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jueves, 21 de agosto de 2014

21 de agosto: San Sidon (Sidonio) Apolinar

Obispo

Martirologio Romano: En Auvernia, en Aquitania, san Sidonio Apolinar. Era prefecto de la ciudad de Roma cuando fue ordenado obispo de Clermont, y muy bien formado en lo divino y lo humano, y dueño de gran fortaleza cristiana, se enfrentó a la ferocidad de los bárbaros, como padre de la Iglesia y doctor insigne (c. 479).

Este ilustre francés vino al mundo en la populosa e industrial ciudad de Lyon en el 430 y murió Clermont-Ferrand (Puy-de-Dôme) en el 480.

Tuvo, pues, 37 años para llenar su vida de aventuras en las que estuvo siempre presente el amado Cristo.

Este joven había alcanzado toda la fama que se puede desear en la vida. Se casó con la hija del emperador Avito. En aquellos tiempos la sucesión de los emperadores era rápida. El conoció nada menos que ocho.

El sabía cuándo tenía que comprometerse y cuándo no. E n el 456 hizo el elogio de su suegro Avito en el Senado. Y así tuvo que realizarlo por varias veces.

El último del que hizo el panegírico fue asesinado. Fue entonces cuando se retiró a Auvergne a vivir tranquilo con su mujer y sus dos hijos. Se distraía con la caza y la pesca y escribiendo poemas y cartas.

Fueron los cinco años más felices de su vida.

Todo, sin embargo, iba a cambiar para él cuando los Visigodos invadieron las fronteras y asaltaron Clermont-Ferrand.

Durante este tiempo, fue nombrado gobernador y obispo. Animó a los ciudadanos a que aguantaran el asedio y que nunca se rindieran.

Hasta entonces no supo lo que era pasar hambre. Sin embargo, llevado de su celo apostólico como obispo, fue un ejemplo para todos.

Luchó con todas sus fuerzas para mantener a su pueblo alejado de las herejías que traían los invasores.

Su amor por los pobres le llevaba hasta entregarle sus propios muebles y su vajilla.

La tristeza y la añoranza les hicieron morir de forma prematura.

Se dice que fue uno de los mejores escritores de su tiempo.

¡Felicidades a quien leve este nombre!

(fuente: catholic.net)

miércoles, 20 de agosto de 2014

20 de agosto: Santa María de Mattias

Fundadora de la congregación de las Religiosas Adoratrices de la Sangre de Cristo

Nació el 4 de febrero de 1805 en Vallecorsa (Italia) en una familia acomodada y de profunda fe cristiana. Ya desde niña se familiarizó con la Sagrada Escritura, y sintió un gran amor a Jesús, Cordero inmolado por la salvación de la humanidad. Tuvo especial devoción por la Sangre de Cristo, derramada por amor a los hombres.

Por las costumbres de la época, vivió su niñez y adolescencia relativamente aislada, con pocos contactos y relaciones exteriores. En su interior, sin embargo, buscaba el sentido de su vida, que esperaba encontrar en un amor sin confines.

Se encomendó a la Virgen María para que la iluminara y Dios la hizo experimentar la belleza de su amor, que se manifestó con plenitud en Cristo crucificado, en Cristo que derramó su preciosísima sangre por nuestra salvación. Esta experiencia fue la fuente, la fuerza y la motivación que la llevó a difundir por doquier el amor misericordioso del Padre celestial, y el amor de Jesús crucificado.

Estaba convencida de que la reforma de la sociedad nace del corazón de las personas y que los hombres se transforman cuando llegan a comprender cuán valiosos son a los ojos de Dios, cuando caen en la cuenta del inmenso amor de que han sido objeto: Jesús dio toda su sangre para rescatarlos.

Cuando tenía 17 años, san Gaspar del Búfalo predicó en Vallecorsa una misión popular y María vio cómo se transformaba el pueblo, con la conversión de muchas personas. En su interior surgió el deseo de contribuir, como ese santo, a la transformación espiritual de las personas.

Bajo la guía de un compañero de san Gaspar, el venerable don Giovanni Merlini, el 4 de marzo de 1834 fundó la congregación de las Religiosas Adoratrices de la Sangre de Cristo.

Además de promover la educación de las niñas, reunía a las madres y a las jóvenes para catequizarlas, para hacer que se enamoraran de Jesús, impulsándolas a vivir cristianamente, según su estado de vida. Muchos hombres, a los que no podía hablar, a causa de las costumbres de la época, acudían espontáneamente a escucharla.

A pesar de su carácter tímido e introvertido, el celo por la causa de Cristo la convirtió en una gran predicadora, que convencía tanto a las personas sencillas como a las cultas, tanto a los laicos como a los sacerdotes, porque cuando hablaba de los misterios de la fe daba la impresión de que había experimentado personalmente esas realidades. Su gran deseo era que no se perdiera ni siquiera una gota de la Sangre de Cristo, sino que llegara a todos los pecadores para purificarlos y para que, lavados en aquel río de misericordia, volvieran al buen camino.

Este celo arrastró a muchas jóvenes. Así, pudo fundar cerca de setenta casas religiosas, principalmente en Italia, pero también en Alemania e Inglaterra. Casi todas sus casas se abrían en pequeñas aldeas abandonadas del centro de Italia, a excepción de Roma, a donde fue llamada por el Papa Pío IX para dirigir el Hospicio de San Luis y una escuela en Civitavecchia.

Vivió toda su vida con el único deseo de agradar a Jesús, que le había robado el corazón desde su juventud, y con el compromiso gozoso de difundir al máximo el conocimiento del amor de Dios por la humanidad. Para ello no escatimó esfuerzos, ni se dejó abatir por las dificultades. Siempre actuó en profunda comunión con la Iglesia universal y particular, y por amor a ella.

Murió en Roma el 20 de agosto de 1866. Fue beatificada por el Papa Pío XII el 1 de octubre de 1950.


HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II 
Plaza de San Pedro 
Domingo 18 de mayo de 2003

1. "El que permanece en mí y yo en él da fruto abundante" (Jn 15, 5; cf. Aleluya). Las palabras que Jesús dirigió a los Apóstoles, al final de la última Cena, constituyen una emotiva invitación también para nosotros, sus discípulos del tercer milenio. Sólo quien permanece íntimamente unido a él -injertado en él como el sarmiento en la vid- recibe la savia vital de su gracia. Sólo quien vive en comunión con Dios produce frutos abundantes de justicia y santidad.

Los santos que tengo la alegría de canonizar hoy, en este V domingo de Pascua, son testigos de esta verdad evangélica fundamental. Dos de ellos provienen de Polonia: José Sebastián Pelczar, obispo de Przemysl, fundador de la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús; y Úrsula Ledóchowska, virgen, fundadora de la congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante. Las otras dos santas son italianas: María de Mattias, virgen, fundadora de la congregación de las Religiosas Adoratrices de la Sangre de Cristo; y Virginia Centurione Bracelli, laica, fundadora de las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio del Monte Calvario y de las Hijas de Nuestra Señora en el Monte Calvario.

2. "La perfección es como la ciudad del Apocalipsis (cf. Ap 21), con doce puertas que se abren a todas las partes del mundo, como signo de que los hombres de todas las naciones, de todos los estados y de todas las edades pueden pasar por ellas. (...) Ningún estado y ninguna edad son obstáculo para una vida perfecta. En efecto, Dios no considera las cosas exteriores (...), sino el alma (...), y sólo exige lo que podemos dar". Con estas palabras, nuestro nuevo santo José Sebastián Pelczar expresaba su fe en la llamada universal a la santidad. Con esta convicción vivió como sacerdote, profesor, rector universitario y obispo. Él mismo tendía a la santidad, y a ella guiaba a los demás. Fue celoso en todas las cosas, pero lo hizo de modo que en su servicio Cristo mismo fuera el Maestro.

El lema de su vida fue: "Todo por el sacratísimo Corazón de Jesús, a través de las manos inmaculadas de la santísima Virgen María". Este lema forjó su figura espiritual, cuya característica fue encomendarse a sí mismo, su vida y su ministerio a Cristo por medio de María.

Consideraba su entrega a Cristo sobre todo como respuesta a su amor, encerrado y revelado en el sacramento de la Eucaristía. Decía: "Todo hombre debe maravillarse ante el pensamiento de que el Señor Jesús, debiendo ir al Padre sobre un trono de gloria, permaneció en la tierra con los hombres. Su amor inventó este milagro de los milagros, instituyendo el santísimo Sacramento". Suscitaba incesantemente en sí y en los demás este asombro de la fe. Precisamente este asombro lo condujo también a María. Como teólogo experto, no podía por menos de ver en María a la mujer que "anticipó también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia"; la mujer que, llevando en su seno al Verbo, que se hizo carne, fue en cierto sentido el "tabernáculo", el primer "tabernáculo" de la historia (cf. Ecclesia de Eucharistia, 55). Por eso, acudía a ella con devoción filial y con el gran amor que había recibido en su casa paterna, y animaba a los demás a vivir ese amor. A la congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, fundadas por él, les escribió: "Entre los deseos del Sagrado Corazón de Jesús uno de los más ardientes es que todos veneren y amen a su santísima Madre, en primer lugar, porque el Señor mismo la ama de modo inefable, y después porque la convirtió en madre de todos los hombres, para que, con su dulzura, atrajera a sí incluso a los que rechazan la santa cruz y los condujera al Corazón divino".

Al elevar a la gloria de los altares a José Sebastián, pido que, por su intercesión, el esplendor de su santidad sea para las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, para la Iglesia en Przemysl y para todos los creyentes de Polonia y del mundo, un estímulo a este amor a Cristo y a su Madre.

3. Durante toda su vida, santa Úrsula Ledóchowska fijó su mirada, con fidelidad y amor, en el rostro de Cristo, su Esposo. De modo particular, se unió a Cristo agonizante en la cruz. Esta unión la colmaba de un extraordinario celo en la tarea de anunciar, con palabras y obras, la buena nueva del amor de Dios. La llevaba, ante todo, a los niños y a los jóvenes, pero también a todos los que se encontraban en dificultades, a los pobres, a los abandonados y a las personas solas. A todos se dirigía con el lenguaje del amor demostrado con las obras. Con el mensaje del amor de Dios recorrió Rusia, los países escandinavos, Francia e Italia. En su época fue apóstol de la nueva evangelización, dando prueba, con su vida y con su actividad, de la actualidad, la creatividad y la eficacia constantes del amor evangélico.

También ella sacaba de este amor a la Eucaristía la inspiración y la fuerza para la gran obra del apostolado. Escribió: "Debo amar al prójimo como Jesús me ha amado a mí. Tomad y comed... Comed mis fuerzas, estoy a vuestra disposición (...). Tomad y comed mis capacidades, mi talento (...), mi corazón, para que con su amor caliente e ilumine vuestra vida (...). Tomad y comed mi tiempo, que está a vuestra disposición. (...) Soy vuestra como Jesús Hostia es mío". ¿No resuena en estas palabras el eco del don con el que Cristo, en el Cenáculo, se entregó a sí mismo a los discípulos de todos los tiempos?

Al fundar la congregación de las Hermanas Ursulinas del Sagrado Corazón de Jesús Agonizante, le transmitió este espíritu. "El santísimo Sacramento -escribió- es el sol de nuestra vida, nuestro tesoro, nuestra felicidad, nuestro todo en la tierra. (...) Amad a Jesús en el tabernáculo. Que allí permanezca siempre vuestro corazón, aunque materialmente estéis trabajando. Allí está Jesús, a quien debemos amar ardientemente, con todo nuestro corazón. Y, si no sabemos amarlo, por lo menos deseemos amarlo cada vez más".

A la luz de este amor eucarístico, santa Úrsula sabía descubrir en cada circunstancia un signo de los tiempos, para servir a Dios y a los hermanos. Sabía que para quien cree, todos los acontecimientos, incluso los menos importantes, son una ocasión para realizar los designios de Dios. Convertía en extraordinario lo ordinario; transformaba lo diario en perenne; hacía santo lo que era banal.

Si hoy santa Úrsula llega a ser un ejemplo de santidad para todos los creyentes, es con el fin de que acojan su carisma quienes, por amor a Cristo y a la Iglesia, quieren testimoniar de modo eficaz el Evangelio en el mundo actual. Todos podemos aprender de ella cómo edificar con Cristo un mundo más humano, un mundo en el que se realicen cada vez más plenamente valores como la justicia, la libertad, la solidaridad y la paz. De ella podemos aprender a poner en práctica cada día el mandamiento "nuevo" del amor.

4. "Este es su mandamiento: que creamos (...) y nos amemos unos a otros" (1 Jn 3, 23). El apóstol san Juan exhorta a acoger el amor infinito de Dios, que por la salvación del mundo dio a su Hijo unigénito (cf. Jn 3, 16). Este amor se expresó de modo sublime cuando Cristo derramó su sangre como "precio infinito del rescate" de toda la humanidad. El misterio de la cruz conquistó interiormente a María de Mattias, que puso el instituto de las Religiosas Adoratrices de la Sangre de Cristo "bajo el estandarte de la Sangre divina". En ella el amor a Jesús crucificado se tradujo en celo por las almas y en una entrega humilde a los hermanos, al "querido prójimo", como solía repetir. "Animémonos -exhortaba- a padecer de buen grado por amor a Jesús, que con tanto amor derramó su sangre por nosotros. Esforcémonos por ganar almas para el cielo".

Este es el mensaje que santa María de Mattias entrega a sus hijos e hijas espirituales hoy, estimulando a todos a seguir hasta el sacrificio de la vida al Cordero inmolado por nosotros.

5. Este mismo amor sostuvo a Virginia Centurione Bracelli. Siguiendo la exhortación del apóstol san Juan, quiso amar no sólo "de palabra", ni "de boca", sino también "con obras y según la verdad" (1 Jn 3, 18). Dejando a un lado sus nobles orígenes, se dedicó con extraordinario celo apostólico a la asistencia de los últimos. La eficacia de su apostolado brotaba de una adhesión incondicional a la voluntad divina, que se alimentaba de una contemplación incesante y de una escucha obediente de la palabra del Señor.

Enamorada de Cristo, y dispuesta a entregarse a sí misma por él a los hermanos, santa Virginia Centurione Bracelli lega a la Iglesia el testimonio de una santidad sencilla y fecunda. Su ejemplo de valiente fidelidad evangélica sigue ejerciendo una fuerte fascinación también sobre las personas de nuestro tiempo. Solía decir: cuando se tiene sólo a Dios como fin, "se allanan todos los obstáculos, se superan todas las dificultades" (Positio, 86).

6. "Permaneced en mí". En el Cenáculo Jesús repitió varias veces esta invitación, que san José Sebastián Pelczar, santa Úrsula Ledóchowska, santa María de Mattias y santa Virginia Centurione Bracelli aceptaron con total confianza y disponibilidad. Es una invitación apremiante y amorosa dirigida a todos los creyentes. "Si permanecéis en mí -asegura el Señor- y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará" (Jn 15, 7).

Que cada uno de nosotros experimente en su existencia la eficacia de esta promesa de Jesús.

Nos ayude María, Reina de los santos y modelo de perfecta comunión con su Hijo divino. Nos enseñe a permanecer "injertados" en Jesús, como sarmientos en la vid, y a no separarnos jamás de su amor. En efecto, no podemos nada sin él, porque nuestra vida es Cristo vivo y presente en la Iglesia y en el mundo. Hoy y siempre.

¡Alabado sea Jesucristo!

(fuente: www.vatican.va)

martes, 19 de agosto de 2014

19 de agosto: San Juan Eudes

Presbítero y Fundador

Martirologio Romano: San Juan Eudes, presbítero, que durante muchos años se dedicó a la predicación en las parroquias y después fundó la Congregación de Jesús y María, para la formación de los sacerdotes en los seminarios, y otra de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad, para fortalecer en la vida cristiana a las mujeres arrepentidas. Fomentó de una manera especial la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María, hasta que en Caen, de la región de Normandía, en Francia, descansó piadosamente en el Señor (1680).

Fecha de canonización: Fue canonizado en 1925 y su fiesta fue incluida en el calendario de la Iglesia de occidente en 1928.

Etimología Juan = Dios es misericordia. Viene de la lengua hebrea.

En la segunda mitad del siglo XVI, vivía en Ri, Normandía (Francia), un granjero llamado Isaac Eudes, casado con Marta Corbin. Como no tuviesen hijos al cabo de dos años de matrimonio, ambos esposos fueron en peregrinación a un santuario de Nuestra Señora. Nueve meses después tuvieron un hijo, al que siguieron otros cinco. El mayor recibió el nombre de Juan y, desde niño, dio muestras de gran inclinación al amor de Dios. Se cuenta que, cuando tenía nueve años, un compañero de juegos le abofeteó; en vez de responder en la misma forma, Juan siguió el consejo evangélico y le presentó la otra mejilla.

A los catorce años, Juan ingresó en el colegio de los jesuitas de Caén. Sus padres deseaban que se casara y siguiera trabajando la granja de la familia. Pero Juan, que había hecho voto de virginidad, recibió las órdenes menores en 1621 y estudió la teología en Caén con la intención de consagrarse a los ministerios parroquiales. Sin embargo, poco después determinó ingresar en la congregación del oratorio, que había sido fundada en 1611 por el futuro cardenal Pedro de Bérulle. Tras de recabar con gran dificultad el permiso paterno, fue recibido en París por el superior general en 1623. Juan había sido hasta entonces un joven ejemplar: su conducta en la congregación no lo fue menos, de suerte que el P. Bérulle le dio permiso de predicar, aunque sólo había recibido las órdenes menores. Al cabo de un año en París, Juan fue enviado a Aubervilliers a estudiar bajo la dirección del P. Carlos de Condren, el cual, según la expresión de Santa Juana Francisca de Chantal, "estaba hecho para educar ángeles". El fin de la congregación del oratorio consistía en promover la perfección sacerdotal y Juan Eudes tuvo la suerte de ser introducido en ella por dos hombres de la talla de Condren y Bérulle.


Al servicio de los enfermos

Dos años más tarde, se desató en Normandía una violenta epidemia de peste, y Juan se ofreció para asistir a sus compatriotas. Bérulle le envió al obispo de Séez con una carta de presentación, en la que decía: "La caridad exige que emplee sus grandes dones al servicio de la provincia en la que recibió la vida, la gracia y las órdenes sagradas, y que su diócesis sea la primera en gozar de los frutos que se pueden esperar de su habilidad, bondad, prudencia, energía y vida". El P. Eudes pasó dos meses en la asistencia a los enfermos en lo espiritual y en lo material. Después fue enviado al oratorio de Caén, donde permaneció hasta que una nueva epidemia se desató en esa ciudad, en 1631. Para evitar el peligro de contagiar a sus hermanos, Juan se apartó de ellos y vivió en el campo, donde recibía la comida del convento.


Predicador ungido

Pasó los diez años siguientes en la prédica de misiones al pueblo, preparándose así para la tarea a la que Dios le tenía destinado. En aquella época empezaron a organizarse las misiones populares en su forma actual. San Juan Eudes se distinguió entre todos los misioneros. En cuanto acababa de predicar, se sentaba a oír confesiones, ya que, según él, "el predicador agita las ramas, pero el confesor es el que caza los pájaros". Mons. Le Camus, amigo de San Francisco de Sales, dijo refiriéndose al P. Eudes: "Yo he oído a los mejores predicadores de Italia y Francia y os aseguro que ninguno de ellos mueve tanto a las gentes como este buen padre". San Juan Eudes predicó en su vida unas ciento diez misiones.

Confesor: Las gentes decían de él: "En la predicación es un león, y en la confesión un cordero".


Las mujeres atrapadas en mala vida

Una de las experiencias que adquirió durante sus años de misionero, fue que las mujeres de mala vida que intentaban convertirse, se encontraban en una situación particularmente difícil. Durante algún tiempo, trató de resolver la dificultad alojándolas provisionalmente en las casas de las familias piadosas, pero cayó en la cuenta de que el remedio no era del todo adecuado. Magdalena Lamy, una mujer de humilde origen, que había dado albergue a varias convertidas, dijo un día al santo: "Ahora os vais tranquilamente a una iglesia a rezar con devoción ante las imágenes y con ello creéis cumplir con vuestro deber. No os engañéis, vuestro deber es alojar decentemente a estas pobres mujeres que se pierden porque nadie les tiende la mano".

Estas palabras produjeron profunda impresión en San Juan Eudes, quien alquiló en 1671, una casa para las mujeres arrepentidas; en la que podían albergarse en tanto que encontraban un empleo decente. Viendo que la obra necesitaba la atención de religiosas, el santo la ofreció a las visitandinas, quienes se apresuraron a aceptarla.


Formación del clero

San Juan Eudes se dio cuenta de que para que el pueblo sea ferviente y llevarlo a la santidad era necesario proveerlo de muy buenos y santos sacerdotes y que para formarlos se necesitaban seminarios donde los jóvenes recibieran muy esmerada preparación. Por eso se propuso fundar seminarios en los cuales los futuros sacerdotes fueran esmeradamente preparados para su sagrado ministerio.

Después de mucho orar, reflexionar y consultar, San Juan Eudes abandonó la congregación del oratorio en 1643. La experiencia le enseñó que el clero necesitaba reformarse antes que los fieles y que la congregación sólo podría conseguir su fin mediante la fundación de seminarios. El P. Condren, que había sido nombrado superior general, estaba de acuerdo con el santo; pero su sucesor, el P. Bourgoing, se negó a aprobar el proyecto de la fundación de un seminario en Caén.

Entonces el P. Eudes decidió formar una asociación de sacerdotes diocesanos, cuyo fin principal sería la creación de seminarios con miras a la formación de un clero parroquial celoso. La nueva asociación quedó fundada el día de la Anunciación de 1643, en Caén, con el nombre de "Congregación de Jesús y María". Sus miembros, como los del oratorio, eran sacerdotes diocesanos y no estaban obligados por ningún voto. San Juan Eudes y sus cinco primeros compañeros se consagraron a "la Santísima Trinidad, que es el primer principio y el último fin de la santidad del sacerdocio". El distintivo de la congregación era el Corazón de Jesús, en el que estaba incluido místicamente el de María; como símbolo del amor eterno de Jesús por los hombres.

La congregación encontró gran oposición, sobre todo por parte de los jansenistas y de los padres del oratorio. En 1646, el P. Eudes envió a Roma al P. Manoury para que recabase la aprobación pontificia para la congregación, pero la oposición era tan fuerte, que la empresa fracasó.

En 1650, el obispo de Coutances pidió a San Juan que fundase un seminario en dicha ciudad. El año siguiente, M. Oliver, que consideraba al santo como "la maravilla de su época", Ie invitó a predicar una misión de diez semanas en la iglesia de, San Sulpicio de París. Mientras se hallaba en esa misión, el P. Eudes recibió la noticia de que el obispo de Bayeux acababa de aprobar la congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio, formada por las religiosas que atendían a las mujeres arrepentidas de Caén. En 1653, San Juan fundó en Lisieux un seminario, al que siguió otro en Rouen en 1659. ¡En seguida, el santo se dirigió a Roma a tratar de conseguir la aprobación pontificia para su congregación; pero los santos no siempre tienen éxito, y San Juan Eudes fracasó en Roma.

Un año después, una bula de Alejandro VII aprobó la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio. Ese fue el coronamiento de la obra que el P. Eudes y Magdalena Larny habían emprendido treinta años antes en favor de las pecadoras arrepentidas. San Juan siguió predicando misiones con gran éxito; en 1666, fundó un seminario en Evreux y, en 1670, otro en Rennes.

Al afro siguiente, publicó un libro titulado "La Devoción al Adorable Corazón de Jesús". Ya antes, el santo había instituido en su congregación una fiesta del Santísimo Corazón de María. En su libro incluyó el propio de una misa y un oficio del Sagrado Corazón de Jesús. El 31 de agosto de 1670, se celebró por primera vez dicha fiesta en la capilla del seminario de Rennes y pronto se extendió a otras diócesis. Así pues, aunque San Juan Eudes no haya sido el primer apóstol de la devoción al Sagrado Corazón en su forma actual, fue sin embargo él "quien introdujo el culto del Sagrado Corazón de Jesús y del Santo Corazón de María"´, como lo dijo León XIII en 1903. El decreto de beatificación añadía: "El fue el primero que, por divina inspiración les tributó un culto litúrgico."

Clemente X publicó seis breves por los que concedía indulgencias a las cofradías de los Sagrados Corazones de Jesús y María, instituidas en los seminarios de San Juan Eudes.

Durante los últimos años de su vida, el santo escribió su tratado sobre "el Admirable Corazón de la Santísima Madre de Dios"; trabajó en la obra mucho tiempo y la terminó un mes antes de morir. Su última misión fue la que predicó en Sain-Lö, en 1675, en plena plaza pública, con un frío glacial. La misión duró nueve semanas. El esfuerzo enorme acabó con su salud y a partir de entonces se retiró prácticamente de la vida activa.

Su muerte ocurrió el 19 de agosto de 1680.

(fuentes: corazones.org; catholic.net)

lunes, 18 de agosto de 2014

18 de agosto: Santa Elena

Reina

Martirologio Romano: En Roma, en la vía Labicana, santa Elena, madre del emperador Constantino, que tuvo un interés singular en ayudar a los pobres y acudía a la iglesia piadosamente confundida entre los fieles. Habiendo peregrinado a Jerusalén para descubrir los lugares del Nacimiento de Cristo, de su Pasión y Resurrección, honró el pesebre y la cruz del Señor con basílicas dignas de veneración (c. 329).

En un mesón propiedad de sus padres en Daprasano (Nicomedia) nació pobre en el seno de una familia pagana. Allí pudo, en su juventud, contemplar los efectos de las persecuciones mandadas desde Roma: vió a los cristianos que eran tomados presos y metidos en las cárceles de donde salían para ser atormentados cruelmente, quemados vivos o arrojados a las fieras. Nunca lo entendió; ella conocía a algunos de ellos y alguna de las cristianas muertas fueron de sus amigas ¿qué mal hacían para merecer la muerte? A su entender, sólo podía asegurar que eran personas excelentes.

San Ambrosio, que vivió en época inmediatamente posterior, la describe como una mujer privilegiada en dones naturales y en nobleza de corazón. Y así debía ser cuando se enamoró de ella Constancio, el que lleva el sobrenombre de Cloro por el color pálido de su tez, general valeroso y prefecto del pretorio durante Maximiano. Tenía Elena 23 años al contraer matrimonio. En Naïsus (Dardania) les nació, el 27 de febrero del 274, el hijo que llegaría a ser César de Maximiano como Galerio lo fue de Diocleciano.

Pero no todo fueron alegrías. Elena fue repudiada por motivos políticos en el 292 para poder casarse Constancio con la hijastra de Maximiano y llegar a establecer así el parentesco imprescindible entre los miembros de la tetrarquía. Le costó mucho saberse pospuesta al deseo de poder de su marido, pero esto lo aceptó mejor que el hecho de verse separada de su hijo Constantino que pasó a educarse en el palacio junto a su padre y donde se reveló como un fantástico organizador y estratega.

Muerto Constancio Cloro en el 306, Constantino decide llevarse a su madre a vivir con él a la corte de Tréveris. En esta época aún no hay certeza histórica de que su madre fuera cristiana. Sí, cuando -por testimonio de Eusebio de Cesarea- aparezca sobre el sol el signo de la cruz con motivo de la batalla de Saxa Rubra y la leyenda "con este signo vencerás" que dio el triunfo a Constantino y lo hizo único Emperador de Roma, en el 312.

Aunque el emperador retrasará su bautismo hasta la misma muerte, es complaciente con la condición de cristiana que tiene su madre que daba sonados ejemplos de humildad y caridad. Incluso parece descubrirse la influencia materna tras el Edicto de Milán que prohibía la persecución de los cristianos y los edictos posteriores que terminan vetando el culto a los dioses lares. Agasaja a su madre haciéndola Augusta, acuña monedas con su efigie y le facilita levantar iglesias.

En el 326 Elena está con su hijo en Bizancio, a orillas del Bósforo. Aunque se aproxima ya a los setenta años alienta en su espíritu un deseo altamente repensado y nunca confesado, pero que cada día crece y toma fuerza en su alma; anhela ver, tocar, palpar y venerar el sagrado leño donde Cristo entregó su vida por todos los hombres. Organiza un viaje a los Santos Lugares en cuyo relato se mezclan todos los elementos imaginables pertenecientes al mundo de la fábula por tratarse del desplazamiento de la primera dama del Imperio a los humildes a lejanos lugares donde nació, vivió, sufrió y resucitó el Redentor. Pero aparte de todo lo que de fantástico pueda haber en los relatos, fuentes suficientemente atendibles como Crisóstomo, Ambrosio, Paulino de Nola y Sulpicio Severo refieren que se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz con resultados negativos entre los cristianos que no saben dar respuesta satisfactoria a sus pesquisas. Sintiéndose frustrada, pasa a indagar entre los judíos hasta encontrar a un tal Judas que le revela el secreto rigurosamente guardado entre una facción de ellos que, para privar a los cristianos de su símbolo, decidieron arrojar a un pozo las tres cruces del Calvario y lo cegaron luego con tierra.

Las excavaciones resultaron con éxito. Aparecieron las tres cruces con gran júbilo de Elena. Sacadas a la luz, sólo resta ahora la grave dificultad de llegar a determinar aquella en la que estuvo clavado Jesús. Relatan que el obispo Demetrio tuvo la idea de organizar una procesión solemne, con toda la veneración que el asunto requería, rezando plegarias y cantando salmodias, para poner sobre las cruces descubiertas el cuerpo de una cristiana moribunda por si Dios quisiera mostrar la Vera Cruz. El milagro se produjo al ser colocada en sus parihuelas sobre la tercera de las cruces la pobre enferma que recuperó milagrosamente la salud.

Tres partes mandó hacer Elena de la Cruz. Una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma donde se conserva y venera en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén.

No han faltado autores que atribuyan a la fábula el hecho de la invención por Elena basándose principalmente en que no hay noticia expresa de tamaño acontecimiento hasta un siglo después. Ciertamente es así, pero lo resuelven otros estudiosos afirmando que la fuente histórica que relata los acontecimientos es el historiador contemporáneo Eusebio de Cesarea al que en su Vita Constantini sólo le interesan los acontecimientos realizados por Constantino, bien porque sigue los cánones de la historia contemporánea, o quizá porque sólo le interesa adular a su anfitrión.

Murió Elena sin que sepamos el sitio ni la fecha. Su hijo Constantino dispuso trasladar sus restos con gran solemnidad a la Ciudad Eterna y parte de ellos se conservan en la iglesia Ara Coeli, dedicada a Santa Elena, la mujer que dejó testimonio tangible y visible en unos maderos del paso salvador por la tierra de Jesús, el Hijo de Dios encarnado.

(fuente: Archidiócesis de Madrid; catholic.net)

domingo, 17 de agosto de 2014

17 de agosto: San Jacinto de Cracovia

El santo nacional de los polacos (su nombre genuino debió de ser Jacko o Jacek) nació en un castillo de la Silesia, estudió en Praga, Bolonia y París hasta doctorarse en Derecho y Teología, y años después era vicario general de diócesis de Cracovia, regida por un tío suyo.

Su obispo dispuso que le acompañase en un viaje a Roa, y allí los polacos quedaron atónitos al oír predicar santo Domingo: nunca habían oído palabras de fuego como aquellas. Quizá presenciaron también sus milagros, eI hecho es que el joven se hizo fraile predicador (quizás en el año 1217), y unos meses después se dirigía al norte para fundar nuevos conventos dominicos.

En Polonia el primero Jacinto lo funda en Cracovia, pero no le bastaban los límites de su patria y no tarda en lanzarse a la gran aventura de evangelizar las tierras de idólatras semibárbaros que hay al este. En estos viajes se mezclan elementos legendarios, pero parece seguro que recorrió Prusia, llegó al Báltico, donde una de sus fundaciones fue origen de la ciudad de Danzig, y luego predicó por Suecia y Noruega.

Más lejos aún: Rusia, Moscú y Kiev, quizás el mar Negro parte de Grecia, posteriormente, Danubio arriba, Bulgaria y Hungría. El avance avasallador de los tártaros, que arrasan Kiev, le obliga a replegarse, muchos de sus esfuerzos no pudieron fructificar después de aquella sangrienta oleada, y el santo, tras cuarenta años de viajes apostólicos, murió en su convento de Cracovia.

Desde la Polonia fronteriza con la barbarie, Jacinto hizo irradiar el Evangelio hasta los últimos confines de Europa, no siempre con logros duraderos, pero su espíritu de conquista para la fe consolidó el cristianismo en su patria y proyectarlo hacia el mundo exterior.

Texto de: La Parroquia "Sagrada Familia" ( Diócesis Tui - Vigo - España ) 
(fuente: www.magnificat.ca)

sábado, 16 de agosto de 2014

16 de Agosto: San Esteban de Hungría

(† 1038)

San Esteban, rey de Hungría, es indudablemente quien dio al pueblo nómada de los magyares, procedente del Asia y que a fines del siglo IX se había asentado a lo largo del Danubio, la estabilidad definitiva en lo político y, sobre todo, en el catolicismo. Pueblo guerrero y feroz, fue durante algún tiempo el terror de los vecinos territorios cristianos; pero, convertido al cristianismo, fue en adelante el más decidido campeón de la fe. Geza, el tercero de sus duques después de su establecimiento en el centro de Europa, comprendió la necesidad de orientar su pueblo hacia el cristianismo, que profesaban los pueblos vecinos, y, bajo el influjo de San Adalberto de Praga, recibió el bautismo. Su ejemplo fue seguido por un buen número de la nobleza; pero evidentemente se trataba, en su mayoría, de conversiones nominales.

El que dio el paso definitivo y logró arraigara definitivamente el cristianismo en el pueblo magyar fue el hijo de Geza, llamado Vaik, bautizado juntamente con su padre cuando sólo contaba diez años, y que recibió el nombre de Esteban. El año 995, a los veinte de edad, recibió por esposa a Gisela, hermana del santo emperador Enrique II, y poco después sucedió a su padre en el gobierno de su pueblo.

En momento tan decisivo, indudablemente experimentó los atractivos de una vida de libertad e independencia de todo yugo religioso, tan conforme con los antecedentes de su pueblo nómada y guerrero; pero, preparado ya por el bautismo y la primera educación recibida de su padre y atraído después por el afecto y las razones de su cristiana esposa, Gisela, decidióse por el cristianismo y se propuso desde un principió hacer de su pueblo un pueblo profundamente cristiano. En los primeros años de su gobierno dio las más claras pruebas de su espíritu guerrero y del indomable valor de su brazo, pues en una serie de guerras con los rivales de su propia tribu y con algunos pueblos vecinos aseguró definitivamente su posición y su independencia. Esto fue de extraordinaria importancia en todos los pasos que fue dando en lo sucesivo, pues le aseguró el prestigio militar que necesitaba y cortó de raíz todo conato de rebelión contra la evidente superioridad que todos le reconocían.

Una vez asegurada su posición, dedicóse de lleno a la consolidación del cristianismo en sus territorios, para lo cual le sirvió de instrumento el monje Ascherik o Astrik. Nombrado primer arzobispo de los magyares con el nombre de Anastasio, Astrik se dirigió a Roma, con la doble comisión de San Esteban de obtener del papa San Silvestre II (999-1000), ante todo, la organización de una jerarquía completa en Hungría y, en segundo lugar, la concesión del título de rey para Esteban, según le instaba la nobleza y la parte más sana de su pueblo.

El papa San Silvestre II vio claramente la importancia de ambas comisiones, destinadas a la consolidación definitiva del cristianismo de un gran pueblo, y así, en inteligencia con el joven emperador Otón III, que se hallaba entonces en Roma, redactó una bula, en la que aprobaba los obispos propuestos por Esteban y le concedía con toda solemnidad el título de rey, enviándole para ello una corona real juntamente con su bendición apostólica. San Esteban salió al encuentro del embajador de Roma, escuchó de pie y con gran respeto la lectura de la bula pontificia, y en las Navidades del año 1000 fue coronado solemnemente como rey.

Desde este momento se puede decir que el nuevo rey San Esteban de Hungría se entregó de lleno a la ruda tarea de convertir el pueblo de los magyares en uno de los pueblos más profundamente cristianos de la cristiana Europa medieval. Ante todo, era necesario instruir convenientemente a la mayor parte de sus súbditos, que no conocían el Evangelio y, por el contrario, estaban imbuidos en las prácticas paganas. Para este trabajo de evangelización de su pueblo Esteban pidió ayuda a los monjes cluniacenses entonces en gran fervor y apogeo, y, efectivamente, su célebre abad San Odilón le proporcionó gran cantidad de misioneros.

Por otra parte, organizó el rey una serie de nuevas diócesis. Su primer plan fue establecer las doce planeadas, pero bien pronto vio que debía proceder gradualmente, a medida que el clero se iba capacitando para ello y las circunstancias lo permitían. La primera fue la de Vesprem. No mucho después la de Esztergom, que fue constituida en sede primada, y así fueron siguiendo otras. Por otra parte, San Esteban fue el gran constructor de iglesias. Así, construyó la catedral metropolitana de Esztergom, otra en honor de la Santísima Virgen en Szekesfehervar, donde posteriormente eran coronados y enterrados los reyes de Hungría. San Esteban estableció en este lugar su residencia, por lo cual fue denominado Alba Regalis.

En esta forma siguió avanzando rápidamente la cristianización de Hungría, que constituye la gran obra de San Esteban. Los principales instrumentos fueron los monjes de San Benito. Esteban completó la construcción del gran monasterio de San Martín, comenzado por su padre. Este monasterio, existente todavía en nuestros días, conocido con los nombres de Martinsberg o Pannonhalma, fue siempre el centro de la Congregación benedictina en Hungría.

En su empeño, de cristianizar su reino, protegió la vida de piedad del pueblo en todas sus manifestaciones. Por esto, además de construir iglesias y monasterios, organizó santuarios dedicados a la Santísima Virgen, cuya devoción favoreció y fomentó, ayudó y protegió las peregrinaciones a Jerusalén y a Roma y, en general, todo lo que significaba fervor y vida cristiana. Por el contrario, persiguió y procuró abolir, a veces con excesivo rigor y violencia, las costumbres bárbaras o supersticiosas del pueblo: reprimió con severos castigos la blasfemia, el adulterio, el asesinato y otros crímenes o pecados públicos. Mientras por una parte se mostraba humilde, sencillo y asequible a los pobres y necesitados, era intransigente con los viciosos y rebeldes a la religión.

Una de sus ocupaciones favoritas era el repartir limosnas a los pobres, con los que se mostraba indulgente y paternal. Refiérese que, en cierta ocasión, un grupo de pordioseros cayeron sobre él, lo maltrataron y robaron el dinero que tenía destinado para los demás. El rey tomó con mansedumbre y buen humor este atropello, pero los nobles trataron de impedir que expusiera de nuevo su persona a otro acto semejante. Sin embargo, a despecho de todos, él renovó su promesa de no negar nunca limosna a quien se la pidiera. Precisamente este insigne ejemplo de virtud era lo que más influjo ejercía sobre todos los que entraban en contacto con él.

Sobre esta base de la más profunda religiosidad, San Esteban dio una nueva legislación y organizó definitivamente a su pueblo. Con el objeto de obtener la más perfecta unidad, abolió las divisiones de tribus y dividió el reino en treinta y nueve condados, correspondientes a las divisiones eclesiásticas. Además, introduciendo con algunas limitaciones el sistema feudal, unió fuertemente a su causa a la nobleza. Por esto, San Esteban debe ser considerado como el fundador de la verdadera unidad de Hungría.

Ciertamente tuvo opositores y descontentos dentro y fuera de su territorio. Por eso, aunque tan decidido amigo de la paz, tuvo que echar mano de sus extraordinarias dotes de guerrero para mantener la unidad y defender sus derechos. Así, venció a Gyula de Transilvania, y cuando en 1030 el emperador Conrado II de Alemania invadió a Hungría, San Esteban ordenó penitencias y oraciones en todo el reino y con tanto valor se opuso con su ejército a las fuerzas invasoras, que Conrado II tuvo que abandonar todo el territorio con incalculables pérdidas. Por otro lado, tuvo que mantener sus derechos frente a Polonia, ayudó en los Balcanes a los bizantinos y realizó constantemente una política de defensa de los intereses de su territorio.

Los últimos años de su vida fueron enturbiados por desgracias domésticas y dificultades intestinas. Su hijo y sucesor, San Emerico, a quien Esteban trataba ya de entregar parte del gobierno, murió inesperadamente en 1031 en una cacería. Las crónicas refieren que, al tener noticia de esta tragedia, el santo rey exclamó: "Dios lo amaba mucho, y por esto se lo llevó consigo", pero, de hecho, quedó sumido en el mayor desaliento. Pero las consecuencias de esta tragedia fueron sumamente lamentables. Los últimos años de la vida de San Esteban fueron un verdadero tejido de intrigas en orden a la sucesión, que fueron constantemente en aumento a medida que empeoraba la salud de Esteban.

Entre los cuatro pretendientes que se presentaron el que más disturbios ocasionó fue el hijo de Gisela, hermana del rey, mujer ambiciosa y cruel, que vivía en la corte húngara y se propuso a todo trance apoderase del trono de Hungría. Las constantes pesadumbres que todas estas cosas ocasionaban al santo rey fueron minando su salud, hasta que, el año 1038, en la fiesta de la Asunción, entregó su alma a Dios. Fue enterrado en Szekesfehervar, al lado de su hijo Emerico, mientras su esposa, Gisela, se retiraba al convento de benedictinas de Passau.

Bien pronto Esteban fue objeto de la más entusiasta veneración, pues el pueblo cristiano mantenía el más vivo recuerdo de sus extraordinarias cualidades como guerrero, como gobernante, como padre de sus súbditos y como rey ideal cristiano, pero, sobre todo, estimaba y ensalzaba su extraordinaria piedad y espíritu religioso, su sumisión a la jerarquía y, particularmente, al Romano Pontífice, a quien se declaraba deudor de la corona y de quien se declaró súbdito feudal, y su entrañable amor a los pobres. Ya el año 1083, sus reliquias, juntamente con las de su hijo Emerico, fueron puestas a la pública veneración durante el gobierno de San Gregorio VII, lo cual equivalía a la canonización de nuestros tiempos. Rápidamente San Esteban se hizo popular en toda la Europa cristiana. En Alemania mantuvieron verdaderas corrientes de devoción hacia él las peregrinaciones húngaras, que a lo largo de la Edad Media acudían en grandes masas a Colonia o a Aquisgrán. En territorios sumamente distantes se encuentran huellas de esta veneración creciente por San Esteban de Hungría. Así, se han encontrado en Bélgica, en la región de Namur, en Italia, en Montecassino y aun en la misma Rusia. Este fenómeno se debe, indudablemente, a la predilección que San Esteban mostró siempre por las peregrinaciones y el favor que siempre prestó a los peregrinos. Así se explica que bien pronto la Iglesia le dedicara un oficio litúrgico en Hungría, que Inocencio XI (1676-1689) extendió a toda la Iglesia.

Es curiosa la costumbre antigua de presentar a San Esteban extremadamente anciano, siendo así que murió contando solamente unos sesenta y tres años y con un manto de coronación, a manera de casulla, de que él mismo había hecho donativo a la iglesia de Alba Regalis (Szekesfehervar).

Teniendo presente, por una parte, cómo favoreció constantemente la obra de los benedictinos y, por otra, cómo su espíritu profundamente religioso, su piedad eminentemente litúrgica, su hospitalidad y amor a los pobres lo asemejan tanto al espíritu de San Benito, se ha observado que San Esteban de Hungría fue un rey benedictino y llevó al trono el espíritu de la regla benedictina. Más aún. En cierta manera, se ha llegado a decir, es más benedictino que San Benito y sus hijos. Pues es conocido que él tenía la piadosa costumbre de deponer cada año su cargo en la iglesia de San Martín. De hecho la regla de San Benito no pide tanto a sus abades.

escrito por Bernardino Llorca, S. I.
(fuente: www.mercaba.org)

viernes, 15 de agosto de 2014

15 de agosto: Beato Carmelo Sastre Sastre

Presbítero y Mártir

Martirologio Romano: En Palma de Gandía, en el territorio valenciano, España, beato Carmelo Sastre Sastre, presbítero y mártir, que, en la persecución contra la Iglesia, siguiendo las huellas de Cristo llegó, ayudado por su gracia, al reino eterno (1936).

El Beato nació en Pego el 21 de diciembre de 1890 y en la parroquial iglesia de la Asunción recibió ese mismo día el bautismo de manos de D. Jaime Ortí, Coadjutor. Era hijo legítimo de José Sastre Bañuls y de Josefa Sastre Ferrando, quienes formaron una familia cristiana. Ingresó en el Seminario de Valencia, de donde salió ordenado sacerdote en 1919. El primer pueblo que se le encomendó fue Margarida, pasando al poco tiempo a Villalonga, en donde realizó una extraordinaria labor apostólica de captación, especialmente a los niños, que fueron el principal objeto de sus muchos desvelos: después de instruirles en las enseñanzas del Catecismo, emprendió una ardorosa campaña contra el analfabetismo, tan extendido en aquellos tiempos. Su casa pronto se convirtió en una escuela, a la que acudían los niños a aprender a ser buenos ciudadanos y cristianos, y para ellos organizó excursiones con mucha frecuencia, alternando las enseñanzas con la sana diversión, porque, fiel seguidor de las enseñanzas evangélicas, fueron los niños los predilectos en sus tareas apostólicos: los amó, los educó, y, como su mayor elogio, podemos decir que se hizo como uno de ellos. Estableció la Congregación de San Luis Gonzaga, en la que recogió a un buen número de niños y niñas y, además, creó una banda de música. Más de cuatro años estuvo en Villalonga desplegando su tenaz actividad apostólica.

La Sra. Amparo Mascarell Roselló, doméstica del Beato, depone: Era "tan limosnero que muchas veces atravesábamos verdaderos apuros. Una vez vi como a una mujer de Piles, le ayudó con 35 duros. Otra vez dio 30 duros a otro hombre. Yo misma a veces negaba estuviera en casa sin él saberlo, porque venían a pedirle dinero, por su fama de limosnero. Incluso tuvo que vender una casa de sus padres, y un campo de Pego, para salir adelante y poder comer. Otra vez dijeron que habían entrado en su casa unos ladrones y le robaron. Como los vecinos vieran a los asaltantes, llamaron a la Guardia Civil, y cuando ésta llegó, el Beato, para que no los perjudicaran a los asaltantes, dijo que no sabía nada.

Tabernes de Valldigna fue luego el escenario de sus virtudes, población en la que estuvo dos años y allí encontró la capilla a medio construir y tuvo que recurrir a funciones teatrales y a recaudar limosnas hasta terminarla. Posteriormente desempeñó una vicaría en Oliva, en la Parroquia de Santa María, durante cuatro años. Por último, fue nombrado Párroco de Piles, en donde sus actividades apostólicas se vieron llenas de dificultades por el ambiente hostil que imperaba hacia todo lo que significara Religión. Muy pronto se dio a conocer por sus virtudes sacerdotales. Organizó grupos de formación y oración. Promovió los retiros espirituales y se entregó de lleno a la catequesis.

Tuvo un trato muy abierto y buscaba a la gente incluso en el café del pueblo. Era campechano con todos y hacía muchas obras de caridad con los más pobres y necesitados. Una feligresa declara: "De su peculio particular construyó un Vía Crucis y adquirió una máquina de cine que en aquel entonces era de los primeros. Al decirle, por qué tenía que gastar sus ahorros contestó: "Mis hijos y herederos son la Iglesia, el Señor y las almas". Todo cuanto gaste en ello es poco para la solemnidad que merece. Quedó tan sin un céntimo, que una tía mía y otras señoras habían de procurarle la comida. Visitaba a todos los enfermos. Tan limosnero que no hay hoy en el pueblo nadie, por enemigo o indiferente que sea, que no le recuerde con gratitud y como un santo. Hasta con los más enemigos se los quería atraer para evitar blasfemaran, o tomasen el Santo Nombre de Dios en vano. Vivió siempre para sí muy pobre, hasta dar sus propias prendas que vestía a los que llamaban a su puerta.

Al poco de llegar a Piles organizó una procesión para llevar la Unción de los enfermos, incluso a los que vivían alejados del pueblo, algunos de ellos muy distantes en medio del campo. De su predicación traslucía un encendido amor a la Eucaristía y a María Santísima. Un amigo del Beato, declara: "Era [don Carmelo], en cuanto yo lo podía apreciar, muy buen sacerdote, y un excelente cura. Yo tenía entonces trece años y recuerdo el gran atractivo que tenía su persona sacerdotal, para todos y especialmente para los niños. Su gran afán era siempre atraer a sus feligreses a la práctica del bien y al cumplimiento de sus deberes cristianos. Para los niños eran sus mejores afanes. La Casa Abadía era nuestra casa, nos enseñaba religión, música y cuanto pudiera instruirnos y formarnos. Los enemigos de la fe y la religión lo arrestaron y asesinaron por ser sacerdote.

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN PILES

A partir de las elecciones de febrero de 1936 comenzó a vivirse en Piles una situación violenta contra la Iglesia, ya que los virulentos arrojaron una botella de gasolina contra el templo. Las autoridades se incautaron del campanario y prohibieron los oficios religiosos de la Semana Santa. La reacción de algunos católicos fue muy valiente pero el pueblo católico en general no reaccionó por miedo a las violencias de los exaltados locales y otros procedentes de Oliva. Al estallar la revolución, quienes ejercían la autoridad, mandaron cerrar inmediatamente el templo parroquial que fue totalmente saqueado y mutilado en su fábrica, quedando solamente las cuatro paredes y éstas con muchos deterioros; lo mismo le pasó a la ermita enclava en la playa. Todo quedó incautado, y la parroquia destinada a mostrador, cocina, sala de teatro y de bailes. La ermita se convirtió en almacén de pescadores del comité revolucionario. Todas las imágenes, retablos, ornamentos y enseres de culto fueron robados y quemados.

La casa parroquial fue parcialmente destruida. El párroco, don Carmelo Sastre, y dos sacerdotes hijos del pueblo fueron perseguidos, encarcelados y martirizados. Lo mismo les ocurrió a siete seglares, asesinados por sus ideas religiosas ya que eran colaboradores del párroco. El culto católico fue totalmente suprimido durante todo el período revolucionario por prohibición expresa de los milicianos, pero en una caseta cercana a la playa un religioso que estaba escondido pudo celebrar algunos actos religiosos y administrar sacramentos en la clandestinidad. Los milicianos cometieron profanaciones, pues sacaron el copón del Sagrario y esparcieron las Sagradas Formas por las calles del pueblo, siendo recogidas por algunos niños que las sumieron. Se cometieron imitaciones sacrílegas escenificando una especie de entierro por las calles del pueblo, en plan de mofa y burla de la religión, revistiéndose con ornamentos sagrados.

Los testigos afirman que el Beato Carmelo Sastre Sastre era de carácter sencillo, agradable, servicial, bondadoso y paciente. Estaba dotado de un gran atractivo como persona y como sacerdote, digno, delicado, atento, amable, cordial. Era humilde, prudente, desapegado de los bienes terrenos, muy limosnero, constante, virtuoso en extremo, ejemplar, exacto en el cumplimiento de sus deberes parroquiales hasta la abnegación y el sacrificio. Amante de todos y de los pobres con los que era espléndido. Los testigos interrogados acerca de las virtudes practicadas por la Beato describen una personalidad moral rica, en la cual brillan las virtudes teologales, cardinales y anexas. Lo describen como un sacerdote, coherente, dedicado activamente al apostolado, al mismo tiempo que cumplía ejemplarmente y con exactitud sus deberes sacerdotales.

El perseguidor sin lugar a dudas provocó la muerte natural, cumpliendo uno de los requisitos, según la doctrina de Benedicto XIV, por los cuales se concreta el verdadero martirio. En el proceso, no obstante las dificultades para encontrar testimonios sobre el hecho del martirio del Beato, perpetrado de manera clandestina, se consiguieron suficientes testigos. a) Del hecho y las circunstancias de la detención depusieron de visu, dos testigos. b) De la período de encarcelamiento, depusieron de visu, la Sra. Amparo Mascarell Roselló y un compañero de prisión del Beato. c) De la llegada al lugar de la ejecución y del fusilamiento depuso de auditu el Sr. Vicente Císcar Torregrosa, quien lo supo de un vendedor de fruta el cual encontró agonizante el Beato, y de auditu la Sra. Julia Climent Borrás, porque se lo contó la sirvienta del Beato quien fue a recoger el cuerpo después de la ejecución y los mismos milicianos le confiaron detalles de la agonía del Beato. d) Reconocieron el cadáver la Sra. Julia Climent Borrás. e) Del ambiente hostil a la Iglesia depusieron, de visu, todos los testigos.

HORAS AMARGAS

El Beato era consciente, en los días previos a la revolución, de la situación que estaba por afrontar: persecución religiosa y probable martirio. Así lo manifiesta la doméstica del Beato: "En los meses anteriores a la Revolución él veía con claridad los acontecimientos. Sabía que mucha sangre se derramaría en España. Pero se mostraba sereno y optimista. Como al 14 de julio viniéramos a Villalonga, un socialista desde el Casino al verle pasar, se adelantó a él y le dijo: "D. Carmelo venga aquí a Villalonga, yo respondo que aquí, no le pasará nada, Ud. es el amo de Villalonga". Pero el Beato, cuando llegó el 15 de julio, víspera de la Virgen del Carmen, y no pudiendo resistir que en tal fecha su parroquia de Piles no tuviera Misa y dejaran de ganar la indulgencia del Jubileo, se volvió a Piles. Una feligresa del Beato, hasta 1935, cuando se fue a vivir a Austria, depone: "En los años que precedieron a la Revolución, nos reunía en su casa y nos leía del martirologio vidas de Santos, y luego nos hacia un comentario aleccionándonos a que los imitáramos. Cierto día recuerdo que dijo: "Nosotros no tendremos esa dicha del martirio, porque es una gracia muy grande llegar a ser mártir por Cristo". Otra feligresa del Beato, afirma: "Hasta que estalló el Movimiento ejerció el culto y se le vio animoso, muy animoso, pues contagiaba a todos de optimismo. Recuerdo que dos días antes del Alzamiento por ser su santo, como tuviese las puertas de casa de par en par abiertas, yo le dije: "Cierre las puertas D. Carmelo, pues ¿no ve cómo está el ambiente?".

El Sr. Eugenio Císcar Tur, feligrés del Beato, declara: "En el período pre revolucionario continuó al frente de la parroquia, afrontando una situación que iba haciéndose difícil. No se ocultaba la gravedad de la situación, y preveía los tristes sucesos que después vinieron. Solía decir que venían cosas muy malas. Más bien era pesimista. Pero se le veía animoso, decidido y hasta valiente. Los enemigos de Dios pusieron serias dificultades al cumplimiento de sus deberes ministeriales, llegando un día a arrojar en el campanario una botella incendiaria. El cura no se amedrentó y se le veía dispuesto a hacer frente a lo que se presentara. Una feligresa del Beato, confirma la deposición anterior y agrega: "Se afligió mucho cuando el día de Jueves Santo, se le impidió celebrar los Oficios Divinos." Y uno de sus feligreses del Beato, anota: "En los meses anteriores al movimiento mostraba su ánimo sereno y pacífico, y siempre decía igual: 'Paciencia. ¿qué hemos de hacer? Paciencia'." Y el Sr. Felipe Tur Salom, feligrés del Beato, afirma: "Lo traté en los meses anteriores al Movimiento. Recuerdo que el Beato veía con tanta claridad los acontecimientos que se avecinaban, que más de una vez me decía: "Pasma el pensar los ríos de sangre que han de correr sobre el suelo de nuestra amada Patria". Pero siempre nos traía optimismo.

La revolución en Piles inició con el cierre de la iglesia, la quema de objetos religiosos y la persecución de los católicos. Al estallar la revolución de 1936, el Beato, mantuvo el ánimo sereno y se confió en las manos de la Divina Providencia, viviendo su condición sacerdotal. La criada del Beato, afirma: "Iniciada la guerra, cerraron la iglesia, a los pocos días. Él se recluyó en la Abadía, pero a los cuatro o cinco días, salimos de la Abadía, para otra casa, con deseos de volver a Villalonga pues nos echaban de casa; le dijeron del Comité que no se fueran del pueblo, porque allí no le pasaría nada. Durante aquellos días de prueba, en que se lo quitaron todo, y le quemaron la biblioteca, el Beato, siempre decía: "Paciencia, venga lo que Dios quiera". Y agrega: "Lo mataron por ser sacerdote, pues además de no mezclarse jamás en política, como cierto día le viera yo, ya iniciada la guerra, que habían encerrado a dos de Piles por ser fascistas, el Beato sonriendo un poco me contestó: "Pues a mi si me detienen y matan, no será por ser fascista, sino por ser sacerdote".

La Sra. Bárbara Tomás Torres, feligresa del Beato, agrega: "Los días anteriores a su detención los pasó en casa de unas vecinas, que lo hospedaron al despedirle de la Casa Abadía. Como el pobre no tenía un céntimo yo misma recuerdo le dije: "D. Carmelo aquí tiene este dinero - muy poco - para que pueda comer". Un feligrés del Beato, afirma: "Cierta tarde, a escondidas, le visité y le advertí de las dificultades y peligros que se avecinaban. Le encontré tan animoso como siempre. Recuerdo que me decía estas palabras: 'No tengas miedo, ánimo y adelante; si a nosotros nos matan, otros harán triunfar la Causa de Dios. Confiemos en Él, que nos ayudará en todo momento... no pasa nada. Ya verás cómo todo se arregla. Pero no confiemos más que en Dios, por Él lo hemos de sufrir todo'. Y salí más confortado de la conversación.' Y agrega: "Yo mismo en conversaciones con el Beato le decía: 'Mire, D. Carmelo, que esto no me gusta nada. Márchese, escóndase'". Y me contestó: 'No tengas miedo. Yo he de estar donde está mi obligación. No me voy' Por eso juzgo que nunca pensó en ocultar su condición de sacerdote por salvarse.

En el mismo modo, una feligresa del Beato, anota: "Despedido de la Casa Abadía, se refugió en una casa vecina a la mía. Yo oía como rezaban el rosario. Yo le visité algunas veces y le vi animado y confiado en que todo se resolvería bien. Y agrega: "Conociendo bien a D. Carmelo yo puedo asegurar, que D. Carmelo no pensó jamás en ocultar su condición de sacerdote. Mucho menos que intentara renegar o apostatar, ni hacer ninguna indignidad por salvarse. Y digo esto porque yo misma le propuse que por la puerta trasera de mi casa, que había quedado sin sellar, se marchase a Villalonga o a otro lugar en que no lo conocieran, o donde pudiera esconderse más y me contestó: "No; estoy bien aquí. Ocurra lo que Dios quiera, y en Dios solo he de confiar". Esto se lo oí yo misma. El Sr. Felipe Tur Salom, feligrés del Beato, anota: "Un día recibió un anónimo en que se le conminaba a que vaciara casa [Abadía] en 24 horas y que se quitara la sotana. Entonces él, para salvar el archivo y objetos de culto, los trasladó a mi casa vecina y otra del lado. El Ayuntamiento le advirtió que saliera de la Abadía, asegurando que no le ocurriría nada. Se trasladó a otra casa hasta que fueron por él para detenerlo. El no tomó medidas de seguridad personal para defenderse. Hasta una escopeta que tenía el Sr. Cura, la echó en un pozo. El Sr. Felipe Todolí Climent, feligrés y acólito del Beato, declara: "Iniciado el movimiento, le traté mucho en esos días. Como acólito visitaba mucho su casa. Le veía casi siempre con el libro de rezo. Se mostraba muy alegre y bondadoso con los niños acólitos." Y agrega: "De tal manera preveía su muerte, que dijo a los que le habían acogido: 'Mi cuerpo pide tierra'." Y continúa: "El quería irse a su pueblo por aquellos días, pero los del Comité le dijeron que no le pasaría nada. Se quedó pues sereno, pero presintiendo su fin como dije antes.

DETENCIÓN

La empleada doméstica del Beato, afirma: "Estando en la casa de la familia que nos habían acogido, una noche, de doce a una, nos vinieron una caterva de milicianos llamando a la puerta. Abrimos la puerta y se coló el jefe, pero cerré inmediatamente y el jefe dentro la casa preguntó dónde estaba D. Carmelo. Lo llamé y bajó él. Le hizo una serie de preguntas y serenamente contestó D. Carmelo, diciendo que su actuación la sabían todos cuál había sido. La de un sacerdote preocupado de los intereses de Dios y de las almas. Salió el miliciano, yo cerré la puerta y pude oír cómo decían los demás: '¿Pero cómo sales sin el cura?' A lo que el jefe, haciendo un gesto de que callaran, se fueron tras de él. Entonces el Beato exclamó: "Le he pedido a la Virgen que no fuera esta noche la de mi martirio, sino otro día, pues temía por vosotras, por si también les pasará algo". El solía decir que la muerte no le importaba diez años antes o después. Y agrega: "El día 13 de agosto de 1936, sobre las cuatro de la tarde, nos lo vimos bajar de su habitación donde estaba tomando la siesta y todo impresionado nos dijo: '¿qué pasa?', le dijimos que no ocurría nada y como él insistiera que no había sido sueño, sino que ocurría algo grave, para serenarlo nos pusimos a rezar el rosario con él. Sobre el cuarto misterio, vinieron dos milicianos preguntando por él. Dijeron que les siguiera al Comité. Él sin ofrecer resistencia se ofreció y lo encerraron en el Ayuntamiento. Continúa: "Como yo le llevara la comida varias veces, y me viera llorar, me decía: 'Tonta, pero por qué lloras, morir como mártir es lo más glorioso y la gracia mejor'.

El Sr. Felipe Tur Salom, feligrés y compañero de prisión del Beato, depone: "Como yo estuviera detenido con él, lo veía sereno. Continúa: "Estoy convencido de que sí sabía su próxima muerte, puesto que como yo le dijera... si no tenía miedo de que nos mataran, pues le veía tan sereno, él lejos de negar el peligro, exclamó: '¿Tú has hecho mal a nadie?' - Yo no, le dije - 'Pues entonces, no temas, pues qué gloria más grande morir por la gloria de Dios'. Recuerdo me dijo el Beato, estas palabras. Y agrega: "Yo estuve con él hasta el mismo día 15 de agosto que lo mataron, pues estábamos detenidos juntos. Rezamos por la tarde el Rosario. Y como luego nos trajeran la cena los familiares, al ponernos a cenar, yo recuerdo que no podía tragar por el temor de que me mataran. Y al ver yo como D. Carmelo comía tan sereno, le dije: '¿Y Ud. no tiene miedo?', me contestó: 'No haciendo nada malo, qué gloria más grande si nos matan que por la Religión y la gloria de Dios'."

Una feligresa del Beato, depone: "Yo vi cómo sé lo llevaban detenido. Iba mansamente siguiendo a los milicianos. Estaba rezando cuando iban a por él. Y otro feligrés, afirma: "Fueron unos milicianos a detenerle. Estaba tan dispuesto a no ofrecer resistencia, que al atarle las muñecas les dijo: 'No apretéis tanto, que no me escaparé'.

EJECUCIÓN

La muerte del Beato está probada mediante el certificado de defunción y la documentación sobre el martirio del mismo, que se encuentra en la Sección Causa General del Archivo Histórico Nacional de Madrid.

Un feligrés del Beato, declara: "Un vendedor de uva que vino al pueblo nos contó que en Palmera, había visto muerto en la carretera a un sacerdote con rasgos y fisionomía que todos dedujimos había sido muerto nuestro cura D. Carmelo." Y agrega: "Dicen que tardó mucho en morir, y que mantuvo su fervor hasta el último momento. Esto nos lo dijo el vendedor de uva que lo vio y comentaba diciendo: 'Vaya hombre fuerte y fervoroso, después de martirizarlo tanto con qué fervor aguantaba'."

Uno de los compañeros de prisión del Beato, afirma: "Sé que su martirio fue largo y sufrió mucho antes de morir, pero esto lo sé por referencias." Y el que fuera acólito del Beato, depone: "Sé que uno de los milicianos que lo mató, dos días antes pasó por casa y nos dijo: 'Acabo de ver al Sr. cura, y le he dicho, que esté tranquilo, que no le pasará nada'. Luego al cabo de dos días, este mismo miliciano... lo mató. Su muerte, según dicen, fue muy lenta, de verdadero martirio... Dicen, que en la agonía se aclamaba mucho a la Santísima Virgen."

La Sra. Julia Climent Borrás, feligresa del Beato, declara: "Sé por referencias, que en la madrugada del 16 de agosto se lo llevaron del Ayuntamiento, y como un miliciano le atara fuertemente de las muñecas, el Beato, le dijo: '..., ¿qué mal te he hecho yo, para que así me ates las manos?'... Y cuando fueron sus sirvientas a por el cadáver del Beato... les informaron que lo dejaron mal herido creyéndolo muerto, y en su larga agonía no cesaba de repetir: 'Ay Mare de Deu', hasta que lo remataron luego otra vez.... Confirmado por la deposición de la Sra. Bárbara Tomás Torres, feligresa del Beato.

La Sra. Amparo Mascarell Roselló, doméstica del Beato, afirma: "Lo mataron en Palma [de Gandía] y allí lo enterraron de momento hasta que terminó la guerra. Luego de acabada ésta lo trasladaron a Piles, donde está actualmente enterrado." En el mismo modo testifica una feligresa del Beato, anota: "... Terminada la guerra, lo exhumaron y fue trasladado al cementerio de Piles. Yo misma estuve presente. Estaba natural y se le podían apreciar en la cabeza los orificios de las balas. Actualmente está enterrado en el panteón del cementerio. Confirmado por la deposición de varios feligreses: el Sr. Felipe Todolí Climent, acólito del Beato, del Sr. Felipe Tur Salom y de la Sra. Victoria Císcar Torregrosa.. Lo corroboran, además, los siguientes documentos: partida civil de defunción y certificado de enterramiento.

El Papa Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001, en la plaza de San Pedro, beatificó a un grupo de 233 víctimas de la sangrienta Guerra Civil española, uno de ellos es nuestro beato Carmelo.

(fuentes: archivalencia.org; catholic.net)
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