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viernes, 29 de abril de 2016

29 de abril: San Hugo de Cluny

Abad de Cluny, nacido en Semur (Brionnais en la Diocesis def Autun, 1024; m. en Cluny, el 28 de abril de 1109. Era el hijo mayor del conde Dalmatuis de Semur y Aremberge (Aremburgis) de Vergy, descendiente de las familias más nobles de Borgoña.

Damatius, dedicado a la guerra y la caza, deseaba que Hugo adoptara la misma carrera de caballero y le sucediera en sus ancestrales territorios. Pero su madres, influenciada, al parecer, por una visión de un sacerdote al que consultaba, quiso que su hijo se dedicara al servicio de Dios. Desde sus primeros años Hugo dio muestras de una extraordinaria seriedad y piedad que su padre, reconociendo su evidente e aversión al oficio de caballero, se lo confío a su tío- abuelo Hugo, obispo de Auxerre, para que se preparara para el sacerdocio. Bajo la protección de este familiar, Hugo recibió su primera educación en la escuela del monasterio adjunta al priorato de S, Marcelo. A los catorce años entró en el noviciado de Cluny donde mostró tal fervor religioso que se le permitió hacer sus votos al año siguiente sin completar el severo noviciado acostumbrado en este monasterio.

El privilegio especial de la Congregación Cluniacense le permitió convertirse en diácono a los dieciocho y sacerdote a los veinte. En reconocimiento por el maravilloso celo por la disciplina de la orden y por la confianza que despertó su sobresaliente talento para el gobierno enseguida fue elegido gran prior a pesar de su juventud. Esto significaba estar al cargo de la dirección doméstica del claustro tanto en lo espiritual como en lo material y representaba al abad durante su ausencia (Cfr. D'Achery, "Spicilegium", 2ª ed., I, 686). Al morir S. Odilón el 1 de enero de 1049, después de una administración de casi medio siglo, Hugo fue unánimemente elegido Abad. El día de su toma solemne de posesión ofició el arzobispo Hugo de Besançon el día de la fiesta de la Cátedra de Pedro de Antioquía (22 de febrero de 1049).


Hugo como abad

El carácter de Hugo tiene muchas semejanzas con el de su contemporáneo Gregorio VII. Ambos ardían en el deseo de extirpar los abusos que abundaban entre el clero, deseaban acabar con la investidura y sus corolarios, con la simonía y la incontinencia clerical, y querían rescatar a la sociedad cristiana de la confusión en la que e inestabilidad política en que se hallaba debido a la avaricia y ambición de los gobernantes. El emperador reclamaba el derecho de nombrar a los obispos, abades y hasta al papa mismo (ver CONFLICTO DE LAS INVESTIDURAS) y en demasiados casos su selección se debía motivos políticos sin tener en cuenta en absoluto los motivos religiosos. Los grandes propósitos tanto de Hugo como de Gregorio, fueron evitar que la iglesia se convirtiera en un mero patrimonio del Estado y reestablecer la disciplina eclesiástica. Si en ciertos casos Gregorio permitió que su pasión sobrepasara la discreción, encontró en Hugo un aliado sin fisuras y hay que atribuir el mérito a la orden benedictina, sobre todo a la rama cluniacense, de extender entre la gente y llevando a efecto en Europa occidental, las muchas y saludables reformas que emanaban de la Santa Sede

Al fundar Cluny en 910 y dotarla de todos sus territorios, Guillermo el Piadoso de Aquitania la había colocado bajo la directa protección de Roma. Así, Cluny con su red de fundaciones dependientes de ella (ver Cluny, Congregación de; Gallia Christ., II, 374), era un arma formidable para la reforma, en manos de los sucesivos papas. Hugo delegó la elección de sus superiores de todos los claustros e Iglesias bajo su autoridad, en manos espirituales y les prometió – además de los privilegios de la congregación – el apoyo y protección de Cluny, salvando así a cientos de claustros de la avaricia de los señores seculares que procuraban no interferir con los derechos de una congregación tan poderosa que tenía el favor del emperador y de los reyes. Para asegurarse esa protección muchos claustros se afiliaron con Cluny, se abrieron nuevas casa en Francia, Alemania, España e Italia, mientras que bajo Hugo también se fundó en S. Pancras cerca de Lewes, la primera casa benedictina en Inglaterra. (ver, sin embargo, SAN AGUSTIN DE CANTERBURY; SAN DUNSTAN). Puesto que los superiores de la mayoría de estas casas estaban directa o indirectamente nombrados por Hugo y puesto que, como abad, tenía que ratificar las elecciones, es fácil de entender el importante papel que tuvo en la gran lucha entre el imperialismo y la Santa Sede.

Ya en 1049, con veinticinco años, Hugo apareció en el concilio de Reims. Y a petición y ante León IX, expresó tan enérgicamente contra los abusos que se daban que ni los obispos simoníacos pudieron oponerse a su celo. Este fervor contribuyó mucho a que se aceptaran muchas ordenanzas para remediar la disciplina eclesiástica (cfr. Labbe, "Conc.", IX, 1045-6), y León IX se lo llevó a Roma para tener el apoyo del joven abad en el gran concilio que se celebró en 1050 en el que se decidieron muchas cuestiones de disciplina eclesiástica y se condenó la herejías de Berengario (cfr. Hefele, Conciliengesch.", IV, 741).

Victor II, sucesor de León, también mantuvo a Hugo en la más alta estima y confirmó en 1055 todos los privilegios de Cluny. Al llegar Hildebrando a Francia como legado papal (1054) se apresuró a ir a Cluny a consultar con Hugo y asegurar que asistiría al concilio de Tours. Esteban IX, nada más ser elegido, llamó a Hugo a Roma, le hizo su acompañante en los viajes y finalmente murió en sus brazos en Florencia (1058). También fue acompañante de Nicolás II y con él tomo parte en el concilio de Roma que promulgó el importante decreto sobre las elecciones papales (Pascua, 1059). Fue enviado a Francia con el cardenal Esteban, un monje de Monte Cassino, para hace cumplir los decretos del sínodo romano y proceder a Aquitania, mientras su compañero iba a al noroeste. La ayuda activa de numerosos claustros pertenecientes a Cluny le permitieron realizar la misión con gran éxito. Reunió concilios en Aviñón y Vienne y logró el apoyo de los obispos para muchas importantes reformas. El mismo año presidió el concilio de Toulouse. En el concilio de Roma de 1063 defendió los privilegios de Cluny que estaba siendo atacado duramente en Francia.

Alejandro II envió a S. Pedro Damián, cardenal obispo de ostia, como legado en Francia para afrontar esta y otras cuestiones, mientras ratificaba todos los derechos y privilegios de los predecesores de Hugo. Tras una estancia en Cluny, durante la cual concibió una gran admiración y venenración por el monasterio y sus abades, como se refleja en sus cartas (cfr. "Epist.", VI, 2, 4, 5 en P.L., XCLIV, 378), el legado reunió un concilio en Chalons, que decidió a favor de Hugo.

Apenas había ascendido Hildebrando a la silla de S. Pedro como Gregorio VII cuando escribió a Cluny para asegurarse la cooperación de Hugo en la promoción de varias reformas. A Hugo le encargó ocuparse del desagradable asunto del obispo Manasse de Reims así como de comisiones en relación a la expedición del conde Evroul de Roucy contra los sarracenos en España. Gregorio le pedía frecuentemente que fuera a Roma, por no pudo dejar Francia hasta después de los desagradables acontecimientos de 1076 (ver GREGORIO VII), apresurándose entonces a visitarle en Canossa. Con ka ayuda de la condesa Matilde, se las arregló para conseguir la reconciliación -- desafortunadamente de corta duración – entre Gregorio y Enrique IV, que ya había escrito una carta afectuosa declarando su gran deseo de paz con la Iglesia (cfr. "Hist. Lit. de la France", loc. cit. infra).

Hugo trató con el legado papal en España el asunto de la reforma eclesiástica y como resultado de su diligencia y el gran favor que le dispensaba Alfonso VI de Castilla, se cambió el rito mozárabe por el ritual romano en todo su reino. (N. del T. El primer lugar en cambiar el rito fue el Monasterio de S. Juan de la Peña en Aragón; ver la crónica Pinatense). Gracias a la ayuda de muchas fundaciones cluniacenses en Aragón, Castilla, Cataluña y León etc., y a los muchos obispos cluniacenses elegidos fue capaz de dar un gran ímpetu a la reforma eclesiástica en estos lugares. En 1077 fue comisionado para presidir el concilio de Langres y después de encargarse de deponer al obispo de Orleans y al arzobispo de Reims. Gregorio le escribió muchas cartas afectuosas y en el sínodo romano de 1091 se refirió a Hugo en términos laudatorios raramente empleados por un sucesor de Pedro para una persona aún viva. Y que la opinión no era solo la del papa está claro porque Gregorio pidió a los conciliares que si compartían su opinión y contestaron: "Placet, laudamus" (Bullar. Clun., p. 21).

Al volver a comenzar la lucha entre Enrique IV y la Santa Sede, Hugo salió inmediatamente para Roma, pero fue apresado por el camino y llevado ante el rey. Habló al rey de someterse al sucesor de Pedro con tanto interés que pareció haber evitado de nuevo la guerra, de no haber sido este otro ejemplo de la bien conocida duplicidad del monarca. No es necesario volver a afirmar que la relación de Hugo con la Santa sede continuó sin cambios bajo Urbano II y Pascual II, puesto que ambos habían salido de entre las filas de sus monjes. Rodeado de cardenales y obispos, Urbano consagró el 25 de octubre de 1095 el altar mayor de la nueva iglesia de Cluny y concedió al monasterio nuevos privilegios, que fueron aumentados por Pascual durante su visita de 1107. En el gran concilio de Clermont de 1095 donde se decidió organizar la primera cruzada se vio el gran entusiasmo religioso resultado de los trabajos de Gregorio y Hugo. El abad realizó los más valioso servicios en la composición y promulgación de los decretos, por lo que el papa se lo agradeció especialmente.

Hasta la muerte en 1106, de Enrique IV que en ese año dirigió dos cartas a su “más querido padre”, pidiéndole que rezara por él y que intercediera ante la Santa sede (cfr. "Hist. Lit. de la France", loc. cit. infra), Hugo nunca dejó en su empeño de conseguir la reconciliación entre los poderes espiritual y temporal. En la primavera de 1109 Hugo, agotado de tantos años de trabajo y sintiendo de que aproximaba su fin, pidió los últimos sacramentos, reunió en torno a si a sus hijos espirituales y dando a cada uno el beso de paz los despidió con el saludo: Benedicite. Entonces pidió que le llevaran a la capilla de La Virgen, se vistió con tela de saco y cenizas ante el altar y así expiró su alma a su creador en la tarde del lunes de pascua (28 de abril). Su tumba, en la iglesia, fue pronto testigo de milagros; el papa Gelasio peregrinó a ella en 1119, muriendo en Cluny el 20 de enero. El 2 de febrero fue elegido en el monasterio Calixto II, que inició inmediatamente el proceso de canonización y el 6 de enero de 1120 le declaró santo, designando el 29 de abril como su fiesta. En honor de S. Hugo, se concedió al abad de Cluny en adelante el título y dignidad de cardenal. A instancias de Honorio III el traslado de sus restos se realizó el 23 de mayo de 1220. Pero con la revuelta de los hugonotes (1575), los restos y el costoso sarcófago desaparecieron quedando apenas unas pocas reliquias.

Personalidad e influencia de S. Hugo

En pocos casos de santos se ha dado tanta unanimidad ya en el tiempo en que vivió ya después, como en el de S. Hugo. Viviendo en un edad de distorsionada y de abusos, cuando la iglesia tenía que luchar contra mayores fuerzas enemigas domésticas y externas más fuertes aún que la que manejaba la Reforma, ni siquiera una voz se levantó contra este santo – ya que no tenemos en cuenta las palabras del obispo francés que en el calor de una discusión pronunció alguna palabras precipitadas y que de hecho se convertiría en uno de los principales panegiristas de Hugo. En una de sus cartas, Gregorio declara que espera con confianza el éxito de la reforma eclesiástica en Francia por la misericordia de Dios y por medio de Hugo “a quien ninguna imprecación, ningún aplauso o favor, ningún motivo personal puede desviar del camino de la rectitud” (Gregorii VII Registr., IV, 22).

En la “Vida del obispo Arnulfo de Soissons”, Arnulfo dice de Hugo:”Más puro en pensamiento y obra, como el perfecto promotor y perfecto guardián de la disciplina monástica y de la vida regular, el firme apoyo de lo verdaderamente religioso y de los hombres probos, el campeón vigoroso y defensor de la Santa Iglesia” (Mabillon, op. cit. infra, saec. VI, pars II, P. 532). Y el Obispo Bruno de Segni dice de sus últimos días:” Anciano y cargado de años reverenciado y amado por todos, aun gobierno el venerable monasterio (es decir, Cluny) con la misma consumada sabiduría – un hombre laudable en todas las cosas, difícil de comparar y de maravillosa santidad “(Muratori, "Rerum Ital. script.", III, pt. ii, 347).

Emperadores y reyes compitieron con el soberano pontífice en mostrar su veneración y estima por Hugo. Enrique el Negro en una carta que nos ha llegado se dirige a Hugo como su “muy querido padre, digno de todo respeto”, y declara que le debe a las oraciones del abad él haber recuperado la salud y el feliz nacimiento de su hijo, urgiéndole a que vaya a la corte de Colonia la próxima pascua para ser el padrino de su hijo (el futuro Enrique IV).

Durante su viudedad, la emperatriz Inés escribió a Hugo en términos no menos respetuoso y afectuosos, pidiéndole que rogara por el feliz descanso del alma de su marido y por el próspero reino de su hijo. Ya hemos hablado de las cartas que envió Enrique IV a Hugo, quien a pesar de su larga lucha para intentar someter a la Iglesia al poder imperial, parece que nunca perdió el profundo respeto y afecto de su santo padrino.

En reconocimiento por los beneficios derivados de las fundaciones cluniacenses, Fernando I el Magno de Castilla y León (m.1065), hizo a su reino tributario de Cluny; sus hijos Sancho y Alfonso (VI) doblaron los tributos y éste último, además de introducir el ritual romano a instancias de Hugo, mantuvo una afectuosa correspondencia con el abad. En 1081 Hugo fue elegido por los reyes y príncipes de de varios reinos cristianos de España como árbitro para decidir las cuestiones sucesorias.

Cuando Roberto II de Borgoña rehusó asistir al concilio de Autun (1065) en el que su presencia era necesaria, Hugo fue enviado a convencerle y lo hizo tan bien y tan elocuentemente en interés de la paz que Roberto acompañó al abad sin resistirse al concilio, se reconcilió con los que habían matado a su hijo y prometió respetar en adelante las propiedades de la iglesia.

Guillermo el Conquistador, poco después de la batalla de Hastings (1066) hizo ricos regalos a Cluny y pidió ser admitido como un confrater de la abadía como los reyes españoles. Le pidió que enviara seis monjes a Inglaterra para las necesidades espirituales de la corte, petición que renovó en 1078, prometiendo nombrar a doce cluniacenses a los obispados y abadías dentro del reino.

Hugo se desentendió del tema de los nombramientos eclesiásticos y cuando un poco más tarde fundó el Priorato de S. Pancras en Lewes, tomó todas las precauciones para asegurar a sus claustros dependientes la libertad de elección y respeto del derecho canónico. Poco después se vio la necesidad de esa precaución al estallar la guerra de las investiduras bajo el hijo de Guillermo. El campeón de la iglesia en esta lucha, Anselmo de Canterbury era uno de los muchos obispos que consultaban con Hugo en sus dificultades y en tres ocasiones – una durante su exilio de Inglaterra – visitó al abad en Cluny.

Para los monjes confiados a él, Hugo fue un modelo de previsión paternal, de devoción a la disciplina y oración y de obediencia sin dudas a la Santa Sede. En el cumplimiento de los grandes objetivos de su orden, el servicio de Dios y la santificación personal, intentó hacerlo con el máximo esplendor y solemnidad en los servicios litúrgicos de Cluny. Algunas de sus ordenanzas litúrgicas, como el canto del Veni Creator en tercia del domingo de Pentecostés (y durante al octava) se extendió a toda la iglesia romana. Comenzó la magnífica iglesia de Cluny – ahora completamente desaparecida –que fue, hasta la erección de S. pedro de Roma, la más grande de la cristiandad, y considerada el más excelso ejemplo de románico de Francia. El papel de Cluny en la evolución de este estilo y de su escuela especial de escultura, el lector debe buscar los tratados sobre la historia de la arquitectura. Hugo dio el primer impulso a la introducción de la clausura estricta en los conventos de monjas, prescribiéndola por primera vez en el de Marcigny, del que su hermana fue la primera priora, en 1061 (Cucherat, op. cit. infra), y donde su madre también tomo el velo. Conocido por su caridad para con los pobres que sufrían, construyó un hospital para leprosos, donde él mismo realizaba los más básicos trabajos.

Es imposible seguir aquí el efecto que han tenido para la civilización, la concesión de la libertad personal y cívica a los siervos de la gleba y a los colonos feudatarios de Cluny, y el impulso hacia la formación de organizaciones de oficios y comerciantes – de cuyos núcleos surgieron la mayoría de las ciudades modernas de Europa.

Aunque su estudio favorito era la Escritura, Hugo animó al estudio de la ciencia en todas las formas posibles uy mostró profundo interesen la educación enseñando personalmente en la escuela adjunta al monasterio. A pesar de la tremenda actividad de su vida, encontró tiempo para mantener una extensa correspondencia. Se han perdido casi todas sus cartas y su “Vida de la Virgen María”, por la que tenía una gran devoción, así como por las almas del purgatorio. Sin embargo, las que quedan y su sermón sobre el mártir S. Marcelo bastan para mostrar “ lo bien que sabia escribir y con cuanta habilidad podía hablar a los corazones” (Hist. Lit. de la France, IX, 479).

Fuentes

Las Fuentes para la biografía de Hugo son las “ Vitae” de RAINALD, HILDEDETER, el monje HUGO, GILO, ANONYMUS PRIMUS y SECUNDUS.

Las Vitae de Rainald y Anonymus Primus, unto con una sinopsis del mismo, también de Rainald, se pueden ver en Acta S.S., III, Apr., 648 58; las de Hildebert, Hugo y Anonymus Secundus en Bibliotheca Cluniacensis, ed. MARRIER y DU CHESNE (Paris, 1614), 413 38; 447 62, 557-69; LEHMANN, Forschungen zur Gesch. des Abtes Hugo I von Cluny (Gottingen, 1869) es una cuidadosa consideración de la información contenida en todas las anteriores “Vitae” excepto la de Gilo. La Vita de Gilo se editó por primera por L'HUILLIER, Vie de St-Hugurs (Solesmes, 1888) y es probablemente la mejor de todas. Respecto a la disciplina cluniacense, ver HEROOTT, Vetus disciplina monastica (Paris, 1726), 371 ss, y P.L., XCLIX (Paris, 1882). Se pueden consultar también las siguientes obras: DUCKETT, Charters and Records of Cluni (Lewes, 1890); IDEM, Record-Evidences among Archives of the Ancient Abbey of Cluni from 1077 to 1537 (Lewes, 1886), que contiene documentos relacionados con las fundaciones de la orden en Inglaterra;MABILLON, Annales O.S.B., III V (Paris, 1703-38); SAINTE-MARTHE, Gallia Christ., IV (Paris, 1728), 1117; HELVOT, Hist. des ordres religieux, V (Paris, 1792); CHAMPLY, Hist. de Cluny (Macon, 1866); Hist. Lit. de la France, IX, 465 ss.; HEIMBUCHER, Die Orden u. Kongreg. der kath. Kirche, I (Paderborn, 1896), 116 ss.; BAUMER in Kirchenlex., s.v.; BOURGAIN, Chaire Francaise, XII s. (1879), 72; BRIAL, Rec. hist. France, XIV (1896), exi, 71 3; PIGNOT, Hist. de Cluny, II (Paris, 1868), 1-372; WATTENBACH, Deutsch. Geschichtsquell., II (1874), 150; CUCHERAT, Cluny au onzieme siecle (Autun, 1886); BERNARD and BRUEL, Recucil des chartes de l'Abbaye de Cluny (Paris, 1876-); GREEVEN, Die Wirksankeit der Cluniacenser auf kirchl. u. polit. Gebiete im 11. Jahrhunderete (Wesel, 1870).

Kennedy, Thomas (1910).
Tanscrito por Michael T. Barrett. Dedicado a las almas benditas del purgatorio.
Traducido por Pedro Royo
(fuente: ec.aciprensa.com)


otros santos 29 de abril:

jueves, 28 de abril de 2016

28 de abril: Beata María Luisa de Jesús Trichet

Co-Fundadora, junto a San Luis María de Montfort, de la Congregación de las Hijas de la Sabiduría

Hay vidas de vidas en el santoral católico, vidas que simplemente dejan asombrado a cualquiera. No basta admirarlas ni es suficiente tenerles una gran devoción. A veces repasar su epopeya tan personal y frecuentemente anónima, invita es a amarlas con todo el corazón. La beata María Luisa Trichet fue una de ellas.

Citarla como cofundadora de la obra religiosa de San Luis María Grignión de Montfort ya sería suficiente para reconocerle la dimensión espiritual que la enaltece. Testimoniar que todavía hoy en pleno siglo XXI, descreído y egoísta, su Congregación sigue en pie de lucha desenvolviendo un apostolado titánico en la educación y entre enfermos, complementaría ya el aprecio y la valoración suficientes para reconocer que su fundadora vela todavía por la obra y santifica a sus hijas espirituales.

Nació en una familia acomodada y prestante hacia 1684. Atractiva y bien educada no solamente de modales sino de formación cristiana. Francesa hasta la médula, catequizó en una región sumamente católica que pagaría en sangre el precio de su fidelidad a la religión durante la Revolución Francesa y el régimen de Napoleón: La Vandée. Allí los campesinos que habían sido beneficiados con el apostolado de San Luis de Montfort y de María Luisa abnegadamente entregada a los enfermos de su tiempo, se levantarían en defensa del rey y de la monarquía aunque estos no supieran valorar ese gesto de lealtad, irrebatible consecuencia del trabajo espiritual de esta pareja de santos. Cuando se conocieron en el pestilente hospital de Potiers ella tenía 19 años y san Luis era ya un desconcertante y varonil individuo de recién cumplidos 30, con notable fama de gran predicador y confesor en la región.


De una obra de caridad a la conformación de una comunidad religiosa

Bien pronto la joven, que se había propuesto como obra diaria de caridad ir a ayudar un poco durante el día a los enfermos del hospital, encontró que el capellán era un joven sacerdote excepcional y valiente de la pequeña nobleza bretona, celoso predicador sobre todo de la devoción a María. De ir dos o tres veces a la semana pasó a hacerlo casi todos los días, hasta que uno de ellos le comunicó a su familia que se iría a vivir al hospital.

La respuesta fue que sin duda no era cosa de ella, que eso era idea del sacerdote aquel que la iba a terminar volviendo loca. El sacerdote ya había alborotado la ciudad con su elocuente prédica ardiente y elevada, con sus modales finos pero firmes, con su celo por la gloria de Dios y de María. El mismo clero de la localidad se estaba sintiendo "zarandeado".

Como no había donde instalarla, el propio San Luis Grignión intentó que la dirección del hospital la nombrara Gobernanta lo que no se consiguió. Entonces ella se ideó para que fuera recibida como pobre insolvente y la ubicaran en una habitación de precariedad deprimente. Allí comenzó su epopeya. Comenzó con el dolor de tener que ver partir a San Luis apenas unos meses después de ella haber iniciado su apostolado consagrado en el hospital, pero no se desanimó. Años enteros sola y apenas recibiendo cartas de san Luis Grignión para alimentarla espiritualmente fueron dando poco a poco resultados que se manifestaron en el reconocimiento que todo mundo hacía de la caridad de esta joven mujer y en la llegada de dos compañeras que se le unirían al duro y frecuentemente ingrato trabajo de velar por enfermos y ancianos que maltrataban a sus samaritanas.

Para completar San Luis fallece prematuramente con apenas 43 años de edad de manera repentina, dejando en la absoluta orfandad una obra que era incluso mal vista por un sector del alto clero de la región, que había recibido descomedidas referencias del misionero desde el propio París, para el cual Montfort era algo atípico. Sin embargo tuvo que haber habido mucha fe y dedicación abnegada en María Luisa Trichet para que la obra se mantuviera y creciera como la tenemos todavía hoy día en más de 20 países, con el estandarte en alto y el invaluable patrimonio moral de haber dejado 33 religiosas mártires en la Revolución Francesa. Al momento de su muerte María Luisa, de 75 años de edad cumplidos en 1759, dejaba 175 hermanas profesas y 35 casas establecidas con muchas postulantes y novicias.

escrito por Antonio Borda
(fuente: gaudiumpress.org)
otros santos 28 de abril:

miércoles, 27 de abril de 2016

27 de abril: Beata María Antonia Bandrés y Elósegui

«Esta Hija de Jesús ofreció su vida por un familiar agnóstico, habiendo dado pruebas en el convento de una edificante fortaleza que se puso de relieve en el transcurso de su dolorosa enfermedad. Murió a los 21 años»

En un hogar acomodado de Tolosa, Guipúzcoa, España, nació esta beata el 6 de marzo de 1898. Su padre Raimundo Bandrés era un reputado jurista que había formado una gran familia junto a Teresa Elósogui. Antonia fue la segunda de quince hermanos. Nació frágil y recibió cuidados y ternura a raudales que hicieron mella en su forma de ser. Tanto derroche de atenciones revertieron en su personalidad en tal grado que durante los primeros años fue una persona inmadura en la que se apreciaba una hipersensibilidad preocupante.

Su madre se había ocupado de inculcarle muchos valores que, unidos a su gran devoción a María, fueron abriéndole luminosos caminos. Pero en el transcurso de su adolescencia, esta madre generosa y llena de piedad, no ocultó su inquietud: «¡Qué chiquilla más fastidiosa!, decía, ¡cuánto vas a sufrir con ese carácter!». Sin embargo, el germen de tan buen ejemplo ya estaba larvado en el corazón de la joven. Comenzó una labor caritativa con los pobres y necesitados que malvivían en los suburbios acompañando a su madre de la que aprendió a contemplar el rostro de Cristo en ellos. También contaba con la discreción de una empleada doméstica que la seguía solícita en esta acción solidaria que llevaba a cabo y que iba dejando una huella indeleble en los agraciados, conmovidos por su espíritu humilde, sencillo y generoso. Finura de trato y el tacto que brotaba de su caridad le permitieron suavizar las aristas que halló en personas difíciles y hábitos violentos.

Había cursado estudios en el colegio de san José, de Tolosa, erigido por la Madre Cándida, fundadora de las Hijas de Jesús, quién al conocerla, seducida por su virtud, vislumbró en ella una futura vocación. La espiritualidad mariana del centro, que tenía como objeto directo de su devoción a la Virgen del Amor Hermoso, hicieron que reviviese en Antonia el amor a María que su buena madre le infundió. En 1915, a la edad de 17 años, como en medio de su frágil salud emergía la fortaleza que proviene de la gracia divina, no dudó en consagrarse. Cumpliría así el vaticinio que la fundadora le hizo cuando era una adolescente: «Tú serás Hija de Jesús». Antonia entrevió la llamada en medio de la oración cuando realizaba los ejercicios espirituales en Loyola. El profundo y legítimo cariño que le vinculaba a su familia no fue un escollo. Y aunque experimentaba el dolor de la separación, siguió en pos de Cristo. Eso sí, reconocería con toda sencillez en el noviciado: «Solo por Dios los he dejado». Un tío suyo, Antón, agnóstico declarado, no vio con buenos ojos esta decisión, sentimiento que no pasó desapercibido para la beata.

En 1918 profesó en Salamanca y, casi a la par, su salud fue quebrándose irremisiblemente. La sonrisa en medio del sufrimiento era una constante en su rostro, como lo fue la conformidad y paz que mostró en todo instante dejando conmovido a su médico, el egregio Dr. Filiberto Villalobos. Éste comentaba con doctos amigos, como el gran Miguel de Unamuno, el impacto que le causaba ver tanta conformidad y fe en su paciente, que caminaba gozosa a un final indeclinable porque sabía que le aguardaban los brazos del Padre celestial. «¡Qué errada es nuestra vida! –exclamaba–. Esto sí que es morir!». Una reflexión que caló en el ánimo de sus interlocutores. El hecho es que Antonia había ofrecido su vida a Dios por la conversión de su tío Antón, gracia que le fue concedida y que se materializó cuando él se percató de la grandeza de su sobrina, hallando la paz en el perdón y la misericordia divina ante la imagen de la Virgen de Aránzazu.

¡Quién hubiera dicho que aquélla frágil adolescente que mostraba la herida de sus sentimientos a la primera de cambio, impulsada por una enfermiza sensibilidad, iba a actuar con tanta entereza! Que se hubiera propuesto con esa firmeza con que lo hizo: «Es preciso llegar a la cumbre», enfrentándose con bravura a una muerte inevitable que asumió uniéndose a Cristo sabedora de que Él nunca la abandonaba, creyendo que le sería otorgada la petición que hizo para su querido padrino. Si Cristo había sufrido, por qué no iba a hacerlo ella. Resoluta, clara, indeclinable en esta determinación de morir para ser dadora de vida con Él, tenía claro que ese afán de ofrenda tenía que cumplirlo con este cariz: «de hacerla, hacerla entera».

En medio de sus sufrimientos, Dios no quiso dejarla huérfana de consuelo, y ella llegó a manifestar: «¿Esto es morir? ¡Qué dulce es morir en la vida religiosa! Siento que la Virgen está a mi lado, que Jesús me ama y yo lo amo…». El 27 de abril de 1919, festividad de Nuestra Señora de Montserrat, culminó su calvario y entró en la gloria. Tenía 21 años recién cumplidos. Fue beatificada por Juan Pablo II el 12 de mayo de 1996 junto a su fundadora, la Madre Cándida María de Jesús.

Escrito por Isabel Orellana Vilches
(fuente: zenit.org)

otros santos 27 de abril:

- San Rafael Arnáiz Barón
- Beato Jaime de Bitetto
- Beato Nicolás Roland

martes, 26 de abril de 2016

26 de abril: San Fray María Rafael Arnáiz Barón

Rafael Arnaiz Barón nació el 9 de Abril de 1911 en Burgos (España), donde también fue bautizado y recibió la confirmación. Allí mismo inició los estudios en el colegio de los PP. Jesuitas, recibiendo por primera vez la Eucaristía en 1919.

Dotado de una precoz inteligencia, ya desde su primera infancia daba señales claras de su inclinación a las cosas de Dios. En estos años recibió la primera visita de la que había de ser su sino y compañera: la enfermedad que le obligó a interrumpir sus estudios. Recuperado de ella, su padre, en agradecimiento a lo que consideró una intervención especial de la Stma. Virgen, a finales de verano de 1922 lo llevó a Zaragoza, donde lo consagró a la Virgen del Pilar, hecho que no dejó de marcar el ánimo de Rafael.

Trasladada su familia a Oviedo, allí continuó sus estudios medios, matriculándose al terminarlos en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid. Con una inteligencia brillante, Rafael estaba dotado de destacadas cualidades para la amistad. A la vez que crecía en edad y desarrollaba su personalidad, crecía también su experiencia espiritual de vida cristiana.

En su corazón bien dispuesto, Dios quiso suscitar la invitación a una consagración especial en la vida monástica.

Habiendo tomado contacto con el monasterio cisterciense de San Isidro de Dueñas –su Trapa- se sintió fuertemente atraído por lo que vio en el lugar que correspondía con sus deseos íntimos.

Allí ingresó el 16 de Enero de 1934.

Dios quiso probarle misteriosamente con una penosa enfermedad –la diabetes sacarina- que le obligó a abandonar tres veces el monasterio, adonde otras tantas volvió en aras de una respuesta generosa y fiel, realmente heroica, a la que sentía ser la llamada de Dios.

Santificado en la gozosa fidelidad a la vida monástica y en la aceptación amorosa de los planes de Dios, consumó su vida en la madrugada del 26 de abril de 1938, recién estrenados los 27 años, siendo sepultado en el cementerio del monasterio.

Pronto voló imparable su fama de santidad allende los muros del monasterio.

Con la fragancia de su vida, sus numerosos escritos continúan difundiéndose con gran aceptación y bien para cuantos por su medio entran en contacto con su espiritualidad.

El 19 de Agosto de 1989, SS. Juan Pablo II le propuso como modelo para los jóvenes en Santiago de Compostela con ocasión de la Jornada Mundial de la Juventud, proclamándole Beato el 27 de Septiembre de 1992 en la Plaza de San Pedro en Roma junto a otros siervos de Dios.

Su espiritualidad, tan rica en matices, está polarizada en la búsqueda de Dios, que cada vez se hace más dominante en su vida, y que él expresa en una frase muy propia en la que parece decirlo todo: “¡Sólo Dios!”. Dios lo llena todo en su vida. Fuera de él, nada tiene sentido.

Por eso la vida de Rafael es ante todo un testimonio de la trascendencia de Dios; de lo absoluto de Dios. No un Dios de quien se conoce muchas cosas, sino un Dios experimentado en la vida y que le ha fascinado.

Así, fascinado por Dios, descubrió que la vida monástica era “su” camino, porque sintió que Dios le llamaba a vivir sólo para buscarle a Él en una vida oculta, la del no ser, a fin de ser únicamente para Dios.

Sediento de Dios, su única aspiración era la de vivir para amar, porque era un hombre hecho para amar y porque Dios no quería más que su amor desprendido de todo. Y porque no quería que su vida fuera otra cosa más que un acto de amor, y quería amar a Jesús con frenesí, en expresión suya, quisiera dejar de vivir, si vivir pudiera sin amarle.

Estas expresiones, que en otro pudieran parecer una mera aspiración piadosa, vacías de contenido, en Rafael tenían un sentido muy profundo, como tuvo ocasión de demostrarlo en su vida, sobre todo al pasar por la dura prueba de la enfermedad que le obligó a salir repetidas veces del Monasterio, torciendo sus ilusiones, volviendo otras tantas veces a reemprender la vida monástica.

Efectivamente, la enfermedad fue el crisol en que Dios quiso moldearlo.

A través de ella, Rafael descubrió el camino de la cruz que Dios le ofrecía como única alternativa.

En la Cruz descubrió su tesoro, su descanso. En ella descubrió que estaba Dios, y no la cambiaría por nada ni por nadie, como él decía.

La amó hasta la paradoja de sentirse absolutamente feliz porque se sentía absolutamente desgraciado.

Purificado en el amor y en el dolor, Rafael, de carácter jovial y comunicativo, atractivo a todos los que le trataban se hizo cada día más transparente a Dios, a su Espíritu y a los hombres.

Es el fruto de una humildad sincera, aprendida a la luz y en el contacto con Dios, que no tolera una falta en los repliegues del corazón. Finalmente, otra nota muy significativa de su espiritualidad es su amor entrañable a María, que ocupa un lugar central en su camino hacia Dios.

De ella recibe ayuda, luz, consuelo, y con ella mantiene unas relaciones llenas de confianza, sencillez y ternura. Sus escritos –cartas y opúsculos- que él nunca hizo para la publicación, han sido recogidos en el libro titulado: “Vida y escritos de Fray María Rafael”, y recientemente en “Obras Completas”.

(fuente: www.abadiasanisidro.es)


otros santos 26 de abril:

- Beato Estanislao Kubista
- San Isidoro de Sevilla
- Santa Franca de Piacenza

lunes, 25 de abril de 2016

25 de abril: San Herminio de Lobbes

Abad

Etimológicamente significa “soldado”. Viene de la lengua alemana.

Una humilde oración de abandono también permanece siempre muy sencilla sin pretender nada. En cualquier edad, ¿quién no se sorprende a sí mismo diciendo: escucha, escucha mi oración de niño? Y siguen los combates cotidianos. Lucha y contemplación se unen.

Este joven nació en Laon, Francia, a finales del siglo VII.

Sus padres eran fervientes cristianos. Lo educaron en el celo apostólico y, cuando tuvo la edad requerida, se marchó al monasterio de Lobbes.

Estudió profundamente la Sagrada Escritura simultáneamente con las ciencias profanas.

Se distinguió por su amor a la pureza de costumbres. El obispo, viendo sus buenas cualidades, lo ordenó de sacerdote.

Con el tiempo, llegó a ser abad del monasterio durante muchos años, destacando entre sus hermanos los monjes, como un verdadero santo.

Toda su actividad la desplegaba haciendo el bien a los necesitados, los preferidos del Evangelio.

Convirtió el monasterio en una auténtica casa de acogida y de hospitalidad.

Dios le concedió el don de la profecía. De esta forma, anunció la victoria de Carlos Martel en la batalla del 21 de marzo del año 717; la dominación de Pipino el Breve sobre los franceses; la muerte de Radbode, jefe de los frisones y otras tantas.

Viendo que llegaba el día de su muerte, la recibió con dulzura y amabilidad. Como si fuera su hermana. Esto ocurría en el año 737.
(fuente: www.churchforum.org)

otros santos 25 de abril:

- Beato José Trinidad Rangel
- San Pedro de San José Betancur
- San Marcos

domingo, 24 de abril de 2016

24 de abril: San María de Cleofás

"Cerca de la Cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala" (Juan 19:25). ¿Cómo debemos interpretar "la hermana de su madre", literalmente, como hijas de los mismos padres, ó en el mismo sentido de los "hermanos de Jesús" que se entiende como parientes cercanos?

La respuesta corta es que María de Cleofás es probablemente la hermana de la Santísima Virgen María. María de Cleofás puede haber tenido un esposo previo llamado Alfeo, ó este Alfeo puede haber sido Cleofás. La Santísima Virgen María, por supuesto, tuvo un sólo esposo (José) y fue simpre virgen. La respuesta más detallada a continuación.

Los parientes de Jesús

Leyendo la Biblia encontramos que Jesús tuvo "hermanos" llamados Santiago, José, Simón (Simeón) y Judas (Mateo 13:55). También sabemos que Su madre, María, tuvo una "hermana" llamada María. Esta otra María, a su vez, tuvo un esposo llamado Cleofás (Juan 19:25). Yo espero poder resumir y desenredar esta madeja de parientes. (No busco aquí demostrar la virginidad perpetua de la Santísima Virgen María; hay muchas otras fuentes de información para este propósito, y las enumeraré al fin de este artículo).

Primero, veamos lo que nos dicen los Evangelios. A la muerte de Jesús, se nos dice que María, la esposa de Cleofás estaba presente (Juan 19:25). Ella es identificada como la madre de Santiago y José en una ocasión (Mateo 27:56), y en otra como la madre de Santiago el Menor y de José y Salomé (Marcos 15:40). Por otra parte, Santiago es identificado como el hijo de Alfeo en Mateo 10:3, Marcos 3:18 y Lucas 6:15. Podemos inferir que es improbable que María, la esposa de Cleofás sea verdadera hermana de la Virgen María por llevar el mismo nombre. Pero, estaban relacionadas en otra manera. Esto tiene un paralelo en el uso Semítico del término "hermano" aplicado a la relación de Santiago para con Jesús.

Un antiguo historiador, llamado Hegesipo, puede darnos más información. Nativo de Palestina, Hegesipo terminó sus memorias siendo ya anciano, durante el reinado del Papa Eleuterio (175-189). Él deriva su información de fuentes personales dado que pudo interrogar a varios miembros de la familia de Jesús. Hegesipo nos dice que:

"Después del martirio de Santiago, fue decidido en forma unánime, que Simeón, hijo de Cleofás, era digno de ocupar _ _ _ de Jerusalén. ‘El fue, se dice, un primo del Salvador; Hegesipo cuenta que Cleofás era hermano de José' (Eusebio, Hist. eccl., III, 11). San Epifanio (Haer., LXXVII, 7) dice lo mismo y agrega (Haer., LXXVII, 14) que este Simeón, el hijo de Cleofás, era primo de Santiago el Justo, tal como Hegesipo dice en otro pasage." (Prat, Jesus Christ, p. 505).

Cleofás es el hermano de José (El padre adoptivo de Jesús). De ahí, surge que María, la esposa de Cleofás, sea la cuñada de la Virgen María, lo que explica el porqué de llevar el mismo nombre y de ser llamadas hermanas. De ahí también se puede concluir que Santiago es primo de Jesús. Ferdinand Prat razona:

"Sabemos, por lo tanto que la madre de los dos "hermanos" del Señor fue María de Cleofás, la "hermana" de la Santísima Virgen. También sabemos que Cleofás, el hermano de San José, era padre de un tercer hermano, llamado Simón ó Simeón. El otro hermano, Judas, está siempre conectado con Simón y es, como él, parte de la familia de David. Es natural, entonces, suponer que también era un hijo de Cleofás.

Los puntos que quedan por aclarar se resolverían en nuestra opinión si arriesgamos dos hipótesis. Primero, que María, hermana de la Santísima Virgen, habiendo tenido dos hijos de un primer matrimonio, Santiago y José, se casó por segunda vez con Cleofás, hermano de José, quien también tenía dos hijos de un primer matrimonio, Simón y Judas. De acuerdo a las costumbres de la época, no había nada extraordinario en el matrimonio entre un viudo y una viuda, cada uno de ellos con niños. La segunda es que la hermana de la Santísima Virgen tuvo como primer esposo a un hombre de la tribu de Leví, llamado Alfeo.

De esta manera se resolverían nueve ó diez problemas. Por lo tanto, uno pudiera explicar porqué Santiago, José, Simón y Judas son simpre nombrados en ese orden como "hermanos" del Señor; porqué Santiago y José son un par distinto de Simón y Judas; porqué María, la hermana de la Virgen María, es conocida como la madre de Santiago y José y no como la madre de Simón y Judas; porqué, de acuerdo a Hegesipo, Simón y no Santiago es el hijo de Cleofás; porqué, nuevamente de acuerdo a Hegesipo, Simón y Judas son de la familia de David; porqué, de acuerdo a la tradición, Santiago era de lineage sacerdotal; porqué la opinión común de los Católicos indentifica a Santiago, hijo de María, hermana de la Santísima Virgen, Con Santiago el Apóstol, el hijo de Alfeo; porqué María de Cleofás es llamada en el Evangelio como la hermana de la Santísima Virgen, cuando ella era en realidad su cuñada, siendo la esposa del hermano de San José; finalmente, porqué, después de la muerte de San José y Cleofás, las dos hermanas acercaron a las dos familias para que en adelante las dos families parezcan una." (Prat, Jesus Christ, p. 136-137).

Los Evangelios no nos dicen nada de Cleofás ó José (El padre adoptivo de Jesús) durante la vida adulta de Jesús. Podemos imaginar que después de sus muertes, las dos familias (sin sus protectores y cabezas) se juntaron bajo un solo techo. Esto podría así estrechar sus lazos: las dos Marías como "hermanas" y Jesús y Sus primos como "hermanos". El Evangelio y la tradición mantuvieron esos nombres sin negar la perpetua virginidad de María.

Lectura adicional y bibliografía

Releyendo my escrito, temo haber omitido mucho material. No pretendo que nada de lo presentado sea original; las fuentes originales deben ser consultadas para tener el cuadro completo. Mencionaré material para lectura adicional:

→ Prat, Ferdinand. Jesus Christ: His Life, His Teaching, and His Work (Jesucristo, Su Vida, Sus Enseñanzas y Su Trabajo), dos volúmenes. (Milwaukee, 1950).


→ Un trabajo Católico formal, esta es mi primera fuente de información histórica. Una fuerte defensa de la posición Católica, un trabajo fascinante, es descripto por Carroll como "exhaustivo y profundo".
Carroll, Warren H. The Founding of Christendom (La Fundación de la Cristiandad), (Christendom Press, 1985). El primero de un proyecto de siete volúmenes (tres completos), las notas detalladas y bibliografía con anotaciones me llevaron al libro de Prat. Vívido y fácil de leer, este es el único intento en este siglo, que yo conozca, a una historia de la Cristiandad desde un punto de vista Católico formal. Warren Carroll es un experto en el foro "Ask the Experts' (Pregunte a los expertos).


→ St. Jerome. Against Heldivius (En Contra de Helvidio). ¿Qué mejor lugar para obtener una defensa, basada en la escrituras, de la virginidad perpetua de María que el más grande erudito de la Biblia de su época? Las típicas abjeciones de los Protestantes de hoy en día fueron simplemente refutadas en el año 383, tal que esta herejía no retornó a la superficie hasta épocas relativamente modernas.

→James Akin tiene una copia electrónica en http://www.primenet.com/~jakin.

→ Fr Most, William G. "Brothers and Sisters of Jesus" (Hermanos y Hermanas de Jesús). Este corto artículo defiende la virginidad perpetua de María, con énfasis en cuestiones linguísticas. La copia electrónica se puede obtener como jesbrs.txt en ewtn.com.


escrito por Christopher Y. Wong 
Traducción por José F. Mibelli
 (fuente: www.ewtn.com)

otros santos 24 de abril:

- San Antimo y compañeros mártires
- San Benito Menni
- Santa María de Santa Eufrasia Pelletier

sábado, 23 de abril de 2016

23 de abril: San Jorge de Inglaterra

Martir
(303)

Que Dios nos conceda valor como a San Jorge
para luchar contra el dragón infernal y vencerlo
y no permitirle que nos esclavice con sus tentaciones.

Los que siembran entre pesares,
cosechan entre cantares. 
(S. Biblia Salmos).

Jorge significa: el agricultor.

"Nacido en Lydda, Palestina, la tierra de Jesús, era hijo de un agricultor muy estimado. Entró al ejército y llegó a ser capitán. Se hizo famoso porque al llegar a una ciudad de Oriente se encontró con que un terrible caimán (o dragón o tiburón) devoraba a mucha gente y nadie se atrevía a acercársele. San Jorge lo atacó valientemente y acabó con tan feroz animal. Y reuniendo a todos los vecinos que estaban llenos de admiración y de emoción, les habló muy hermosamente de Jesucristo y obtuvo que muchos de ellos se hicieran cristianos.

Pero el emperador Diocleciano mandó que todos tenían que adorar ídolos o dioses falsos y prohibió adorar a Jesucristo. El capitán Jorge declaró que él nunca dejaría de adorar a Cristo y que jamás adoraría ídolos. Entonces el emperador declaró pena de muerte contra él. De paso para el sitio del martirio lo llevaron al templo de los ídolos para ver si los adoraba, pero en su presencia varias de esas estatuas cayeron derribadas por el suelo y se despedazaron. A Jorge lo martirizaron y mientras lo azotaban, él se acordaba de los azotes que le dieron a Jesús, y no abría la boca, y sufría todo por Nuestro Señor sin gritar ni llorar. Muchos al verlo exclamaban: ""s valiente. En verdad que vale la pena ser seguidor de Cristo". Cuando lo iban a matar decía: "Señor, en tus manos encomiendo mi alma". El siempre rezaba y Dios siempre lo escuchaba. Al oír la noticia de que ya le iban a cortar la cabeza se puso muy contento, porque él tenía muchos deseos de ir al cielo a estar junto a Nuestro Señor Jesucristo.

San Jorge mártir es el Patrono de Inglaterra y de los Boys Scouts.

Su culto alcanzó gran celebridad desde muy antiguos tiempos en la Iglesia. La Iglesia de Oriente lo llama "El gran mártir".

En tiempos de Las Cruzadas, el rey Ricardo Corazón de León se convenció en Tierra Santa de que San Jorge tenía un gran poder de intercesión en favor de los que lo invocaban y llevó su devoción a Europa, especialmente a Inglaterra.
(fuente: www.ewtn.com)

otros santos 23 de abril:

- Beato Gil de Asís
- San Adalberto de Praga 
- Beata María Gabriela Sagheddu
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