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sábado, 21 de junio de 2014

21 de junio: San Nicasio Jonson

sacerdote y mártir en Gorcum, de la Primera Orden (1522‑1572).
Canonizado por Pío IX el 29 de junio de 1867.

Nicasio Jonson nació en el castillo de Heeze en 1522. Su padre, Adriano, era ilustre por su honestidad de vida y sobre todo por su inflexible fe. Nicasio fue enviado por él una vez terminados sus estudios y alcanzada la edad, a la célebre universidad de Lovaina, donde por sus rápidos progresos en el estudio, obtuvo el bachillerato en filosofía y teología.

Después de haber meditado seriamente sobre sus posibilidades una vez laureado, decidió hacerse religioso. Ingresó en la Orden de los Hermanos Menores, donde se distinguió por su piedad y mortificación. Consagrado sacerdote, se dedicó al apostolado de la evangelización y de la enseñanza. Severa austeridad, continuos ayunos, asidua oración, éxtasis dichosos, dulces coloquios con el Señor fueron la síntesis de su vida.

Fue predicador persuasivo y asiduo, sus explicaciones bíblicas las hacía con expresiones fáciles y profundas, adaptadas a la mentalidad de los oyentes. Parecía que el Espíritu Santo lo inspiraba. Con inmensa tristeza veía expandirse el calvinismo, con la difusión de libelos difamatorios contra la Iglesia católica, contra el Papa, contra el dogma de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Para atacar estos errores decidió divulgar la buena prensa. Reunió libros de devoción y de catequesis, compuso otros él mismo, otros los tradujo al holandés. Ayudado por la caridad de bienhechores los imprimió y divulgó ampliamente entre las familias y el pueblo, con inmenso provecho espiritual de muchos, que abjuraban de los errores y retornaban a la Iglesia.

Nicasio también tuvo el don de profecía. En efecto, varias veces predijo graves calamidades que habían de golpear a su patria. Predijo la feroz persecución de los calvinistas contra sacerdotes, religiosos y fieles. Nadie podría sustraerse a ella sin renegar de su fe. A los débiles en la fe les sugería ocultarse o en sus propias casas o en los bosques. En cambio él, fuerte en la fe y confiado en la ayuda divina, no pensó ni en huir ni en ocultarse. Fue arrestado por los gueusos y llevado junto con los otros cohermanos al martirio, que para él se prolongó por varias horas. El verdugo llevó a cabo la infame ejecución en medio de la noche. El lazo mortal, en vez de apretarle la garganta, se le enredó en la cabeza, y el mártir tuvo que sufrir por largas horas el espantoso suplicio. Tenía 50 años de edad.

(fuente: franciscanos.net)

otros santos 21 de junio:

- San Luis de Gonzaga

viernes, 20 de junio de 2014

20 de junio: San Inocencio de Mérida

Inocencio de Mérida o simplemente Inocencio fue obispo de Mérida desde el año 606 y su pontificado duró hasta cerca de 616. Sabemos de este obispo por lo que escribió de él el diácono emeritense Paulo en el último capítulo de su obra. De él decía que era un hombre de gran santidad y costumbres inocentes por lo que su forma de ser va muy ligada a su nombre porque a nadie hizo mal alguno. Cuando murió su antecesor todos miraron hacia él, que estaba en el Orden de los Diáconos pero como en último lugar.

En el año 610 llegó a Toledo el rey Gundemaro y allí concurrieron bastantes obispos a recibirle pues estos se encontraban allí, entre ellos estaba Inocencio, para asistir a al «Concilio de Toledo» al que solo se había convocado a los obispos de la Metrópoli cartaginesa. Sin embargo, el rey quiso que tomasen parte de este concilio los demás prelados presentes que eran San Isidoro, Inocencio a los que les siguieron los de Tarragona y Narbona con otros veintidós obispos más.

Inocencio fue ordenado obispo inmediatamente después de la muerte de su antecesor San Masona, conclusión a la que llega Enrique Flórez después de efectuar numerosos cálculos y manejas diferentes hipótesis. Así mismo, calcula que la duración de su pontificado no debió de ser mayor de diez años.

(fuente: wikipedia.org)

otros santos 20 de junio:

- Mártires Ingleses

jueves, 19 de junio de 2014

19 de junio: San Romualdo

Abad
(951-1027)
Fundador de los Camaldulenses

Al fin de sus días solía decir con frecuencia: «Si queréis la vida del Cielo y la de la tierra, ayunad y haced penitencia»; y para probarlo, no necesitaba más que el ejemplo de lo que en él sucedía. Acercábase a los ochenta años y su cuerpo aún estaba firme. Era un hombre de férrea contextura física y moral. Cierto, tenía los ojos hechos llagas de tanto llorar; estaba flaco y macilento; tenía una calva perfecta, y el color de su piel se había vuelto verdoso, a semejanza de la piel del lagarto. Pero aún podía emprender un viaje a través del Apenino, dirigir multitud de monasterios por todas partes desparramadas, y hacer frente a los que manchaban la pureza de la Iglesia de Cristo.

Durante medio siglo había realizado los más arduos trabajos en medio de austeridades inconcebibles: medio siglo de luchas con los príncipes, los obispos, los clérigos, con sus propios discípulos, con las potestades del infierno y con sus propias pasiones; medio siglo de peregrinaciones apostólicas por las provincias de Italia, por Francia, Alemania, Hungría, predicando a los pueblos, confundiendo a los impíos, reformando y levantando monasterios; medio siglo al cabo del cual veía floreciente la Regla de San Benito, que había encontrado olvidada y él interpretaba a su manera, después de haber fundado más de cien monasterios, desde los cuales había enviado al Cielo legiones de santos, como Pedro Urselo, el antes ambicioso dux de Venecia, convertido por él a la humildad; como Bonifacio, el mártir, que por su mandato había ido a Rusia para predicar la fe de Jesucristo; como Sergio, su padre, que de comerciante opulento y afortunado duelista se había transformado en manso cordero y despreciador de las riquezas.

Era una naturaleza excepcional, pero había en tomo suyo un poder misterioso que le preservaba. Tiene el don de arrastrar a los hombres, pero no sabe hacerse querer. Los atentados le pusieron en peligro muchas veces: un día quieren despeñarle los monjes de San Apolinar de Ravena, que no estaban conformes con sus extremos de austeridad; otra vez, en Cuxá, junto al Pirineo, los paisanos quieren matarlo fanáticamente para tener la suerte de poseer sus huesos; en otra ocasión, un abad aseglarado le aprieta la garganta con las manos y está ya a punto de sofocarlo; un monje perverso coloca a la puerta de su celda un dardo, de suerte que se hiera cuando vaya a entrar en ella; descuájase un árbol y cae sobre él, pero se retira cuando va a aplastarlo. Dios vela sobre su vida y lo libra siempre; lo libra de los accidentes de la naturaleza, de la malicia de los hombres, hasta de sí mismo.

Aquel cuerpo no tenía mayor enemigo que su propio dueño. Trabajo, mucho; regalo, ninguno; dormir, poco; vestir, mal; comer, peor: una escudilla de un pisto de harina o unas hierbas; semanas enteras sin probar bocado; cuaresmas pasadas entre las nieves de las montañas; años continuos de reclusión en una ermita de cuatro codos en cuadro, como eran todas las ermitas primitivas de la Congregación Camaldulense, por él fundada. Camina de desierto en desierto, practicando y exigiendo en todas partes los mayores rigores a que puede llegar la naturaleza. Le gusta vivir entre las emanaciones pantanosas de Comacchio, y cuando reaparece, es casi imposible reconocerle. Vuelve hinchado, comido por la fiebre, el color amarillento, el cabello caído, enrojecidos los ojos. Su vida es algo milagroso. Lleva sin cesar un cilicio y no se lava nunca. Muchos de sus discípulos, que no tienen su misma resistencia, mueren o lo abandonan. Bruno de Querfurt, futuro apóstol entre los esclavos, le dijo un día que era mejor marcharse a Polonia y vivir entre paganos que morirse inútilmente en una choza levantada sobre un lago; y añadía: «¿Quién, joven o viejo, no está enfermo entre nosotros? ¿Qué puede hacer en una celda aquel cuyos pies están tan débiles que al llegar el domingo no puede ir a la iglesia para comulgar?» Las protestas se manifestaban a veces de una manera violenta. Los monjes de Bagno echaron de casa al fundador después de apalearle. En otro monasterio prendieron fuego al ramaje que cubría su choza. En un desierto, cerca de Fonte Avellana, un monje, para vengarse de un castigo, acusó a Romualdo de una falta grave. Los demás le creyeron, y, llenos de ira, hablaban ya de colgar en un árbol al hipócrita o de quemarle vivo. Al fin se contentaron con castigarle a no decir misa en adelante; y él se sometió humildemente, hasta que, seis meses más tarde, pudo verse que todo aquello era una vil calumnia.

Cerca de ochenta años tenía ya el terrible asceta cuando se puso en camino para ir a tierra de infieles a derramar su sangre predicando la fe. Acostumbraba decir que le gustaban más los mártires, a pesar de su actuación ruidosa, que los confesores con su virtud escondida; y es verdad que él, miembro de una de las familias más ricas y más nobles de Ravena, había conservado una pequeña tendencia hacia lo extraordinario, hacia lo teatral. Quería acabar su vida, aquella vida larga y llena, con el martirio. Pero Dios le dio a entender que le era más agradable el martirio cotidiano del eremitorio. Su carácter huracanado, amigo de las soluciones imprevistas, se muestra desde el comienzo de su vida religiosa. Siente el llamamiento entre las orgías de una juventud disoluta y aventurera; y toma el hábito a consecuencia de un duelo en que su padre mata al adversario. Fue tan grande la impresión que le produjo este suceso, que se creía salpicado por la sangre del muerto. Después va de monasterio en monasterio buscando reglas difíciles, y como ninguna le satisface, crea una que las supera a todas en rigor. Dos años en San Apolinar, cuatro años en el desierto con un rudo ermitaño sin la menor formación ascética; cuatro años en San Miguel de Cuxá, junto al abad Garín, que le pone en contacto con la observancia de Cluny, le enseña a leer y escribir y le da a conocer los escritos de los Santos Padres, y sobre todo de Casiano. Pero nada puede apartarle de su ideal solitario. Abandona los montes pirenaicos, vuelve a su patria y empieza sus fundaciones sobre riscos y lagunas. Fonte Avellana, a orillas del Ceseno (992), es el primer eslabón de aquella larga cadena. Camándula, la ciudad monástica que dio nombre a la reforma, nace en 1012.

Después de una vida tan inquieta, era natural que el cuerpo sintiese las mellas del cansancio; pero el alma continuaba íntegra y fuerte como el primer día. Austero, como cuando pasaba cuarenta días sin comer más que un puñado de habas los domingos; severo, como cuando metía a su padre en un cepo para librarle de vacilaciones en la observancia de la vida religiosa; dulce, como cuando encontraba a un ladrón en la celda de un hermano, y lo ponía en libertad, después de haberlo regalado y abrazado; paciente y humilde, como cuando, al equivocarse en el rezo de los Salmos, recibía los golpes del ermitaño Marino, y le decía, viéndose malherido y sordo del oído izquierdo: «Padre mío, ¿no podrías golpearme también en este otro lado?»

No es extraño que un carácter como éste ejerciese sobre sus contemporáneos una especie de prestigio, al que pocos se podían sustraer. Los simoníacos temblaban delante de él; las muchedumbres le miraban como se mira a un profeta; los potentados dejaban sus palacios para pedirle un rincón en sus eremitorios: los mismos obispos temían el poder de su palabra. El emperador Otón III queda como un hipnotizado al verlo, y a intimación suya, expía un crimen haciendo vida monacal. Llamado por el príncipe, presentóse, poco antes de morir, en la corte de San Enrique. Quedaron pasmados los magnates ante aquel anciano demacrado y desaliñado, que había visto extinguirse las dinastías y sucederse tantos acontecimientos; que, aunque encorvado y apoyado en su bastón de espino, dejando caer su larga barba de nieve sobre el hábito blanco, aún sabía dirigir sin adulación su voz temblorosa a los soberanos del mundo. Levantóse el emperador al verlo, salió a su encuentro, lo abrazó, y aunque lo halló tan quebrantado y deshecho, le dijo: «¡Oh, si mi alma estuviese en tu bendito cuerpo!» Y lo mismo repetía después, estando a solas, entre grandes sollozos. El monje hizo al emperador las reverencias debidas, pero no quiso decir una sola palabra, por respeto al silencio. Sólo en la segunda entrevista se decidió a hablar para responder a algunas consultas del emperador. Al salir, las gentes se le acercaban, arrodillándose ante él, le besaban los pies y le cortaban el hábito para conservar alguna reliquia suya.

Del palacio se dirigió a uno de sus principales monasterios, el de Val de Castro; y habiendo reunido a los hermanos que en él había, les dijo: «Hijitos míos, oíd la última palabra de vuestro padre. Creo que no voy a volveros a ver en este siglo, pues la condición humana no me permitirá ya prolongar mis días. Adiós.» Dichas estas palabras, lo abrazaron todos llorando, y él se retiró a un reclusorio que había cerca de allí, encargando que nadie fuese a visitarle, para no hacerle quebrantar el silencio. Allí oraba, lloraba y repetía aquella su jaculatoria favorita: «Jesús, amado mío, querido mío, miel y dulzura mía, innegable deseo mío, suavidad de los santos, regocijo de los ángeles, dulcísimo Jesús.» Un día la ermita apareció inundada de luz. El santo acababa de morir. Corrieron los monjes, y, como dice San Pedro Damiano, «hallaron pobremente tendida en el suelo la margarita celestial de su cuerpo, que después ha de ser colocada honrosamente en el tesoro del Rey supremo. » Era el 17 de junio.

El contenido de la doctrina de San Romualdo se resume en estos breves consejos: «Vive en tu celda, y considérala como un paraíso; desecha todo recuerdo del mundo; hinca el pensamiento en tu mediación, como un buen pez en el cebo. Camino de salvación es el rezo de los Salmos: no lo abandones. Persevera con temor y temblor en la presencia divina, como quien está delante del rey. Renuncíate a ti mismo y sé como un niño, contento sólo con la gracia de Dios.» Este estilo recuerda el de los primeros monjes del Orienle, y en realidad, la obra de Romualdo está fuertemente influida por el espíritu de los desiertos egipcios.

Era, por decirlo así, un hermano gemelo de los grandes anacoretas antiguos, de Schnoudi, de Sabas, de Columbiano; corazón ardiente, carácter impetuoso, naturaleza profética, que tronaba contra la corrupción de su tiempo, sin acobardarse ante los mayores peligros. En realidad, su aspiración era renovar en Occidente una forma del antiguo monacato oriental. Le apasionaban las lauras de Palestina, que por aquellos mismos días intentaba trasplantar a Italia un monje bizantino, San Nilo de Grottaferrata. No quería claustros, sino desiertos. Como dijo de él San Pedro Damiano. en su concepto, el monasterio no era una mansión, sino un tránsito; un lugar de paso para los principiantes y los débiles, destinado a ser sustituido por la soledad. Proponía, ciertamente, a sus discípulos la Regla benedictina; pero, en realidad, el movimiento por él encauzado estaba poco conforme con ella. Era preciso interpretarla y superarla. «Más arriba», clamaba un discípulo del reformador; y en esta actitud se encerraba un fondo de desdén para el ideal casinense, excesivamente discreto y condescendiente. «Repréndanse a sí mismos — decía un partidario de la tradición, protestando contra esta tendencia—, callen y llénense de vergüenza esos necios que se imaginan haber descubierto alturas inaccesibles, cuando la verdadera perfección regular sólo Benito la descubrió, y con él los que tratan de asemejarse a él.»

No obstante, Romualdo no era un puro idealista o un visionario; era un organizador, y así, quiso dar a su ideal una forma precisa. Estimaba el orden y la disciplina que había visto en Cuxá, y aunque poco afecto a la interpretación que daba Cluny a la Regla benedictina, no se desdeñó de utilizar en su gobierno los usos de Cluny. Guardóse bien de suprimir la vida común, en la cual debía encontrar el solitario formación y apoyo. El monasterio le preparaba para su ulterior existencia, y, ya en su ermita, le suministraba lo necesario para vivir. Era noviciado y despensa. Sólo después de tres años de probación podía el monje abandonarlo para retirarse a la soledad. Cenobitas y solitarios formaban una sola comunidad y estaban sujetos a un mismo superior, escogido entre los últimos. Y para que el monasterio pudiese facilitar mejor la vida contemplativa a los solitarios, Romualdo organizó una nueva institución, imitada del monasterio griego, la de los hermanos legos.

Entre los ermitaños había algunos que permanecían constantemente en sus eremitorios, y otros que debían juntarse con los cenobitas en algunas partes del rezo; unos que estaban obligados a no hablar una sola palabra en cuarenta días, otros en ciento. A veces, dos religiosos ocupaban una misma celda, como en Siria y la Tebaida. Su ocupación era leer, meditar, rezar y trabajar haciendo redes, cestas o alguna cosa semejante. Además de las horas canónicas, el solitario debía rezar dos veces cada día el salterio, con otras muchas oraciones. Su vestido consistía en un cilicio de pieles. Todos los días, menos el sábado y el domingo, eran de ayuno para él, y durante la cuaresma, ayuno a pan y agua. De cuando en cuando debía presentarse en la comunidad para confesar sus faltas y conocer a los que hacían penitencia cerca de él. Tal es el régimen de vida que organizó San Romualdo, y que, con algunas mitigaciones, siguen observando sus discípulos en nuestros días.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 19 de junio:

- Santa Juliana de Falconieri

miércoles, 18 de junio de 2014

18 de junio: Santos Marcos y Marceliano

Mártires

Martirologio Romano: En Roma, en el cementerio de Balbina, en la Vía Ardeatina, santos Marcos y Marceliano, mártires en la persecución bajo el emperador Diocleciano, a los que hermanó el sufrimiento (c. 304).

Son mártires y patronos secundarios de la Diócesis de Badajoz —hoy Archidiócesis de Mérida-Badajoz—.

Un rayo que cayó en el castillo fue la causa del terrible fuego que amenazaba a todas luces alcanzar el polvorín o almacenes de pólvora de la ciudad y cuya explosión hubiera sido una catástrofe tanto en pérdida de vidas humanas como de viviendas y bienes. El apresurado rezo a los santos del día en aquel apuro hizo que milagrosamente se detuvieran las llamas en la misma zona inmediatamente próxima al almacén de munición. Las personas que se supieron protegidas por la intercesión de los santos mártires Marceliano y Pedro pidieron a las autoridades eclesiásticas sea oficialmente reconocida la protección de los santos que les libraron al final de aquella terrible tormente.

Un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos faculta al Deán y Cabildo para elegirlos patronos menos principales de la ciudad de Badajoz. Una vez ejecutado, es aprobado por el Obispo Juan Marín Rodezno, el 13 de junio de 1969.

Su celebración es sólo para la ciudad.

(fuentes: Archidiócesis de Madrid; catholic.net)

otros santos 18 de junio:

- Santa Isabel de Schönau

martes, 17 de junio de 2014

17 de junio: San Herveo o Hervé

Eremita
(† Siglo VI)
Patrono de los poetas bretones y protector para todo tipo de problemas de ojos

Los bardos celtas no fueron nunca muy amigos de los monjes, que se reían de sus héroes y les quitaban el prestigio entre los pueblos. Uno de estos defensores del druidismo cantaba lleno de cólera, en presencia de los misioneros de la nueva religión: «Día vendrá en que los hombres de Cristo sean perseguidos y acorralados como bestias salvajes. Entonces la rueda del molino correrá ligera y la sangre de los monjes le servirá de agua.» Pero los monjes, esos hombres que no conocían más amor que el amor celeste, ni más batallas que las que se riñen en el fondo del corazón, traían también su poesía. Muchas veces se les vio reunir a la gente en torno suyo con el sonido de su arpa, antes de hablarles de Jesús, del precepto de la caridad y del perdón de las injurias. El abad Cadoc atravesaba las calles dirigiendo el coro de sus cuarenta discípulos, y tan bien cantaba, que el hijo del príncipe Powis se marchaba tras ellos.

Un bardo fue también San Hervé, cuyo nombre merece figurar entre los más amables recuerdos de la poesía cristiana. Hyvernión, su padre, era un músico ambulante, que, nacido en Gran Bretaña, había cruzado el mar y llegado a la corte del rey de los francos. Childeberto le amaba, porque nadie sabía tantos cantares como él, ni los cantaba con tanta gracia, ni tenía el arte de organizar una fiesta con tanto ingenio y habilidad. El palacio y el castillo resonaban con los aplausos cuando, al terminar los banquetes, Hyvernión celebraba a los héroes de su tierra, acompañado de la rota céltica; las damas le sonreían, los caballeros le alababan y el rey le daba sus joyas y collares. Pero el bullicio de la corte ensombrecía su alma delicada, y las ruidosas fiestas que él alegraba con su gracejo inagotable le llenaban de tristeza. Y un día se despidió del rey y empezó a peregrinar de nuevo, con su arpa al hombro. Y he aquí que un ángel rozó con sus alas blancas su frente y le dijo: «Tu amor está a la orilla del mar. Es una virgen huérfana; la encontrarás en tu camino, al lado de una fuente.»

A los pocos días, caminando a través de la Armórica, encontró Hyvernión una muchacha que descansaba junto a una fuente con el arpa sobre sus rodillas.

—¿Cómo te llamas?—la preguntó.
—Aunque no soy—respondió ella—más que una pequeña flor que crece al borde del agua, me llaman Rivannon, la Pequeña Reina de la Fuente.
—¿Huérfana?
—Huérfana, sí; pero hija de Dios.
—¿Cantas?
—Canto la gloria de los santos de Dios y la felicidad del paraíso.

Hyvernión comprendió que era aquélla la mujer que Dios le destinaba, y desde entonces juntaron sus dos arpas y sus dos corazones. Al poco tiempo les nació un hijo, a quien llamaron Hervé, que quiere decir amor. Aunque ciego, Hervé empezó a cantar desde la cuna. Apenas andaba, cuando se le murió su padre; pero su madre siguió enseñándole las bellas canciones que sabía: gestas guerreras de Bretaña, salmos bíblicos, himnos de la Iglesia. A los siete años iba de pueblo en pueblo con el arpa que Hyvernión había hecho resonar en el palacio del rey de los francos. Cuando pasaba por los caminos, azotado por el viento y herido por el granizo, los chicos se reían de él, diciendo: «¡Qué viene el lobo, cieguecito, que viene el lobo!» El pobre niño sonreía, porque nunca aprendió a maldecir. Un ermitaño tuvo compasión de él, le recibió en su ermita, le enseñó la gramática e hizo de él un maestro en el canto de la Iglesia. Y Hervé fue ermitaño también, y muchos hombres de buena voluntad vinieron a escuchar sus cantos y sus enseñanzas, y su ermita se convirtió en un gran monasterio. Era un maestro de escuela de una bondad inagotable, y en su enseñanza ponía la experiencia de sus viajes. «Quien desobedece al gobernalle—decía—, obedecerá al escollo.» Y con frecuencia repetía este aforismo: «Mejor es que deis al niño educación que riquezas.»

Enseñaba la gramática, el salterio, el canto y la doctrina cristiana; y todo lo enseñaba en verso. En las cocinas de Bretaña dicen todavía las viejas esta canción que él decía a sus discípulos: «Venid a mí, rapazuelos; venid a escuchar una canción nueva, que he compuesto para vosotros: Cuando os levantéis de vuestro pequeño lecho, ofreced vuestro corazón al buen Dios, haced la señal de la cruz y decid con fe, con esperanza y con amor: Dios mío, yo os entrego mi cuerpo y mi alma; haced que sea un hombre honrado o que muera antes de tiempo. Cuando veáis volar un cuervo, pensad que el demonio es negro como él; cuando veáis volar una paloma blanca, pensad que su pureza y su blancura es como la de vuestro ángel.»

Los obispos bretones quisieron sacarle de su retiro para conferirle el sacerdocio, pero él no quiso dejar su morada oculta entre el misterio de los bosques. Nunca tuvo más dignidad que la de exorcista. Aunque ciego, había sido el arquitecto de su pequeña iglesia: y como quería que todo allí estuviese limpio, encomendó el cuidado de ella a una sobrina suya que se llamaba Cristina, «cristiana de corazón; lo mismo que de nombre». La leyenda bretona dice que Cristina era entre los discípulos del santo como una paloma entre una bandada de cuervos. Tres días antes de su muerte, arrebatado en éxtasis, sintió el anciano que se abrían sus ojos, y entonces cantó unas estrofas, que aún se saben las gentes de su tierra: «Yo veo el Cielo abierto, el Cielo, mi patria... Yo quiero volar. Veo a mi padre y a mi madre en la gloria y la belleza; veo a mis hermanos, los hombres de mi país, amadores de Cristo. Coros de ángeles, que se sostienen sobre alas de oro, vuelan sobre sus cabezas como abejas en campo de flores.» Después de esta visión, Hervé dijo a Cristina que le hiciese una cama de piedras y ceniza:

«Cuando venga, a buscarme el ángel de la muerte, quiero que me encuentre en un lecho de penitencia.» La muchacha obedeció y luego dijo al moribundo: «¡Oh padre, si de veras me quieres, pide a Dios que te siga como la barca sigue a la corriente!» Y cuando el anciano expiró, Cristina se arrojó a sus pies y quedó inmóvil para siempre. En un valle de Bretaña se enseña todavía la encina bajo cuyas ramas Rivannón mecía a su pobre ciego con sus cantos.

(fuente: www.divvol.org)

otros santos 17 de junio:

- Beato José María Cassant
- San Alberto Adamo Chmielowski

lunes, 16 de junio de 2014

16 de junio: Santa Lutgarda

Patrona del pueblo flamenco

Comienza su leyenda con un suceso prodigioso, que nos revela los inexhaustos tesoros de la condescendencia divina. El amor de su padre no se cansaba de amontonar para ella dineros, galas, vestidos y alearías mundanas. Su madre no la quería menos, pero repetíale sin cesar: «Hija, busca la paz de un convento, porque en el mundo vas a ser desgraciada» Estas palabras se hicieron más insistentes cuando hizo bancarrota el comerciante en cuyas manos pusieron sus padres un pequeño capital para asegurar el porvenir de la niña. Lutgarda recibía más contenta las joyas de su padre que los consejos de su madre. Ella, Lutgarda de Flandes, no era como Lutgarda de Wittichen, la virgen alemana, que vivía poco después y no podía consolarse de ser fea. Lutgarda de Wittichen había oído hablar de la belleza de los santos de Dios, y cuando un día vio en una fuente que era bisoja y tenía el cuello torcido, empezó a llorar, diciendo: «¡Ay. pobre de mí, que no puedo llegar a ser santa con esta cara tan disforme y este cuello torcido! » Y siempre que pasaba junto a una muchacha hermosa y bien vestida, se creía abandonada de Dios, porque ella no tenía galas que ponerse. Pero un día logró ponerse un delantal nuevo y hallóse casi satisfecha; fue sólo un instante; asaltada por el primer descontento, arrojó al suelo la vistosa percalina, diciendo casi desesperada: «Soy fea, irremediablemente fea, y no puedo gustar a Dios.»

Pero Lutgarda de Tongres era hermosa. Ella lo sabía y los demás lo sabían también en todo el país de Lieja. En torno suyo levantábase un murmullo de asombro cuando aparecía en público, realzada su gentileza por las sedas y joyeles con que su padre la engalanaba a costa de muchos sacrificios. «No se cansaban de mirarla», dice el biógrafo. Un caballero quiso raptarla en un camino; pero ella pudo escapar y esconderse en el bosque; un enamorado quiso darla un beso, pero Cristo puso su mano entre ambos. Cristo había guardado para Sí aquel corazón. Admitida en el colegio de benedictinas de Saint-Troud, cerca de su ciudad natal, siguió Lutgarda su vida de pasatiempos y devaneos juveniles. Entre sus admiradores había un mancebo rico y noble, con quien la colegiala de Tongres pasaba largas horas en amorosa conversación. Estaba una noche a la ventana aguardando su venida, cuando sintió que se abría la puerta de su cámara. No era el terreno amante; era otro galán de infinita belleza y mirada irresistible, que, abriendo su túnica y mostrándola el pecho ensangrentado, le decía: Sta. Lutgarda, virgen

«No busques más los halagos de un inepto amor. Mira este corazón; yo te aseguro que en él encontrarás, con un amor inviolable, divinos placeres, llenos de pureza.» De repente, una sombra en el jardín, ruido de pasos y una voz tímida y acariciadora: «¡Lutgarda!» Era el joven de otras veces. La doncella acudió con paso resuelto y tuvo valor para decir: «Huye de aquí, pábulo de muerte; ya has sido suplantado por otro amador.» Luego cerró la ventana y cayó de rodillas inundada por una súbita iluminación.

Tenía entonces Lutgarda dieciocho años, una juventud radiante y llena de promesas, que con toda la generosidad de su alma apasionada consagró a Cristo en aquel monasterio de Santa Catalina de Saint-Troud. Cristo fue para ella el más delicado de sus esposos. Un día le daba a beber de su mismo pecho el más dulce de todos los licores; otro desclavaba un brazo de la cruz y apretaba el rostro de su amada contra su corazón; otro se le aparecía en figura de blanquísimo cordero, dejándose acariciar de sus manos virginales. El águila del discípulo amado cayó en cierta ocasión a sus pies palpitante y acariciante, trayendo mensajes de luz y de amor. Lutgarda correspondía a tantas finezas con todo el amor que puede caber en una criatura. Deseaba ardientemente ser martirizada por Cristo; y la vehemencia del deseo hizo que se le rompiese una vena junto al corazón, quedándole una llaga que le hizo sufrir grandes dolores hasta su muerte.

Había recibido la gracia de curar todas las enfermedades con su saliva; pero como las muchedumbres acudían a ella, estorbando su recogimiento, pidió al Esposo que le hiciese otro regalo más útil para su salvación. «¿Qué es lo que quieres?», le dijo el Señor. «Entender las Sagradas Escrituras», respondió ella. Vio al poco tiempo que era preferible la humilde ignorancia a la luz que se le había concedido, y presentándose otra vez al Señor, le dijo:

—¿Qué necesidad tiene una pobre monja de penetrar los secretos de las palabras divinas? Esto podéis darlo a los clérigos y a los obispos; yo os pediría una gracia mejor.

Sin impacientarse por este exceso de confianza, díjole Cristo de nuevo:

—¿Qué es lo que quieres?

Y Lutgarda respondió:

—Soy muy ambiciosa, Señor: quiero vuestro mismo corazón.

Y al pronunciar estas palabras escondió la cabeza entre las manos, como avergonzada.

—Yo quiero el tuyo—añadió el divino amador.

—Bueno—replicó ella—; tomadlo, purificadlo por las llamas del fuego increado; guardadlo en vuestro sagrado pecho, y que yo no lo posea sino en Vos y para Vos.

De esta manera se verificó un trueque tan inefable, que la gloriosa virgen jamás volvió a sentir el menor amago de tentación. Y como su vida era tan angélica, los ángeles bajaban a vivir con ella, los santos la acompañaban mientras rezaba y cosía, y la Reina de los ángeles y los santos venía muchas veces a su habitación.

Sta. LutgardaSe ha dicho que la santidad es egoísta, y sucede precisamente todo lo contrario. Aun aquellos santos que han vivido lejos del mundo y en más intimidad con Dios, se han preocupado de la felicidad de los hombres sus hermanos. Entre estos elegidos del silencio, Lutgarda ocupa un lugar preeminente, y, sin embargo, llena de compasión por todas las miserias, ponía en remediarlas toda la influencia que tenía con Cristo. Se resistió a curar cuerpos con su saliva, pero quiso salvar almas con su oración. «Dame almas, Señor—decía, como Santa María Magdalena de Pazzis—, tantas como letras tiene mi breviario, tantas como latidos dé mi corazón en este día.» Ayunó siete años a pan y cerveza por la conversión de los albigenses; luego otros siete a pan y legumbres por sus, pobres pecadores, como ella decía, y al fin de su vida empezó otro septenio de ayunos más rigurosos para alejar un peligro que se cernía sobre la cristiandad. Las almas que sufrían en el purgatorio, conocedoras de su misericordia, acudían a ella pidiendo que les librase de las penas, y Lutgarda paseaba por aquellas prisiones abriendo cerrojos y desatando cadenas.

Aquella vida fue un sacrificio cotidiano por todo el mundo, primero entre las monjas negras de Saint-Troud, después entre las monjas blancas de Aywieres. En sus éxtasis, en sus coloquios con los ángeles, con los santos, con la Madre de Dios y con Dios mismo, recibía la mística virgen a manos llenas los dones del Cielo, para derramarlos luego sobre todos los desgraciados. En su corazón se encontraban los dolores y miserias terrenas que subían al Cielo, y los consuelos y alegrías celestes que bajaban a la tierra. Unos años antes de morir, la mirada de su alma se hizo más poderosa e intensa al tiempo que se extinguía la luz de sus ojos. Sólo por una cosa sentía haberse quedado ciega: por no poder ver a los hombres de Dios que vivían en este mundo. Pero sus ojos se iluminaron en su última hora para despedirse de sus santos amigos y para ver un coro de bienaventurados que venían a llevarla consigo a los jardines del Esposo. Y el Esposo le dio un trono entre las legiones de sus mártires, junto a Inés de Roma y Catalina de Alejandría.

Lutgarda fue contemporánea de Clara de Asís, y, como ella, exhaló el perfume de su virginidad en el huerto cerrado del Esposo. No confundió su vida con la de sus prójimos, como Catalina de Siena; no intervino en la vida social ni en los sucesos políticos de su tiempo; pero nunca olvidó en su vida aquello que decía Cristo a la sienesa: «El alma que me ama verdaderamente, ama a su prójimo, porque el amor a Mí y el amor al prójimo son una sola y misma cosa, y la medida de vuestro amor al prójimo es la medida del amor hacia Mí.» Su grito entre el silencio del claustro, en los estremecimientos del rapto y en las tareas humildes de su existencia monacal fue el mismo que por aquellos mismos días lanzaba por las plazas y los campos italianos el taumaturgo de Padua: «¡Almas, almas, Señor, dadme almas!»

(fuente: www.divinavolonta.org)

otros santos 16 de junio: 

domingo, 15 de junio de 2014

15 de junio: Beata Albertina Berkenbrock

(1919-1931)

Albertina Berkenbrock nació el 11 de abril de 1919 en Saõ Luís, municipio de Imaruí, al norte de Brasil, y fue bautizada el 25 de mayo sucesivo. Recibió la Confirmación el 9 de marzo de 1925 y la primera Comunión el 16 de agosto de 1928. Su familia, profundamente católica, provenía de Westfalia (Alemania). Frecuentaban regularmente la iglesia y rezaban todos los días en el hogar. La sierva de Dios vivió en este ambiente propicio, donde sus padres pusieron los cimientos de su fe sencilla y pura. Su formación religiosa prosiguió con la catequesis de preparación para los sacramentos.

Su madre recordaba que Albertina fue siempre muy obediente, dócil y piadosa. Ayudaba mucho en los quehaceres del hogar así como en las labores del campo; en la escuela era amada tanto por sus maestros como por sus compañeros. Fue siempre muy sencilla, modesta en el vestir, serena y delicada. De su sentido cristiano de la vida nacía su inclinación a la bondad, a la piedad y a la virtud, en la medida en que una niña de 12 años podía comprenderlas y vivirlas.

La sierva de Dios tenía dos puntos de referencia espirituales: la Virgen Madre de Dios y san Luis Gonzaga. Su ambiente familiar, su sensibilidad de niña, su formación religiosa y su profunda devoción a san Luis constituyen los presupuestos para identificar en el alma de la sierva de Dios no sólo una honestidad natural, sino también la plena conciencia del sentido de pecado y de la custodia de su pureza.

Tres palabras son particularmente recurrentes en los testimonios de quienes conocieron a Albertina: "delicada", "modesta" y "reservada". Otro elemento que emerge con fuerza de los testimonios es su gran sentido de caridad, que manifestaba acompañando a las niñas más pobres, jugando y compartiendo con ellas su pan. Lo hacía, en particular, con los hijos de Idanlício, su asesino, que trabajaba para su familia; esto tenía un mérito especial porque eran de raza negra y en esa región, de colonización germánica e italiana, existía un fuerte sentimiento racista.

Idanlício Cipriano Martins tenía 33 años y vivía con su mujer y sus hijos cerca de la casa de los Berkenbrock. El 15 de junio de 1931, hacia las cuatro de la tarde, Albertina estaba apacentando el ganado de su familia cuando el padre le pidió que fuera a buscar un buey que se había alejado. En el camino encontró a Idanlício, que se ofreció a ayudarle. Con engaño, la condujo a un bosque cercano pidiéndole tener una relación sexual. Albertina se opuso con firmeza para salvaguardar su pureza, e Idanlício intentó violarla. Al no lograrlo, el hombre extrajo una navaja y le cortó la garganta, causándole la muerte en el acto. Albertina tenía doce años y medio.

Dos días después se celebró su funeral. Los habitantes de Saõ Luís y de muchas aldeas vecinas participaron con gran conmoción, no sólo por el modo trágico como había muerto, sino sobre todo por el heroísmo con el que había defendido su pureza. En el lugar del martirio se construyó posteriormente una capilla dedicada a santa Inés —otra virgen mártir de los primeros siglos del cristianismo—, a la que acudían sin cesar multitudes de peregrinos para pedir gracias a través de la sierva de Dios.

En 1952, en la misma capilla en la que Albertina había recibido la primera Comunión, se reunió el tribunal eclesiástico de la archidiócesis de Florianópolis para incoar el proceso de beatificación y canonización. Con la división de la archidiócesis y la creación de la diócesis de Tubarão, los pastores de esta nueva circunscripción eclesiástica se encargaron de promover la causa. El 16 de diciembre de 2006 Su Santidad Benedicto XVI firmó el decreto sobre el martirio de la sierva de Dios Albertina Berkenbrock.

(fuente: www.vatican.va)


otros santos 15 de junio:

- Santa Benilde
- Santa Germana Cousin
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