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miércoles, 1 de junio de 2016

01 de junio: Beato Teobaldo Roggeri

Martirologio Romano: En la ciudad de Alba, en el Piamonte, beato Teobaldo, que por amor a la pobreza dio todo su dinero para socorrer a una viuda y, trabajando como mozo de cuerda, por humildad llevó las cargas de los demás. († 1150)

Fecha de beatificación: Culto Confirmado por el Papa Gregorio XVI en el año 1841.

A Teobaldo Roggeri se le honra en todo el Piamonte como patrón de los zapateros remendones y los cargadores, pero con particular devoción en Vico, el lugar donde nació, y en Alba, la población donde pasó la mayor parte de su vida. Sus padres eran personas acomodadas que le dieron una buena educación; pero el respeto que se dispensaba a la buena posición de su familia, le parecía a Teobaldo incompatible con las condiciones de humildad que debe observar todo buen cristiano. Por ese motivo abandonó el hogar y fue a vivir en la ciudad de Alba, donde fue admitido en el taller de un zapatero para aprender el oficio. Se desempeñó con tanta honradez y destreza, que su amo, en el lecho de muerte, le pidió que se casara con su hija única y siguiera al frente del negocio como dueño. Como Teobaldo no quería apenar a un anciano con sus horas contadas, le dio una respuesta rápida y evasiva que él pudiera tomar como afirmativa; pero no eran esos los planes del piadoso joven que había hecho votos de guardar la castidad y, tan pronto como su amo fue sepultado, se despidió de la viuda, entregándole todas sus ganancias para que las distribuyera entre los pobres, y partió.

Sin ningún bien en este mundo, atenido a las limosnas que recibía, emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela. De regreso en Alba, no trató de reanudar su oficio de zapatero, sino que buscó la labor más penosa y dura que pudiera realizar y se ofreció a cargar las bolsas de cereales y otras mercancías. Desde entonces vivió en las calles y las plazas, junto a los mendigos y los menesterosos de toda especie, para quienes era como un ángel de consuelo. Invariablemente, las dos terceras partes de todo lo que ganaba, eran para sus pobres. A pesar de la naturaleza agobiante de su trabajo, practicaba con frecuencia ayunos y otras austeridades; hasta el día de su muerte, durmió siempre sobre el duro suelo. A fin de expiar la culpa de haber proferido una maldición cuando otro hombre lo provocó, se propuso barrer todos los días las naves de la iglesia de San Lorenzo y mantener ardiendo sus lámparas. Se afirma que en su tumba se obraron muchos milagros, lo que dio enorme incremento a su culto.

(fuente: catholic.net)

otros santos 01 de junio:

- San Justino
- San Aníbal María de Francia
- Beato Juan Bautista Scalabrini

martes, 31 de mayo de 2016

31 de mayo: Beato Nicolás Barré

Nicolás Barré nace en Amiens (Francia), el 21 de octubre de 1621 y muere en París el 31 de mayo de 1686, rodeado de su comunidad, en el convento de los Mínimos de la Plaza Real. Fue maestro de teología y célebre director de almas. Fundó por toda Francia las Escuelas Cristianas y de Caridad, así como las Hermanas del Niño Jesús.

Las religiosas del Niño Jesús siguen hoy esta misión de evangelizar a través de la educación de los niños en nuestra ciudad de Burgos.


BIOGRAFÍA

Nicolás Barré nace en Amiens (Francia), el 21 de octubre de 1621 y muere en París el 31 de mayo de 1686, rodeado de su comunidad, en el convento de los Mínimos de la Plaza Real.

Aunque la situación económica desahogada de la familia Barré, libre a Nicolás de muchos males, no por ello crece ignorante y despreocupado de la situación precaria que contempla a su alrededor. Percibe el horrible rumor y consecuencias de la guerra, sus estragos, sus incertidumbres, miedos y zozobras. Toda esta inseguridad, miseria y dolor quedarán impresos en su ser y tendrán su influencia en el desarrollo de toda su vida y espiritualidad.

Desde los diez años hasta los diecinueve, cursa sus estudios con resultados brillantes en el colegio de San Nicolás, dirigido por los Jesuitas. Antes de terminar sus estudios confió a sus padres el deseo que anidaba en su corazón de entregarse totalmente al Señor en la Vida Religiosa. Sus padres renuncian a todas las ilusiones que se habían forjado sobre su primogénito y único varón, al que veían dotado de excelentes cualidades intelectuales y con un carácter agradable y atractivo. Si Dios le llama por este camino, ellos aceptan cristianamente la determinación de su hijo y, cuando llegue el momento, le ayudarán y ofrecerán su apoyo para que lo pueda realizar.

Por aquella época, Amiens alberga veinte conventos de religiosos. De todos ellos Nicolás escoge el de los Mínimos, precisamente el más pobre y desconocido de todos. Nicolás quiere pertenecer totalmente a Dios, y le parece que puede realizarlo mejor por el camino marcado por Francisco de Paula: la plegaria, la ascesis y la caridad. Nicolás ha sabido discernir acertadamente la voluntad de Dios en su persona y sufre al ver a tantos niños y jóvenes morir o malvivir acosados por el hambre y la ignorancia tanto a nivel humano como religioso.

En 1659, cuando Nicolás cuenta ya 38 años, es enviado a Rouen. Allí vuelve a constatar la miseria e ignorancia que reina, el abandono de niños y jóvenes que pululan por las calles. Reza y medita sobre esta situación en la que los ve sumergidos, sin posibilidad de salir por ellos mismos y se pregunta una y mil veces ¿qué es lo que puedo hacer? ¿qué es lo que debo hacer? Le supone una presión tremenda verles explotados en trabajos impropios de su edad porque tienen que ayudar a la familia. Hacinados por la falta de espacio, con los graves perjuicios morales que esto supone; supersticiosos y alejados de la grandeza de la fe que recibieron en el bautismo.

Nicolás, cada día que pasa, reflexiona más sobre este asunto, va entrando en contacto con otras personas que se hacen éstas o parecidas preguntas. Bajo su iniciativa, un grupo de chicas jóvenes de Rouen y sus alrededores, se consagraron totalmente a la formación humana y cristiana de las niñas, jóvenes y mujeres que la pobreza y la miseria habían dejado sin recursos. Serían las primeras Hermanas. Dedicadas a esta labor se multiplicaron prodigiosamente y de todos los rincones de Francia solicitaban su presencia. Ellas por su parte vivían en total abandono a la Divina Providencia, atareadas en la labor educativa y en la formación humana y religiosa.


PENSAMIENTOS DEL BEATO NICOLÁS BARRÉ

El corazón orgulloso y suficiente obliga a Dios a subir más alto y a alejarse. “Cuando el hombre busca engrandecerse, Dios tiende a alejarse aún más”. Por el contrario, un corazón humilde, cuanto más se rebaja, más se acerca Dios a él: “Resiste a los orgullosos, da su gracia a los humildes”.

En la oración, y para la oración, es muy bueno llenarse de espíritu, o de las virtudes de Jesús, o de las grandezas de Dios, sus atributos, etc.

No basta hablar de las cosas de Dios. Hay que hacerlo en el Espíritu de Dios, y por el Espíritu de Dios. De otra forma, el espíritu de vanidad se insinúa y corrompe todo. Para evitar este mal, antes y después de actuar, hay que permanecer recogido y dependiente del Espíritu de Dios.

El respeto al prójimo debe estar lleno de amor, y este amor es santamente crucificante.

Tendríamos que morirnos de vergüenza cuando simulamos amar a Jesús, siendo así que en realidad no le amamos en absoluto; ya que en verdad no amamos a sus miembros, y no tenemos afecto al prójimo, del que el más pequeño de entre ellos es su imagen.

Si amo verdaderamente a mi prójimo, el dolor de verle perecer debe apagar el gozo que experimento al verme sobre el camino de la salvación eterna.

El alma muerta en sí misma actúa para su prójimo con mucha más fuerza que para sí misma.

Esta disposición de adorar a Dios profundamente pone al alma en la práctica de la presencia de Dios, en una gran sabiduría y modestia en todas sus acciones, y en una paciencia actual en las contrariedades y adversidades, por respeto hacia la majestad soberana, delante de la cual uno se humilla perpetuamente en espíritu.

(fuentes: niñojesusburgos.es; minimas.org)


otros santos 31 de mayo:

- Beato Mariano de Roccacasale
- Santa Camila Bautista de Varano
- San Noe Mawaggali

lunes, 30 de mayo de 2016

30 de mayo: San Fernando

(1199-1252)
Rey de Castillla

La tarde agoniza. El regio cortejo avanza a través de las tierras salmantinas: picas y arcos, caballeros y peones, sabios, dueñas y doncellas en cuyas mejillas sonríe la juventud. Se oyen de pronto los cuernos guerreros, y la caravana se detiene. Es entre Salamanca y Zamora, en un bosque de hayas y quejigos. Los pajes se agitan, las hogueras levantan sus lenguas rojas, y bajo el alpende tupido de la fronda surge el real. Una tienda campa en el centro por su arte y su riqueza, y también por la concurrencia de damas y caballeros. Allí, una reina yace en su lecho, un rey vela nervioso, y una servidumbre vestida de sedas brillantes y mallas de guerra va y viene, llena de inquietud y expectación. Alguien dice súbitamente: « ¡Un principe! ¡Nos ha nacido un príncipe! » La voz se extiende por el campamento, el regocijo estalla en gritos y aplausos, los clérigos y los magnates se agolpan en torno a la tienda real, y el rey aparece levantando en sus grazos al recién nacido, al heredero de la corona. Aquel rey era Alfonso IX de León; aquella reina se llamaba Berenguela de Castilla, y aquel príncipe seria Fernando III el Santo, uno de los más grandes reyes de España. El niño creció entre los esplendores de la corte leonesa y entre las caricias y cuidados de su santa madre, «ca esta muy noble reina endereszó e crió a su fijo en buenas costumbres, y los sus buenos enseñamientos, dulces como miel, non cesaron de correr siempre a su tierno corazón, e con tetas de virtudes le dio su leche, enseñándole acuciosamente las cosas que placen a Dios e a los hommes, e mostrándole, non las cosas que pertenescían a mujeres, más lo que facie a grandeza de corazón e a grandes fechos». Pero un día, cuando apenas tenía quince años, advierte el niño algo extraño en torno suyo: su madre llora; su padre, siempre violento, estalla en terribles cóleras; los magnates y los obispos discuten. Al poco tiempo, Berenguela viene a despedirse de su hijo, le abraza, le besa largamente y desaparece de León. ¿Por qué? El pequeño príncipe no acierta a comprenderlo. Le dicen que es preciso obedecer a la ley de Dios, pero él llora también. Lo que había sucedido era esto: en Roma acababan de descubrir que Alfonso y Berenguela eran parientes cercanos, y no tardó en llegar la sentencia canónica: «O separación o entredicho.» Berenguela sintió que algo se desgarraba en lo más profundo de su alma, pero prefirió obedecer.

No obstante, el niño fue legitimado por Inocencio III, y preconizado por las Cortes heredero del reino leonés. Un valle de Galicia protegió su infancia. De cuando en cuando le llevaban a Burgos, reclamado por su madre. Gracias a la solicitud materna, atravesó incólume las dolencias de la niñez. A los diez años, la muerte acechaba en torno a su cuna; los médicos judíos habían perdido la cabeza y se desesperaba de su vida: non dormir nunca podía, non comía ne migalla.

En aquel trance la madre coge al pequeño en sus brazos, cabalga hasta el monasterio de Oña, reza, llora durante una noche entera ante la imagen de la Virgen, «y el meninno empieza a dormir, et depois que foi esperto, luego de comer pedía». Castilla recibió dos veces de aquella gran mujer al más grande de sus reyes. Desde este momento, la fortuna se hace inseparable compañera del amable príncipe: ella le pondrá en posesión de dos tronos, le abrirá los corazones de los hombres, y, sin traicionarle jamás, le pondrá en posesión de la victoria.

Una teja que hiere casualmente a su tío Enrique I mientras jugaba en el palacio episcopal de Palencia le hace rey de Castilla. La verdadera heredera es su madre, pero entonces aparece el genio político de la reina, el desinterés de la madre. Se apodera de su hijo, congrega Cortes en Valladolid, se hace proclamar reina de Castilla, y tomando luego la corona que fulgía en su frente, la coloca sobre la frente del mancebo; todo con una clarividencia, con una rapidez, con una decisión, que desconcierta a los magnates revoltosos, y quita al rey de León toda esperanza a la corona castellana. Algo más tarde, otra ceremonia memorable en Santa María de las Huelgas, junto a Burgos. Pontificaba el obispo don Mauricio: sobre el altar brillaban un escudo, una espada, una loriga y un yelmo. El obispo acaba de bendecirlos, haciendo sobre ellos la señal de la cruz; el rey se acerca, los toma él mismo del altar y se los viste; su madre le ciñe la espada, la espada que en las manos de Fernán González había creado a Castilla. Así fue armado caballero el joven rey don Fernando. Dieciocho años acababa de cumplir.

Desde este momento ha comprendido que su destino es ser caballero de Cristo. Aquella espada vencedora sólo podía desenvainarse contra los enemigos de la fe. No faltan magnates sediciosos; pero con ellos tiene un arma infalibre: la bondad; y las revueltas cesan desde el momento en que su sonrisa indulgente brilla sobre el suelo castellano. Sin embargo, él, que ha renunciado a derramar sangre cristiana, tiene que armarse contra su mismo padre. Alfonso IX pasa el Pisuerga con su ejército. Era un corazón valiente y un espíritu mezquino. Fernando se prepara a la defensa, pero antes escribe aquella carta admirable en que decía: «Señor padre, rey de León, don Alfonso, mi señor: ¿Adonde vos viene esa saña? ¿Por qué me facedes mal e guerra? Yo non vos lo he merecido. Bien semeja que vos pesa el mío bien, y mucho os habría de placer por haber un fijo rey de Castilla y que siempre será a vuestra honra; ca de Castilla non vos vendrá daño ni guerra en los míos días; aunque lo que vos facedes, uedarlo podría muy crudamente a todo rey del mundo, mas non puedo a vos, porque sodes mío padre e mío señor, y conviéneme de vos sufrir hasta que vos entendades lo que facedes.» Alfonso IX renunció a llamarse rey de Castilla; pero un escozor extraño le mordió el alma mientras vivió, una especie de tristeza por la gloria del astro que se alzaba, mezclada con un presentimiento de la preponderancia definitiva de Castilla. Al morir (1230) desheredó a su hijo; pero Fernando entró pacíficamente en posesión de su nuevo reino, sin derramar una sola gota de sangre. Su sola presencia conquistó al pueblo, a los obispos y a los magnates.

En León, lo mismo que en Castilla, las gentes le aman y bendicen. Todos gozan contemplando la figura del joven rey, rebosante de gracia y de bondad, «ca era—dice su hijo—muy fermoso ome de color en todo el cuerpo, et apuesto et muy bien faccionado». Elevada estatura, agilidad de movimientos, distinción y majestad en los ademanes, dulce y fuerte a la vez, amable con firmeza, reúne en una maravillosa armonía las cualidades del guerrero y las del hombre de Estado. Tiene la obsesión de la justicia, una piedad profunda informa todos sus actos, y si tiene el don de dominar a los hombres, es que antes ha logrado dominarse a sí mismo. Sin embargo, no es la suya una virtud triste ni arisca, ni su corte tiene el aspecto de un convento. Tiene el gusto de la magnificencia, ama las procesiones espléndidas, los desfiles guerreros, las largas teorías de clérigos que se agrupan en torno al altar cubiertos de dalmáticas deslumbrantes. Busca las ricas armaduras, arroja la lanza con destreza, cabalga con garbo, canta bellas trovas en loor de Santa María, viste con gentileza y es el primero de sus magnates, lo mismo en la iglesia que en el campo, lo mismo en la guerra que en los torneos. «Sabía bien bofordar; et alancear, et tomar armas, et armarse muy bien. Era muy sabidor de cazar toda caza, de jugar tablas, escaques y otros juegos buenos de buenas maneras; pagábase de omes cantadores e sabíalo él facer; et de omes de corte que sabían bien de trovar el cantar, et de joglares que sopiesen bien tocar estrumentos, et entendía quien lo facía bien e quien no.»

Pero la poesía, la guitarra y el ajedrez eran sólo una distracción en medio de las fatigas del campamento. Lo permanente en aquella vida heroica, la idea fija, la obsesión de todos los momentos, era la restauración de España, el retorno de Andalucía a la civilización cristiana. Veinticinco años tenía cuando se acercó por vez primera a las orillas del Guadalquivir, seguido del cortejo brillante de sus caballeros, inaugurando aquella gesta gloriosa de treinta años, que sólo la muerte pudo interrumpir. La victoria vuela sobre su yelmo de oro. Ni un tropiezo en su camino, ni una tentativa inútil, ni un solo descalabro. Batallas campales, asaltos de plazas, largos asedios, castillos arrasados. Castilla se ensancha sin cesar; los pequeños reinos andaluces desaparecen; caen Baeza, Córdoba, Jaén, Murcia, Sevilla, toda la Botica meridional hasta el Mediterráneo, hasta el océano. Granada queda en pie, como un gran señorío que debe pagar tributo y rendir vasallaje. Fernando de Castilla no es solamente un gran guerrero, como Jaime de Aragón; es, sobre todo, un jefe. Desdeña la aventura y evita la temeridad. Cuando alguno de sus magnates se expone a perder la vida en hazañas inútiles, le arresta. Tiene, sobre todo, tres grandes virtudes bélicas: la rapidez, la prudencia y la perseverancia. Cuando los enemigos le creen a las orillas del Duero, aparece ante los muros de Córdoba. Sabe prolongar los asedios para economizar la sangre. Cerca de un año acampa delante de Jaén.

El sitio de Sevilla fue una de las más notables empresas militares de aquel tiempo. Durante veinte meses, los moros resistieron con bravura; el calor y la enfermedad parecían luchar en favor suyo, y ya eran muchos los que hablaban de retirarse. Nada puede quebrantar el ánimo del rey. Organiza su hueste, levanta el campo y provee a todas las necesidades como si hubiera de permanecer allí toda la vida. El real tenía aspecto de una gran ciudad. Lo mismo el rey que sus guerreros, habían venido con sus mujeres y con sus hijos. Allí estaban también los futuros pobladores, hombres de todas las regiones de España, conocedores de toda clase de oficios. «Calles et plazas avía departidas de todos mesteres, cada uno sobre sí; una calle avía de los traperos e de los camiadores; otra de los especieros et de los alquimes de los melecinamientos, que avían los feridos menester; otra de los armeros; otra de los freneros; otra de los carniceros et los pecadores, e así de cada mester, de quantos en el mundo son; todas bien apuestas et ordenadas.»

No era el amor de la gloria lo que armaba aquel brazo victorioso, sino sólo el pensamiento de la patria y la preocupación del reinado de Cristo. Combatía por deber, y la voz de la conciencia satisfecha le daba la seguridad de la victoria. «Señor—dijo un día delante de su consejo—, Tú sabes que no busco una gloria perecedera, sino solamente la gloria de tu nombre.» Considerábase como el caballero de Dios, llamábase el siervo de Santa María y tenía a grande honor el título de alférez de Santiago. Aún se conserva una pequeña estatua de marfil que llevaba siempre consigo en el arzón de su caballo, que colocaba a la cabecera de su cama mientras dormía y delante de la cual pasaba largas horas arrodillado en los momentos difíciles de aquella existencia llena de azares y peligros. La entrada en Sevilla no fue el triunfo del conquistador, sino el de Santa María. Cientos de miles de hombres formaban la comitiva; gritos de júbilo atronaban el aire; las naves de Ramón Bonifaz cubrían el río, engalanadas y empavesadas; brillaban las armaduras heridas por el sol; resonaban los himnos sagrados en el grupo de los clérigos; y cerrando la marcha, caminaba la Virgen victoriosa, sobre su carro triunfal, adornado de joyas, tapices y brillantes. El rey seguía a su compañera en los campamentos y las batallas, rodeado de la reina, de los infantes y de los príncipes moros, entre constelaciones de joyas, bosques de picas y espirales de incienso. «Grandes mercedes e honras e bienandanzas—decía luego el rey—nos fizo et mostró aquel que es comienzo e fuente de todos los bienes, y esto non por los nuestros merecimientos, mas por la su gran bondad, e por la su gran misericordia, e por los ruegos e merecimientos de Cristo, cuyo caballero nos somos, e por los ruegos de Santa María, cuyo siervo nos somos, e por los merecimientos de Santiago, cuyo alférez nos somos, e cuya enseña traemos, e que nos ayudó siempre a vencer.»

Entre tanto, su madre velaba más allá de los puertos, manteniendo la paz en los pueblos y enviando víveres a las tropas. Conocedora de los hombres, inteligente y compasiva, abnegada y generosa, Berenguela administraba el reino con energía, sujetaba a los levantiscos, negociaba con los demás Estados de la Península, y entregaba sus joyas para mantener la guerra. «Espejo era de Castilla, e de León e de toda España—dice su nieto Alfonso el Sabio—; et fue muy llorada, cuando murió, de todos los conceios et de todas las gentes de todas las leyes, et de los fidalgos pobres a quienes ella mucho bien facía.» San Fernando tenía en ella una confianza ciega; buscaba su consejo, lo mismo en las cosas de la paz como en las de la guerra; le abandonaba el cuidado de muchos negocios, y, según dice un contemporáneo, aparecía delante de ella «como un humilde mozo so la palmatoria del maestro». No obstante, de cuando en cuando solía cruzar el Guadarrama para visitar personalmente a sus vasallos, y entonces el hombre de la guerra se convertía en el padre de su pueblo. «Oía a todos—nos dice un escritor que le conoció—; la puerta de su tienda estaba abierta de día y de noche, amaba la justicia, recibía con singular agrado a los pobres y los sentaba a su mesa, los servía y los lavaba los pies.» «Más temo—solía decir— la maldición de una pobre vieja que todos los ejércitos de los moros.» Todo lo que podía contribuir a la grandeza y prosperidad de su tierra tenía cabida en su alma generosa.

Con la misma esplendidez que a los trovadores provenzales, recibía a los artistas y a los sabios. Creó la Universidad de Salamanca, buscó profesores dentro y fuera de España, concedió grandes privilegios a los estudiantes, amplió las libertades de los consejos, ordenó la traducción del Fuero Juzgo en lengua castellana y abrió una nueva era de esplendor artístico para su patria. Bajo su protección, al abrigo de la paz y con ayuda del botín de tantas conquistas, España se cubrió con el manto espléndido de sus catedrales góticas:

Burgos, Toledo, León, Osma, Palencia... El mismo rey inauguraba las obras, alentaba a los artistas y volcaba liberalmente sus tesoros. Bajo su mirada paternal, el agricultor trabajaba en paz, el comerciante se enriquecía, el guerrero se cubría de gloria y el genio del artista se desenvolvía en producciones maravillosas. Fue el más afortunado de los hombres. Mientras su primo San Luis caminaba al Cielo por la adversidad, Dios quiso llevarle a él por el camino de las venturas. Tuvo cuanto puede apetecer un rey: riquezas en abundancia, una corte magnífica, una espada invencible, la dirección experimentada de una madre santa, el consejo de un hombre genial, el arzobispo don Rodrigo Jiménez de Rada; la ayuda de un gran almirante, la colaboración de excelentes capitanes, la adoración de un ejército aguerrido y el amor inalterable de su pueblo. Dios le bendecía, y la misma Naturaleza parecía ser su esclava, «ca en el su tiempo anno malo nin fuerte en toda Espanna non vivo, et sennaladamente en la su tierra».

Esta protección visible del Ciclo sólo le sirvió para acrecentar su fe. En el entusiasmo de su fervor religioso, derramaba lágrimas de agradecimiento, y en la exaltación de su amor a Cristo hubiera deseado llevar triunfalmente por todo el mundo la enseña de la Cruz. No teniendo ya nada que conquistar en la Península, pensó llevar sus armas al suelo africano. Era joven todavía: cincuenta y dos años. Cien mil hombres aguardaban el momento de la partida en las riberas del Guadalquivir; una flota numerosa evolucionaba en el Estrecho; en las armerías toledanas y en los arsenales del Cantábrico se trabajaba con febril actividad, y ya los príncipes marroquíes enviaban embajadas suplicantes. Pero la muerte viene a detener los pasos del conquistador; aquella muerte admirable, que Alfonso el Sabio nos ha contado en uno de los capítulos más conmovedores de su Historia general de España. El que lo ha leído una vez no podrá olvidar la escena del fraile que entra con el sagrado Viático, y los caballeros que lloran, y el rey que salta de su lecho, se postra en tierra, coge una soga y se la echa al cuello. Después, la oración inflamada y los besos apasionados a la Santa Cruz, «feriendo en los sus pechos muy grandes feridas, llorando muy fuerte de los ojos et culpándose mucho de los sus pecados»; y las últimas recomendaciones al heredero, y la despedida de los obispos y los compañeros de armas, y las palabras postreras, que revelaban una vez más la grandeza de aquel corazón. «Fijo—decía el moribundo a su hijo Alfonso el Sabio—, rico en fincas de tierra e de muchos buenos vasallos, más que rey alguno de la cristiandad; trabaja por ser bueno y facer el bien, ca bien has con qué.» Y al fin, aquel postrer consejo, en que el amor de la patria se viste de un amable humorismo: «Sennor te dexo de toda la tierra de la mar acá, que los moros ganar ovieron del rey Rodrigo. Si en este estado en que yo te la dexo la sopieres guardar, eres tan buen rey como yo: et si ganares por ti más, eres meior que yo: et si desto menguas, non eres tan bueno como yo.» Pero los últimos latidos debían ser para Dios. El moribundo ya no lloraba. Un resplandor celeste iluminaba su rostro. Sereno y alegre, pidió la candela «que todo cristiano debe tener en mano al su finamiento, y alzando los oíos contra el su Criador dixo: Sennor, dísteme reyno que non avía et onrra et poder más que yo non merescí; dísteme vida, et non durable, cuanto fue tu placer, Sennor, gracias te do, et entrégote el reyno que me diste, con aquel aprovechamiento que yo en él pude facer, et ofréscote la mi alma para que la recibas entre companna de los tus siervos». Después bajó las manos, adoró el cirio como símbolo del Espíritu Santo, y mientras los clérigos cantaban el Te Deum, él «muy simplemiente et muy paso endino los oios et dió el espíritu a Dios».

Así murió el gran rey, «rey mucho mesurado et cumprido en toda cortesía, muy sabidor et de buen entendimiento, muy fuerte et muy leal muy bravo et muy verdadero; et ensalzador del cristianismo y abaxador del paganismo, mucho homildoso contra Dios, mucho obrador de sus obras, muy católico, muy eclesiástico y mucho amador de la Iglesia ca en Dios tuvo su tiempo, sus oios y su corazón». Día de llanto fue aquél para toda España. Los mismos moros lloraban la muerte del más piadoso de los conquistadores, «ca era dellos mucho amado, por la gran lealtad que siempre les guardaba. ¿Qui podrie decir—pregunta el rey Sabio—la maravilla de los grandes llantos que por este santo et noble et bienaventurado rey fueron fechos por todos los reinos de Castilla et de León? ¿Et quién vio tanta duenna de tanta guisa et tanta doncella andar descabennadas et roscadas, rompiendo las faces et tornándolas en sangre et en la carne viva? ¿Quién vio tanto ome andando baladrando, dando voces, mesando sus cabellos et rompiendo las frentes et faciendo en sí fuertes cruezas?» Era el homenaje debido a la grandeza de alma, al brillo de la gloria, a la más alta santidad. Los moros agradecían en él la lealtad caballeresca, la generosidad, el respeto a la fe jurada; la nobleza lloraba al hombre de la más alta cortesanía, del corazón abierto al desinterés, a la gratitud, a la munificencia; el pueblo echaba de menos al héroe que le defendía y le enriquecía, al príncipe que garantizaba su trabajo en la paz y la justicia; los Concejos y las ciudades se entristecían por la desaparición del legislador que había ampliado sus fueros y mantenido las libertades públicas y trabajado infatigablemente por el bienestar general. Todos sabían que un rey como aquél, «rey de todos los fechos granados», sólo alguna que otra vez aparece en la tierra.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 30 de mayo:
- San Humberto de Lieja

domingo, 29 de mayo de 2016

29 de mayo: Beato José Gérard

Apóstol de Lesotho (África del Sur)
1831-1914

Carlos Juan José Gérard nació en Bouxières-aux-Chênes, diócesis de Nancy, región de Lorena (Francia) el 12 de marzo de 1831. En 1844 entra en el seminario menor de Pont-à-Mousson y en 1849 pasa al seminario mayor de Nancy. Atraído por el ideal misionero, llama a las puertas de la Congregación de los Oblatos e inicia el noviciado en Notre-Dame de l'Osier el 9 de mayo de 1851. Al año siguiente hace su primera oblación (profesión religiosa) y concluye sus estudios eclesiásticos en el seminario mayor de Marsella.


África como meta

En 1853 el Cardenal Prtefecto de Propaganda Fide (la actual Congregación para la Evangelización de los Pueblos) lanza una lamada apremiante a la joven Congregación misionera. Quiere confiar a los Oblatos la evangelización del África Austral y les confía el Vicariato Apostólico de Natal. El Fundador recluta rápidamente un equipo de misioneros. A falta de un número sufinciente de sacerdotes, ordena diácono a Gérard el 3 de abril de 1853 y lo enrola en ese grupo. Un mes más tarde, el 10 de mayo, parte con el equipo pionero para África del Sur. Salen desde Marsella en barco de vela. La nave andará a la deriva, de Brasil a Isla Mauricio. Finalmente, tras 8 meses de azarosa travesía, arriban a las costas del Cotinente africano. Llegan a Durban, el 21 de enero de 1954. El 13 de febrero el joven diácono recibirá la ordenación sacerdotal de manos de Mons. Allard, O.M.I., superior de la misión y Vicario Apostólico, en Pietermaritzburg. Los misioneros se desviven en vano por interesar a los zulúes en la doctrina cristiana.


Apostolado fecundo en Lesotho

Tras diez años de labor sacrificada e infructuosa, en 1862 se dirigen a Basutolandia (actual Lesotho). El P. Gérard, con el arte de "hacerse uno", se grangea la confianza del rey Moshoeshoe I, padre de la Patria, y conquista el corazón de los basutos. ¿Su screto? "El mundo será de quién más lo ame y se lo demuestre". Su oración incesante ("el Padre se limenta de oraciones", comentaba su gente) y su caridad incansable harán el resto. A lomos de su "Artabán", sube y baja por los montes Maluti en busca de las familias en las aldeas, de los pastores por los campos... Su apostalado será de persona a persona. Así se fue roturando para el Evangelio ese País árido, es verdad, pero hermoso y atractivo, y los frutos no se hicieron esperar. Hoy Lesotho tiene una población mayoritariamente cristiana, abundan las vocacacones nativas y, gracias sobre todo a las primeras escuelas y a la universidad fundada por los misoneros, el analfabetismo es practicamente nulo.


Fama de santidad

El 29 de mayo de 1914 expira en la Roma de su amadísimo Lesotho este gran Apóstol. Allí se concluían sus 60 años de misión, sin volver jamás a su querida y siempre añorada Lorena. Su fama de santidad corre de boca en boca y los basutos acuden continuamente a su tumba para llevarse un poco de tierra para asegurar su intercesión. El 15 de septiembre de 1988 Juan Pablo II lo proclamó Beato.

(fuente: jovenesoblatos.com.ar)

otros santos 29 de mayo:

- Santa Úrsula Ledóchowska
- Santos Félix y Voto
- Santos Sisinio, Martorio y Alejandro - 

sábado, 28 de mayo de 2016

28 de mayo: Beata Margarita Pole

Madre ejemplar, fue decapitada en la prisión de la Torre de Londres por el mismo rey Enrique VIII, por haber desaprobado su divorcio.

Martirologio romano: En Londres, en Inglaterra, beata Margarita Pole, madre de familia y mártir, que, siendo la condesa de Salisbury y la madre del cardenal Reginaldo, fue decapitada en la prisión de la Torre durante el reinado de Enrique VIII, por haber desaprobado su divorcio, por lo que encontró descanso en la paz de Cristo.

Margarita significa: Bonita como una Perla, proviene del latín.

Margaret Pole, fue la condesa de Salisbury y también la madre del cardenal Reginaldo. Ella, junto a su hijo, desaprobaron por completo el divorcio del rey Enrique VIII de Inglaterra y por esta razón fue decapitada en la Torre de Londres. Fue beatificada por el Papa León XIII.


Biografía

Entre los años de 1483 y 1601, la Torre de Londres fue testigo de ejecuciones de siete presos muy famosos: Lord Hastings en 1483, la reina Ana Bolena en 1536, Margaret Pole, condesa de Salisbury en 1541, la reina Catalina Howard en 1542, Jane Parker, Lady Rochford en 1542, Lady Jane Grey en 1554 y Robert Devereux, conde de Essex en 1601.

Con el tiempo, una serie de historias surgieron acerca de la manera en que estos supuestos "traidores" perdieron la cabeza, pero quizás ninguno tan como la historia que rodea a la ejecución de Margarita Pole, condesa de Salisbury.

Margarita nació en 1473, hija de Jorge de Clarence, hermano menor del rey Eduardo IV, Isabel y Neville. En 1476, su madre murió en el parto y en 1478 Eduardo IV ordenó la ejecución de su propio hermano, el padre de Margaret, por traición.

Margarita y su hermano Eduardo, conde de Warwick fueron enviados a Sheen Palacio y educados con los niños del rey Eduardo IV. Este acuerdo llegó a su fin en 1483, cuando el rey Eduardo murió y Ricardo III tomó el poder.

El Único hijo varón y heredero del rey Ricardo murió en 1484. Ricardo no quiso nombrar como heredero al hermano de Margarita. En su lugar, mantiene una estrecha vigilancia sobre él, ya que sabía que podía reclamar el trono en cualquier momento.

La situación volvió a cambiar en 1485, cuando Enrique Tudor derrotó al rey Ricardo III en la batalla de Bosworth y reclamó el trono. El rey Enrique VII se casó con el primo de Margarita, Isabel de York y encerró a su hermano, de Warwick, en la torre y allí permaneció durante casi 15 años, hasta su ejecución.

Margarita se casó con Sir Ricardo Polo, primo del rey, en 1494. Sir Ricardo, fiel servidor de Enrique VII, fue recompensado con altos cargos en la corte y en Gales. Margarita y Ricardo tuvieron cinco hijos, cuatro chicos y una chica. Su esposo Ricardo murió en 1505.

Fue considerada por el rey Enrique VIII como un modelo de esposa, madre y viuda, además de ser muy devota y llena de piedad. La llamaban "la mujer más santa en Inglaterra." Es tanta la estima del rey que el rey le tiene que hizo que le regresaran todos los bienes confiscados.

Las cosas mejoraron para Margarita. La nombraron condesa de Salisbury. Margarita era ahora sería una mujer muy rica y poseedora de inmensos terrenos. Se convirtió en una buena amiga de Catalina de Aragón y en 1519 se desempeñó como institutriz de la hija de Catalina, la princesa María, de la que llegó a ser su madrina.

Las cosas se complicaron para Margarita cuando Enrique VIII hizo público sus sentimientos por Ana Bolena después de divorciarse por su esposa.

Margarita cayó en desgracia durante el reinado Ana Bolena. Ella desaprobó el nuevo Matrimonio y las relaciones con el rey su tornaron muy comprometidas. Llegó a ser aún más peligroso en 1536, cuando su hijo, el futuro cardenal Reginaldo Pole (desde la seguridad de su hogar en Italia) escribió un libro, «Pro ecclesiasticae unitatis defensione», denunciando las políticas del rey, e indicando exactamente lo que pensaba de su matrimonio con Ana Bolena.

La situación se puso muy molesta para el rey y pensó en deshacerse de la totalidad de la Familia: testigos falsos vienen a acusar de conspiración a Margarita; sometida a un interrogatorio agotador durante todo un día, que desafía a sus acusadores con su capacidad intelectual y, sobre todo, con su dignidad y su carácter moral.

A pesar de contar con una buena defensa, y no pudiendo acusarle de ningún cargo, le inventan grandes mentiras. Margarita es entonces encarcelada en la torre durante casi dos años, en la que es sometida a torturas de hambre y de frío.

Muere decapitada el 28 de mayo de 1541 por un verdugo torpe que falló en varias ocasiones lo que hacía era prolongar el sufrimiento de Margarita.

Margarita Pole, fue beatificada el 02 de febrero 1886, por el Papa León XIII. El 29 de diciembre de ese mismo año se confirma su culto.

(fuente: www.pildorasdefe.net)


otros santos 28 de mayo:
- San Germán de París

viernes, 27 de mayo de 2016

27 de mayo: San Atanasio Bazzekuketta

Mártir
n.: 1870 - †: 1886 - país: Uganda
canonización: B: Benedicto XV 6 jun 1920 - C: Pablo VI 8 oct 1964

En el lugar de Nakiwubo, en Uganda, san Atanasio Bazzekuketta, mártir, uno de los pajes de la casa real, que, recién bautizado, mientras era conducido al lugar del suplicio con algunos otros compañeros por su fe en Cristo, rogó a los verdugos que le matasen allí mismo, y culminó el martirio abatido a golpes.

Camino de Namugongo, el sitio en el que iban a ser quemados vivos por no renegar del cristianismo, estos dos jóvenes ugandeses, unidos en vida por la pertenencia a la corte real y por la fe cristiana, fueron sacrificados el 27 de mayo de 1886, no los dos en el mismo sitio sino uno después de otro. Fueron canonizados el 18 de octubre de 1984.

Atanasio Bazzekuketta había nacido en Kampala en 1870 y pertenecía al clan Nkima. Había sido paje del rey Mutesa y continuó siéndolo de su hijo y sucesor Mwanga. Atraído al cristianismo, se bautizó el 16 de noviembre de 1885. Tenía a su cargo el tesoro real y cuando se desencadena la persecución contra el cristianismo fue delatado como tal e invitado a apostatar, lo que no hizo. Condenado a muerte, salió con los demás pajes hacia el sitio de la ejecución, pero al llegar a Kampala, sintiéndose debilitado físicamente, preguntó por qué el martirio no era allí mismo, y entonces decidieron ofrecerlo como sacrificio a las divinidades de Kampala. Fue llevado al borde del camino y allí atravesado con lanzas hasta que murió. Su cuerpo fue seguidamente descuartizado.

Gonzaga Gonza era un joven de 24 años, de origen busoga, vendido de pequeño al rey Mutesa y convertido por éste en paje suyo. Era su misión la guarda de los prisioneros de la corte. Fue bautizado el 17 de noviembre de 1885. Arrestado por ser cristiano y negándose a apostatar, fue condenado a muerte y salió con los demás hacia Namugongo. Como en Kampala les pusieron a los presos unas cangas, su debilidad tras la caminata con cadenas era manifiesta. Entonces en el pueblo de Lubawo cayó al suelo exhausto, y allí fue rematado a golpes de lanzas y decapitado, dejando los verdugos sus restos en el camino, sin detenerse a enterrarlos.

«Año Cristiano» - AAVV, BAC, 2003
(fuente: www.eltestigofiel.org)

otros santos 27 de mayo:

- San Agustín de Canterbury
- San Bruno de Würzburg
- San Juan El Ruso

jueves, 26 de mayo de 2016

26 de mayo: Santa Mariana de Jesús Paredes y Flores

La azucena de Quito.

Beatificada por el Papa Pío IX el 20 de noviembre de 1853 y Canonizada por Pío XII, el 4 de junio de 1950.

(1618-1645)

La cristiana república del Ecuador puede presentar ante el trono de Dios y en el cielo de la Iglesia una digna émula de Santa Rosa de Lima en la fragante flor de santidad que se llama Mariana de Jesús de Paredes y Flores. Nacida en Quito el sábado 31 de octubre de 1618, de piadosos y nobles padres, fue bautizada el 22 de noviembre en la catedral y mostró desde sus primeros años entera inclinación a la virtud, especialmente al pudor y a la modestia virginal. Oh Dios, Tú que quisiste que floreciese Santa Mariana aún entre los placeres mundanos como una azucena entre espinas con virginal pureza y constante mortificación. Concédenos, te rogamos, que por sus méritos y meditación nos apartemos del vicio y sigamos la perfección. Amén.

Santa Mariana de Jesús Paredes y Flores. (Imagen adquirida de la Enciclopedia del Ecuador, Efré Avilés Pino) Huérfana de ambos padres desde los siete años, quedó al cuidado de su hermana mayor y del esposo de ésta, quienes la procuraron conveniente educación. Era Mariana de gran talento, de ingenio agudo, de inteligencia viva y precoz; se la preparó, por una parte, en las letras y, por otra, en la música; alcanzó mucha destreza en manejar el clave, la guitarra y la vihuela. También aprendió a coser, labrar, tejer y bordar, haciendo grandes progresos y ocupando así santamente el tiempo para huir de la ociosidad. Tenía una voz suave y dulcísima y una gran afición a la música, de tal manera que no dejó pasar un solo día sin ejercitarse en ella, aunque dedicándose a cantos religiosos, que la ayudaban a meditar y levantar su corazón incesantemente a Dios.

Ya desde su temprana edad su día estaba repartido entre la oración, el trabajo y algún recreo. Nos dicen sus compañeras que era muy inclinada al servicio de Dios; que celebraba todas las festividades de Nuestro Señor y de su Madre santísima, y de todos los santos, sus devotos, con mucha veneración, haciendo altares, ayunando sus vísperas, provocando y animando a todos para que hiciesen lo mismo, sin ocuparse en juegos y entretenimientos pueriles. Solía retirarse para orar a algún rincón de la casa, donde la hallaban con las manecitas juntas, repitiendo con fervor angelical el avemaría, que había aprendido apenas supo hablar. Tenía singular afecto a la Pasión del Señor, y desde entonces practicaba penitencias y austeridades, que más adelante serían mayores y más asiduas.

A los ocho años hizo su primera confesión y comunión en la iglesia de la Compañía de Jesús, que desde entonces fue el lugar escogido para su oración y vida espiritual. El padre Juan Camacho, al examinarla, quedó admirado de la inteligencia y comprensión de los divinos misterios que había en aquella niña, y casi culpaba a su familia de haberle dilatado algún tanto el recibir la Eucaristía. Despojóse desde entonces de toda gala mundana, y, movida del Espíritu Santo, se ofreció enteramente a Jesucristo, haciendo voto de perpetua castidad, al que juntó luego los de pobreza y obediencia. Cambió su nombre por el de Mariana de Jesús.

La Providencia desbarató uno tras otro dos proyectos suyos: uno, de ir a tierra de infieles para darles la fe cristiana (y para lo cual, como nueva Teresa de Jesús, intentó escapar de casa en unión de unas amigas), y otro, de entablar vida eremítica. Tampoco prosperó el deseo de los parientes, gozosamente aceptado por ella misma, de que entrara en la vida religiosa. Investigando en la oración y en la consulta a sus directores espirituales la voluntad de Dios, entendió ser ésta que viviese recogida en su propia casa, con la misma estrechez, pobreza y despojo de todas las cosas del mundo como pudiera hacerlo entre los muros de la comunidad más austera. En consecuencia, Mariana hizo arreglar pobremente, en la parte alta de su casa, un departamento con tres piezas: una salita, un pequeño aposento y una alcoba, completamente cerrados con cancel y cerrojos al resto de las personas, y de los que solamente salía para acudir por las mañanas a la iglesia. Su vida era de oración y penitencia continuas. Tenía en su pieza un ataúd, que le recordaba constantemente la vanidad del mundo y la hora de la muerte.

Su tenor de vida queda descrito así por ella misma, en una distribución del tiempo que sometió a su confesor: «A las cuatro -dice- me levantaré, haré disciplina; pondréme de rodillas, daré gracias a Dios, repasaré por la memoria los puntos de la meditación de la Pasión de Cristo. De cuatro a cinco y media: oración mental. De cinco y media a seis; examinarla; pondréme los cilicios, rezaré las horas hasta nona, haré examen general y particular, iré a la iglesia. De seis y media a siete: me confesaré. De siete a ocho: el tiempo de una misa preparé el aposento de mi corazón para recibir a mi Dios. Después que le haya recibido daré gracias a mi Padre Eterno, por haberme dado a su Hijo, y se lo volveré a ofrecer, y en recompensa le pediré muchas mercedes. De ocho a nueve, sacaré ánima del purgatorio y ganaré indulgencias por ella. De nueve a diez: rezaré los quince misterios de la corona de la Madre de Dios. A las diez: el tiempo de una misa me encomendaré a mis santos devotos; y los domingos y fiestas, hasta las once. Después comeré si tuviere necesidad.

A las dos: rezaré vísperas y haré examen general y particular. De dos a cinco: ejercicios de manos y levantar mi corazón a Dios; haré muchos actos de su amor. De cinco a seis: lección espiritual y rezar completas. De seis a nueve: oración mental, y tendré cuidado de no perder de vista a Dios. De nueve a diez: saldré de mi aposento por un jarro de agua y tomaré algún alivio moderado y decente. De diez a doce: oración mental. De doce a una: lección en algún libro de vidas de santos y rezaré maitines. De una a cuatro: dormiré; los viernes, en mi cruz; las demás noches, en mi escalera; antes de acostarme tendré disciplina. Los lunes, miércoles y viernes, los advientos y cuaresmas, desde las diez a las doce, la oración la tendré en cruz. Los viernes, garbanzos en los pies y una corona de cardos me pondré, y seis cilicios de cardos. Ayunaré sin comer toda la semana; los domingos comeré una onza de pan. Y todos los días comenzaré con la gracia de Dios.»

Esta regla de vida, asombrosa por su austeridad y oración, Mariana la guardó desde los doce años, sin más alteración hasta su muerte que estrechándola más aún los últimos siete años. Sin embargo, prudentemente, admitía tres causas posibles para omitir alguno de los ejercicios señalados: la caridad para con el prójimo, la obediencia a quienes le podían mandar y la absoluta imposibilidad física, cuando estaba tan desprovista de fuerzas por alguna enfermedad corporal que le era materialmente imposible tenerse de pie.

Santa Mariana no excluyó de su vida un discreto apostolado, principalmente con su oración por el prójimo, sus consejos a las almas que acudían a ella y la misericordia corporal con los pobres. Era ya un gran ejemplo de virtud verla salir modestísimamente de su clausura camino de la iglesia.

Por consejo de sus confesores se hizo terciaria de San Francisco de Asís (ya que en la Compañía de Jesús no hay tercera orden, como ella tanto hubiera deseado). Siempre deseó vivamente ser enterrada en la iglesia de la Compañía, donde Dios tanto la había favorecido, y el Señor le cumplió colmadamente su anhelo, ya que el templo de los jesuitas de Quito (de extraordinaria riqueza, pues está espléndidamente dorado en todo su interior, desde el arranque de las paredes hasta los techos inclusive), no sólo guarda como precioso tesoro su sagrado cuerpo bajo el altar mayor, sino que le ha sido litúrgicamente consagrado poco después de su canonización.

Los testimonios de sus contemporáneos insisten especialmente en tres rasgos de su vida santa: su mortificación extraordinaria, su oración altísima y sus prodigios.

Decía ella misma a su criada catalina: «Si duermo en esta cama, sabe que para mí es un regalo: porque algo se ha de hacer para merecer y ganar a Dios, pues en camas blandas y delicadas no se le halla; y supuesto que padeció tanto por mí, no es nada lo que yo haga por él.» Sin embargo, para usar estas asperezas había de vencer la gran repugnancia que tenía su cuerpo a ellas: su cama era una escalera con los balaustres con filo hacia arriba, que de tanto usarlos llegaron a embotarse y gastarse; la almohada, un madero grueso y tosco. Ambas cosas las ocultaba durante el día debajo del lecho por medio de la sobrecama, que dejaba colgar hasta el suelo. Tres veces por semana usaba esta penitencia; los restantes días tomaba las tres horas de sueño sobre una áspera sábana de cerdas y piedrecitas.

Su abstinencia y ayuno eran prodigiosos. Para disimularlos hacía que le preparasen una comida ordinaria, que luego secretamente repartía entre los pobres, limitándose a tomar para sí algunos bocados de pan, que en ocasiones amargaba con hiel, acíbar, ceniza y hierbas.

De su amor a Dios da testimonio autorizado uno de sus confesores, asegurando que «en todos los días de su vida conservó la primera gracia que recibió en el bautismo..., no pecó en toda su vida mortal ni venialmente con advertencia». Otro decía: «Nuestro Señor la levantó a lo supremo de la contemplación, que consiste en conocer a Dios y sus perfecciones sin discurso y amarle sin interrupción».

Un testigo afirma de su caridad para con el prójimo: «Se ejercitó cuanto pudo y permitía su condición en obras de caridad espirituales y corporales, en beneficio de los prójimos; deseando viviesen todos en el temor y servicio de Dios; y para el efecto diera su vida.» «Toda su conversación -añade una de sus compañeras- era de la gloria, de la virginidad y pureza, de la penitencia y vidas de los santos y santas, envidiándoles sus virtudes con santa emulación.»

Aunque suplicó ardientemente a Nuestro Señor que no la concediera favores sobrenaturales exteriores en esta vida, por su humildad profunda, sin embargo, hizo por su medio varias profecías y revelaciones, además de lograr especiales conversiones y santificación de varias almas.

A principios del año 1645 se sintieron frecuentes terremotos y desastrosas epidemias en Quito. La ciudad estaba consternada. Mariana, conmovida por la desgracia de su patria, ofreció a Dios su vida en expiación de los pecados y en alivio de aquellos males. Nuestro Señor aceptó la ofrenda, porque desde aquel momento (26 de marzo) cesaron los temblores y la ciudad comenzó a tranquilizarse. Mas apenas la Santa se retiró del templo, donde había hecho ante Dios su sacrificio, comenzó a sentir los sufrimientos de la terrible enfermedad de que murió dos meses más tarde: apenas pudo llegar por sí misma a su habitación y hubo de ir a la cama por no poderse tener en pie. Recibidos los santos sacramentos y entre sublimes afectos de amor divino, entregó su purísima alma a Dios el 26 de mayo de 1645, a los veintiséis años de edad.

A partir de su nacimiento para el cielo fue todavía mayor la veneración en que la tuvieron los quiteños y toda la nación por sus frecuentes milagros. El 17 de diciembre de 1757 Benedicto XIV introdujo su causa; Pío VI, el 19 de marzo de 1776, declaró heroicas sus virtudes. En 1847 Pío IX reconoció dos milagros suyos: el mismo Pontífice la beatificó el 20 de noviembre de 1853.

Los restos de Mariana reposan bajo el altar mayor del bellísimo templo de la Compañía de Jesús, su segundo hogar.

La tradición nacional confía en que volverá a salvar a Ecuador no ya de terremotos y difterias sino de la corrupción política. Entonces será llamada "Mariana del Ecuador".

escrito por Gustavo Amigó Jansen, S. I.,
Santa Mariana de Jesús Paredes, en Año Cristiano, Tomo II,
Madrid, Ed. Católica (BAC 184), 1959, pp. 494- 499


Oración

Oh Dios, Tú que quisiste que floreciese Santa Mariana aún entre los placeres mundanos como una azucena entre espinas con virginal pureza y constante mortificación. Concédenos, te rogamos, que por sus méritos y meditación nos apartemos del vicio y sigamos la perfección. Amén.

(fuente: www.marianadejesus.com) 

otros santos 26 de mayo:

- San Felipe Neri
- Beatos Esteban de Narbona y Raimundo de Carbona  
- San Desiderio de Vienne
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