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jueves, 19 de diciembre de 2013

19 de diciembre: Beato Urbano V

BEATO URBANO V
Papa
(1310-1370)

Veinte cardenales se hallaban reunidos en Aviñón sin lograr ponerse de acuerdo en la elección de un nuevo Papa. El Petrarca decía crudamente: «Llenos de orgullo, dominados por la ambición, se creen todos dignos del pontificado; pero como ninguno puede elegirse a sí mismo, cada cual trata de nombrar a aquel de quien espera más favores.» Este juicio no podía aplicarse a todos. Una vez, Hugo Roger, llamado el Cardenal Negro, porque era monje benedictino, logró reunir diecinueve votos, pero fue imposible hacerle aceptar el supremo gobierno de la Iglesia. Al fin, los electores se decidieron a buscar un candidato fuera del Sacro Colegio, y le encontraron en el abad de San Víctor de Marsella, otro benedictino, que se llamaba Guillermo Grimoardo. Un monje austero, un experimentado canonista, un hábil diplomático: he aquí la idea que tenían los purpurados de su elegido. Dejando las promesas de un castillo provenzal, Guillermo había abrazado, con la generosidad de la juventud, la disciplina del monasterio; con la observancia juntó después la explicación del decreto de Graciano, y a la cátedra y al monasterio vino a unirse la vida errante de corte en corte defendiendo la causa de la paz y del derecho.

Así había llegado hasta los sesenta años. Ahora se dirigía a Aviñón sin saber para qué le llamaban. Temíase que tampoco él aceptase la dignidad suprema. Pero dio su consentimiento sin vacilar, tomando el nombre de Urbano V. No era presunción o inconsciencia, sino un ánimo resuelto a cumplir heroicamente con el deber. Se convertía en jefe de la Cristiandad cuándo la sociedad europea atravesaba uno de los momentos más críticos de su existencia: feudalismo, anarquías, violencias de bandas de guerreros, tiranuelos en Italia, motines populares; en Roma, olor de sangre y de humo, el Imperio disgregado; en Inglaterra, la sombra de Wicleff; la vesania monstruosa de Pedro el Cruel, en Castilla; Bizancio, agonizante; y más allá, la amenaza creciente de la Media Luna. Este trágico espectáculo se refleja con tonos sombríos en el palacio papal de Aviñón. El mismo día de su entronización, Urbano renuncia a luminarias, torneos y cabalgatas. No era tiempo de divertirse, sino de rezar y trabajar. Él reza como un monje y trabaja sin descanso Es el ministro de sí mismo. Duerme poco y come menos. Un florín bastaría para su sustento. Humilde, sabe mantener el prestigio de su dignidad. Cuando los príncipes se arrodillan delante de él para besarle el pie, interiormente pronuncia las palabras del salmista: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a vuestro nombre es debida toda gloria.» ¡Cosa extraña! En tiempo de este Papa, que supo dar a toda su vida un sello de sencillez y humildad, es cuando la tiara toma su forma definitiva, completándose con la más alta de las tres coronas.

Parco y sobrio consigo mismo, era liberal y magnánimo con los demás. Los pobres eran sus mejores amigos. Vivía rodeado de monjes, que le acompañaban en sus rezos y en el despacho de los negocios. Con ellos paseaba un rato cada día. Todas las mañanas rezaba el oficio de difuntos y todas las tardes se confesaba. No hizo ahorcar a los cardenales, como algo después Urbano VII; pero gozaba poco de su compañía. Sacado de las aulas universitarias, fue la instrucción una de las grandes preocupaciones de su vida. Fundó colegios y universidades, envió profesores a todos los países, fomentó el estudio de la medicina, y los estudiantes pobres estaban siempre seguros de obtener de él libros, ropas y becas. Más de mil cuatrocientos hacían la carrera a costa del Pontífice en el momento de su muerte. El cardenal de Perigord podía decir con justicia: «Al fin tenemos un Papa; a sus predecesores les dábamos el honor debido; a éste le tememos y le reverenciamos, porque es poderoso en obras y en palabras.»

No tenía Urbano V el genio político de Gregorio VII, pero hay dos grandes acontecimientos que hacen de su pontificado uno de los más importantes de la historia: la vuelta de los Papas a Roma y el restablecimiento del Sacro Imperio. En el mes de mayo de 1367, una flota de veintitrés galeras cruzaba el Mediterráneo de cara a las costas de Italia. En una de ellas, decorada con los colores venecianos, iba el Pontífice, acompañado de sus cardenales y sus domésticos. El Pontífice iba serio, taciturno; los cardenales, malhumorados, como si los arrastrasen al destierro. Urbano había tenido que sostener una larga lucha antes de abandonar la tierra donde sus antecesores habían vivido más de medio siglo: importunaciones del rey de Francia, repugnancia de la curia, discursos llenos de promesas y amenazas. Pero de Italia llegaba una voz que decía: «Considerad que Roma es vuestra esposa. No creáis a los que os pintan nuestra tierra como una tierra salvaje, donde los montes, los aires, las aguas, los alimentos, las gentes, todo es sospechoso. No hay nada más dulce que el aire que en ella se respira; ni tan fértil como sus campiñas, ni tan delicioso como sus colinas y sus valles, ni tan ventajoso para un Vicario de Cristo como su situación. Pensad, oh pastor soberano del rebaño de Cristo, que vuestro puesto no está donde hay más dulces umbrías ni fuentes más agradables, sino donde los lobos aúllan, donde las ovejas tienen más necesidades.» Esta misma voz, la del Petrarca, enviaba a Urbano el más entusiasta saludo al pisar tierra italiana: «Ahora—exclamaba—es cuando todos os reconocemos por el sucesor de Pedro. Lo erais ya por el poder, pero desde hoy lo vais a ser en el corazón de todos. Si hay alguno que aún añora las riberas del Ródano, enseñadle los lugares venerables en que los bienaventurados Apóstoles triunfaron, el uno por la cruz y el otro por la espada.»

La entrada en la Ciudad Eterna fue una apoteosis; pero no tardó en presentarse la realidad con todos sus aspectos desagradables. Un pueblo movedizo, acostumbrado a los motines, hambriento; una sociedad desorganizada y anárquica; viejos palacios que se desmoronaban; iglesias que ofrecían el aspecto de la más lamentable decadencia; calles y plazas obstruidas por los escombros, manchadas por los vicios y amenazadas por los criminales. No tardó en verse al reconstructor, al purificador, al gobernante, al hombre justiciero. Urbano tenía una expresión favorita que practicaba sin vacilar: la paz en la justicia. Sin piedad con los malhechores, tenía entrañas de misericordia para los necesitados. Cerca de Roma mandó plantar una viña para dar vino a los pobres, y a veces se le veía dirigiendo personalmente los trabajos. No temía salir solo fuera de la ciudad, a pesar del odio que debían tenerle cuantos vivían del latrocinio y del bandidaje. Sus familiares le recomendaban que tuviese más cuidado de su persona, recordándole lo que le había pasado en Francia, donde, prisionero de una banda guerrera, se había visto obligado a pagar un crecido rescate. A este suceso aludía el Petrarca cuando escribía: «Con razón os quejasteis en pleno consistorio, declarando que aquella injuria era más ignominiosa que la cometida contra Bonifacio VIII; porque, aunque sea un crimen toda violencia hecha al Vicario de Jesucristo, es sabido que la altivez de Bonifacio fue la causa de sus desgracias. En cambio, vos sólo tenéis virtudes que reconocer y respetar: una dulzura constante, una moderación evangélica, un arte maravilloso de evitar lo que puede herir a los demás, sin descuidar ninguno de los deberes del mando.»

La vuelta de Urbano a aquella Roma vieja, ruinosa y ensangrentada de los Rienzi y los Baroncelli había sido un sacrificio doloroso; pero Dios quiso premiarle con un acontecimiento que parecía realizar las ilusiones más espléndidas de Inocencio III o León IV. Fue la llegada del emperador Carlos IV, que venía a confirmar solemnemente el acuerdo del Imperio de Occidente con la Iglesia. Poco después llegaba también el emperador bizantino Juan Paleólogo, con el propósito de abjurar el cisma y pedir refuerzos contra los musulmanes. El Pontífice mandó predicar la cruzada, pero el entusiasmo por las expediciones de Oriente había pasado ya. Además, Wicleff apestaba la atmósfera, el pájaro negro del cisma se cernía ya sobre la cristiandad, y la guerra ardía entre Francia e Inglaterra. Urbano creyó que le sería posible apartar este último azote. Tal vez inconscientemente, la nostalgia de su tierra le atraía. Surcó de nuevo el mar, pero al pisar tierra francesa la muerte vino a su encuentro. En Aviñón hizo que le llevasen, no al palacio de los Papas, sino a una humilde casa particular. Y allí expiró, vestido del hábito benedictino, que no había dejado nunca, ni de día ni de noche.


S.S. Juan XXIII en el IV Centenario de la muerte de Inocencio VI
CARTA DE SU SANTIDAD JUAN XXIII
AL ARZOBISPO DE AVIÑÓN
EN EL IV CENTENARIO DE LA MUERTE DE INOCENCIO VI
Y DE LA ELECCIÓN DE URBANO V*

A nuestro venerable hermano José Urtasun, Arzobispo de Aviñón

Venerable Hermano: Salud y Bendición Apostólica.

Hasta Nos ha llegado tu voluntad de conmemorar, juntamente con tu grey, el doble aniversario de dos Santos Pontífices: la muerte de Inocencio VI y la elección para la Sede de Pedro de Urbano V, que gobernaron la Iglesia en los tiempos difíciles y agitados en que el Vicario de Cristo, por especiales circunstancias, vivía en Aviñón, junto al Ródano, y no en la ciudad de las siete colinas. Esta conmemoración también nos interesa, pues en el tiempo de nuestra estancia en Francia visitamos Aviñón, recorrimos con gozo y devoción los recuerdos de aquellos tiempos y admiramos sus monumentos. La Historia nos cuenta que fueron éstos hombres de sabia doctrina y gran preocupación por la Iglesia; y aunque gobernaron el mundo cristiano lejos de la Sede propia y originaria de los Pontífices, su estancia en aquel lugar no careció de utilidad, pues allí pudieron con mayor facilidad promover y confirmar la paz entre los gobernantes.

El primero, antes de su elección Esteban Aubert, especialista insigne en cuestiones de Derecho, después de subir al Sumo Pontificado, se esforzó —obra digna de gran encomio— en restaurar la disciplina y en modelar la vida religiosa según los saludables preceptos. No olvidándose de Roma, adonde pensó regresar, envió a Italia al Cardenal Egidio Albornoz, hombre de gran prestigio y talento, para preparar el retorno restableciendo el orden en la Ciudad del Romano Pontífice. Las circunstancias impidieron llevar a cabo los brillantes planes del Sumo Pontífice.

Después de casi diez años de gobierno, murió el 12 de septiembre de 1362, y fue sepultado, según sus deseos, en el sepulcro que había construido en la cartuja de la ciudad de Villanueva. Arrasado este monasterio en tiempos de agitaciones políticas, y trasladados, por tanto, los restos del Santo Pontífice, en el año 1960, con gran pompa y solemnidad, como no se había conocido, fueron depositados de nuevo en aquella sagrada mansión, restaurada por encomiable interés de las autoridades de la República francesa.

El otro Papa, cuya memoria también celebramos, se llamó antes de su elección, Guillermo de Grimoard; miembro de la orden Benedictina, abad del antiguamente el célebre monasterio de San Víctor de Marsella, fecundo cultivador de las ciencias y de las artes, a pesar de no estar distinguido con la Sagrada Púrpura, fur creado Pontífice Máximo, como inmediato sucesor de Inocencio VI, el 28 de septiembre de 1362, encontrándose en Italia gestionando asuntos de la Iglesia romana; lo hacían valer la integridad y austeridad de su vida, su eximia piedad y sus grandes dotes de ingenio. Hombre humilde, asintió a su elección con aquellas palabras que leemos en los antiguos anales: “con temblor y temor” (St. Baluzius, Vitae Paparum Avenionensium, ed. G. Mollat, I, París, 1916, p. 350). Fomentó y protegió liberalmente los estudios de los hombres de letras. Mirando por la unidad de la Iglesia, se dirigió a Roma, “saliéndole al paso el clero y el pueblo romano, recibiéndole con gran gozo y solemnidad, dando gracias a Dios por su feliz retorno” (ibídem, p. 365).

Sus preocupaciones fueron los Santos Lugares y la vuelta a la unidad católica de los cristianos de Oriente, a lo que dedicó todos sus esfuerzos, consciente de la gran responsabilidad de su misión pastoral. Su gloria no se atenúa porque tan santos propósitos fueran abortados por las circunstancias adversas, que también le obligaron a abandonar Roma y volver a Aviñón. Durante su vida gozó de fama de santidad, y después de su muerte, el 19 de diciembre de 1370, acaecida en la misma ciudad, fue honrado como Beato, culto que el Papa Pío IX ratificó y confirmó el año 1870.

Confiamos que esta doble conmemoración en honor de estos dos Pontífices motive en los fieles una gran estima y adhesión al Pontificado; pues hay que tener en cuenta, en primer lugar, la dignidad y el cargo, que hacen del que los posee, como dice San Buenaventura, “principal y sumo padre espiritual de todos los padres y de todos los hijos, jerarca supremo, cabeza indivisa, Sumo Pontífice, Vicario de Cristo” (Breviloquium, p. VI, c. 12).

Parece saludable designio de la divina Providencia la estancia de los Romanos Pontífices lejos de la ínclita Roma, en mansión de destierro, a pesar de deberse a las perturbaciones que por todas partes resonaban a manera de grandes tempestades, como acontece con frecuencia a la Iglesia, Podemos declarar con San Agustín: “No... abandonó a su Iglesia; y si durante algún tiempo permitió que se estremeciera, lo hizo para que continuamente le suplicara que la confirmara en la sólida roca” (Sermo 341, 4: PL 39, 1496).

En estos tiempos también son muchos los hombres, aun de los no llamados católicos, que levantan sus ojos a esta fortaleza romana; pues conocen por experiencia la fragilidad y mentira de los auxilios del siglo, de la falacia de todas las opiniones, la nulidad de todos los conatos por establecer el orden en el mundo dejando a un lado la ley de Dios, y que “en la cátedra de la unidad se encuentra la doctrina de la verdad” (San Agustín, Ep. 105: PL 33, 403), que de aquí se propaga la luz que disipa las tinieblas, y aquí se suministran fuerzas para la vida del alma.

En la actualidad miran con especial interés a esta Sede Romana, por celebrarse dentro de poco, junto al sepulcro de Pedro, esta gran asamblea que ha de ser el Concilio Ecuménico Vaticano II. Os rogamos que pidáis en estas festividades aviñonesas con fervientes oraciones y ardientes deseos, para que este acontecimiento proporcione a la Iglesia y a toda la comunidad humana gran utilidad y vigor de espiritualidad; os damos gracias por anticipado por tan piadosa obra.

Esta solemnidad nos ofrece una nueva ocasión de demostrar nuestro afecto paternal por todos nuestros hijos de esta región; prenda y testimonio de esto sea la Bendición Apostólica que os concedemos amablemente en el Señor a ti, Venerable Hermano, y a todos cuantos intervengan en estas festividades.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 11 del mes de julio del año 1962, cuarto de nuestro Pontificado.

JUAN PP. XXIII

* AAS 54 (1962) 653; Discorsi-Messaggi-Colloqui del Santo Padre Giovanni XXIII, vol. IV, pp. 1015-1018.
Copyright © Libreria Editrice Vaticana

(fuentes: www.divvolg.org; www.vatican.va)

miércoles, 18 de diciembre de 2013

18 de diciembre: Beata Julia Nemesia Valle

Julia, es el nombre que sus padres, Anselmo Valle y María Cristina Dalbar, eligen para ella. Nació en Aosta el 26 de junio de 1847, en el mismo día es bautizada en la antigua iglesia de San Orso.

Los primeros años de su vida transcurren en la serenidad de una familia que se alegra por el nacimiento de un nuevo hijo, Vicente, y donde el trabajo de la mamá que administra un negocio de modista y del papá que desempeña una intensa actividad comercial, aseguran un cierto bienestar. Su mamá muere cuando Julia tiene, tan sólo, cuatro años. Los dos huérfanos son confiados al cuidado de los parientes paternos, primero en Aosta, después a sus parientes maternos en Donnas. Aquí encuentran un ambiente sereno, la escuela, el catecismo y la preparación a los sacramentos se hace en casa, bajo la guía de un sacerdote, amigo de la familia.

Cuando Julia tiene once años, para completar su instrucción, es enviada a Francia, a Besançon, a un pensionado perteneciente a las Hermanas de la Caridad. La separación de la familia es un nuevo dolor para ella, una nueva experiencia de soledad que la orienta hacia una profunda amistad con “el Señor que tiene a su lado a su mamá”.

En Besançon aprende bien la lengua francesa, enriquece su cultura, llega a ser habilidosa en los trabajos femeninos, madura una delicada bondad que la hace amable y atenta hacia los otros.

Después de cinco años, Julia regresa a su tierra, pero no encuentra más su casa en Donnas. Su padre, se ha vuelto a casar, y se ha transferido a Pont Saint Martín. Encuentra una situación familiar tensa, donde la convivencia no es fácil. Su hermano Vicente no soporta: se va de la casa y no se sabrá nada más de él … Julia se queda y en su soledad nace el deseo de buscar aquello que la familia no le puede dar, a comprender aquellos que viven la misma experiencia de dolor, a encontrar gestos que expresen amistad, comprensión, bondad para todos.

En este periodo, en Pont Saint Martín se habían establecido las Hermanas de la Caridad. Julia encuentra allí su maestra de Besançon; las hijas de santa Juana Antida Thouret, la ayudan, la animan. Observa el estilo de vida donado a Dios y a los otros y decide ser una de ellas. Cuando su padre le presenta la propuesta de un buen matrimonio, Julia no vacila: ha decidido que su vida será toda donada a Dios: desea solamente ser Hermana de la Caridad.

El 8 de septiembre de 1866 su padre la acompaña a Vercelli, en el Monasterio de Santa Margarita donde las Hermanas de la Caridad tienen su noviciado.

Comienza una vida nueva en la paz, en la alegría, mas allá de las lagrimas por una separación no fácil. Se trata de entrar en una relación más profunda con Dios, de conocerse a sí misma y la misión de la comunidad, para ser disponible a andar donde Dios la llame. Julia entra con alegría en este camino de noviciado. Cada día descubre aquello que debe perder o conquistar: “Jesús despójame de mi misma y, revísteme de Vos. Jesús por ti vivo, por ti muero…” es la oración que la acompaña y la acompañará a lo largo de su vida.

Al fin del noviciado, con el habito religioso recibe un nombre nuevo: Hermana Nemesia. Es el nombre de una mártir de los primeros siglos. Está contenta y del nombre hace su programa de vida: testimoniar su amor a Jesús hasta las últimas consecuencias, a cualquier precio, para siempre.

Es enviada a Tortona, al Instituto de san Vicente. Encuentra una escuela primaria, cursos de cultura, un pensionado, un orfanato. Enseña en la escuela primaria y en los cursos superiores la lengua francesa. Es el terreno adapto para sembrar bondad. La Hermana Nemesia está presente donde hay un trabajo humilde para desarrollar, un sufrimiento para aliviar, donde un disgusto impide relaciones serenas, donde la fatiga, el dolor, la pobreza limitan la vida.

Muy pronto una voz se difunde dentro del instituto y en la ciudad: “¡Oh, qué corazón el de la Hermana Nemesia!”

Cada uno está convencido de tener un lugar particular en su corazón, que parece no tener limite: hermanas, huérfanos, alumnos, familias, pobres, sacerdotes del vecino seminario, soldados de la gran casa de Tortona recurren a ella, la buscan como si fuera la única hermana presente en la casa.

Cuando a los cuarenta años es nombrada superiora de la comunidad, la Hna.. Nemesia queda desconcertada, mas un pensamiento le da coraje: ser superiora significa “servir”, por consiguiente podrá darse sin medida y, humildemente, enfrenta la subida. Las líneas de su programa son trazadas:

“Enfrentar el paso, sin volver atrás, fijando una única meta: ¡Sólo Dios! “A Él la gloria, a los otros la alegría, a mí el precio a pagar, sufrir mas jamás hacer sufrir. Seré severa conmigo misma y toda caridad con las hermanas: el amor que se dona es la única cosa que permanece.”

Su caridad no tiene limites. En Tortona la llaman “nuestro ángel”

La mañana del 10 de mayo de 1903, las huérfanas y las pupilas encuentran un mensaje de la Hna.. Nemesia para ellas: “Me voy contenta, las confío a la Virgen…Las seguiré en cada momento del día.” Parte a las 4 de la mañana, después de 36 años… En Borgaro, pequeño pueblito cerca de Turín, existe un grupo de jóvenes que espera ser acompañado por un nuevo camino, hacia la donación total a Dios en el servicio a los pobres… Son las novicias de la nueva provincia de las Hermanas de la Caridad… El método de formación usado por la Hna.. Nemesia es siempre el mismo: el de la bondad, de la comprensión que educa a la renuncia más por amor, de la paciencia que sabe esperar y encontrar el camino justo que conviene a cada una.

Sus novicias la recuerdan: “Nos conocía a cada una, comprendía nuestras necesidades, nos trataba según nuestra manera de ser, nos pedía aquello que conseguía hacernos amar…”

La superiora provincial que tenía un carácter “en perfecta antítesis con el suyo” disentía de este método. Ella aplicaba un método rígido, fuerte, inmediato. Esta forma de ver generaba relevantes contrastes que desembocaban en reproches y humillaciones. La Hna.. Nemesia acogía todo en silencio, sonriendo continuaba su camino, sin apuro, sin dejar sus responsabilidades: “De estación en estación, recorremos nuestro camino en el desierto…y si el desierto es sordo Aquel que te ha creado siempre escucha…”

A lo largo de su camino la Hna. Nemesia se acerca al final. Han pasado trece años de su llegada a Borgaro. Cerca de quinientas hermanas aprendieron con ella a caminar los senderos de Dios. Ha donado todo: ahora el Señor le pide también de “dejar” a otras “su noviciado”.

La oración que ha hecho suya desde el inicio: “Jesús despójame de mi misma, revísteme de Vos” la acompaña a lo largo de toda la vida. Ahora puede decir “no soy más para ninguno”. El despojo es total. Es la última ofrenda de una vida donada totalmente por amor.

El 18 diciembre de 1916 la Hna. Nemesia muere.

(fuente: www.vatican.va)

martes, 17 de diciembre de 2013

17 Diciembre: San José Manyanet y Vives

Josep Manyanet nació el 7 de enero de 1833 en Tremp (Lleida, España), en el seno de una familia numerosa y cristiana. Fue bautizado el mismo día y, a la edad de 5 años, fue ofrecido por su madre a la Virgen de Valldeflors, patrona de la ciudad. Tuvo que trabajar para completar los estudios secundarios en la Escuela Pía de Barbastro y los eclesiásticos en los seminarios diocesanos de Lleida y Urgell. Fue ordenado sacerdote el 9 de abril de 1859.

Tras doce años de intenso trabajo en la diócesis de Urgell al servicio del obispo, en calidad de paje y secretario particular, mayordomo de palacio, bibliotecario del seminario, vicesecretario de cámara y secretario de visita pastoral, se sintió llamado por Dios para hacerse religioso y fundar dos congregaciones religiosas.


Fundador y apóstol de la Sagrada Familia

Contando con la aprobación del obispo, en 1864, fundó a los Hijos de la Sagrada Familia Jesús, María y José, y en 1874, a las Misioneras Hijas de la Sagrada Familia de Nazaret, con la misión de imitar, honrar y propagar el culto a la Sagrada Familia de Nazaret y procurar la formación cristiana de las familias, principalmente por medio de la educación e instrucción católica de la niñez y juventud y el ministerio sacerdotal.

Con oración y trabajo constantes, con el ejercicio ejemplar de todas las virtudes, con amorosa dedicación y solicitud por las almas, guió e impulsó a lo largo de casi cuarenta años la formación y expansión de los institutos, abriendo escuelas, colegios y talleres y otros centros de apostolado en varias poblaciones de España. Hoy, los dos institutos están presentes en países de Europa, las dos Américas y África.

Especialmente llamado por Dios para presentar al mundo el ejemplo de la Sagrada Familia de Nazaret, escribió varias obras y opúsculos para propagar la devoción a la Familia de Jesús, María y José, fundó la revista La Sagrada Familia y promovió la erección, en Barcelona, del templo expiatorio de la Sagrada Familia, obra del arquitecto siervo de Dios Antonio Gaudí, destinado a perpetuar las virtudes y ejemplos de la Familia de Nazaret y ser el hogar universal de las familias.


Su pensamiento

El beato Josep Manyanet predicó abundantemente la Palabra de Dios y escribió también muchas cartas y otros libros y opúsculos para la formación de los religiosos y religiosas, de las familias y de los niños, y para la dirección de los colegios y escuelas‑talleres. Sobresale La Escuela de Nazaret y Casa de la Sagrada Familia (Barcelona 1895), su autobiografía espiritual, en la cual, mediante unos diálogos del alma, personificada en Desideria, con Jesús, María y José, traza todo un proceso de perfección cristiana y religiosa inspirada en la espiritualidad de la casa y escuela de Nazaret.

También Preciosa joya de familia (Barcelona 1899), una guía para los matrimonios y familias, que les recuerda la dignidad del matrimonio como vocación y la importante tarea de la educación cristiana de los hijos.

Para la formación de los religiosos escribió un libro de meditaciones titulado El espíritu de la Sagrada Familia, en donde describe la identidad de la vocación y misión de las religiosas y religiosos Hijos de la Sagrada Familia en la sociedad y en la Iglesia.

Existe una edición de sus Obras Selectas (Madrid 1991) y está en fase de impresión el primer volumen de sus Obras Completas.


Enfermedades y muerte

Las obras del Padre Manyanet crecieron entre muchas dificultades: ni le faltaron varias dolorosas enfermedades corporales que le atormentaron durante toda su vida. Pero su indómita constancia y fortaleza, nutridas con una profunda adhesión y obediencia a la voluntad de Dios, le ayudaron a superar todas las dificultades.

Minada su salud por unas llagas abiertas en el costado durante 16 años —que llamaba «las misericordias del Señor»—, el 17 de diciembre de 1901, esclarecido en virtudes y buenas obras, volvió a la casa del Padre, en Barcelona, en el colegio Jesús, María y José, el centro de su trabajo y rodeado de niños, con la misma sencillez que caracterizó toda su existencia. Sus últimas palabras fueron la jaculatoria que había repetido tantas veces: Jesús, José y María, recibid cuando yo muera el alma mía.

Sus restos mortales descansan en la capilla‑panteón del mismo colegio Jesús, María y José, continuamente acompañados por la oración y el agradecimiento de sus hijos e hijas espirituales y de innumerables jóvenes, niños y familias que se han acercado a Dios, atraídos por su ejemplo y sus enseñanzas.


El testimonio de su santidad

La fama de santidad que le distinguió en vida, se extendió por muchas partes. Por lo que, introducida la Causa de Canonización en 1956, reconocida la heroicidad de sus virtudes en 1982 y aprobado un milagro debido a su intercesión, fue declarado Beato por Juan Pablo II en 1984. Ahora, con la aprobación de un nuevo milagro obrado por su intercesión, está prevista su canonización para el día 16 de mayo de 2004.

La santidad de Josep Manyanet, como afirmó Juan Pablo II, tiene su origen en la Sagrada Familia. Fue llamado por Dios «para que en su nombre sean bendecidas todas las familias del mundo». El Espíritu forjó su personalidad para que anunciara con valentía el «Evangelio de la familia». Su gran aspiración era que «todas las familias imiten y bendigan a la Sagrada Familia de Nazaret»; por ello, quiso hacer un Nazaret en cada hogar, una «Santa Familia» de cada familia.

La canonización del Beato Josep Manyanet sanciona ahora no sólo la santidad, sino también la actualidad de su mensaje nazareno familiar. Es, por eso, el profeta de la familia, el protector de nuestras familias.


HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II 
 VI domingo de Pascua, 16 de mayo de 2004

1. "Mi paz os doy" (Jn 14, 27). En el tiempo pascual escuchamos a menudo esta promesa de Jesús a sus discípulos. La verdadera paz es fruto de la victoria de Cristo sobre el poder del mal, del pecado y de la muerte. Los que lo siguen fielmente se convierten en testigos y constructores de su paz.

Bajo esta luz me complace contemplar a los seis nuevos santos, que la Iglesia presenta hoy a la veneración universal: Luis Orione, Aníbal María di Francia, José Manyanet y Vives, Nimatullah Kassab Al-Hardini, Paula Isabel Cerioli y Gianna Beretta Molla.

2. "Hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26). Estas palabras de los Hechos de los Apóstoles pueden aplicarse bien a san Luis Orione, hombre totalmente entregado a la causa de Cristo y de su reino. Sufrimientos físicos y morales, fatigas, dificultades, incomprensiones y todo tipo de obstáculos marcaron su ministerio apostólico. "A Cristo, la Iglesia y las almas -decía- se los ama y sirve en la cruz y crucificados, o no se los ama y sirve" (Escritos, 68, 81).

El corazón de este estratega de la caridad "no conoció confines, porque estaba dilatado por la caridad de Cristo" (ib., 102, 32). El celo por Cristo fue el alma de su vida intrépida, el impulso interior de un altruismo sin reservas y el manantial siempre fresco de una esperanza indestructible.

Este humilde hijo de un empedrador proclama que "sólo la caridad salvará al mundo" (ib., 62, 13) y repite a todos que "la perfecta alegría está sólo en la entrega perfecta de sí a Dios y a los hombres, a todos los hombres" (ib.).

3. "El que me ama guardará mi palabra" (Jn 14, 23). En estas palabras evangélicas vemos delineado el perfil espiritual de Aníbal María di Francia, a quien el amor al Señor impulsó a dedicar toda su vida al bien espiritual del prójimo. Desde esta perspectiva, sintió sobre todo la urgencia de realizar el mandato evangélico: "Rogate ergo...", "Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

A los padres Rogacionistas y a las religiosas Hijas del Divino Celo les encomendó la misión de trabajar con todas sus fuerzas para que la oración por las vocaciones fuera "incesante y universal". El padre Aníbal María di Francia dirige esta misma invitación a los jóvenes de nuestro tiempo, sintetizándola en su exhortación habitual: "Enamoraos de Jesucristo".

De esta providencial intuición ha surgido en la Iglesia un gran movimiento de oración por las vocaciones. Deseo de corazón que el ejemplo del padre Aníbal María di Francia guíe y sostenga también en nuestro tiempo esta acción pastoral.

4. "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). Desde el principio el Paráclito ha suscitado hombres y mujeres que han recordado y difundido la verdad revelada por Jesús. Uno de estos fue san José Manyanet, verdadero apóstol de la familia. Inspirándose en la escuela de Nazaret, realizó su proyecto de santidad personal y se dedicó, con entrega heroica, a la misión que el Espíritu le confiaba. Para ello fundó dos congregaciones religiosas. Un símbolo visible de su anhelo apostólico es también el templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Que san José Manyanet bendiga a todas las familias y os ayude a llevar los ejemplos de la Sagrada Familia a vuestros hogares.

5. Hombre de oración, enamorado de la Eucaristía, que solía adorar durante largos ratos, san Nimatullah Kassab Al-Hardini es un ejemplo tanto para los monjes de la Orden Libanesa Maronita como para sus hermanos libaneses y para todos los cristianos del mundo. Se entregó totalmente al Señor en una vida de gran renuncia, mostrando que el amor a Dios es la única fuente verdadera de alegría y felicidad para el hombre. Se dedicó a buscar y a seguir a Cristo, su Maestro y Señor.

Acogiendo a sus hermanos, alivió y sanó muchas heridas en el corazón de sus contemporáneos, testimoniándoles la misericordia de Dios. Que su ejemplo ilumine nuestro camino y suscite especialmente entre los jóvenes un auténtico deseo de Dios y de santidad, para anunciar a nuestro mundo la luz del Evangelio.

6. "El ángel (...) me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo" (Ap 21, 10). La espléndida imagen propuesta por el Apocalipsis de san Juan exalta la belleza y la fecundidad espiritual de la Iglesia, la nueva Jerusalén. De esta fecundidad espiritual es testigo singular Paula Isabel Cerioli, cuya vida produjo mucho fruto.

Contemplando a la Sagrada Familia, Paula Isabel intuyó que las comunidades familiares se mantienen sólidas cuando los vínculos de parentesco se sostienen y unen al compartir los valores de la fe y de la cultura cristiana. Para difundir estos valores, la nueva santa fundó el Instituto de la Sagrada Familia. En efecto, estaba convencida de que los hijos, para crecer seguros y fuertes, necesitan una familia sana y unida, generosa y estable. Que Dios ayude a las familias cristianas a acoger y testimoniar en toda circunstancia el amor de Dios misericordioso.

7. Gianna Beretta Molla fue mensajera sencilla, pero muy significativa, del amor divino. Pocos días antes de su matrimonio, en una carta a su futuro esposo, escribió: "El amor es el sentimiento más hermoso que el Señor ha puesto en el alma de los hombres".

A ejemplo de Cristo, que "habiendo amado a los suyos (...), los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), esta santa madre de familia se mantuvo heroicamente fiel al compromiso asumido el día de su matrimonio. El sacrificio extremo que coronó su vida testimonia que sólo se realiza a sí mismo quien tiene la valentía de entregarse totalmente a Dios y a los hermanos.

Ojalá que nuestra época redescubra, a través del ejemplo de Gianna Beretta Molla, la belleza pura, casta y fecunda del amor conyugal, vivido como respuesta a la llamada divina.

8. "Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde" (Jn 14, 28). Las vicisitudes terrenas de estos seis nuevos santos nos estimulan a perseverar en nuestro camino, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Que desde el cielo velen ahora sobre nosotros y nos sostengan con su poderosa intercesión.

(fuente: www.vatican.va)

lunes, 16 de diciembre de 2013

16 de diciembre: Santa Adelaida de Italia

SANTA ADELAIDA DE ITALIA
Emperatriz
(931-999)
Patrona de las viudas

¿Cómo es posible, señora—decía la bondadosa sirvienta—, que conservéis esa serenidad en medio de tantas desgracias?

—¿Y qué adelantamos con llorar?—respondió la reina—. Cierto que a veces es difícil dominar nuestros sentidos, pero cuando el dolor me agobia pienso en lo que Cristo sufría en la cruz, y eso me llena de consuelo.

—Pero, ¡es tan terrible lo que os ha pasado! En pocos días lo habéis perdido todo: los honores, las riquezas, el reino, el marido. Y ¡cuánta ingratitud en gentes que sólo beneficios habían recibido de vos!

—¡Vamos, Ingunda!, no me hagas creer que tiene algún mérito mi prisión. Todavía me quedas tú para consolarme; y no deja de aliviar un poco el poder repetir las palabras del santo Job: «El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; que sea bendito su santo nombre.»

Quienes así hablaban eran una reina destronada y su antigua camarera, la única servidora que le quedaba. Alta, bella, joven, la reina juntaba en su exterior todos los atractivos que añaden a la desgracia un nuevo motivo de compasión. El dolor sereno tenía en su rostro un brillo más amable que aquel otro con que antes le iluminaba la alegría de la felicidad, aquella felicidad que le había sonreído a la niña desde la cuna. Hija del rey de Borgoña, había crecido entre fiestas de palacios y castillos señoriales. A los dieciséis años, Lotario, rey de Italia, la hace su esposa. Pronto a la reina se junta en ella la madre. ¡Con qué transportes de júbilo había visto el nacimiento de Emma, regio vástago de un tálamo real! Pero su destino la había traído al mundo en aquel siglo oscuro, siglo de traiciones, de intrigas, de ocasos y levantes de imperios. Ella iba a ser uno de los juguetes de la marejada. Un día, el marqués de Ivrea, Berengario, codicia el reino de Italia. Lotario es traicionado, huye, muere: Adelaida cae en manos del usurpador, le arrancan a su hija de los brazos, la encierran en una fortaleza de la alta Italia. La pompa antigua se ha desvanecido como humo, y he aquí ahora a la joven reina encerrada en una habitación estrecha, oscura, húmeda e incómoda, estrechamente vigilada y expuesta a todas las humillaciones y malos tratamientos. De cuando en cuando entra un caballero de larga melena y cinturón reluciente, que le dice con altanería:

—Señora, es preciso que os decidáis de una vez.

Adelaida permanece silenciosa, dulce, pero inquebrantable; o bien dice sencillamente:

—¿Es posible que rompáis así vuestro juramento de fidelidad?

Otras veces la que entra en la prisión es una mujer que viene arrastrando sedas y dejando una estela de perfumes. La prisionera tiene que hacer esfuerzos inauditos para conservar su serenidad delante de ella. Esta importuna visitante es la nueva reina, Vila, la esposa del usurpador. Vila da comienzo a la entrevista con una suavidad mal disimulada. Promete libertad, honores, riquezas; pero quiere obtener una cosa: que su cautiva renuncie al trono en que ella se sienta injustamente. Adelaida sigue callando, no quiere discutir por temor a sus palabras; piensa en su hija, llora y reza. Su rival se irrita, amenaza, y hace estallar su cólera en golpes y puntapiés. Más de una vez Adelaida rueda por la habitación arrastrada de los cabellos.

A fuerza de resignación, la cárcel iba perdiendo su horror para la ilustre prisionera. Dios vivía con ella, y el pensamiento de sufrir por Él la inundaba de alegría, aunque no por eso dejaba de poner los medios para salir de su encierro. Imaginaba planes de evasión, aunque no veía el camino de realizarlos. Por la puerta era imposible escapar: los guardias vigilaban constantemente, y aunque hubiera podido burlarlos, se hubiera visto detenida por los fosos, las cadenas los puentes levadizos. Al asomar los ojos por la estrecha ventana, se estremecía viendo allá en el fondo las aguas cenagosas del lago de Garda, cuya profundidad le era imposible medir. Pero una noche llegó hasta ella una voz desde la habitación contigua:

—Señora, si podéis pasar hasta aquí, estamos salvos.

Dos guerreros custodiaban el corredor. Ingunda se acercó a ellos.

—Mi señora—les dijo—se va morir de tristeza, y desearía purificar su alma con el sacerdote de Cristo. A estas palabras acompañó un regalo, la última joya que la reina conservaba como recuerdo de su pasada grandeza. Los centinelas asintieron gozosos, y, guiadas por ellos, las dos mujeres entraron en la habitación del capellán. Este había hecho tiras con las mantas del lecho, y atándolas unas a otras, tenía la soga necesaria para descolgarse hasta el lago. El lago, en aquella extremidad, era, según él, poco profundo, y el aguaSanta Adelaida de Italia misma podía facilitar la evasión. Ni Adelaida, ni Ingunda se asustaron del plan. Una tras otra se deslizaron por la estrecha saetera, y cautelosamente descendieron sujetándose a la cuerda improvisada. Siguiólas el clérigo. El agua les cubría hasta medio cuerpo; pero con la alegría de la libertad, ni siquiera la sentían. Avanzando lentamente, llegaron a tierra, y durante algún tiempo caminaron por la orilla del lago. El viento y la oscuridad favorecían la evasión. Al poco tiempo, el clérigo se separó para ir a dar la noticia a un castellano de las cercanías y pedirle su favor. Entre tanto, las dos mujeres se escondieron entre el follaje de la ribera, y allí permanecieron todo el día siguiente, aguardando la muerte de un momento a otro. Las gentes de la fortaleza las buscaban, y más de una vez pasaron cerca de su escondrijo. Llegó la noche y empezaron a sentir hambre, cuando, a la luz de la luna, vieron que una lancha se acercaba a la ribera, y dentro de la lancha no tardaron en descubrir a un pescador. Las dos fugitivas temblaron de pies a cabeza y hacían esfuerzos desesperados para ocultarse a las miradas de aquel desconocido. Fue inútil. Al verse descubiertas, decidiéronse a dejar las malezas, y, dirigiéndose al barquero, le dijeron con voz suplicante:

—Buen hombre, queremos confiarnos a tu bondad; somos unas pobres peregrinas que hemos perdido la ruta, y si no vienes en nuestro auxilio nos vamos a morir de necesidad.

El pescador se compadeció de ellas y las recogió en su barca.

—Poco es—dijo—lo que puedo ofreceros, pero aquí tengo agua y un pez grande que acabo de coger.

Además, como todos los que se dedican a pescar, dice el biógrafo, tenía fuego. Era bastante para remediar una necesidad urgente. Generosamente, puso el pez en el fuego, y cuando la piel empezó a tomar un color rosado, lo partió y lo puso delante de las dos mujeres. Fue una cena sencilla, pero sabrosa, interrumpida por un trote de caballos. AI oírle, Adelaida empezó a temblar, pensando que serian sus perseguidores. A punto estuvo de pedir al pescador que la llevase lago adentro. De pronto, apareció una sombra en la orilla, y al mismo tiempo se oyó una voz. ¡Oh alegría! Era el fiel capellán, que venía con un grupo de caballeros dispuestos a salvar a su antigua señora. Rápidamente la arrancaron de la lancha, y al amanecer entraban ya con ella en el castillo de Canosa.

Así salió la reina de Italia del poder de sus enemigos. Vino después el asedio de Canosa por Berengario, que quería recuperar su presa; pero en lo alto de los Alpes se oyen galopar de corceles y estruendos de tropas guerreras: es el rey de Germania, que viene a poner orden en las facciones italianas. Berengario huye delante de Otón; Adelaida cae de hinojos ante su libertador, llena de agradecimiento. El príncipe la levanta, y, prendado de su discreción, de su hermosura y de su historia, la hace su esposa. Nuevamente es reina de Italia, y los pueblos germánicos la llaman su señora. Nace el Imperio romano-germánico, y el Pontífice de Roma coloca sobre las sienes de Otón y Adelaida la corona de Carlomagno. Así suele dar vueltas la fortuna. Los antiguos verdugos se han convertido en humildes vasallos (951).

Pero la emperatriz no sabe vengarse más que haciendo beneficios. En torno suyo reina el perdón, la suavidad, la mansedumbre. Ni en su frente hay altivez, ni orgullo en su corazón. Recuerda las vicisitudes pasadas y piensa en aquella primera gloria que se pasó como un sueño. Tal vez se decía en su interior, como el rey de la fábula:

A reinar, fortuna, vamos;
no me despiertes, si sueño,
y si es verdad, no me aduermas;
mas sea verdad o sueño,
obrar bien es lo que importa;
si fuere verdad, por serlo,
si no, por ganar amigos
para cuando despertemos.

Obrar bien: tales son las palabras que resumen la vida de Adelaida en el palacio imperial durante casi cincuenta años: amar y admirar a su marido, educar a sus hijos, repartir su oro entre los pobres, levantar iglesias, castigar su carne y sembrar a su paso la alegría y el consuelo. Y los pueblos que llamaron a su marido Otón el Grande, le dieron a ella el título más hermoso de Adelaida la Santa.

(fuente: www.divvol.org)

domingo, 15 de diciembre de 2013

15 de diciembre: Santa Virginia Centurione Bracelli

Virginia Centurione, viuda de Bracelli, nació el 2 de abril de 1587 en Génova (Italia). Fue hija de Jorge Centurione, dux de la República en el bienio 1621-1622, y de Lelia Spínola, ambos descendientes de familias de antigua nobleza. Bautizada dos días más tarde, recibió la primera formación religiosa y literaria de su madre y de un preceptor doméstico.

Aunque ya desde su adolescencia manifestó inclinación a la vida del claustro, tuvo que aceptar la decisión de su padre, que quiso que se casara, el 10 de diciembre de 1602, con Gaspar Grimaldi Bracelli, un joven rico, heredero de una ilustre familia, pero inclinado a una vida desordenada y al vicio del juego. De esa unión nacieron dos niñas: Lelia e Isabel.

La vida conyugal de Virginia duró poco tiempo. Gaspar Bracelli, no obstante el matrimonio y la paternidad, no abandonó su estilo de vida disipada, hasta el punto de poner en peligro su propia existencia. Virginia, con silenciosa paciencia, oración y amable atención, procuró convencer a su marido a emprender una conducta más morigerada. Desafortunadamente, Gaspar se enfermò, pero falleció cristianamente el 13 de junio de 1607 en Alessandria, asistido por su esposa, que se había trasladado allí para curarle.

Al quedarse viuda con sólo 20 años, Virginia hizo voto de castidad perpetua, rechazando las ocasiones de contraer segundas nupcias, tal como se lo propuso su padre, y vivió retirada en casa de su suegra, aplicándose a la educación y a la administración de los bienes de sus hijas y dedicándose a la oración y a la beneficencia.

En 1610 sintió más claramente la vocación especial a «servir a Dios en sus pobres».Aunque estaba severamente controlada por su padre, y sin descuidar nunca el cuidado de su familia, comenzó a trabajar en favor de los necesitados. Los atendía directamente, distribuyendo en limosnas la mitad de sus propias rentas, o por medio de las instituciones benéficas de aquel tiempo.

Una vez que colocó de forma conveniente a sus hijas en el matrimonio, Virginia se dedicó por completo al cuidado de los muchachos abandonados, de los ancianos y de los enfermos, y a la promoción de los marginados.

La guerra entre la República de Génova y el Duque de Saboya, apoyado por Francia, sembrando el desempleo y el hambre, indujo a Virginia, en el invierno de 1624-1625, a acoger en casa, primero a unas quince jóvenes abandonadas, y luego, al aumentar el número de los prófugos en la ciudad, a todos los pobres que pudo, especialmente mujeres, proveyendo en todo a sus necesidades.

Tras el fallecimiento de su suegra, en el mes de agosto de 1625, no sólo comenzó a acoger a las jóvenes que llegaban espontáneamente, sino que ella misma andaba por la ciudad, sobre todo por los barrios de peor fama, en busca de las más necesitadas y que se hallaban en peligro de corrupción.

Para salir al paso de la creciente miseria, dio origen a las Cien Señoras de la Misericordia protectoras de los Pobres de Jesucristo, una asociación que, en unión con la organización local de las «Ocho Señoras de la Misericordia», tenía la tarea específica de verificar directamente, a través de las visitas a domicilio, las necesidades de los pobres, especialmente si se trataba de pobres de solemnidad.

Al intensificar la iniciativa de la acogida de las jóvenes, sobre todo durante el tiempo de la peste y de la carestía de 1629-1630, Virginia se vio obligada a tomar en arriendo el convento vacío de Montecalvario, a donde se trasladó el 14 de abril de 1631 con sus acogidas, a las que puso bajo la protección de Nuestra Señora del Refugio. Tres años después la Obra contaba ya con tres casas en las que residían casi 300 acogidas.Por esto Virginia consideró oportuno pedir el reconocimiento oficial al Senado de la República, que lo concedió el 13 de diciembre de 1635.

Las acogidas de Nuestra Señora del Refugio se convirtieron para la Santa en sus “hijas” por excelencia, con las que compartía la comida y los vestidos, y a las instruía con el catecismo y las adiestraba en el trabajo para que se ganasen el propio sustento.

Proponiéndose dar a la Obra una sede propia, después de haber renunciado a la adquisición del Montecalvario debido a su precio demasiado elevado, compró dos casitas contiguas en la colina de Carignano, que, con la construcción de una nueva ala y de la iglesia dedicada a Nuestra Señora del Refugio, se convirtió en la casa-madre de la Obra.

El espíritu que animaba a la Institución fundada por Virginia Bracelli estaba ampliamente presente en la Regla redactada en los años 1644-1650. En ella se estable que todas las casas constituyen la única Obra de Nuestra Señora del Refugio, bajo la dirección y administración de los Protectores (laicos noble designados por el Senado de la República); se reafirma la división entre las «hijas» con hábito e «hijas» sin hábito; pero todas deben vivir - aunque no tengan votos - como las monjas más observantes, en obediencia y pobreza, trabajando y orando; además, deben estar dispuestas a ir a prestar servicio en los hospitales públicos, como si estuvieran obligadas por medio de un voto.

Con el tiempo la Obra se desarrollará en dos Congregaciones religiosas: las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio de Monte Calvario y las Hijas de Nuestra Señora en el Monte Calvario.

Después del nombramiento de los Protectores (el 3 de julio de 1641), que eran considerados los verdaderos superiores de la Obra, Virginia Bracelli no quiso inmiscuirse más en el gobierno de la casa: ella estaba sometida a su querer y seguía sus disposiciones, incluso en la aceptación de cualquier joven necesitada. Virginia vivía como la última de sus «hijas», dedicada al servicio de la casa: salía mañana y tarde a mendigar para conseguir el sustento para toda la casa. Se interesaba por todas como una madre, especialmente por las enfermas, prestándolas los servicios más humildes.

Ya en los años anteriores había comenzado una acción social sanadora, destinada a curar las raíces del mal y a prevenir las recaídas: a los enfermos y los inválidos se les había de internar en centros apropiados para ellos; los hombres útiles debían ser iniciados en el trabajo; las mujeres debían ejercitarse en los telares y en hacer labores de corte y confección; y los niños tenían la obligación de ir a la escuela.

Al crecer las actividades y redoblarse los esfuerzos, Virginia vio disminuir a su alrededor el número de colaboradoras, sobre todo las mujeres burguesas y aristocráticas, que temían comprometer su reputación al tratar con gente corrompida y siguiendo a una guía que, aunque fuera noble y santa, aprecia un tanto temeraria en sus empresas.

Abandonada por las Auxiliares, desautorizada de hecho por los Protectores en el gobierno de su Obra, y ocupando el último lugar entre las hermanas en la casa de Carignano, mientras que su salud física se debilitaba rápidamente, Virginia parecía que encontraba nueva fuerza en la soledad moral.

El 25 de marzo de 1637 consiguió que la República tomara a la Virgen María como protectora. Suplicó con insistencia ante el Arzobispo de la ciudad la institución de las Cuarenta Horas, que comenzaron en Génova hacia finales de 1642, y la predicación de las misiones populares (1643). Se interpuso para allanar las frecuentes y sanguinarias rivalidades que, por motivos fútiles, surgían entre las familias nobles y los caballeros. En 1647 obtuvo la reconciliación entre la Curia arzobispal y el Gobierno de la República, en lucha entre sí por puras cuestiones de prestigio.Sin perder nunca de vista a los más abandonados, estaba siempre disponible, independientemente del rango social, para cualquier persona que acudiese a ella para pedir ayuda.

Enriquecida por el Señor con éxtasis, visiones, locuciones interiores y otros dones místicos especiales, entregó su espíritu al Señor el 15 de diciembre de 1651, a la edad de 64 años. El Sumo Pontífice Juan Pablo II la proclamó Beata, con ocasión de su viaje apostólico a Génova, el 22 de septiembre de 1985.

(fuente: www.vatican.va)

sábado, 14 de diciembre de 2013

14 de diciembre: San Nimatullah Kassab Al-Hardini

Nació en Hardin, en el norte del Líbano, el año 1808. En el bautismo recibió el nombre de Youssef. Pertenecía a una familia maronita, con seis hijos, que fueron educados en un profundo amor a Dios y a su Iglesia. Tres de sus hermanos siguieron, como él, la vida monástica o sacerdotal. Tanios fue párroco; Eliseo entró en la Orden Libanesa Maronita, en la que vivió como ermitaño durante cuarenta y cuatro años; Msihieh abrazó la vida claustral en el monasterio de San Juan Bautista, en Hrasch.

 Pasó los primeros años de su infancia frecuentando los monasterios y eremitorios de su pueblo. Terminados los estudios, fue a vivir con su abuelo materno, Youssef Raad, párroco de Tannourin, cuyo ejemplo suscitó en él el amor al sacerdocio, vivido para el servicio de la Iglesia. En Tannourin, rezaba el oficio divino en el monasterio con los monjes o en la parroquia con su abuelo y los fieles. Ingresó en la Orden Libanesa Maronita a los veinte años. Fue enviado al monasterio de San Antonio de Qozhaya, cerca de la Qadischa ("Valle santo"), para hacer sus dos años de noviciado, durante los cuales se entregó con fervor a la oración comunitaria y al trabajo manual. Dedicaba todo su tiempo libre, e incluso parte del destinado al descanso, a visitar al santísimo Sacramento. Lo solían encontrar en la capilla, arrodillado, inmóvil, con las manos alzadas en forma de cruz y los ojos fijos en el sagrario.

Después de la profesión monástica, que emitió el 14 de noviembre de 1830, fue enviado al monasterio de San Cipriano y Santa Justina, en Kfifan, para estudiar la filosofía y la teología, a la vez que trabajaba en el campo; además, destacaba por su habilidad para encuadernar manuscritos y libros, oficio que había aprendido durante el noviciado. Durante ese período, a causa de su ascetismo y su intensa aplicación a los estudios, se enfermó. Para evitarle la gran fatiga del trabajo en el campo, su superior lo destinó a la sastrería.

Al ser ordenado sacerdote, fue nombrado director del estudiantado y profesor, labor que desempeñó hasta sus últimos años. Dividía su jornada habitualmente en dos partes: la primera mitad para prepararse a la celebración de la misa y la otra mitad para la acción de gracias después de la eucaristía. Vivía esta dimensión contemplativa juntamente con su amor a los hermanos y a la cultura. Fundó una escuela para instruir gratuitamente a la juventud.

Le tocó vivir dos guerras civiles (en los años 1840 y 1845), que fueron preludio de sangrientos acontecimientos de 1860, durante los cuales muchos monasterios fueron quemados, muchas iglesias devastadas y muchos cristianos maronitas asesinados. En ese marco civil y religioso tan difícil y doloroso, su hermano el padre Eliseo, ermitaño, lo invitó a abandonar la vida comunitaria para retirarse a un eremitorio, pero él respondió: "Los que luchan por la virtud en la vida comunitaria tendrán más mérito".

Era severo y duro consigo mismo, pero misericordioso e indulgente con sus hermanos. Radical en su opción, concebía la santidad en términos de comunión. Afirmaba: "La primera preocupación de un monje debe ser, día y noche, no herir o afligir a sus hermanos".

Fue grande su devoción a la Virgen María. En sus aflicciones invocaba la intercesión de María, su principal auxilio, por el Líbano y por su Orden. Rezaba el rosario todos los días con los demás monjes. Nunca se cansaba de repetir el nombre bendito de María. Practicaba el ayuno en su honor todos los sábados y las vísperas de sus fiestas; tenía devoción particular por el misterio de la Inmaculada Concepción. Después de rezar el Ángelus, repetía estas palabras: "Bendita sea la Inmaculada Concepción de la santísima Virgen".

Se esforzó por inculcar a los fieles su devoción a María, formando cofradías. Fundó también dieciséis altares consagrados a la Madre de Dios; uno de estos, en el monasterio de Kfifan, fue llamado, después de su muerte, "Nuestra Señora de Hardini".

En 1845, a los 33 años, la Santa Sede lo nombró asistente general de su Orden con un mandato de tres años, por su celo en la observancia de las reglas monásticas. Para ese cargo fue reelegido otras dos veces, pero se negó siempre a aceptar el nombramiento de abad general de la Orden. Residía, con los demás asistentes, en el monasterio de Nuestra Señora de Tamich, casa general de la Orden, pero solía acudir al monasterio de Kfifan, tanto para continuar dando clases como para ejercer su trabajo de encuadernador, labor que realizaba con espíritu de pobreza, poniendo especial esmero en los manuscritos litúrgicos. De 1853 a 1859 tuvo entre sus alumnos a san Charbel, que asistió a la muerte de su maestro y a la conmovedora ceremonia de su funeral.

En lo más duro del invierno, mientras se encontraba en el monasterio de Kfifan para dar clases, debido al intenso frío, se vio afectado por una pulmonía; al agravarse, solicitó ser trasladado a una celda cercana a la iglesia para escuchar el canto del oficio y, tras una agonía de diez días, recibió la unción de los enfermos con un icono de la Virgen en las manos, e invocándola: "Oh María, te encomiendo mi alma". Falleció el 14 de diciembre de 1858, a los 50 años de edad.

Fue beatificado por el Papa Juan Pablo II el 10 de mayo de 1998.


HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II 
VI domingo de Pascua, 16 de mayo de 2004

1. "Mi paz os doy" (Jn 14, 27). En el tiempo pascual escuchamos a menudo esta promesa de Jesús a sus discípulos. La verdadera paz es fruto de la victoria de Cristo sobre el poder del mal, del pecado y de la muerte. Los que lo siguen fielmente se convierten en testigos y constructores de su paz.

Bajo esta luz me complace contemplar a los seis nuevos santos, que la Iglesia presenta hoy a la veneración universal: Luis Orione, Aníbal María di Francia, José Manyanet y Vives, Nimatullah Kassab Al-Hardini, Paula Isabel Cerioli y Gianna Beretta Molla.

2. "Hombres que han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo" (Hch 15, 26). Estas palabras de los Hechos de los Apóstoles pueden aplicarse bien a san Luis Orione, hombre totalmente entregado a la causa de Cristo y de su reino. Sufrimientos físicos y morales, fatigas, dificultades, incomprensiones y todo tipo de obstáculos marcaron su ministerio apostólico. "A Cristo, la Iglesia y las almas -decía- se los ama y sirve en la cruz y crucificados, o no se los ama y sirve" (Escritos, 68, 81).

El corazón de este estratega de la caridad "no conoció confines, porque estaba dilatado por la caridad de Cristo" (ib., 102, 32). El celo por Cristo fue el alma de su vida intrépida, el impulso interior de un altruismo sin reservas y el manantial siempre fresco de una esperanza indestructible.

Este humilde hijo de un empedrador proclama que "sólo la caridad salvará al mundo" (ib., 62, 13) y repite a todos que "la perfecta alegría está sólo en la entrega perfecta de sí a Dios y a los hombres, a todos los hombres" (ib.).

3. "El que me ama guardará mi palabra" (Jn 14, 23). En estas palabras evangélicas vemos delineado el perfil espiritual de Aníbal María di Francia, a quien el amor al Señor impulsó a dedicar toda su vida al bien espiritual del prójimo. Desde esta perspectiva, sintió sobre todo la urgencia de realizar el mandato evangélico: "Rogate ergo...", "Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies" (Mt 9, 38).

A los padres Rogacionistas y a las religiosas Hijas del Divino Celo les encomendó la misión de trabajar con todas sus fuerzas para que la oración por las vocaciones fuera "incesante y universal". El padre Aníbal María di Francia dirige esta misma invitación a los jóvenes de nuestro tiempo, sintetizándola en su exhortación habitual: "Enamoraos de Jesucristo".

De esta providencial intuición ha surgido en la Iglesia un gran movimiento de oración por las vocaciones. Deseo de corazón que el ejemplo del padre Aníbal María di Francia guíe y sostenga también en nuestro tiempo esta acción pastoral.

4. "El Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho" (Jn 14, 26). Desde el principio el Paráclito ha suscitado hombres y mujeres que han recordado y difundido la verdad revelada por Jesús. Uno de estos fue san José Manyanet, verdadero apóstol de la familia. Inspirándose en la escuela de Nazaret, realizó su proyecto de santidad personal y se dedicó, con entrega heroica, a la misión que el Espíritu le confiaba. Para ello fundó dos congregaciones religiosas. Un símbolo visible de su anhelo apostólico es también el templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Que san José Manyanet bendiga a todas las familias y os ayude a llevar los ejemplos de la Sagrada Familia a vuestros hogares.

5. Hombre de oración, enamorado de la Eucaristía, que solía adorar durante largos ratos, san Nimatullah Kassab Al-Hardini es un ejemplo tanto para los monjes de la Orden Libanesa Maronita como para sus hermanos libaneses y para todos los cristianos del mundo. Se entregó totalmente al Señor en una vida de gran renuncia, mostrando que el amor a Dios es la única fuente verdadera de alegría y felicidad para el hombre. Se dedicó a buscar y a seguir a Cristo, su Maestro y Señor.

Acogiendo a sus hermanos, alivió y sanó muchas heridas en el corazón de sus contemporáneos, testimoniándoles la misericordia de Dios. Que su ejemplo ilumine nuestro camino y suscite especialmente entre los jóvenes un auténtico deseo de Dios y de santidad, para anunciar a nuestro mundo la luz del Evangelio.

6. "El ángel (...) me enseñó la ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo" (Ap 21, 10). La espléndida imagen propuesta por el Apocalipsis de san Juan exalta la belleza y la fecundidad espiritual de la Iglesia, la nueva Jerusalén. De esta fecundidad espiritual es testigo singular Paula Isabel Cerioli, cuya vida produjo mucho fruto.

Contemplando a la Sagrada Familia, Paula Isabel intuyó que las comunidades familiares se mantienen sólidas cuando los vínculos de parentesco se sostienen y unen al compartir los valores de la fe y de la cultura cristiana. Para difundir estos valores, la nueva santa fundó el Instituto de la Sagrada Familia. En efecto, estaba convencida de que los hijos, para crecer seguros y fuertes, necesitan una familia sana y unida, generosa y estable. Que Dios ayude a las familias cristianas a acoger y testimoniar en toda circunstancia el amor de Dios misericordioso.

7. Gianna Beretta Molla fue mensajera sencilla, pero muy significativa, del amor divino. Pocos días antes de su matrimonio, en una carta a su futuro esposo, escribió: "El amor es el sentimiento más hermoso que el Señor ha puesto en el alma de los hombres".

A ejemplo de Cristo, que "habiendo amado a los suyos (...), los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1), esta santa madre de familia se mantuvo heroicamente fiel al compromiso asumido el día de su matrimonio. El sacrificio extremo que coronó su vida testimonia que sólo se realiza a sí mismo quien tiene la valentía de entregarse totalmente a Dios y a los hermanos.

Ojalá que nuestra época redescubra, a través del ejemplo de Gianna Beretta Molla, la belleza pura, casta y fecunda del amor conyugal, vivido como respuesta a la llamada divina.

8. "Que no se turbe vuestro corazón ni se acobarde" (Jn 14, 28). Las vicisitudes terrenas de estos seis nuevos santos nos estimulan a perseverar en nuestro camino, confiando en la ayuda de Dios y en la protección materna de María. Que desde el cielo velen ahora sobre nosotros y nos sostengan con su poderosa intercesión.

(fuente: www.vatican.va)

viernes, 13 de diciembre de 2013

13 de diciembre: Beata María Magdalena de la Pasión

María Magdalena de la Pasión (Constanza Starace)
Fundadora de las Religiosas Compasionistas

Nació en Castellammare di Stabia, provincia de Nápoles (Italia), el 5 de septiembre de 1845. Fue bautizada con el nombre de Costanza. Su madre, muy piadosa, la consagró a la Virgen de los Dolores. A la edad de 4 años comenzó a frecuentar la escuela, donde se relacionó con niñas pobres. Seguramente esta experiencia dejó una huella profunda en su corazón.

En 1850 las Hijas de la Caridad se establecieron en Castellammare, con el fin de asistir a los enfermos internados en el hospital de San Leonardo. Abrieron un orfanato y un internado para niñas, en el que Costanza solicitó entrar. El clima de oración y de piedad que se vivía allí suscitó en ella el deseo de consagrarse al Señor. Hizo la primera comunión y, a la edad de 10 años, recibió el sacramento de la Confirmación. Por motivos de salud, tuvo que volver a su casa.

A los 15 años su confesor la autorizó a consagrarse al Señor con los tres votos perpetuos, aconsejándole que se hiciera "monja en casa". El 8 de junio de 1867 profesó en las Terciarias de los Siervos de María, tomando el nombre de María Magdalena de la Pasión. El obispo de Castellammare, mons. Francesco Saverio Petagna, le encomendó la dirección de la pía unión de las Hijas de María y la catequesis de las niñas del pueblo. Las diversas epidemias de cólera que azotaron Castellammare la impulsaron a fundar, en 1869, el instituto de las Religiosas Compasionistas, cuyo carisma —según palabras de la madre María Magdalena— es: "Compadecer con Jesús doliente y con la Virgen de los Dolores; por tanto, compadecerse del prójimo en todas sus necesidades, tanto del espíritu como del cuerpo".

El 27 de mayo de 1871 mons. Petagna concedió al Instituto la erección canónica; el 10 de noviembre de 1893 el general de los Servitas firmó el decreto de agregación a la Orden; y, por último, el 10 de julio de 1928, el Papa Pío XI aprobó el Instituto.

Fueron innumerables las pruebas físicas y espirituales que la madre María Magdalena debió soportar en su camino hacia la santidad, pero contribuyeron a fortalecer su fe y su compromiso de servir totalmente al Señor. Murió de pulmonía el 13 de diciembre de 1921.

El 19 de agosto de 1929 su cuerpo fue trasladado al santuario del Sagrado Corazón, en Scanzano. El proceso de beatificación comenzó el 4 de abril de 1939. Con decreto pontificio del 7 de julio de 2003, Juan Pablo II la declaró venerable. Benedicto XVI, el 26 de junio de 2006, firmó el decreto de beatificación.

La semilla sembrada por sor María Magdalena de la Pasión se ha convertido hoy en un gran árbol, cuyas ramas se extienden más allá de los confines de su tierra natal: 24 comunidades en Italia y 14 en el extranjero (Canadá, México, Chile, India, Indonesia y Filipinas), 350 religiosas, 34 novicias y 35 postulantes.

(fuente: www.vatican.va)
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