de 1989, con otras cinco compañeras, inició el noviciado en Recife. El 29 de enero de 1991 fue enviada a servir a los cuarenta ancianos de un asilo en San Salvador de Bahía. La cordialidad y alegría con que trataba a todas las personas le granjearon la estima de las Hermanas, de los funcionarios del asilo y de las personas a las que asistía. Realizaba los trabajos más humildes al servicio de los ancianos, les ayudaba material y espiritualmente, fomentando en ellos la recepción continua de los sacramentos; cantaba y oraba con ellos; los sacaba a pasear. Contagiaba a los demás de su optimismo.

En enero de 1993 llegó al asilo un hombre de 46 años, Augusto da Silva Peixoto. Aunque no tenía derecho al asilo por su edad, había logrado una recomendación para ser acogido allí. Sor Lindalva lo trataba con la misma cortesía que a los demás huéspedes, pero este hombre, de carácter difícil, se enamoró de la joven religiosa. Así comenzó para ella un período de pruebas muy duro. Comprendiendo las intenciones de Augusto, trató de hacerle entender que ella estaba consagrada totalmente a Dios. Aunque tenía miedo de ese hombre, no quiso alejarse del asilo para no abandonar su servicio a los ancianos. "Prefiero derramar mi sangre, antes que marcharme", confesó a una de las hermanas.

Ante el comportamiento de Augusto, avisó al director del servicio social del asilo; este llamó la atención al hombre, el cual prometió corregirse. Pero en los días anteriores a la Semana santa creció en él la rabia y el odio, así como el deseo de vengarse, llegando a elaborar un plan criminal.

El Lunes santo, 5 de abril, compró en una feria un cuchillo de pescadero. La noche del Jueves santo estuvo paseando todo el tiempo entre el dormitorio y el baño, y a sus compañeros que le interpelaban respondía que sufría insomnio.

El Viernes santo, 9 de abril, a las 4.30 de la mañana, sor Lindalva participó en el vía crucis de la parroquia. Al volver al asilo, fue como de costumbre al pabellón San Francisco para servir el desayuno a los ancianos. Se situó, como siempre, detrás de la mesa en que se servían las comidas a los huéspedes. A espaldas de la mesa había una puertecita, con una escalera externa que daba al jardín.

Augusto, esperó a que sor Lindalva estuviera sirviendo el desayuno; llegó por la escalera externa, abrió la puerta y la apuñaló por detrás, encima de la clavícula. El cuchillo, atravesando la yugular, penetró profundamente en el pulmón. El hombre, presa de un raptus incontrolable, siguió hiriéndola en varios puntos del cuerpo, mientras los huéspedes, tras un primer momento de sorpresa, trataban de intervenir. Augusto, blandiendo el cuchillo, desde detrás de la mesa amenazaba con matar a quien se acercara. Ante los tribunales, el asesino declaró que la había matado precisamente porque lo había rechazado.

Al día siguiente, el Sábado santo, por la mañana el arzobispo cardenal Lucas Moreira Neves, al celebrar la ceremonia fúnebre, puso de relieve la coincidencia de la muerte violenta de la mártir sor Lindalva, que dio su vida por el servicio a los pobres, y la pasión y muerte de Cristo.

(fuente: www.vatican.va)

otros santos 09 de abril:

- Beata Celestina (Catalina) Faron
- Santa Casilda de Toledo
- Beato Antonio Pavoni
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